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En la penumbra

  • Autor: Santiago Vizcaíno Armijos
  • Estado: Público
  • N° de páginas: 57
  • : 9789978929216
  • Descargas: 121
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En la penumbra es, sin duda, uno de los libros más poderosos de la nueva poesía ecuatoriana.

Jorge Dávila Vázquez (Ecuador)

En la penumbra es un texto consistente y demoledor, irreverente de lo formal.

Juan Calzadilla (Venezuela)
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22 de Enero de 2012 por conejoguaso
La penumbra desolada
Notas sobre el último poemario de Santiago Vizcaíno

Por Andrés Landázuri

Van aquí algunas palabras sobre el último poemario de Santiago Vizcaíno, texto galardonado con el segundo puesto en el Premio Pichincha de Literatura —organizado por el Gobierno de la provincia el pasado 2010— y recientemente publicado en la sección de poesía de la colección Cochasquí. Con lo que nos parece un notable logro, En la penumbra —tal es el título el libro— se integra al conjunto de lo que en otro lugar he llamado “una poesía de resonancias oscuras, nutrida de un dolor sin esperanza, anclada en el dolor del instante y sin espacio para el optimismo”. Tales son, a brevísimos rasgos, los caracteres generales que marcan esta nueva poesía de Vizcaíno y que se han manifestado desde los primeros textos publicados por el autor.

En efecto, En la penumbra pertenece al mismo aliento espiritual que su predecesor, Devastación en la tarde (2008), y entre ambos nos dan lo que podría verse ya como una amplia y acabada muestra de los preceptos que rigen la poética global de esta nueva poesía. Me atrevo a pensar que algunos de los textos que se presentan ahora fueron escritos a la par de aquellos que aparecieron en Devastación en la tarde, o que por lo menos fue continuado el aliento que dio origen a ambos libros. Desde “Las manos en la tumba” —poema que abre Devastación en la tarde, lo ocupa en su mayor parte y, en mi criterio, permanecerá en el tiempo como uno de los poemas destacados de la actual poesía ecuatoriana—, presenciamos ya lo que aquí percibo como meollo central de la poética de Vizcaíno: una constante confrontación con un mundo que se percibe desolado y frente al que la voz poética descarga una inconformidad ambivalente entre la resignación, la impotencia y la ira.
Así pues, el eje principal que está presente en el espíritu de esta poesía es un sentido de total desolación del universo contemplado. Esto, que bien puede verse como una marca generacional, es más que un telón de fondo para las composiciones de En la penumbra: es, de hecho, la fuente de donde nace el desespero en el que habitan estos poemas y su peculiar reacción individual. Todo el poemario está inmerso en la desolación intrínseca del mundo y es en sí mismo un arrebato apasionado que la rechaza y la combate, imbuyéndose con ello en una expresión de por sí desamparada, quizá necia —a manera de protesta que se sabe inútil, si se quiere.

Desde el principio del texto, la escritura poética se revela en sí misma como el mecanismo a través del cual el yo procura —sin éxito— enfrentar el perpetuo desamparo en que está hundida la vida. “Así concebimos al poema, desde la penumbra, un dictado endiablado o parco sobre la mesa, como el movimiento de una mosca”, dice el párrafo no titulado que inaugura el poemario, y continúa: “Se escribe por convicción, por contagio, por desesperación o por melancolía; se llega hasta la orilla y el silencio mella la posibilidad de salvarnos, de recuperar el tono, la víscera, la metáfora, nuestro dolor del instante, porque mentimos a perpetuidad”. En suma, la penumbra es el lugar de la angustia íntima frente a la existencia parca, devastada, abandonada; angustia que se manifiesta, como cabría esperar, en una expresión sombría y adolorida, cargada de violencia y a menudo ahogada en una resignación imposible.

