Calendario 30 / diciembre / 2020 Cantidad de comentario Sin Comentarios

Conoce a Betina Plomovic, autora de Anorexia y psiquiataría, que muera el monstruo, no tú: Vivencias de acompañar a un ser extraordinario. Reflexiones y propuestas para recuperar la salud

Betina Plomovic  “ANOREXIA Y PSIQUIATRÍA:  QUE MUERA EL MONSTRUO, NO TÚ.Somos responsables de nuestra salud, no culpables de nuestra enfermedad

¿Quién es Betina Plomovic?

 

Betina Plomovic es un heterónimo que protege la identidad de mi hija, ya que el libro que presento es mi vivencia de haberla acompañado durante su larga y grave enfermedad. Como Betina Plomovic me sumo a visibilizar lo que sucede en psiquiatría,  reflexionando sobre ciertos tratamientos que deterioran la salud y están lejos de generarla. Me interesa validar a las personas que lo sufren, compartir lo aprendido, acompañar y especialmente alentar a no perder la esperanza, pues la sanación siempre es posible.

 

¿Cómo has llegado hasta aquí? Tu experiencia con la anorexia fue el punto de partida?

Mi punto de partida es la reflexión sobre las relaciones entre padres e hijos, desde mi propio trayecto. Llevo años escribiendo sobre ello. Las adolescencias de mis hijos no han sido fáciles, sin embargo la experiencia al límite ha sido acompañar una grave enfermedad de mi hija menor, verla consumirse lentamente ante su férrea decisión de no comer ni beber.

 

Todo empieza aquí. Para entender tu libro y tu proyecto debemos comprender cuál fue tu proceso. Háblanos de ¿qué es la ANOREXIA?

Para referirnos a la enfermedad llamada anorexia, me resulta clarificador hablar primero de lo que no es anorexia y aún así recibe este diagnóstico. Para ello en el libro propongo un símil con las quemaduras y sugiero diferenciar trastornos distintos: anorexia de primer grado o falsa anorexia, anorexia de segundo grado o reactiva y anorexia de tercer grado, refiriéndome a las personas gravemente enfermas y para quienes decididamente los protocolos de tratamiento más conocidos resultan muy perjudiciales, sino letales.

Literalmente “anorexia” significa “ausencia de apetito”, así que cuando tenemos mucha fiebre o una migraña, por ejemplo, todos tenemos anorexia. Desde esta lógica, cuando se observa a alguien que rechaza comer se pretende que la razón es que no tiene hambre, y se dice que padece “anorexia”. Sin embargo, si en vez de centrarnos en el síntoma se atendiera a la persona enferma, nos daríamos cuenta de que la anorexia como enfermedad no es un trastorno de la alimentación sino una negación total a la vida que surge de una profunda crisis existencial, más próxima a un trastorno por desapego vital, No se trata de una depresión,  sino de una falta de arraigo que precipita en un deseo de “no ser”, una lucha intestina muy profunda que nada tiene que ver con su síntoma ni con la comida.

La necesidad de definir bien esta enfermedad es una urgencia para aquellas personas que la padecen, pues aún no existe consenso médico en su definición, ni sus causas ni su tratamiento, y las líneas de investigación son incluso contradictorias.

 

Una gran desconocida…

Efectivamente, es una enfermedad desconocida y además muy estigmatizada. En el imaginario colectivo la anorexia se define como una enfermedad moderna de ciertos colectivos  bienestantes,  sin embargo está documentada desde hace más de diecisiete siglos y afecta a personas de distinta condición socioeconómica. También se divulga que la padecen personas perfeccionistas, con una autoestima baja o con una gran obsesión por su cuerpo, y ello sigue siendo un estereotipo que forma parte de su estigma.

Existen investigaciones que se centran exclusivamente en un trastorno mental, otras en factores biológicos o neurológicos, disfunciones del sistema digestivo, la inmunología o causas genéticas, entre otras líneas de trabajo que por supuesto fundamentan terapias muy distintas. Tantas líneas de investigación nos alertan de sigue siendo una enfermedad aún enigmática y muy desconocida.

