



Estaba sentada junto a la ventana de mi habitación y vi a tres hombres a la luz de la luna, junto al portón de la casa del guardés, pero en aquel momento no le di importancia. Más de una hora después, oí gritar a la señora y bajé corriendo, encontrándola como ella dice, pobre criatura, y al señor en el suelo, con la sangre y los sesos desparramados por todo el comedor. Cualquier otra mujer se habría vuelto loca, allí atada y con el vestido salpicado de sangre; pero a la señorita Mary Fraser de Adelaida nunca le faltó valor, y lady Brackenstall de Abbey Grange no ha cambiado de manera de ser. Creo, caballeros, que ya la han interrogado bastante, y ahora se va a retirar a su habitación con su vieja Teresa para tomarse el descanso que tanto necesita.
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