



No dio su brazo a torcer la Condesa de Halma en las primeras explicaciones y coloquios con sus hermanos, el Marqués de Feramor y la Duquesa de Monterones, es decir, que no se declaró arrepentida de su matrimonio, ni renegaba de este por los trabajos y desventuras sin cuento que de su unión con el alemán se derivaron. La memoria de su esposo prevalecía en ella sobre todas las cosas, y no permitía que sus hermanos la menoscabaran con acusaciones, o chistes despiadados.
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