



Antes de que
los dioses decidieran confundir y enfrentar a los hombres entre sí por sus
afanes terrenos, se vivía en Anáhuac, en el viejo y glorioso Anáhuac, una etapa
plausible e idílica que todos aplaudían y anhelaban difundir, la de las guerras
floridas, esas caballerescas batallas donde los hombres se cazaban con derroche
de argucias y valor, para luego sacrificarse a los dioses. Estos, cualesquiera
que fuesen los resultados de las humanas disputas, recibían los réditos. No podían
quejarse: al contrario, los días de las justas gustaban sentarse en las
graderías del cielo y apreciar las ofrendas. El espectáculo resultaba
aleccionador y gratificante, pero al menos en una ocasión no acabó como se
esperaba. El aguafiestas fue un guerrero de la orden de los príncipes; el
tiempo, las festividades de Camaxtli.
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