Pesimismo, intrascendencia, fracaso, angustia, miedo, abandono. Todas estas palabras podrían hallar su justo espacio en los versos de En la penumbra. El poema que abre la colección instaura, además, el sentido de ruego implícito en su título tomado en un salmo bíblico: “De profundis”. Muchos de los poemas contenidos en este libro podrían verse como eso: una súplica, o más precisamente, un reclamo, un acto de contienda dirigido a la existencia entera con un sentido de tintes metafísicos. Resulta sugestivo, además, que el poema señalado esté dedicado a Kevin Carter —él mismo un personaje caótico y depresivo— y haga referencia a la famosa foto que muestra a un buitre al acecho de un infante famélico, quizá moribundo, en la desesperada pobreza de Sudán. “De profundis”, una de las composiciones más desesperanzadoras de la colección, expresa bien el sentimiento del que hemos venido hablando (“Hay abandono hasta en el agua que bebo”), y su clausura es una síntesis del universo que envuelve a En la penumbra: “Estoy tan solo que ni el suicidio sería un gran acontecimiento. / Solo como un búho herido, / como la yegua que se muere al parir, / como el buitre que mira a su alimento que es una niña, / como la niña que no mira al buitre. // He venido. Y tengo el consuelo de los desesperados”.

En todo este ámbito de desesperación —la voz poética hablándonos desde la posición de la niña que está a punto de ser devorada, sin saberlo, sin más consuelo que aquel de la desesperación, o sea sin consuelo alguno—, ronda de forma natural y permanente la idea de la muerte, a veces como ámbito angustioso tras una existencia intrascendente —como en “Sala de espera”—, a veces irrumpiendo como tragedia —como en “Niño perdido en la noche”—, a veces cifrada en el solitario momento terminal del suicidio —como en “Desolación”—, o a veces simplemente como presencia inevitable que acecha los contornos del desierto que se percibe como escenario único de la vida —como en “La tempestad”, “En esta noche no hay luceros” o “Los vencedores”.

Esta cercanía con la muerte, que a veces se percibe como coqueteo o fascinación, es parte fundamental de la poesía de este autor en su conjunto. Hay una simbología —quizá no tan clara, pero sí omnipresente— de la muerte como alternativa posible y hasta deseable, si bien ella se muestra con los mismos caracteres decadentes y faltos de esperanza que la vida misma. El mejor ejemplo es, quizá, el poema fundamental “Sala de espera”, que a mi manera de ver es el que concentra los mayores logros de esta colección. En él, la muerte sirve para acentuar la desolación intrínseca de la vida, al punto de convertirse en una prolongación de ésta, igualmente dolorosa e inevitable: “Estoy en la sala de espera del infierno, / mitigado por una enfermedad que marea, / ansioso de años viriles; / repantigado, además, / sobre esta lona miserable y sucia.”

En “Sala de espera”, la reacción ante la desolación del mundo adopta tintes iracundos, radicales, con lo cual alcanza marcas insondables por ser más fuerte el fracaso que engendra su violencia. Hay en todo el poema un hurgamiento en el alma propia en búsqueda de asideros, acción que se estampa en el vacío y retorna continuamente al punto de partida: la sala de espera, la vida como condena, el infierno antes del infierno. Esta persecución de sentidos atraviesa con turbulencia las vicisitudes del yo (“He visto también al diablo lamiéndome los pies”), se detiene en los tramados profundos del alma (“Soy un objeto, / un cristal finísimo, una figura polimorfa que desdobla sus múltiples caras”) y está cargada de una furiosa ansia de confrontación que arroja fuertes arrebatos de conmiseración propia (“He bebido hasta amartillarme los sesos. / He bebido atronadoramente. / He bebido solo. / He sentido el dolor, la angustia, la culpa”).

La marca confrontacional y violenta de “Sala de espera” aparece ya desde el epígrafe, el cual está tomado de La Divina Comedia: “Toma, Dios, esto es para ti”. El verso corresponde a las primeras líneas del canto vigésimoquinto del libro, y es proferido por Vanni Fucci, un pistoyano de la época condenado por ladrón y sacrílego, mientras extiende su mano al cielo ejecutando con los dedos una señal de menosprecio. Su actitud —gesto de rebeldía imposible e irreparable— es la misma que puebla los casi 180 versos de “Sala de espera” y de hecho se derrama por varias otras composiciones de En la penumbra.