 

¿Por qué crees que provoca rechazo?

A mi parecer, el rechazo surge de la falta de comprensión de una  enfermedad muy grave y de los prejuicios que la confunden con una obsesión por estar delgado, de ahí la necesidad de un diagnóstico diferencial. Los estereotipos y las definiciones superficiales fundamentan las terapias que consideran la anorexia como “un trastorno de la conducta alimentaria” y justifican una actuación médica centrada en el síntoma y en una lucha de poder: “tiene que saber quién puede más”, me indicaba la jefa de la unidad de salud mental infanto-juvenil del hospital . Como se da por supuesto que “la anorexia es su decisión”, se insta a estas personas a que reaccionen en base a castigos y se las llega a tratar con crueldad, en los mismos recintos hospitalarios.

Mi experiencia es que hay enfermedades que suscitan empatía –como la mayoría de base orgánica o los traumatismos- y otras enfermedades que incomodan –como las llamadas raras o las mentales, que además suelen conllevar estigma (social, familiar o institucional). También el entorno cotidiano se posiciona de forma sutil: En la escuela, por ejemplo, no provoca la misma reacción la baja médica de un alumno por un cáncer que por una anorexia, siendo ambas enfermedades potencialmente mortales. Además, es frecuente culpabilizar a la persona afectada de anorexia o a su entorno, especialmente a su madre. Esta reacción resultaría impensable en otras enfermedades.

También es cierto que resulta un gran reto acompañar a las personas gravemente enfermas, ya que su situación nos supera: Topamos con su rechazo a la ayuda que resumo en ese contradictorio “ayúdame pero no quiero que me ayudes”, así como la horrible visión de su propio deterioro, que provoca una gran impotencia. Resulta difícil sostener el aliento cuando se escucha “ya sé que puedo curarme, pero no quiero”.

Realmente la llamada “anorexia” es una enfermedad incómoda, de difícil gestión, larguísima y extenuante, incomprensible hasta para quién la vive de cerca. El resultado es que, efectivamente, provoca mucho rechazo.

 

¿Cómo debe ser el papel del acompañante? Muy a menudo, queriendo aportar y conseguir la mejora, podemos causar recaídas o no favorecer la evolución del paciente?

Sin duda, la participación de los acompañantes no es neutra. Me sumo a la visión de que los acompañantes –seamos o no familiares-  podemos contribuir a potenciar la salud de nuestro ser querido o formar parte de los condicionantes que sostienen su enfermedad. Todos debemos ser muy cautos con los beneficios secundarios del estar enfermo, y ser conscientes de que según cómo actuamos podemos interferir su mejor evolución hacia la recuperación de la salud. Es muy importante que nos demos cuenta de las conductas y relaciones tóxicas cuando nutrimos un “triángulo dramático”, y para ello es tan importante que los acompañantes estemos incorporados en el proceso terapéutico, nos coordinemos con el equipo médico y apoyemos ese proceso de generar salud.

Sin embargo, en las unidades de salud mental se opta por desterrar a la familia y considerar a la persona enferma como un fenómeno aislado al que hay que reparar.  Sin duda ello provoca muchísimo sufrimiento innecesario, más soledad, incomprensión, descoordinación, o más errores. Afortunadamente existen también multitud de profesionales que entienden que la participación del acompañante es importante, y lo tienen en cuenta.

 

Betina Plomovic  “ANOREXIA Y PSIQUIATRÍA:  QUE MUERA EL MONSTRUO, NO TÚ.En el libro hablas de malas prácticas judiciales, sanitarias de servicios sociales… ¿Qué tienen en común esas formas de proceder?

