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EL DIOS DE ABRAHAM, DE ISAAC Y DE JACOB

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EL DIOS DE ABRAHAM, DE ISAAC Y DE JACOB
LIBRO VERIFICADO POR EL AUTOR
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Autor: WATCHMAN NEE
Estado: Público
N° de páginas: 122
Tamaño: 216x279
Interior: Color
Maquetación: Pegado
Acabado portada: Brillo

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EL DIOS DE ABRAHAM, DE ISAAC Y DE JACOB

Watchman Nee

Las características de Isaac 
Isaac en el Nuevo Testamento: las provisiones de Dios en Cristo 
La naturaleza de Jacob y la disciplina que recibió 
El quebrantamiento de la vida natural de Jacob 
La madurez de Jacob 
La constitución del Espíritu 

PREFACIO

A principios de 1940, Watchman Nee dio un estudio acerca de Abraham, Isaac y Jacob. En 1955 la librería evangélica de Taiwan publicó estos mensajes en chino con el título El Dios de Abraham, Isaac y Jacob. El presente tomo es una traducción de dicha obra.
PREFACIO
A LA EDICION EN CHINO

Dios dijo: “Yo soy el … Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob” (Ex. 3:6).

Dios hizo una obra especial en tres personas —Abraham, Isaac y Jacob—, cuyas experiencias fueron específicas, para formar un pueblo que estuviera sujeto a Su nombre. Abraham conoció a Dios como Padre y comprendió que todo proviene de El. Isaac se deleitó en el Hijo y entendió que todo lo que tiene el Hijo proviene del Padre. Y Jacob experimentó el quebrantamiento de su vida natural, el cual efectuó el Espíritu Santo para forjar a Cristo en él.

Abraham, Isaac y Jacob constituyen el comienzo de la historia del pueblo de Dios. La experiencia completa de ellos debe ser la experiencia del pueblo de Dios. Esperamos que con la publicación de este libro, los lectores encuentren el significado espiritual contenido en las experiencias de estos tres hombres que constan en la Palabra de Dios. Bendiga Dios este libro y a sus lectores y guíenos a un conocimiento profundo del Dios de Abraham, Isaac y Jacob a fin de que seamos vasos que den testimonio de El.

Los editores
Librería evangélica de Taiwan
Febrero de 1955

 
CAPITULO UNO
INTRODUCCION
Lectura bíblica: Ex. 3:6, 15-16; Mt. 22:31-32
UNO

Leemos en 1 Corintios 10:11: “Y estas cosas les acontecieron en figura...” La Biblia relata la historia de los israelitas como un ejemplo para que nosotros seamos edificados. A pesar de que existe una diferencia aparente entre la obra de Dios en el Antiguo Testamento y Su obra en el Nuevo, el principio es el mismo en ambos. El principio que Dios usa al actuar hoy es el mismo que usó en el pasado.

Dios escogió a los israelitas para que fueran Su pueblo, y también escogió un pueblo de entre los gentiles con el mismo propósito (Hch. 15:14). La Biblia dice que nosotros somos conciudadanos y miembros de la familia de Dios (Ef. 2:19) y que somos los verdaderos judíos (Ro. 2:29). Por lo tanto, la historia de los israelitas es un modelo para nosotros. Examinemos la manera en que Dios se relaciona con Su pueblo, es decir, la manera en que El edifica a Su pueblo. Quisiéramos presentar en este libro lo que debemos experimentar para poder llegar a ser el pueblo de Dios. Discutiremos esto estudiando la historia de Abraham, la de Isaac y la de Jacob, pues cada uno de ellos ocupa un lugar específico en la Biblia.
DOS

La Biblia nos muestra que el pueblo de Dios tuvo dos comienzos. En primer lugar, comenzó con Abraham porque la elección y el llamamiento de Dios se iniciaron con él, y comenzó también como la nación de Israel. Dios les dijo a los israelitas que serían Su pueblo de entre todas las naciones. Ellos llegarían a ser un reino de sacerdotes y una nación santa (Ex. 19:5-6). De manera que Abraham fue un comienzo específico del pueblo de Dios, e igualmente lo fue la nación de Israel. En medio de estos dos comienzos, Dios obtuvo tres personas: Abraham, Isaac y Jacob. Primero Abraham, luego Isaac y luego Jacob, y más adelante, Israel como nación. Desde entonces, la nación de Israel se convirtió en el pueblo de Dios, y Dios tenía un pueblo que le pertenecía. Podemos, entonces, decir que Abraham, Isaac y Jacob son los cimientos de la nación de Israel. Sin Abraham, Isaac y Jacob no existiría la nación de Israel y, por ende, tampoco existiría el pueblo de Dios, pues éste es formado mediante las experiencias de Abraham, Isaac y Jacob.
TRES

Es interesante notar que Dios dijo: “Yo soy el ... Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob” (Ex. 3:6). El dijo esto en el Antiguo Testamento, y el Señor Jesús se refirió a esta cita en el Nuevo. El título “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” se cita en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas (Mt. 22:32; Mr. 12:26; Lc. 20:37). Además, el Señor Jesús dijo que veremos a Abraham, a Isaac y a Jacob en el reino de Dios (Lc. 13:28), y que “vendrán muchos del oriente y del occidente, y se reclinarán a la mesa con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mt. 8:11). El solamente menciona los nombres de Abraham, Isaac y Jacob. Esto muestra que Abraham, Isaac y Jacob ocupan un lugar especial en la Biblia.
CUATRO

¿Por qué Abraham, Isaac y Jacob ocupan un lugar tan especial en la Biblia? Porque Dios desea elegir hombres sobre los cuales establecer Su nombre y a los cuales constituir pueblo Suyo. Dios comenzó a reunir para Sí un pueblo con Abraham. Su comienzo espiritual fue Abraham, y Su obra en él nos muestra la experiencia por la cual el pueblo de Dios debe pasar. Todo el pueblo de Dios tiene que pasar por esta experiencia. Primero, Dios le dio a Abraham experiencias particulares, y luego por medio de él transmitió estas experiencias a todo Su pueblo. Luego hizo lo mismo con Isaac y más tarde con Jacob. Así que, la nación de Israel está fundada sobre Abraham, Isaac y Jacob. La disciplina que recibieron estos tres hombres delante de Dios y las experiencias que atravesaron culminaron en la formación del pueblo de Dios. Por tanto, la totalidad de las experiencias de Abraham, de Isaac y de Jacob son las experiencias que deben tener todos los que constituyen el pueblo de Dios. Lo que ellos lograron debe ser lo que todo el pueblo de Dios debe lograr. Si sólo tenemos la experiencia de Abraham, o si sólo tenemos la experiencia de Isaac o si sólo tenemos la experiencia de Jacob, no podemos llegar a ser el pueblo de Dios, pues una sola de éstas no basta. Necesitamos hacer nuestro lo que lograron Abraham, Isaac y Jacob para llegar a ser el pueblo de Dios.