Con este temperamento, y como siguiendo los lineamientos que habíamos señalado del texto en prosa que abre el poemario, la conciencia poética de “Sala de espera” busca en el espacio de la poesía algo como una promesa de solución, como alternativa a “aquella manifestación de la vergüenza que es la vida”: “Aquí, en esta claustrofobia, / en este barro de libros, / he entendido que la magia se encuentra más allá de las visiones, / que la poesía tiene un músculo, / como el brazo, como la pierna / como la lengua / pero no como el sexo, / en el lugar incorrecto”. Se revela así una suerte de autoconciencia de lo poético como espacio de ruptura con la desolación el mundo, aunque éste no sea capaz de proveer a la conciencia armas para un combate efectivo. Al contrario, la voz poética no se engaña. Sabe que sus palabras no son una empuñadura de la cual sostenerse en la caída al infierno, que el costado profundo se esconde a la existencia porque sencillamente no existe, que “el sufrimiento no tiene ningún fin, es solo sufrimiento. / Así en la escritura como en la vida”.

El poema, entonces, se genera cuando el ser se substrae del mundo y procura ir más allá de sí mismo, sin por ello superar su abandono esencial: “Desde las alturas escuché la buena nueva / de otra vida que se teje más allá de la muerte, / pero era una broma, / una broma cruel de mi desasosiego. […] Y compuse una obra como se da a la tarea de tener un hijo, / como una mujer: una extensión más humana, violada, segregada, virgen”. Así, la escritura poética es una respuesta —quizá la única posible— a la calamidad intrínseca de la existencia. El resultado de su esfuerzo, sin embargo, es la continuidad del decaimiento. El desplazamiento que se ensaya desde el vacío de la vida hacia la escritura no altera ni menoscaba el punto de partida: la vida como sala de espera del infierno. La autoconciencia poética de “Sala de espera” —y por ende su ansia de redención— termina cerrándose con la desilusión del vacío, con la certeza apesadumbrada de que todo lo hecho —todo lo escrito— no es sino fruto de “un delirio humano, demasiado humano”.

Además de este espíritu general de desamparo circundado por la muerte que envuelve el conjunto del poemario, otro aspecto visible es el carácter confesional que se manifiesta en una gran cantidad de los poemas del libro. En ellos, el caos oscuro de la desolación se inmiscuye en la experiencia íntima de lo concreto para arrojar su impronta. En una poesía tan intestina y personal, este cariz íntimo-autobiográfico viene dado como cosa natural, si bien quizá desde una postura no concientemente asumida por el autor. Tal es el caso de poemas como “Niño perdido en la noche” —que plantea la decepción ante la muerte de un hijo—, “Antigua procesión” —suerte de contemplación de la figura paterna—, “La conquista es mentira” —recorrido por la infidelidad, el perdón y el vacío posible en una relación de pareja—, “Todo está en su lugar correcto” —soledad y desespero que se abre tras abandonar el hogar de los padres—, “El agujero que abre la tiniebla” —confrontación espiritual con la madre—, y “Yo” —donde se vuelve la mirada a la vida y su fracaso intrínseco. En todos estos casos presenciamos una reflexión en torno a ciertos elementos específicos de una vida concreta que se contempla y se ve indispuesta frente al desamparo.

Para cerrar este breve recorrido, vale mencionar el poema “En la penumbra”, del cual el libro obtiene su nombre, en donde la existencia se describe desde un estado próximo a la vigilia —o la embriaguez—, circundado por el dolor, y a partir del cual se percibe toda la frustración y ruina en la que yace el mundo. En esta visión de “estertor”, “la angustia se reviste de una soledad muy tenue”, y el poema en sí se vuelve solo “un cuerpo que palpita” “en la desolación del universo”. La penumbra, entonces, se muestra como el símbolo de desconcierto en donde se despliega la existencia y que a la vez es su único lugar posible.