Cuando acudimos a urgencias hospitalarias, buscamos apoyo profesional a una situación médica grave que no podemos resolver. No somos culpables ni delincuentes ni maltratadores, sino estamos muy enfermos -o acompañamos a alguien muy enfermo- y nos urge asistencia médica. Poco nos imaginamos que tras unas urgencias en una unidad de salud mental se activa un protocolo judicial que retira la tutela de los padres de una persona menor de edad, por lo que un ingreso voluntario pasa automáticamente a ser un internamiento, sin derecho a alta voluntaria ni a ser informado de medidas terapéuticas como el aislamiento o las prohibiciones de visitas, las contenciones mecánicas –han llegado a atar a mi hija a una mesa-, o la imposición de una medicación, sin ninguna explicación. Además se trata de un internamiento que no tiene fecha límite y que puede alargarse por plazos -por ejemplo, de medio año-, con una simple nota del psiquiatra al juez. En paralelo a esta supremacía del sistema médico sobre el judicial –incluso en contra de la legislación-, también interviene el departamento de servicios sociales, que puede llegar a cuestionar la tutela de una persona menor de edad en base a prejuicios de que la familia no es la adecuada, y decidir sobre la tutela institucional de un joven ante la atónita mirada de sus padres.  La institución psiquiátrica, empoderada por el sistema judicial y de servicios sociales, se convierte entonces en un sistema autoritario que nos somete a través de la represión y los juegos de poder.  El resultado es que ya no importa el respeto y la salud de las personas, sino que acaten y se amolden a unos protocolos, aunque éstos les enfermen más, vulneren sus derechos y les usurpen el control sobre su vida: La persona enferma se ve obligada a delegar su responsabilidad en el cuidado y promoción de su salud y su vida depende entonces de las decisiones que imponen los médicos, los jueces y los asistentes sociales, decisiones impuestas sin conversarlas ni con el enfermo. Los acompañantes son apartados y la información que reciben depende exclusivamente de la sensibilidad personal del facultativo/a, pues nada le obliga a dar información suficiente ni a incorporarlos en el tratamiento. Este sistema debilita a la persona enferma, le quita la responsabilidad de cuidar de su salud y la inserta en un protocolo de enfermedad nada sanador, muy supeditado a las pautas de las farmacéuticas.  Es lo que llamamos la medicina al servicio de la industria de la enfermedad.

 

A pesar de todo, hablas de AGRADECIMIENTO, como un sentimiento que deseas transmitir y que es el motor para dar continuidad a tu actividad. Agradecimiento al que dedicas un apartado (a tu hija, marido, profesionales…) antes de seguir con el resto de temas. ¿Qué te hizo llegar a ello?

Cuando me di cuenta de que la difícil enfermedad de mi hija era tratada como una lucha de poder, y de que el hospital no era un aliado de su salud sino donde mi hija empeoraba de forma alarmante, la situación se volvió muy desesperante. También viví desconcertantes reacciones de mi entorno, cuando parte de la familia negaba la enfermedad o algunos amigos se distanciaron a medida de que mi hija se agravaba. En esos momentos, el incondicional apoyo de ciertas personas que se mantuvieron siempre presentes fue un apoyo vital para no desmoronarme y seguir buscando lo que podía promover su salud.

Sin duda, un gran agradecimiento y admiración a mi hija, que afrontó la difícil tarea de responsabilizarse de la gestión de su enfermedad e iniciar su proceso de sanación. Y a tantas personas que acompañaron su proceso y especialmente no agredieron nuestra esperanza. Confío en que la ética de la profesión médica impulse la inmediata reflexión sobre los actuales tratamientos en salud mental y un nuevo paradigma de medicina humana.

 

Hay algo que comentas que considero fundamental y es lo siguiente: “…sin duda, el gran cambio de la salud de mi hija se produjo a partir de iniciar un proceso de sanación, entendido como recuperar la integridad cuando la vida se presenta rota y fragmentada…”. Me gustaría que nos lo expliques.

