



A sus espaldas, las luces de la ciudad dormida formaban en la atmósfera una nube rojiza al
irradiar en el impalpable tul de la neblina, que contrastaba con las purísimas líneas de la parte de
cielo despejado, hacia el levante, parecidas a pintorescas fajas de un chal de bayadera; y a otro
rumbo, tinieblas salpicadas con las últimas estrellas pálidas y temblorosas, cual esas esperanzas
que titilan en ciertas horas en la penumbra de la duda.
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