



El asesinato ritual de Héctor Souto, de 15 años, en
abril de 1967, El Chico de la Sombrilla que nunca tuvo nada en las
manos, fue ayer y va a ser mañana. El medio siglo largo trascurrido no hace más
que ponerle cada vez más actualidad. Un juez en sus funciones y una policía
obedeciendo órdenes fueron suficientes. Tardaron 72 hs. Actualmente hay seis leyes
supuestamente especiales, la violencia futbolera ha alcanzado el rango de
Subsecretaría de Estado y los capitostes barrabravas veranean en playas de la
clase media alta, hablan por celular con los hombres del Poder. El papel que
jugó el llamado periodismo especializado para invisibilizar, tergiversar
y hacer así que el espectáculo siga queda a la luz del sol. La deplorable
actitud de la dirigencia aportó lo suyo de manera desfachatada. Faltaba
todavía, aparentemente, una década para el horror industrializado y
aquella tarde, en Villa Dominico, espontáneamente las madres ya dijeron
presente porque las larvas ya estaban. El caso más emblemático y significativo
de la violencia futbolera argentina. Y al año siguiente se venía la Puerta 12 como cereza del postre. La sociedad toda se remeció en vano al paso del féretro llevado a pulso por sus compañeros del 3er. año del Otto Krause. Las latencias ya estaban y el fútbol, ya cargando sobre sus espaldas el triunfalismo de la economía social de mercado implantada por tres peronistas de ley e importada por el capitán (RE) Alvaro Alsogaya, no tardaría en sacarse la careta.
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