



A todos pareció don Amadeo gallardo, y animoso hasta la temeridad. Y que
el hombre tenía los riñones bien puestos y un cuajo formidable, se demuestra con
decir que de una monarquía juvenil le traían a reinar en una vieja monarquía,
devastada por la feroz lucha secular entre dos familias coronadas. Verdad es que
España se sacudió a entrambas como pudo; pero una y otra dejaron en los
repliegues del suelo cantidad de huevecillos que el calor y las pasiones de los
hombres cluecos, aquí tan abundantes, habrían de empollar más tarde o más
temprano. Venía el buen príncipe de un país en que el pueblo y sus reyes
recíprocamente se amaban, y entraba en este, recocido en el hervor de las
opiniones, amante tan sólo de irisados ideales, o de vagas incógnitas que sólo
podría despejar el tiempo.
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