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The German War Machine Volumen III

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  • Autor: Tankwaffe
  • Editor: Tankwaffe
  • Estado: Público
  • N° de páginas: 455
  • Tamaño: 170x235
  • Interior: Blanco y negro
  • Maquetación: Pegado
  • Acabado portada: Mate
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El Suicidio Europeo

Estoy seguro de que existe cierta escondida presión detrás de todos los problemas de Europa, Asia y América.

Mariscal Smuts (citado por J. Creagh-Scott en Hidden Government, pág. 9). 

Desde finales de 1938 el Kremlin inicia un cambio en su política exterior, hasta entonces incondicionalmente hostil a la Alemania nacionalsocialista. En enero de 1939 el cambio apar cerá aún más evidente. El embajador soviético en Berlín, Merekaloff - un ruso que ha sustituido muy oportunamente al judío Suritz - propone a Von Ribbentrop la apertura de relaciones comerciales, pero éste se niega en redondo a discutir, siquiera, el asunto.

Seeds, el embajador británico en Moscú, propone a MolotofF la conclusión de un pacto anglosoviético de ayuda mutua. En el Kremlin acogen esta propuesta con frialdad; no entra en sus cálculos «sacarles las castañas del fuego a los capitalistas occidentales, molestos por la competencia comercial alemana» según declara, sin eufemismos, Stalin. En cambio, "la Unión Soviética no considera las diferencias ideológicas con Alemania como un obstáculo insalvable para una mejor cooperación política entre ambos países", según manifiesta Merekaloff en Berlín. Durante seis largos meses, las insinuaciones de Moscú a Berlín se multiplicarán. En un discurso pronunciado el 10 de marzo ante el Comité Central del Partido, Stalin lanza sus filípicas de rigor contra los capitalistas de Occidente pero, por primera vez en seis años, se abstiene de atacar al nacionalsocialismo y al fascismo. Pero en Berlín no se dan por aludidos. Antes al contrario, en un violento discurso antibolchevique, Hitler manifiesta que el comunismo no es más que un grosero disfraz del judaismo, enumerando diversos altos personajes soviéticos pertenecientes a la raza judía.

Después del discurso de Hitler (28 de abril de 1939 una serie de sorprendentes cambios tienen lugar en las altas esferas gubernamentales soviéticas. Stalin y su ministro del Interior, Beria, un criptojudío al que se tiene en Europa por georgiano, colocan a todos los trotskystas el sambenito de cosmopolitas y lo traducen, sotto voce, por sionistas. Litvinoff, el polifacético hebreo, es sustituido por un ruso de pura raza -y hasta de sangre azul- como Molotoff. Se le da, al "presidente" Vorochiloff una inusitada beligerancia y se recalca cuidadosamente su origen eslavo. Sven Hedin dice que «la Rusia soviética mostró una nueva faz a la Alemania hitleriana; una faz de trazos fríos, estoicos, eslavos o asiáticos, pero sin un sólo rasgo semítico. El mayor error cometido por los líderes del nacionalsocialismo fue creer que ese cambio era auténtico»

 

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