Dios le dijo a Isaac: “Yo soy el Dios de Abraham tu padre ... yo estoy contigo, y te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia por amor de Abraham mi siervo” (Gn. 26:24). A Jacob le dijo: “Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac: la tierra en que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia” (28:13). A los israelitas les dijo: “Y os meteré en la tierra por la cual alcé mi mano jurando que la daría a Abraham, a Isaac y a Jacob; y yo os la daré por heredad” (Ex. 6:8). Esto nos muestra que los israelitas entraron en la herencia de Abraham, Isaac y Jacob. No tenían ninguna heredad propia, así que entraron en la herencia de estos tres hombres. Cada uno de éstos ocupa una posición específica delante de Dios. Sus diferentes experiencias espirituales tipifican tres principios espirituales diferentes. En otras palabras, todo el pueblo de Dios debe contener el elemento de Abraham, el elemento de Isaac y el elemento de Jacob. Sin estos elementos no podemos ser el pueblo de Dios. Todo verdadero israelita y todo miembro auténtico del pueblo de Dios debe decir que Abraham, Isaac y Jacob son sus progenitores. No basta con decir que Abraham es nuestro progenitor, porque Ismael y sus descendientes también pueden decir lo mismo. Tampoco es suficiente decir que Abraham e Isaac son nuestros padres, porque Esaú y sus descendientes pueden decir lo mismo. El pueblo de Dios tiene que decir que sus padres son Abraham, Isaac y Jacob. Tenemos que incluir a Jacob como nuestro padre a fin de ser aptos como pueblo de Dios. Los necesitamos a los tres a fin de poder ser justificadamente el pueblo de Dios.
CINCO

El nombre original de Abraham era Abram, antes de que Dios se lo cambiara por Abraham (Gn. 17:5). La raíz de ambos nombres es Abra, que en el idioma original significa “padre”. Abraham mismo era un padre, y aprendió a conocer a Dios como el Padre. Durante toda su vida aprendió esta lección específica: Dios es el Padre.

¿Qué significa saber que Dios es el Padre? Significa reconocer que todo proviene de Dios. El Señor Jesús dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y Yo también trabajo” (Jn. 5:17). El no dijo: “Mi Dios hasta ahora trabaja”, sino: “Mi Padre”. Dios el Padre significa Dios el Creador, el único origen. El Hijo fue enviado por el Padre. “No puede el Hijo hacer nada por Sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (v. 19). Esta debe ser nuestra experiencia. Necesitamos recibir gracia de parte de Dios para comprender que no podemos iniciar nada, y de hecho, no nos corresponde hacerlo. Génesis 1 comienza diciendo: “En el principio creó Dios...” En el principio no estábamos nosotros sino Dios. Dios es el Padre, y todo se origina en El.

El día que Dios le muestre a usted que El es el Padre, será un día bienaventurado. En ese día comprenderá que usted no puede hacer nada y que es incapaz y no tendrá que tratar de evitar hacer esto o aquello. Por el contrario, usted preguntará: “¿Ha iniciado Dios esto?” Esto fue lo que experimentó Abraham, lo cual nos muestra que nunca le cruzó por su mente que llegaría a ser el pueblo de Dios. Abraham no empezó nada; Dios lo inició todo. Fue Dios el que lo trajo del otro lado del río Eufrates (Gn. 12:1-5). Dios lo necesitaba y lo llamó. Abraham nunca concibió semejante obra. ¡Aleluya! Dios lo necesitaba y El mismo hizo la obra.

Dios es el Padre. Abraham no se ofreció voluntariamente para ir a la tierra que fluye leche y miel, Dios lo llamó primero, y sólo entonces Abraham salió de su lugar y tomó posesión de ella. El no sabía nada al respecto. Cuando fue llamado a salir de donde estaba, no sabía adónde iba (He. 11:8). Abandonó la tierra de sus padres sin saber adónde iba. Así era Abraham. El no tomaba la iniciativa, ya que Dios era el iniciador de todo. Si usted se percata de que Dios es el Padre, no estará tan confiado ni dirá que puede hacer lo que quiera. Solamente dirá: “Si es la voluntad del Señor, haré esto o aquello. Todo lo que diga el Señor, esto haré”. Esto no significa que debemos estar indecisos, sino que debemos estar conscientes de que verdaderamente no sabemos qué hacer hasta que el Padre nos revele Su voluntad.

Abraham tampoco sabía que iba a engendrar un hijo. Hasta su hijo lo tuvo que recibir de Dios, pues él no podía iniciar nada. Su hijo le fue dado por Dios. Así se describe a Abraham.

Abraham conoció a Dios como el Padre. Esta clase de conocimiento no es un concepto doctrinal. Este tipo de conocimiento lo conduce a uno a confesar: “Dios, yo no soy el origen. Tú eres el origen de todas las cosas, y también mi propio origen. Sin Ti, yo no tendría comienzo”. Si no tenemos la comprensión que Abraham tenía, no podemos ser el pueblo de Dios. La primera lección que debemos aprender es comprender que no podemos hacer nada y que todo depende de Dios. El es el Padre y el Iniciador de todo.
SEIS

¿Qué lección aprendemos de Isaac? Gálatas 4 dice que Isaac es el hijo que había sido prometido (v. 23). En Isaac también reconocemos que todo viene del Padre. La historia de Abraham, Isaac y Jacob, relatada en Génesis 11—50, nos muestra que Isaac era un hombre común y corriente. El no fue como Abraham, ni tampoco como Jacob. Abraham vino del otro lado del río grande; era un pionero. Isaac no fue así, y tampoco fue como Jacob, cuya vida estuvo llena de dificultades y quien sufrió mucho. La vida de Isaac consistió en disfrutar la herencia de su padre. Es cierto que él abrió varios pozos de agua, pero aun éstos habían sido abiertos anteriormente por su padre. “Y volvió a abrir Isaac los pozos de agua que habían abierto en los días de Abraham su padre, y que los filisteos habían cegado después de la muerte de Abraham; y los llamó por los nombres que su padre los había llamado” (Gn. 26:18). La lección que nos enseña Isaac es que no tenemos nada que no hayamos heredado del Padre. Pablo pregunta: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1 Co. 4:7). En otras palabras, todo lo que tenemos lo hemos recibido, pues viene del Padre. En esto se resume la vida de Isaac.

Muchas personas no alcanzan la posición de Abraham, porque no pueden estar en la posición de Isaac. No llegan a ser Abraham porque no llegan a ser Isaac. Es imposible tener la experiencia de Abraham sin tener la experiencia de Isaac. Asimismo, es imposible tener la experiencia de Isaac sin tener la experiencia de Abraham. Debemos ver que Dios es el Padre y que todo procede de El, y también que somos los hijos y que todo lo que tenemos viene de El. La vida del Hijo, la cual heredamos, proviene de El. Ante Dios, nosotros solamente somos personas que reciben, pues la salvación, la victoria, la justificación, la santificación, el perdón y la libertad las hemos recibido. Por consiguiente, Isaac representa el principio de recibir. Debemos decir: “¡Aleluya! ¡Aleluya! Todo lo que tenemos viene de Dios”. En la Palabra de Dios vemos que todo lo que El le prometió a Abraham lo prometió a Isaac. Dios no le dio nada adicional a Isaac; le dio a Isaac lo que le había dado a su padre. Esta es nuestra salvación y nuestra liberación.
SIETE

