



Me bastó la primera ojeada. ¡Qué torpeza la mía! Estaba hablando. La frente
vastísima; los ojos profundos y ardientes; las pálidas y esculturales mejillas;
los delgados y apretados labios, de líneas correctas; la barbilla acentuada y
firme, con meseta redonda; el perfecto tipo de un gran bronce romano... Así,
así debía ser en la primera infancia el capitán del siglo.
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