En la penumbra está compuesto por 24 composiciones, cuatro de las cuales son prosa y el resto es verso libre. Esto de por sí implica un crecimiento considerable con relación a Devastación en la tarde, que apenas tiene ocho títulos (si bien “Las manos en la tumba” es un poema extenso en 31 fragmentos y “El agua parda” está formado por ocho). Lo importante al respecto es que En la penumbra presenta un aliento más extendido y profuso, lo cual implica necesariamente más —y posiblemente nuevas— búsquedas estéticas, así como una diversificación en las preocupaciones temáticas.

La ampliación de posibilidades con relación a Devastación en la tarde es notable en varios aspectos. La presencia de prosa poética advierte en seguida de una configuración formal ignorada en el primer poemario y que posiblemente busca una expresión más extendida por donde pueda darse mayor cabida al desespero a manifestarse. “Todo está en su lugar correcto” es el principal logro en ese sentido, pero lo es a fuerza de alejarse de un formato poético habitual para pasar a ser un extenso testimonio en nueve fragmentos (algunos de hasta tres párrafos) que va desde el alejamiento del hogar paterno hasta la borrachera suma en una madrugada solitaria. “El agujero que abre la tiniebla”, por su parte, explora la relación con la madre —relación en hilachas por la desmesura del tiempo— a través de una carta que se lee como despedida y como manifestación nostálgica de la infancia perdida.

Los textos que mantienen una estructura versificada —que son la mayoría— también muestran algunas marcas estilísticas nuevas en la poesía del autor. Poemas como “En la penumbra” o “Sala de espera” llegan a combinar versos de más de diez palabras con versos de apenas dos sílabas. En ese sentido, la musicalidad de estos escritos —que existe, sin duda— está señalada mas por el sentido profundo de las imágenes y las ideas que arrastran la lectura que por marcas determinadas de métrica y ritmo. Además, con muy poca presencia de tono narrativo, las imágenes refuerzan el estatismo de una poesía que expresa el íntimo dolor del instante y, por tanto, es esencialmente lírica en actitud y contenido.

Todas estas consideraciones finales sobre las marcas estilísticas del texto nos revelan una postura de mayor libertad frente a lo que habíamos visto ya en Devastación en la tarde, poemario adscrito a una intención de estructura versal más homogénea y concatenada. De hecho, aun la expresión fundamental del poemario —que es la desolación del mundo de donde parte la voz poética— se ve libre de toda necesidad de justificación o argumento. Por eso ni siquiera hay intención de explicar los fundamentos de lo poetizado, y los textos solamente se detienen en la expresión cruda de la desolación que se percibe, sin espacio para ningún contrapeso que la saque de su abismo sombrío.

Quizá valdría señalar por último que esta lectura escapan algunos matices enriquecedores, como la ironía y el sarcasmo, que aparecen esporádica y brevemente en ciertas composiciones de En la penumbra. No obstante, si bien podría pensarse en ellos como sonrisas de un yo poético no del todo abatido por su sombría visión de las cosas, estos gestos sardónicos siguen envueltos en el ámbito de la desolación. Pensemos, por ejemplo, en los versos finales de “Ya nadie viene por aquí”, con los que parece hacerse broma del lamento entero que recorre los versos del poema, o algunas frases de “Todo está en su lugar correcto” (“He oído tanto jazz que me dan ganas de vomitar sobre cualquier trompeta”), con la que el momento de la soledad más cruel opta por reírse de sí mismo.

Dolorosa en su reclamo, desoladora en su crudeza y despiadada hasta en su humor: tal es como hemos percibido estos versos de Santiago Vizcaíno. En el párrafo final de Abaddón el exterminador, Sábato decía que quizá no exista poesía festiva, “pues quizá sólo del tiempo y de lo irreparable puede hablar”. Aún con todo lo que podría decirse para combatir esa idea, sostengo que ésta que tenemos ahora ante nosotros revela de lleno este aspecto esencial de todo lirismo: es un arrebato íntimo y contundente que nos muestra la desolación irreparable de la condición humana y con ello nos invita a revisar lo que asumimos como fundamentos de nuestro caótico mundo. Recibamos, pues, con la deferencia que merece, a esta poesía sólida, seria, bien lograda, que ya se nos había presentado antes como una devastación en la tarde y que todavía tiene mucho que decir desde el lugar que ha escogido para atrincherarse, en la penumbra.