



Horas de horror
y desesperación vivió el mundo a medida que los países caían en
el complot. Las líneas telefónicas colapsaron. Millones y millones de personas intentaban
i
nfructuosamente
escribir,
cualquier
cosa;
en
las
calles,
en
las plazas,
en
las
fábricas;
el
mundo estaba paralizado, con temor; corría, gemía,
lloraba.
Los
líderes mundiales deliberaban, deliraban. Científicos, médicos, intelectuales,
políticos
y líderes religiosos
de todo el mundo
conferenciaban
a distancia buscando una
explicación al suceso jamás experimentado. Todos emprendieron la retirada; nada sabían,
nada entendían; su sabiduría terrenal era
incapaz
de resolver o entender
un dilema de tal
magnitud.
Los religiosos quedaron solos; esta era una tarea para ellos.
Expertos
en teología, en profecías,
en demonios
y
entendidos en extra terrestres,
se dieron a la tarea en descifrar el enigma volcando toda su inútil
sabiduría. Impotentes,
desnudos, se rindieron ante su propia incapacidad.
Definitivamente
Dios era inescrutable; y
la
recomendación
que
dieron
al mundo
f
ue: Orar, orar y orar; resignados
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