Tenemos un sistema médico excelente cuando se trata de dar ciertas respuestas muy técnicas, aunque su excesiva hiper especialización suele perder de vista nuestra multidimensionalidad como seres humanos. Sigue también siendo una gran realidad que nuestro sistema médico, y en especial el psiquiátrico, resulte tan vinculado a la industria de la enfermedad pautada por las farmacéuticas, con parcos intereses en promover nuestra salud.

Lo cierto es que nuestra salud está condicionada por la calidad de nuestras relaciones, de nuestra alimentación, de nuestro sueño o de nuestra forma de comunicarnos, también por la generación de bienestar que nos proporciona un ejercicio adecuado, por gestión de nuestras distorsiones cognitivas -y las reacciones emocionales que provocan-  por la inclusión de la creatividad y el humor en el día a día, por los hábitos en la respiración, por los espacios de trabajo o por el tiempo de ocio de calidad, entre otras variables que inciden a distintos niveles de nuestro ser: Cómo vivimos estos aspectos conforma paulatinamente nuestro estado de salud, en un sentido saludable o enfermizo. Y está claro que necesitamos activarnos en cada uno de los aspectos descritos para ser los protagonistas de nuestra vida y atender todos los condicionantes de nuestra salud. Y ello no depende de ingerir medicamentos, sino de aprender a generar nuestra propia química de bienestar y a mantenerla durante toda la vida, es el camino hacia nuestra integridad.

La clave está en recordar que somos responsables de nuestra salud, no culpables de nuestra enfermedad. Podemos sanarnos a pesar de estar enfermos, es nuestra responsabilidad y también nuestro derecho. Para ello, necesitamos una medicina que nos cuide antes de intentar curarnos, que nos informe y nos acompañe en este proceso de volver a recuperar nuestra integridad: este es el camino de sanación.

 

Insistes en la protesta sobre la METODOLOGÍA aplicada en algunos tratamientos psiquiátricos y empiezas a hablar de tratamiento holístico. ¿En qué consiste?

Mi convicción es que enfermamos a distintos niveles, y que cuando la enfermedad debuta a nivel físico hay otros campos que ya han sido afectados anteriormente. Sin embargo, la medicina llamada tecnocrática se enfoca en los síntomas, y se aleja de una visión médica que abraza la realidad de que los seres humanos somos una unidad compleja a la que es necesario entender de forma completa –esto es el tratamiento holístico-: una mirada integral de su ser, incluyendo lo físico, lo emocional, lo intelectual y también el reconocimiento de su dimensión más profunda –por no llamarla trascendente o sagrada-, y  que hay muchos aspectos a atender para promover nuestra salud. Lo que está claro es que dormitar medicado en una unidad cerrada de psiquiatría no promueve salud.

Abordar un tratamiento holístico o integral supondría dirigirse a la persona en su globalidad, no a su síntoma, atender sus necesidades reales, facilitarle los estímulos y el apoyo necesario para movilizar sus recursos internos y acompañarle en el proceso de recuperar su salud.

 

A partir de aquí se produce un punto de inflexión en el cual pones en REVISIÓN la psiquiatría tal como está concebida y reivindicas una psiquiatría humana y un nuevo paradigma en psiquiatría. ¿Puedes hablarnos de ello? ¿Cuál es el nuevo paradigma?

La psiquiatría es un ámbito médico muy inaccesible, que se ha intentado revisar sin éxito desde hace muchos años. Recordemos que inicialmente en los hospitales psiquiátricos dormitaban personas enfermas, además de personas sin hogar e incluso delincuentes. Los psiquiátricos eran un mosaico de las personas indeseables que la sociedad decidía esconder para no disturbar a las demás.

Está claro que se han realizado múltiples intentos de revisar y humanizar las unidades de salud mental, aunque siguen preservando su connatación carcelaria y una vez ingresado no es fácil salir de forma voluntaria y especialmente deshacerse del estigma de enfermo mental. La revisión íntegra y a fondo de la psiquiatría, sigue sin efectuarse: La prueba son los múltiples usuarios que denuncian el trato recibido y reclaman poner freno a los abusos institucionales, especialmente la contención mecánica, la contención química –la llamada camisa de fuerza moderna- , el aislamiento o la restricción de derechos, entre otros. Si partimos de que la ciencia es un paradigma, sorprende cómo en psiquiatría aún se actúa con rigidez y prepotencia, sin cuestionarse, lo que llega a causar importantes iatrogenias médicas como la cronificación o el agravamiento de un cuadro clínico.