Examinemos ahora a Jacob. Muchos cristianos comprenden que Dios es el origen de todo y también ven que todo lo que tienen lo han recibido. Pero existe un problema: muchos cristianos no reciben. Sabemos que todo lo que tenemos lo hemos recibido y que si no recibimos nada, sólo nos quedará la vanidad y el vacío. Sin embargo, es posible que no estemos dispuestos a recibir y que sigamos tratando de hacer cosas por nuestra cuenta. ¿Por qué? Porque no vencemos por la ley de vida, sino que procuramos vencer por nuestra propia voluntad. Una de las razones por las cuales obramos así, es que el principio de Jacob todavía permanece en nosotros; la actividad de la carne, el poder del alma, y la vida natural todavía están presentes. Doctrinalmente, sabemos que Dios es el iniciador de todo, pero en la práctica iniciamos muchas cosas. Recordamos una doctrina por dos semanas, pero para la tercera ya la hemos olvidado; luego intentamos de nuevo iniciar algo. Nos comportamos así porque Jacob todavía está presente en nosotros. Si la doctrina de vencer y la enseñanza de la santificación sólo nos dicen que todo viene de Dios y que sólo necesitamos recibir, sin decirnos que la vida natural necesita ser eliminada, dicha doctrina y dicha enseñanza no están completas y no son prácticas. Si una enseñanza no toca la vida del alma, solamente nos alegrará por varios días, y luego todo se acabará. Necesitamos ver que Dios está a la Cabeza de todas las cosas, y que nosotros simplemente recibimos. Al mismo tiempo, necesitamos darnos cuenta de que nuestra vida natural tiene que ser confrontada; sólo entonces veremos la bondad del Hijo y Su sumisión al Padre. Solamente si aceptamos la disciplina del Espíritu Santo y estamos dispuestos a que nuestra vida natural sea quebrantada, recibiremos la promesa del Hijo y seguiremos el camino del Padre. Esto es lo que vemos en la vida de Jacob.

Jacob se caracterizaba por su astucia. El era una persona excepcionalmente suspicaz que podía engañar a cualquiera. Engañó a su hermano, a su padre y a su tío. El podía inventar cualquier cosa, hacer cualquier cosa y lograr cualquier cosa. El no era como su padre, que simplemente era un hijo, sino que fue a su tío con las manos vacías y regresó lleno de posesiones. Esto es lo que representa Jacob.

¿Qué lección aprendemos de Jacob? Abraham nos muestra al Padre, Isaac al Hijo, y Jacob al Espíritu Santo. Esto no significa que Jacob represente al Espíritu Santo, sino que sus experiencias representan la obra del Espíritu Santo. La historia de Jacob tipifica la disciplina del Espíritu Santo. En él vemos a una persona astuta llena de maquinaciones y engaños. Pero al mismo tiempo, vemos una persona a quien el Espíritu Santo quebrantó gradualmente. El tomó por el calcañar a su hermano, pero de todos modos nació el segundo; engañó a su hermano dándole un plato de lentejas por la primogenitura; aún así, fue él quien tuvo que huir de casa, no su hermano. El recibió la bendición de su padre, pero fue él quien tuvo que vagar errante, no su hermano. Cuando fue a la casa de su tío, él quería casarse con Raquel, pero Labán le dio a Lea primero, no a Raquel. Por veinte años, lo consumía el calor de día y la helada de noche (Gn. 31:40). Ciertamente tuvo una vida trajinada y difícil. Todas estas experiencias eran parte del quebrantamiento del Espíritu Santo; fueron las pruebas por las que tuvo que pasar. Aquellos que son capaces de urdir tramas y maquinaciones verán la mano de Dios sobre ellos. La vida natural tiene que brotar cuando uno es sometido a presión. La historia de Jacob es un cuadro del quebrantamiento que produce el Espíritu Santo.

Algunos hermanos son excepcionalmente sagaces, analíticos, suspicaces, calculadores e ingeniosos. Pero tenemos que recordar que nuestra conducta no se basa en la sabiduría carnal sino en la gracia de Dios (2 Co. 1:12). Jacob experimentó el quebrantamiento continuo del Espíritu Santo y, como resultado, nunca pudo salirse con la suya a pesar de su sagacidad. Aquella noche en Peniel aprendió la lección más grande; esa fue la noche más importante de su vida. El pensaba que podía salirse con la suya en su relación con los demás e incluso con Dios. Pero cuando se enfrentó cara a cara con El, Dios tocó el encaje de su muslo, y quedó cojo (Gn. 32:25). El tendón del encaje del muslo es el más fuerte de todo el cuerpo. Al tocarlo Dios, tocaba la parte más fuerte de su vida natural. ¡Desde ese día, quedó cojo! Antes de quedar cojo, él era Jacob; después de quedar cojo, surgió Israel (v. 28). De ese momento en adelante, ya no era un suplantador sino uno que era suplantado. Antes había engañado a su padre, pero después fue engañado por sus hijos (37:28-35). El astuto Jacob de antes nunca habría dejado que lo engañaran sus hijos, porque él mismo era un engañador; jamás habría confiado en otros. Cuanto más una persona engaña, tanto más desconfía, dado que juzga a los demás según su propio corazón. Pero ahora las cosas eran diferentes. El Jacob de ahora era diferente del Jacob de antes; ya no confiaba en su propia astucia. Esta es la razón por la cual sus propios hijos pudieron engañarlo. Jacob derramó muchas lágrimas y su fuerza natural fue sojuzgada y llegó a Su fin. Esta es la clase de experiencia que nos constituye el pueblo de Dios. Un día Dios lo iluminará y le mostrará cuán malvado y sagaz es usted. Cuando Dios le muestre quién es usted, no se atreverá a levantar el rostro; la luz de Dios le pondrá fin y lo conducirá a admitir que usted está acabado; tampoco se atreverá a servir a Dios, pues sabrá que no es apto para servirle. Desde ese momento, usted no volverá a confiar en sí mismo. Esta es la disciplina del Espíritu Santo.
OCHO

En conclusión, Abraham nos muestra que todo pertenece a Dios, que no podemos hacer nada por nuestra cuenta. Isaac nos muestra que todo procede de Dios; que a nosotros sólo nos corresponde recibir. Pero si sólo recibimos y no tenemos el quebrantamiento del Espíritu Santo, faltará algo. Esto es lo que nos muestra Jacob. Un día el Señor vendrá a nosotros, nos tocará y desencajará nuestro muslo; juzgará nuestra vida natural. Entonces nosotros nos volveremos humildes y le seguiremos con temor y temblor; no seremos descuidados ni haremos propuestas precipitadamente. Con cuánta facilidad hacemos propuestas y actuamos sin haber orado. Cuán fácil nos es desarrollar una confianza en nosotros mismos independiente de Dios. Dios tiene que tocar nuestra vida natural de manera drástica; El tiene que quebrantarla y mostrarnos que no podemos hacer nada por nosotros mismos. Cuando veamos esto, quedaremos cojos. Estar cojo no significa que uno no puede caminar, sino que al caminar, reconocemos nuestra debilidad e inutilidad. Este es un rasgo común de todos los que conocen a Dios. Dios no conduce una persona a este punto a menos que ella tenga la experiencia de Peniel. Todos los que todavía son ingeniosos, seguros de sí mismos y fuertes no han experimentado el quebrantamiento del Espíritu Santo.

