



Era una dama de suave madurez de melocotón terso y jugoso en el semblante, de ojos muy claros, de piel blanquísima, de obscuro pelo laso, brillante, pesado. Por su gesto, un poco altivo, un poco frío y reservado en sí, puesto encima de toda femenil coquetería, creyérase una de esas glaciales princesas que suelen reproducir las ilustraciones como enigmas de realesco orgullo ó de inocencia augusta. Estaba no lejos en un viejo mareo de ébano y nácar otro gran retrato de esta Bibly,
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