



colmillos brillaban ante mí en la oscuridad. Aunque hubieran dependido mil vidas del movimiento de un miembro o de la articulación de una palabra, no me hubiese movido ni hablado. La bestia, cualquiera que fuese, se mantenía en su postura sin intentar ataque alguno inmediato, mientras yo seguía completamente desamparado y, según me imaginaba, moribundo bajo sus garras. Sentía que las facultades físicas e intelectuales me abandonaban por momentos; en una palabra, sentía que me moría de puro miedo. Mi cerebro se paralizó, me sentí mareado, se me nubló la vista; incluso las resplandecientes pupilas que me miraban me parecieron más oscuras
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