



Todos los rituales funerarios, en casi todas las culturas, tratan de ocultar la no resignación ante lo natural e inevitable. El bochorno, la tensión, la angustia, cuando no lo inevitable de incontrolables estallidos emocionales, hace que se lleguen a situaciones límites, que broten perros muertos en el placard de las cosas familiares más celosamente ocultas o que los mejores chistes, cuentos y anécdotas se festejen hasta desembozadamente porque resulta inadmisible que lo cómico, gracioso y festivo encuentre en esos momentos una de sus mejores oportunidades. En este relato, una prolija y minuciosa inversión del tiempo real a través del literario amenaza con prolongar lo ya acaecido, pero la literatura también es finita en el tiempo, tanto en el tiempo real como en su propio tiempo.
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