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Francisco Margallo

Sobre el libro
Agraciado con un indiscutible carisma profético escribía Ortega en El Imparcial el 27 de agosto de 1908: El poder educador de todas las religiones, su energía socializadora e integradora ha cumplido su tiempo. No puede esperarse ya de ellas la renovación del hombre, la edad moderna ha traído unas virtudes nuevas: los deberes públicos y sociales. Estas virtudes terrenales nos ofrecen la posibilidad de moralizar España (La cuestión moral X, 77). Es preciso hacer laica la virtud. A un Dios laico, popular, corresponden unas virtudes también laicas, populares, que nos lleven a hacer más justa la convivencia en el mundo. Esta preocupación es una constante en él y así lo manifestó en una conferencia en el Ateneo de Madrid el 15 de octubre de 1909: lamentablemente la generación anterior no nos ha dejado en herencia virtudes modernas. (Discursos políticos, Alianza Editorial 1974, 15).                                

Más adelante, en los años veinte, cuando se intentaba la reforma de las comarcas o regiones, diez en total entonces, lo que hoy llamamos comunidades autónomas, él abogaba porque se concediera el máximo posible de competencias a los gobiernos del territorio provinciano, como la mejor forma de revitalizar al país. Es lo que se está haciendo hoy con la reforma de los estatutos que tanta polémica están suscitando. Pero él agrega algo muy importante que hay que tener en cuenta: toda reforma que no cale en el estrato profundo, que no punce al español en el nervio de su vida individual, será inoperante. Hay que poner fuera de sí al español, si se quiere ponerle en la Historia. Desde hace siglos el hombre medio hispano cayó dentro de sí mismo como en un pozo y no ha salido aún (La idea de gran comarca o región XI 259).    

Entre las virtudes públicas, de las que se ocupa más extensamente, hay que señalar como significativas la ciencia, la cultura, la política y el socialismo, todas las cuales han ocupado un puesto importante en la sociedad.


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