



Pasa tiempo y tiempo y sigue la tierra llana de Castilla desfilando ante mis ojos
como una cinta oscura e interminable, siempre del mismo color e idéntica
forma. De cuando en cuando, una mancha oscura, una torre puntiaguda y las
desiguales chimeneas de los tejados, que se destacan confusamente sobre la tinta
parda del horizonte, anuncian la presencia de un pueblecillo. Siento en el
estómago un malestar indefinible. No puedo decir a punto fijo si es que tengo
ganas de cenar o que he fumado mucho. De todos modos, si Valladolid no está
aún muy lejos, la empresa se ha manifestado altamente previsora designándolo
como punto el más adecuado para tomar un piscolabis.
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