



Sin embargo, lo realmente memorable de esta parábola es que, a diferencia del Buen Salvaje rousseauniano o del Tarzán de Burroughs, Cosimo permanece completamente integrado en su sociedad, en su comunidad. La población aprende a aceptar las excentricidades del joven barón, que no deja de ser el mismo que organiza un servicio de extinción de incendios, que salva a sus súbditos (bien es verdad que de una manera tan involuntaria como cómica) de un temible bandido, que repele una invasión pirata y, en fin, que introduce en la región los saberes enciclopédicos y la francmasonería. Desde lo alto de los árboles, Cosimo se asea, caza, ama, lee, diserta: es uno más. Esta es la gran aportación de la novela, que crea un arquetipo nuevo en una época en la que ya todos los arquetipos parecían estar creados: la del rebelde activo, que desde su supuesto aislamiento lucha por la mejora de sus semejantes. Un verdadero trasunto de las ideas políticas de Calvino, muy implicado con el PCI durante el período (1956) en que se escribió esta hermosa historia.
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