¡PRODUCIR EQUILIBRIOS! Dialogar y entenderse

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El autor trata de demostrar en esta obra, de la que este libro es su segunda y última parte, que el comportamiento de la persona es siempre el resultado de lo que le constituye, y que esto no es otra cosa que la clase de tratamiento de que es objeto su psicofísico o la sensibilidad que tiene su energía: nadie puede dar de lo que no tiene; no tiene porque le falta; y le falta por no recibido y también por perdido. Realizando la existencia en y con sistemas desnaturali­zados lo fácil es desnaturalizarse, y lo difícil es que esto no suceda. Sólo quienes más se resisten a la desnaturalización de su ser son los que están más cerca de lo que es cierto o es verdad, los que están menos desvirtuados, los que más ¡naturalidad! Emplean y por tanto, los que más virtuosos o inteligen­tes resultan ser, pues es verdad que no es inteligente el ignorante porque no llega, ni el "listo" porque se pasa. Ser inteligente es ¡saber estar! en la Vida y no en esta sociedad o en aquella otra; ¡saber estar!, que es atender en todo momento a las necesidades que te­nemos por el "mero hecho de tener vida" con las satisfacciones compensado­ras correspondientes de lo que el ¡equilibrio! o el ¡bien estar! es derivado; y necesidades entre las que se encuentra el ¡progresar! o el ¡ir más allá! o la obtención de ¡sana sabiduría! y que así es porque produce satisfacción cuando la obtiene el ser pensante y porque de este atributo también está do­tado. Se piensa con los conocimientos que se disponen y para ¡relacionándo­los! conseguir otros, pues con los conocimientos ocurre lo mismo que con las personas: que de unos/as resultan otros/as. Sólo que si son sanos, como así la relación, sanos resultan ser, pero que serán insanos si esto son, como también la relación o la pretensión de quien los busca y emplea. Y sucede así porque se está constituido con un Eros (en la mitología griega, dios del amor o instinto de vida), y, todavía, con un Thánatos (instinto de destrucción, se­gún Freud), o con una fuerza que es edificante y con otra que es destructora, por lo que quien esté constituido con mucho de aquello y poco de esto la re­sultante que se da en este sujeto es digna, aun no siéndolo todo lo que puede ser, pero que será indigna si lo que sucede en sí es lo contrario, y más si más sucede. El "quid de la cuestión" estriba pues en ¡saber! y ¡querer! eliminar esta fuerza perniciosa que más la emplea quien más de ella está constituido.

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