Que Dios abra nuestros ojos para que veamos la relación que existe entre estas tres clases de experiencias. Las tres son específicas y, aún así, se relacionan en el resultado que producen. No podemos tener una sola, ni solamente dos. Necesitamos entender con claridad las tres experiencias a fin de poder avanzar en el camino de Dios.
CAPITULO DOS
EL LLAMAMIENTO DE ABRAHAM
Lectura bíblica: He. 11:8-10; Hch. 7:2-5; Gá. 3:8;
Gn. 11:31—12:3, 7a; 13:14-17; 14:21-23

Ya mencionamos que Dios desea obtener un grupo de personas que lleven Su nombre y sean Su pueblo. El quiere obtener un grupo de personas que puedan decir que pertenecen a Dios y que son Su pueblo. A fin de lograr esta meta, El primero trabajó en Abraham, luego en Isaac, y por último en Jacob. Las experiencias de Abraham junto con las de Isaac y las de Jacob constituyen las experiencias básicas de todos los que deseen ser el pueblo de Dios. Esto significa que ser el pueblo de Dios no se produce por casualidad. A fin de ser el pueblo de Dios, necesitamos tener experiencias específicas con El; debemos pasar por una medida de disciplina y cierto adiestramiento antes de poder ser el pueblo de Dios y vivir para Dios en la tierra. Las experiencias básicas que se necesitan para ser el pueblo de Dios son las de Abraham, Isaac y Jacob. En otras palabras, aunque muchas personas puedan llevar el nombre de Dios y sean reconocidas exteriormente como pueblo Suyo, en realidad no son aptas para serlo, a menos que vean que todo lo que tienen proviene de Dios, que todo lo han recibido y que Dios tiene que despojarlos de todo lo que pertenece a la vida natural. De no ser así, no podrán ser útiles en las manos de Dios.
ABRAHAM ES EL COMIENZO
DE LA OBRA DE RECOBRO DE DIOS

Vayamos al relato de Abraham. Todos los que leen la Biblia notarán la importancia de Abraham. Su nombre se menciona al comienzo del Nuevo Testamento. El Señor Jesús habló de Abraham muchas veces en Sus discursos, pero a Adán, por ejemplo, no lo mencionó. El dijo: “Antes que Abraham fuese, Yo soy” (Jn. 8:58). El no dijo: “Antes que Adán fuese, Yo soy”. Tampoco se refirió a Adán como padre de los judíos, sino a Abraham (v. 56). Abraham era su punto de partida.

Que el Señor abra nuestros ojos para que veamos que Abraham es el punto de partida en el plan redentor de Dios y en Su obra de restauración. Romanos 4 nos dice que Abraham es el padre de los que creen (v. 17). Todo creyente comienza en Abraham; su punto de partida es Abraham, no Adán. Adán es el comienzo del pecado, pues el pecado entró en el mundo por un hombre (5:12). Aquel fue un comienzo corrupto. A pesar de que Abel ofreció sacrificios a Dios por fe, de que Enoc caminó con Dios y de que Noé temía a Dios, y toda su familia entró con él en el arca, no podemos recibir bendición de ninguno de éstos, pues no eran más que buenos individuos y, por tanto, ninguno de ellos puede ser el comienzo de la obra de restauración de Dios. Abel, Enoc, Noé y Abraham creyeron en Dios, pero existe una gran diferencia entre Abraham y los demás. Abraham ocupa un lugar mucho más importante en el plan de redención que ellos, porque la obra de restauración la comenzó Dios con él.

Debemos tener presente que Abraham es diferente de los demás hombres. Desde que Adán pecó, ha existido en la humanidad una línea de pecado. Aunque Abel, Enoc y Noé eran buenas personas, no pudieron interrumpir la línea de pecado ni cambiar la condición pecaminosa. El hombre había caído y había fracasado. A pesar de que estos tres hombres eran buenos, sólo lo fueron a nivel individual. Existe una gran diferencia entre ser bueno individualmente y producir un cambio. El primer caso en el que Dios usó a un hombre para cambiar la situación de pecado fue el caso de Abraham. Antes de éste, Dios obró en algunos individuos, pero no hizo nada que cambiara la situación de pecado. La primera vez que Dios movió Su mano para cambiar la condición pecaminosa se produjo cuando El escogió a Abraham. En otras palabras, el primer acto restaurador ocurrió en el caso de Abraham. La corriente del pecado había estado avanzando, y en medio de ella encontramos a Abel, Enoc y Noé. Abraham fue la primera persona mediante la cual Dios cambió la corriente. El levantó a Abraham y por conducto de él trajo la obra de liberación. Por medio de él vino el Salvador y la redención. Por esta razón, el evangelio que contiene el Nuevo Testamento comienza con Abraham. Que el Señor tenga misericordia de nosotros para que no nos limitemos a dar una exposición de la Biblia ni a ayudar a otros a entender algún tema de la misma. Esperamos que Dios en Su misericordia nos manifieste lo que está haciendo.

La redención fue efectuada por el Señor Jesús; sin embargo, comenzó con Abraham. Dios ha estado llevando a cabo una obra de restauración a lo largo de las edades y la continuará hasta el milenio. Pero el punto de partida se halla en Abraham. En otras palabras, el centro de la redención es el Señor Jesús, y su consumación se producirá al final del milenio cuando vengan el nuevo cielo y la nueva tierra. Sin embargo, comenzó con Abraham. Desde los días de Abraham hasta el final del milenio, Dios continuamente ha realizado, y seguirá realizando, una obra de restauración. Durante el largo proceso de dicha obra, el Señor Jesús es el centro, pero nunca debemos olvidar que el punto de partida fue Abraham.

Esta es la característica especial de Abraham. Lo que Dios hizo al escoger a Abraham fue muy diferente de lo que en Su gracia hizo con Abel, Enoc y Noé. Cuando Dios tomó para Sí a Abel, a Enoc y a Noé, sólo obtuvo individuos, pero cuando escogió a Abraham, no obtuvo un solo hombre, pues cuando lo llamó, le dijo claramente el motivo de dicho llamado. Le dijo que dejara su tierra, su parentela y la casa de su padre y fuera a la tierra de Canaán, y le prometió hacer de él una gran nación por medio de la cual todas las familias de la tierra serían benditas (Gn. 12:1-3). En otras palabras, el llamamiento y la elección de Abraham tenían como propósito reparar la situación pecaminosa; no estaban dirigidas solamente a Abraham como individuo. Dios llamó a Abraham porque quería usarlo, fue llamado a ser un vaso, parte de una obra, no simplemente a recibir la gracia. Una cosa es ser llamado a recibir la gracia, y otra muy distinta ser llamado a transmitir la gracia. El llamamiento de Abraham no tenía el fin exclusivo de impartirle gracia, sino hacer de él un transmisor de ella.
EL PROPOSITO DE DIOS AL LLAMAR A ABRAHAM

El propósito de Dios al llamar a Abraham era rescatar al hombre de su condición pecaminosa. No debemos considerar la elección de Abraham como un asunto personal. Al elegirlo, Dios tenía el propósito de recobrar al hombre que se hallaba en una condición de pecado. Examinemos detenidamente lo que incluye el llamamiento de Abraham y los resultados del mismo. En este llamado vemos el propósito, el plan y la predestinación de Dios. También vemos la solución a los problemas relacionados con el pecado y el diablo. Que el Señor abra nuestros ojos para que veamos estas verdades.