El nuevo paradigma en psiquiatría necesita ser sensible a lo humano, y atender nuestra multidimensionalidad, apoyar el frágil vínculo con lo vital y promover que las personas usuarias sean agentes de su propia salud. La primera urgencia sería conseguir un cambio de percepción de los médicos: Primero, reconocer la importancia de CUIDAR a la persona enferma, antes de intentar curarla: Escucharla, resolver sus dudas e informarle de los tratamientos propuestos, atender sus necesidades (personales, vinculares…) y muy especialmente no agredir su esperanza de vida mediante un pronóstico limitante. Cuidar incluye, por supuesto, ni castigar ni culpabilizar. Una segunda urgencia supondría abrirse a metodologías alternativas a la contención química y al aislamiento –como la cronomedicina, el trabajo corporal, ejercicios de respiración, la creatividad, los paseos al aire libre, y tantas otras- : es importante que la persona enferma reconecte con el vínculo deteriorado con su esencia, con la naturaleza, los ciclos de descanso y actividad, el contacto con los elementos, la interacción con la vida, la responsabilidad en el cuidado de una planta o un animal, entre otros. Especialmente, urge movilizar los recursos sanos a través de herramientas terapéuticas que activen a la persona y la hagan partícipe necesaria de su proceso de sanación.

 

¿Qué es la SALUTOGÉNESIS?

La palabra salutogénesis se refiere literalmente al concepto de generar salud, y se opone a su contraria patogénesis, que sería lo que promueve la enfermedad. Desde el punto de vista de la salutogénesis, el tratamiento médico se enfoca en lo que promueve salud y bienestar en vez de centrarse en la enfermedad y sus síntomas. Sin duda, soy testigo de la urgente necesidad de reclamar que la psiquiatría se revise y se centre en la salutogénesis en vez de seguir supeditada a la industria de la enfermedad.

 

¿Por qué dices que SANAR es RECONECTARNOS con nuestra naturaleza?

Una enfermera me dijo “Su hija no tiene nada orgánico, entonces tiene una enfermedad mental”. Es una dicotomía habitual: o la enfermedad está en el cuerpo o está en la mente. Estamos acostumbrados al escrutinio diagnóstico que ubica nuestro síntoma y nos proporciona un diagnóstico, y el asunto es que a veces no nos sirve para nada, pues se centra en una somatización que está muy lejos de su causa.

Vivimos con crecientes comodidades en unas urbes donde se estandariza todo a lo largo del año: los servicios, la temperatura, los productos ofertados en los supermercados o el rendimiento laboral y académico, todo en modelos rígidos de horarios y expectativas. Nada sorprende ni surge de la rutina, y si lo hace es tratado de anómalo… o patológico. La sociedad así construida necesita técnicos estandarizados, que respondan igual y que enfermen igual antes de ser repuestos. Se esfumó la heterogeneidad y la diversidad de formas de ser que constituyen la normalidad en la vida natural, tal como sucede en el bosque y en cualquier hábitat saludable. Si somos personas humanas, con tanta similitud orgánica con otros mamíferos, puede que la artificialidad en la que estamos inmersos repercuta en nuestro estado de salud, y especialmente en nuestra salud mental.

Dice la Premio Nobel de la paz Wangari Maathai que enfermamos a nuestro planeta y simultáneamente erosionamos nuestra ecología interna, y parece una dinámica creciente. Estos tiempos de concienciación ecológica con la consigna “no hay planeta B” y de incremento de diagnósticos psiquiátricos nos confrontan con la realidad que provoca un planeta enfermo: necesitamos vivir sus ciclos, reconectarnos, llenarnos de vida y salud mental, emocional, física y espiritual.

