



"Oh Musa de mis entretelas y de mis húmedos desvelos, dime del hábil varón que en su largo extravío, tras haber arrasado el alcázar sagrado de Atlantidavid, conoció las ciudades ciclópeas y el genio de innúmeras abadesas. Dime, oh perra del Empíreo, cómo pudo el profesor Labola –sin más concurso que el de su carcunda– desencadenar la ira de los elementos de la tabla periódica, tal que el Hades hubiera descendido en paracaídas sobre la ciudad de La Boina. Canta oh tú, julandrona del verso fácil y la oda épica, el himno ad eternum de aquel simple mortal, que predicó en latines el evangelio a los bosquimanos vestido a guisa de Indiana Jones y que regresó a la civilización para dar la brasa, al socaire de la brisa. Glosa sus fazañas y dalas a conocer por la ruidosa urbe y el orbe judeopagano, oh divina nenaza, pues el pueblo llano desea escuchar nuevamente sus muchas y grandes obras, que han tenido en vilo a la opinión pública mundial desde los tiempos antiguos."
páginas 80 y 81
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