Génesis 12:1 dice: “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”. Dios llamó a Abraham a salir de su tierra, de su parentela y de la casa de su padre. Este es un asunto de herencia, pues el versículo 2 dice: “Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición”. La expresión “una nación grande” habla de un pueblo. Leemos en el versículo 3: “Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. Esta última frase se refiere a la meta final que tenía Dios cuando escogió a Abraham. En dicha elección se incluían tres cosas: (1) llevarlo a la tierra que Dios le mostraría, (2) hacer de él una nación grande que llegaría a ser el pueblo de Dios y (3) bendecir a todas las familias de la tierra por medio de él.
“A la tierra que te mostraré”

Dios llamó a Abraham a salir de su tierra, de su parentela y de la casa de su padre, y fuera a una tierra que El le mostraría. Abraham salió de Ur de los caldeos, una tierra idólatra. Su padre Taré moraba ahí y servía a los ídolos (Jos. 24:2). Por un lado, Dios llamó a Abraham a salir de allí, a fin de librarlo de su tierra, su parentela, y de la casa de su padre y que dejara de adorar ídolos; por otro lado, lo llamó a salir, con el propósito de introducirlo en la tierra que le mostraría, la tierra de Canaán, para que allí sirviera al Dios altísimo, dueño del cielo y de la tierra.

Dios llamó a Abraham para que entrara en Canaán, viviera ahí, lo expresara y ejerciera la autoridad de los cielos. Dios deseaba dar aquella tierra a sus descendientes. Por medio de Abraham y su prole, Dios quería tomar posesión de la tierra, ejercer Su autoridad y expresar Su gloria en la tierra. Esta era la razón primordial por la cual llamó a Abraham.

En Mateo 6 el Señor Jesús enseñó a Sus discípulos a orar, diciendo: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea Tu nombre. Venga Tu reino. Hágase Tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (vs. 9-10). La intención de Dios es que Su pueblo traiga Su autoridad y Su voluntad a la tierra. La iglesia hoy debe ser el lugar donde la gloria de Dios se expresa y donde Su autoridad y Su voluntad se llevan a cabo. El lugar donde el pueblo de Dios obedece a Su voluntad y permite que Su autoridad se extienda entre ellos, es el lugar donde la autoridad y la voluntad de Dios se llevan a cabo. Dios desea obtener un grupo de personas en la tierra que sean Su pueblo. Esto significa que El desea que entre los hombres Su autoridad y voluntad se lleven a cabo en la tierra así como en el cielo. Esta era la meta de Dios al llamar a Abraham y también es Su meta al llamarnos a nosotros a ser Su pueblo.
“Haré de ti una nación grande”

Dios llamó a Abraham no sólo para conducirlo a la tierra que El le mostraría, sino también para hacer de él una gran nación. La meta de Dios es obtener un grupo de personas para que sean Su pueblo. Dios llamó a Abraham con el propósito de hacer de él y sus descendiente un pueblo. En otras palabras, la elección de Dios comenzó con Abraham. El llamó a un hombre de entre muchos y de ahí en adelante, se reveló a este hombre y realizó Su salvación por medio de él. La salvación provendría de él. Dios alcanzaría Su meta con el hombre que había escogido y llamado.

Abraham fue elegido, lo cual significa que Dios llamó para Sí a un hombre de entre todos los hombres. Dios quería obtener un grupo de personas para Sí mismo. En el Antiguo Testamento Dios estableció una nación, Israel, debido a que deseaba obtener un pueblo en la tierra, un grupo de personas que estuvieran apartadas para El, para Su gloria, y que le pertenecieran a El.

Aunque Dios toleró a los israelitas pese a sus muchos pecados, no los toleró cuando se entregaron a la idolatría. Adorar ídolos constituye un pecado grave, pues el lugar que le corresponde a Dios nunca puede ser usurpado por los ídolos. El propósito de Dios al escoger un pueblo es que éste llegue a ser Su testimonio en la tierra. ¿Qué es lo que deben testificar? Ellos deben dar testimonio de Dios. Dios se estableció en medio de Su pueblo. En otras palabras, el pueblo de Dios es el vaso que lo contiene. Dondequiera que esté el pueblo de Dios, ahí estará el testimonio de Dios. Rabsaces, un general de Asiria, el enemigo de los hijos de Israel, dijo: “¿Dónde está el dios de Hamat y de Arfad? ¿Dónde está el dios de Sefarvaim, de Hena, y de Iva? ... ¿Qué dios de todos los dioses de estas tierras ha librado su tierra de mi mano, para que Jehová libre de mi mano a Jerusalén?” (2 R. 18:34-35). Esto nos muestra que antes de que los enemigos de los israelitas pudieran vencerlos, tenían que vencer primero a Jehová porque los israelitas eran uno con El. Dios se radicó en medio de Su pueblo. El puso en medio de ellos Su misma persona, Su gloria, Su autoridad y Su poder.

Hechos 15:14 dice: “Dios visitó ... a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para Su nombre”. Este es el cuadro descrito en el Nuevo Testamento, donde la iglesia constituye el pueblo de Dios, y en ella se encuentran el testimonio, la obra y la voluntad de Dios.

La meta de Dios es obtener un grupo de personas para Sí, las cuales declararán: “Pertenecemos a Jehová; somos del Señor”. Es por esto que la Biblia da tanto énfasis a la confesión que la persona hace de Cristo. El Señor dijo: “Todo aquel que se confiese en Mí delante de los hombres, también el Hijo del Hombre se confesará en él delante de los ángeles de Dios; mas el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios” (Lc. 12:8-9). El Señor quiere obtener personas que confiesen Su nombre. Muchas veces, confesar a Cristo no es necesariamente predicar el evangelio, sino declarar: “¡Pertenezco al Señor! ¡Pertenezco a Dios!” Este es el testimonio de Dios. De este modo Dios obtendrá algo. El desea obtener un grupo de personas que declaren: “Pertenecemos a Dios, y El es nuestro único interés”.
“Serán benditas en ti
todas las familias de la tierra”

Dios también le dijo a Abraham: “Serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Gn. 12:3), lo cual muestra que Dios no se olvidó de las naciones. Dios no bendice a las naciones de la tierra directamente, sino por medio de Abraham. Dios escogió a un hombre, y éste llegó a ser un vaso. De este hombre nació una familia, a partir de la cual surgió una nación, y mediante esta nación fueron benditas todas las familias de la tierra. Dios no bendice a las naciones directamente, sino que actúa en un solo hombre primero, y por medio de él bendice a todas las familias de la tierra. Dios depositó toda Su gracia, poder y autoridad en este hombre, y luego por medio de él impartió todo ello a todos los hombres. Este es el principio aplicado en la elección de Abraham, y sigue en vigencia aún hoy. Por consiguiente, lo más importante para Dios es escoger Su vaso. Sin duda alguna, los que son escogidos como vasos deben conocerle. La bendición para las familias de la tierra dependía completamente de Abraham. En otras palabras, el propósito eterno de Dios y Su plan están ligados a los hombres que El escoge. La firmeza o el fracaso de los escogidos de Dios determinan el éxito o el fracaso del propósito de Dios y de Su plan.

