




Una noche no pude
dormir, entonces, decidí vagar por ese lugar tan poco explotado por mí: el
inconciente. Allí descubrí palabras y frases que me traspolaron a otras.
Quizás el sentido
del entendimiento de ellas esté ahí nomás, en tratar de no entender. Sólo
sentir el fluir del momento, sentir su sonido, como quedan anexadas, e inventar
un mundo propio a partir de lo que se lee.
Al borde de la
oscuridad encontré la llave de la luz, solucioné el teorema de mi yo, ése otro
que habita en mí, y ajusté mi camisa.
Una tras otras, las
palabras se sucedían en mi mente a una velocidad inexplicable, que se explica
en ocasiones ocasionales; mi raciocinio mutaba a esquizofrenia y el espacio se
reducía a partículas exhaladas por un monstruo voraz, mi cuerpo también.
Ella, en flashes
efímeros desde un rincón, cantaba una ópera ininteligible, sinfonía cósmica de
mis tardes a la orilla del Río Paraná. Voces lejanas me dictaban oraciones
diabólicas bajo la parra tentadora, mientras el ocaso apenas mostraba su fin.
Caminando con
“Light my fire” en mi cabeza, tapé baches del pasado, tratando de avanzar un
escalón más en ésta misteriosa vida. Y en un cuaderno cómplice, estampé el casi
absoluto sentir de mi existir.
Cosas ajenas a mí
que me pertenecen en no tan claras noches de borrachera.
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