



Aún no sé porqué lo hice.
Cansancio quizás.
Ganas de aire nuevo.
No sé.
Quizás estuviera hasta los cojones.
Lo que está claro es que lo hice.
Cogí mi viejo coche y me lancé un centenar de kilómetros a un lugar desconocido camino de un grupo de tipos con los que no compartía ya nada y a los que consideraba, en el mejor de los casos, unos gilipollas.
Necesitaba una bocanada de aire.
Conmigo llevaba pocas cosas, un par de libros de sabiduría, para por las noches y eso, algo de música para el camino, el botiquín de vitaminas, ansiolíticos, y demás complementos, y mi grabadora de notas.
Me dedicaba a la literatura. Escribía.
Subsistía, más bien.
Contar cosas divertidas en aquel país por entonces era complicado...
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