Esta es la razón por la cual Abraham tuvo que pasar por tantas experiencias y recibir tanto de parte de Dios antes de poder impartir a otros lo que él había recibido. Con razón Abraham tuvo que pasar por tantas pruebas y confrontar tantos problemas. Sólo de este modo otros podrían recibir ayuda y beneficio. Abraham conocía a Dios; por tanto, él es el padre de los que creen. Aquellos que tienen fe son hijos de Abraham (Gá. 3:7), pues son engendrados por él. Sabemos que todas las obras espirituales se basan en el principio de “engendrar”, no en el principio de “predicar”; los hijos se engendran; no se producen por la predicación. Para que Dios recupere al hombre, éste debe creer. Solamente los que creen serán justificados. ¿Qué hace Dios? Primero conduce al hombre a creer para que sea un creyente, y de éste muchos más son engendrados.

Debemos recordar que es inútil predicar sin engendrar. La predicación sólo comunica doctrinas, las cuales son transmitidas de boca en boca. Después de dar la vuelta al mundo y regresar al que las profirió, seguirán siendo doctrinas y nada más. ¿De qué le sirve a alguien predicar celosamente la doctrina de la salvación, si él mismo no conoce a Dios ni ha sido engendrado por El? Pero si una persona da testimonio de su salvación y de cómo conoció a Dios, aunque no predique, otros podrán palpar algo verdadero. Sólo esta clase de persona engendrará a otros. El principio de la obra de Dios es hacer algo en una persona primero y luego engendrar a otros por medio de ella. La obra de Dios está en la esfera de la vida, y cuando El siembra la semilla de vida en una persona, la semilla crece. Pablo les dijo a los corintios: “No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados ... pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio” (1 Co. 4:14-15). En la obra espiritual, engendrar es un principio crucial. El principio fundamental de la obra espiritual es engendrar, no predicar.

Que Dios abra nuestros ojos para que veamos cuán inútil es predicar algo que nosotros mismos no tenemos. Si tenemos la semilla, tenemos el crecimiento. Sin la semilla no puede haber crecimiento. La obra de Dios gira en torno a la vida; no es una doctrina vacía. Una vez que usted pase por la senda que Dios le ha demarcado, tendrá la capacidad de engendrar. De no ser así, no será de ninguna utilidad. A fin de bendecir a todas las familias de la tierra, Dios primero tuvo que obrar en Abraham. A fin de tener un grupo de creyentes, Dios primero obtuvo uno. Abraham fue el primero que creyó. Luego muchos creyentes fueron engendrados por medio de él. Todas las familias de la tierra son bendecidas no por escuchar un sermón, sino por recibir una vida. Dios obró primero en Abraham, y luego por medio de él extendió Su obra a mucha gente. Un día, cuando descienda la ciudad que Abraham esperaba con anhelo, la ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios (He. 11:10), todas las familias de la tierra serán plenamente bendecidas, y el plan eterno de Dios será consumado. La obra de redención comenzó en los días de Abraham. Dios hizo una obra en él a fin de hacerlo un vaso, pero el fin de dicha obra no era Abraham solo. Por medio de Abraham Dios llegó a otros.
LOS DOS LLAMADOS QUE DIOS HACE A ABRAHAM

Ahora veamos cómo fue llamado Abraham a seguir a Dios. Al leer Josué 24, encontramos que Abraham nació en una familia que adoraba ídolos. Así que, es interesante notar que la obra de restauración comenzó con Abraham. Dios escogió intencionalmente a tal persona. Esto nos muestra que “no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Ro. 9:16). Abraham nunca habría pensado que Dios lo llamaría, pues no tenía nada de que jactarse. Era un hombre común que no se diferenciaba de los demás. No fue Abraham mismo el que se hizo diferente de los demás; fue Dios quien lo llamó y lo hizo diferente. Por eso necesitamos conocer la providencia de Dios. Si Dios quiere hacer algo, lo hará. Abraham era igual que todos los demás; no había un motivo particular para que Dios lo escogiera; no obstante, lo escogió. La primera lección que Abraham tuvo que aprender fue la de saber que Dios es el que lo inicia todo. Dios llamó a Abraham dos veces. Veamos cómo lo llamó la primera vez, y cómo respondió él al llamamiento de Dios.
El primer llamamiento: en Ur

El primer llamamiento ocurrió en Mesopotamia, en Ur de Caldea. Esteban dijo: “El Dios de la gloria apareció a nuestro Padre Abraham, estando en Mesopotamia, antes que morase en Harán” (Hch. 7:2). Vemos que Dios llamó a Abraham antes de que saliera de Ur. El propio Dios de la gloria apareció a Abraham y lo llamó a salir de su tierra, su parentela y la casa de su padre, y a ir a una tierra que El le mostraría. ¿Creyó Abraham? Hebreos 11 nos dice que sí. Una vez que el hombre ve la gloria de Dios, le es imposible no creer. Abraham era un hombre común, igual a nosotros. El creyó porque el Dios de la gloria se le apareció. Dios fue la razón y la causa de su fe. Fue Dios quien inició y quien le hizo creer.

¿Era grande la fe de Abraham desde el comienzo? No. ¿Qué hizo después de oír el llamado de Dios? “Y tomó Taré a Abram su hijo, y a Lot hijo de Harán, hijo de su hijo, y a Sarai su nuera, mujer de Abram su hijo, y salió con ellos de Ur de los caldeos, para ir a la tierra de Canaán; y vinieron hasta Harán, y se quedaron allí” (Gn. 11:31). Hechos 7:2 dice que Abraham oyó el llamado en Mesopotamia. Hebreos 11:8 dice que Abraham creyó. El incidente de Génesis 11:31 ocurrió después del que se menciona en Hechos 7:2 y Hebreos 11:8. Tengamos en cuenta lo que aquí leemos: “Y tomó Taré a Abram su hijo, y a Lot hijo de Harán, hijo de su hijo, y a Sarai su nuera, mujer de Abram su hijo, y salió con ellos de Ur de los caldeos”. Esta fue la primera expresión de la fe de Abraham; él no era mejor que nosotros. Dios le dijo que saliera de su tierra. ¿Obedeció Abraham? Sí, él salió, pero Dios dijo que también dejara su parentela. ¿Hizo esto? Lo hizo a medias; Lot lo acompañó. Dios le dijo que saliera de la casa de su padre, pero Abraham se llevó consigo la casa de su padre. La salida de Abraham no fue su propia decisión, sino la de su padre: “Y tomó Taré a Abram su hijo”. No sabemos por qué Taré estuvo dispuesto a salir de Ur. Es posible que Abraham le haya dicho: “Dios me llamó, tengo que irme”. Quizás Taré lo acompañó debido a que lo quería, aunque no podemos afirmar con certeza que ése haya sido el caso. Lo que sí podemos decir es que la persona que no recibió el llamamiento fue quien tomó la iniciativa, mientras que quien fue llamado sólo se limitó a seguir. Tal vez alguien diga: “¿No es mejor que toda la familia sea salva?” Estamos de acuerdo en que fue bueno que toda la familia fuera salva. Pero el llamamiento que se le hizo a Abraham no se relacionaba con la salvación sino con el ministerio. El llamamiento de Noé a entrar en el arca se relacionaba con la salvación, pero el llamamiento de Abraham a entrar en Canaán fue un asunto de ministerio, pues cumplía el plan de Dios. Esta es la diferencia entre Abraham y Noé. Era correcto que Noé trajera consigo toda su familia al arca, pero era erróneo que Abraham trajera consigo la casa de su padre a Canaán. Si algún miembro de nuestra familia no es salvo, es correcto conducirlo a la salvación, pero si Dios nos ha llamado a ser ministros y vasos Suyos, no podemos traer con nosotros personas que no tengan el llamado.

