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Era ateo. Podía haber sido un cínico, un pilluelo, un borracho, o... un saltimbanqui. Pero no, era incrédulo y, aquello, allí, implicaba el empañamiento o la oclusión de otras muchas cualidades hermosas que acompañan a todo ser humano. Aquello era un pecado imperdonable. Aquella confesión quería decir complicaciones para siempre.