unaestacion solitaria

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N adie, ni siquiera los dioses, si es queexistían, entendían su dolor, el sol brillaba y el cielo estaba despejado,mientras que ella seguía rodeada de oscuras nubes, de recuerdos del pasado yteniendo un corazón herido, destruido y sin esperanza.El aviso de la llegada de otro tren sonó enlos altavoces, sin embargo, aunque se levantó y se dirigió a su andén, sabíacon toda la certeza del universo que él no estaría, ni se bajaría, y fue esomismo lo que paso, por mucho que buscara entre los rostros de la gente, pormucho que lo deseara, volvió a estar sola cuando todos los pasajeros sehubieron ido con las personas que los esperaban.Miró el reloj y supo que ya no podía seguirquedándose más tiempo por aquel día en la estación, la iban a cerrar y ellatenía que volver a casa, aunque la verdad era que no le apetecía nada, al entrara casa tendría que parecer una adolescente feliz, que había salido con susamigas y se lo había pasado genial. Eso era lo que su madre creía que llevabahaciendo desde que había salido de casa, a primera hora de la tarde.Cuando salió por la puerta, el guardia aúnestaba en su puesto, Chaterine se acordaba de él, ese hombre había sido quienle había dicho que se tenía que ir, hacía ya un año y dos meses, después de queella hubiera estado llorando tres horas en el mismo banco en el que se habíasentado ese día, él le dirigió una mirada llena de compasión, la había vistotodos los fines de semana desde que aquel chaval se había subido a un tren quese marchaba, después de despedirse de ella y una vez más, estuvo seguro de quedentro de una semana la volvería a ver.

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