El comienzo de Abraham fue común; él fue llamado y simplemente creyó, aunque su fe no era excepcional. Estaba dispuesto a seguir, pero no a comprometerse plenamente. Quería obedecer, pues no estaba tranquilo si no lo hacía. Deseaba salir de Ur, pero no salió por completo de allí. El no era diferente a nosotros. Por esta razón, ninguno de nosotros debe sentirse desanimado ni pensar que es incapaz. Necesitamos saber que nuestra esperanza reposa en Dios.

¿Qué pasó después de que Abraham siguió a su padre y ambos emprendieron el camino? Se detuvieron a mitad de camino. Dios quería que fuera a Canaán, pero él se detuvo en Harán y moró ahí. No comprendía que Dios tenía que hacer una obra completa en él antes de llegar a ser Su vaso. No entendía con claridad la comisión ni el ministerio que Dios tenía para él, ni sabía por qué tenía que pagar un precio tan grande. Esto también se aplica a nosotros. Debido a que no conocemos la intención de Dios, nos preguntamos: “¿Por qué me trata Dios así? ¿Por qué no me trata como a Noé? Si Noé permaneció con su familia, ¿por qué tengo yo que dejar la casa de mi padre?”. Tenemos que recordar que un vaso ordinario cuesta muy poco, mientras que un vaso fino tiene un alto precio. Dios quería que Abraham fuera un vaso de honra, así que las exigencias sobre él eran mayores. No debemos entender mal la manera en que Dios nos trata. No sabemos cómo nos va a usar Dios. Todas las experiencias que tenemos nos sirven para nuestro beneficio. Nunca debemos decir: “Si otros pueden hacer esto y aquello, ¿por qué no puedo yo hacer lo mismo?” Recordemos que Dios trata a cada persona de manera específica porque El quiere usar a esa persona de manera específica. Nuestra utilidad viene de nuestro adiestramiento específico. Por consiguiente, no debemos estar descontentos ni ser desobedientes. Resistirse a la mano de Dios o poner en tela de juicio lo que Dios hace es lo más insensato.

La obra que Dios hizo en Abraham muestra lo que Dios se proponía con él; sin embargo, Abraham no lo comprendió. El no sabía por qué Dios deseaba que él abandonara su tierra, su parentela y la casa de su padre. Solamente se alejó una corta distancia de su tierra. Aunque debía separarse de su parentela, se llevó consigo a Lot. Quería irse de la casa de su padre, pero le fue muy difícil y terminó por llevarla consigo. El no vio su ministerio ni comprendió lo que Dios estaba haciendo. Como resultado, sus días en Harán fueron un desperdicio, un retraso, y no trajeron ningún provecho.

Más tarde murió su padre, pero aún no estuvo dispuesto a separarse de su sobrino, y lo llevó consigo. Taré fue un obstáculo para Abraham sólo mientras vivía, pero Lot llegó a ser una carga para el pueblo de Dios, incluso después de su muerte. Debido a las acciones de Lot, se produjeron dos hijos. Uno fue Moab, padre de los moabitas, y el otro fue Ben-ammi, padre de los amonitas. Con el tiempo, tanto los moabitas como los amonitas fueron un problema para los israelitas.
El segundo llamamiento, en Harán

En Génesis 12 Dios llamó a Abraham por segunda vez. La primera vez lo llamó estando en Ur, mientras que la segunda fue en Harán. Dios dijo: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (vs. 1-3). Este llamamiento fue el mismo que Dios le había hecho originalmente. El escuchó este llamado una vez más en Harán. El primero lo condujo a la mitad del camino; el segundo lo llevó hasta Canaán. ¡Debemos darle gracias al Señor incesantemente porque El nunca desiste! ¡La persistencia de Dios es maravillosa! Nosotros llegamos a ser cristianos por Su persistencia, no por nuestra capacidad de asirnos a El. Si dependiera de nosotros, ya nos habríamos soltado de El hace mucho tiempo. Abraham pudo llegar a Canaán por la persistencia de Dios. Nosotros podemos ser cristianos porque Dios nos sostiene. Gracias al Señor que El es un Dios que no nos suelta.

En la aparición de Dios a Abraham y en el llamado que le hace, vemos que El es un Dios que nunca es derrotado. ¡Dios es el Dios de la gloria! Desde la caída de Adán hasta cuando Dios se le apareció a Abraham, la Biblia narra muchas de las ocasiones en que Dios habló al hombre, pero no dice que se apareciera a ninguno. La primera vez que la Biblia cuenta que Dios se le apareció a un hombre fue el caso de Abraham en Mesopotamia. Por esta razón, decimos que la obra de restauración de Dios comenzó con Abraham. Antes de esto, Dios nunca se le había aparecido al hombre. Pero en esta ocasión, El se apareció a Abraham. A pesar de que ya habían pasado dos mil años de historia desde que el hombre había caído, y a pesar de que desde el punto de vista humano, Dios aparentemente había fallado, Su aparición nos dice que en realidad ése no era el caso. ¡No se había apartado de Su meta, pues el Dios de la gloria se apareció a Abraham! ¡Dios es el Dios de la gloria! El es el Alfa y la Omega. ¡El sigue siendo el Dios de la gloria! Nada puede ser más estable que el Dios de la gloria, y nada puede durar más que Su gloria. Desde Adán hasta Abraham pasaron dos mil años, no veinte ni doscientos. Aunque Dios no se le apareció al hombre durante un largo tiempo, El no había fallado, pues El es el Dios de la gloria.

El Dios de la gloria apareció a Abraham y le dijo lo que debía hacer. Abraham no sólo recibió la aparición de Dios sino que le fue confiada la voluntad de Dios. El sabía lo que Dios quería que hiciera. Dios le dijo: “Vete ... a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande ... y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. Dios habló de esta manera a Abraham para mostrarle que a pesar de dos mil años de fracasos humanos y a pesar de la multitud de los pecados del hombre, El venía para recuperarlo, para iniciar una obra de restauración por medio de él.

Abraham oyó el primer llamamiento de Dios y creyó. En consecuencia, salió de Ur de Caldea. Sin embargo, siguió a su padre y permaneció en Harán; sólo avanzó hasta la mitad del camino. Es muy difícil olvidar nuestra historia de salvación, pero es fácil olvidar la visión de nuestro llamado al ministerio. Nos es fácil hacer a un lado nuestro llamamiento. En el momento que llegamos a estar ligeramente ocupados con nuestro servicio a Dios, fácilmente olvidamos nuestro ministerio y el propósito de Dios. Abraham olvidó que Dios lo había llamado. Así que necesitaba que Dios le hablara otra vez, y le volvió a decir lo mismo que le había dicho en Harán. Gracias al Señor que El nos habla una y otra vez para que sepamos sin ambigüedades lo que El desea.

