



El ejército sitiador, replegado en compacta masa a la entrada del arrecife, exhaló un grito viendo aparecer sobre el adarve a la guarnición. Era el aullido que corea la salida del toro del toril. Cada muchacho escondía su proyectil en el hueco de la mano: más de doce brazos hicieron a la vez el molinete, y una nube de piedras, venciendo la gravedad, subió en busca de la cabeza del intrépido adalid. La ley caballeresca de las pedreas infantiles, que manda no disparar sino a las piernas, allí no se observaba; ¿ni qué ley había de observarse con semejante adversario? Pero él, raudo y precavido, esquivó la nube corriendo como un gamo a la parte opuesta del adarve; y sin perder paso
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