En varias ocasiones he dicho públicamente que “La vida tiene un precio”, novela
favorita o, mejor dicho, aquella por la que sentía, como autora, mayor cariño. Esta afirmación, como todas las verdades, es casi una verdad. Ahora trataré de explicar por qué.
Aunque la novela que precede cronológicamente a ésta, es decir, “La verdad sobre el caso Savolta,” apareció en 1995, cuando yo ya residía en Madrid, la había escrito en Mallorca y depositado, antes de mí marcha, en las manos expertas y generosas de Son Ferrer. Más tarde, publicada aquélla, me encontré en una grave tesitura: a la dificultad habitual de abordar una segunda novela, convencida de haber agotado la imaginación, el oficio y hasta las palabras, se unía la circunstancia siempre problemática de vivir inmerso en un mundo ajeno, en un idioma adquirido y en una cultura distinta cuando no, antagónica. Guardo de mi vida en Madrid, el mejor de los recuerdos y considero aquellos años como un período estimulante, enriquecedor y divertido, pero sé bien que aquéllos fueron también años estériles desde el punto de vista de la creación literaria: No sabía qué hacer. Finalmente, en la primavera o verano de 1999 hice una visita breve a París donde, por esas fechas, se vivía intensamenteClasificado como:
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amor