



escapar, todo parece impregnado de una tensa vigilia sensiblemente hostil. Camino de Dunwich, Abner Whateley sintió todo esto otra vez, como lo había sentido en una ocasión cuando era niño y había salido corriendo y pidiendo con gritos de terror a su madre que le llevase lejos de Dunwich y lejos del abuelo Luther Whateley. ¡Hacía tantos años! Había perdido la cuenta. Era curioso que aquel paisaje le siguiera afectando de aquel modo, pese a todos los años que habían transcurrido desde entonces -sus años en La Sorbona, en El Cairo,
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