Abraham oyó el llamamiento. La fe que había sido depositada en él la primera vez que fue llamado revivió. Su fe fue recobrada, y pudo continuar su camino.
CAPITULO TRES
ABRAHAM Y LA TIERRA DE CANAAN
Lectura bíblica: Hch. 7:2; Gn. 12: 4—13:18; 14:11-23

La historia de Abraham se puede dividir en tres secciones. Génesis del 12 al 14 forman la primera sección, cuyo énfasis es la tierra de Canaán. Los capítulos del quince al veintidós constituyen la segunda, la cual gira en torno a su hijo. Y los capítulos del veintitrés al veinticinco forman la tercera sección, que narra lo que sucede con Abraham durante su vejez. Examinemos la primera sección.

Leemos en Génesis 12:4-5: “Y se fue Abram, como Jehová le dijo; y Lot fue con él. Y era Abram de edad de setenta y cinco años cuando salió de Harán. Tomó, pues, Abram a Sarai su mujer, y a Lot hijo de su hermano, y todos sus bienes que habían ganado y las personas que habían adquirido en Harán, y salieron para ir a tierra de Canaán; y a tierra de Canaán llegaron”. Después que Abraham oyó el segundo llamado de Dios en Harán, salió de allí y fue a Canaán. Pero debemos darnos cuenta de que es posible que una persona llegue a Canaán sin saber para qué está ahí. No debemos pensar que al recibir la visión todo se producirá automáticamente. Una cosa es tener la visión celestial, pero es otra muy distinta obedecer dicha visión. Después de que Abraham llegó a Canaán, el versículo 7 narra lo siguiente: “Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido”. Esta es la segunda vez que Dios aparece a Abraham y la tercera que le habla. Dios se le aparece y le habla una vez más para que él tenga una impresión fresca y clara de lo que Dios le había encomendado.

Es muy fácil perder la visión del llamamiento de Dios. Aun al procurar deliberadamente ser buenos cristianos, es posible perder la visión. Podemos perderla aun mientras laboramos diligentemente día tras día. No piensen que sólo las cosas de este mundo pueden nublar nuestra visión; también las cosas espirituales pueden hacerlo. Si no vivimos continuamente en la presencia de Dios, nos será fácil perder la visión del llamamiento que se nos hizo. El llamado que recibió la iglesia es el mismo que recibió Abraham. Sin embargo, muchas personas no han descubierto la esperanza de este llamamiento. Esta es la razón por la cual Pablo oró diciendo: “Para que ... sepáis cuál es la esperanza a que El os ha llamado” (Ef. 1:18). La esperanza se refiere al contenido del llamamiento que Dios hace. Que Dios nos libre de ideas preconcebidas centradas en nosotros mismos. Sabemos que Dios nos llama con una meta definida. Nuestra salvación consiste en cumplir esta meta. Si no hemos visto la substancia del llamamiento de Abraham, no entenderemos el significado de nuestro propio llamamiento. Si no hemos visto la clave del llamamiento de Abraham, no veremos nuestro propio ministerio. Si no comprendemos esto, obraremos como si edificásemos una casa sin cimientos. ¡Cuán fácil nos es olvidar lo que Dios desea! Muchas veces, cuando tenemos demasiado que hacer y la obra se vuelve un poco más agitada, perdemos de vista nuestro llamamiento espiritual. Necesitamos volver al Señor una y otra vez y suplicarle: “¡Aparéceteme continuamente y háblame!” Necesitamos tener una visión continua y eterna; necesitamos ver la meta de Dios y lo que El está haciendo.

Abraham había llegado a Canaán. Después de su llegada, ocurrieron algunas cosas. Primero, edificó tres altares y luego fue probado tres veces.
ABRAHAM EDIFICA UN ALTAR

Después de que Abraham llegó a Canaán, la Biblia nos dice que el primer lugar al que se dirigió fue Siquem, donde edificó un altar. El segundo lugar adonde se dirigió fue Bet-el, y ahí también edificó un altar. Más tarde, pasó a Egipto, y después al sur. De allí regresó a Bet-el, entre Bet-el y Hai, al lugar donde había edificado un altar. Más tarde pasó a Hebrón y ahí edificó otro altar. En estos tres sitios Abraham edificó tres altares. Los tres lugares tienen un altar y, por ende, son santificados. La Biblia nos muestra que Dios usa estos tres lugares —Siquem, Bet-el y Hebrón— para representar a Canaán. Ante Dios, Canaán tiene las mismas características de Siquem, Bet-el y Hebrón. Al examinar estos tres sitios, veremos lo que es Canaán. Veamos las características de estos tres lugares.
Siquem (hombro): fuerza

“Y pasó Abram por aquella tierra hasta el lugar de Siquem, hasta el llano de More ... Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido” (Gn. 12:6-7). Abraham llegó a Siquem. El significado de la palabra Siquem en el idioma original es “hombro”. En el cuerpo humano el hombro es el punto donde se ejerce más fuerza. El hombro puede cargar lo que la mano no puede. Por consiguiente, Siquem también significa “fuerza”. La primera característica de Canaán es la fuerza. Esto significa que la fuerza de Dios está en Canaán. Canaán no sólo es un lugar donde fluyen leche y miel; también es un lugar de fortaleza.

La Biblia nos muestra que el poder de Dios no es simplemente un poder milagroso, sino que es el poder de la vida; es un poder que satisface al hombre. El Señor dijo: “El que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que Yo le daré será en él un manantial de agua que salte para vida eterna” (Jn. 4:14). ¡Cuán poderoso es esto! ¡Este es el poder de la vida! ¡La vida del Señor tiene el poder de satisfacer! Aquel que posee la vida del Señor, jamás tendrá sed, porque será satisfecho interiormente. Aquellos que están satisfechos interiormente y que han recibido la vida en su interior son los más poderosos. Ellos están en Siquem, el hombro, y son capaces de llevar una carga pesada. Agradecemos y alabamos al Señor que una característica de Canaán es el poder de la vida.

En Siquem estaba el encino de More (Gn. 12:6). El nombre More en el idioma original significa “el que enseña” o “enseñar”. Se relaciona con el conocimiento. El encino de More estaba en Siquem. Esto significa que el conocimiento viene del poder. En otras palabras, el verdadero conocimiento espiritual viene del poder de Cristo. Si no tenemos el poder satisfaciente de la vida de Cristo, no tendremos el verdadero conocimiento espiritual y no podremos transmitir nada espiritual a los demás. Si Dios ha de tener un vaso que recupere Su testimonio en la tierra, tal vaso debe ser un vaso particular. La primera necesidad de este vaso no es recibir doctrinas, sino ser satisfecho y adquirir el poder de la vida; entonces podrá recibir el verdadero conocimiento. Existe una enorme diferencia entre la doctrina y la vida. Aquélla resulta de oír algo exteriormente, mientras que ésta se produce al recibir una visión interiormente. Uno puede olvidar lo que oyó, pero la visión interior es imposible de olvidar. Si alguien dice: “Ya no me acuerdo de la cruz, porque nad
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Clasificado como: Narrativa   ›   Novelas gráficas
Palabras clave: Abraham, Isaac y Jacob constituyen el comienzo de la historia del pueblo de Dios
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