Puede que la primera necesidad del sistema médico sea reconocer nuestro vínculo desintegrado con nuestra esencia. Sanar esta relación supone reconectarnos con la naturaleza, y ello forma parte intrínseca de la salutogénesis.

 

¿Cuál es tu proyecto Betina?

Presento una acción temporal de visibilizar la situación actual en psiquiatría y contribuir al debate para su revisión y la gestación de un nuevo paradigma enfocado en la generación de salud. El libro “Anorexia y Psiquiatría, que muera el monstruo no tú” aborda esta parte de mi proyecto: Aporto información y vivencias que puedan ser apoyo y acompañamiento a personas enfermas, y también reflexiones y propuestas para una medicina más humana.

Una segunda finalidad de mi proyecto, se enfoca a promover espacios de salutogénesis, y en especial la generación de espacios de acogida, contemplación y sanación para estancias cortas de personas en crisis. Al mismo tiempo, motivar el apoyo comunitario en el acompañamiento y la reintegración social de personas en situación frágil.

 

¿Cuál sería tu mensaje para todos los que se hayan visto afectados por un tema como este o sientan la necesidad de interesarse por ello?

Me dirijo a personas enfermas o acompañantes y les aliento a que no pierdan nunca la esperanza: no acepten pronósticos que nos deshaucian y nos conducen a la autoprofecía cumplida. Es importante no desfallecer, siempre es posible generar salud.

A los profesionales agradezco su conocimiento y su servicio, y al mismo tiempo les pido que no nos usurpen nuestra responsabilidad: No queremos delegar la responsabilidad sobre nuestra salud, ni confirmar una estadística, ni estar al servicio de la industria de la enfermedad. Necesitamos que autoevalúen su tarea y revisen el paradigma médico para reenfocarlo en el cuidado de las personas enfermas y en la promoción de su salud.

Por último, me incluyo al recordarnos que todos somos susceptibles de enfermar o de tener una crisis desbordante en algún momento de nuestra vida. Nos urge superar los estigmas y facilitar apoyo comunitario a las personas llamadas enfermas mentales: Son nuestros hijos, nuestros padres, o nosotros mismos en un momento de fragilidad y de ruptura.

 

¿Qué espacios vas a crear para desarrollar este tema y aunar esfuerzos para trabajar estas líneas que propones?

En mi libro aporto no sólo mi vivencia personal con el ánimo de visibilizar y acompañar a personas que están atravesando una experiencia similar, también abordo lo que considero las urgencias médicas y sociales desde la perspectiva de la llamada medicina de la complejidad. Aporto mis propuestas y también la urgencia de que necesitamos pacificar nuestra relación con la naturaleza si deseamos sanar individual y colectivamente.

Mi propuesta es disponer de un marco profesional en el que desarrollar un proyecto sociosanitario solidario llamado Proyecto Norka, que se interesa por la promoción de espacios de acogida, contemplación y sanación, donde se facilite apoyo jurídico y asistencial a situaciones de gran vulnerabilidad y se fortalezca la generación de salud y la autonomía. Anticipo que es un proyecto solidario fundamentado en la justicia social y ecológica -Ecología profunda- y comprometido con el cambio de paradigma en salud mental.

 

¿Qué te gustaría conseguir?

Mi visión es contemplar el respeto a todos los seres que sufren más debido a la intervención institucional, especialmente las personas diagnosticadas de patología mental. Mi deseo es prevenir y evitar más iatrogenias médicas, jurídicas y sociales de un sistema de poder que no asiste a las personas ni promueve salud, y contribuir a que las personas enfermas sean asistidas por un sistema médico que las cuide y las empodere.

Mi intención es contribuir a crear redes de sensibilización donde debatir abiertamente sobre asuntos vinculados con la salud mental y su asistencia, crear espacios de salutogénesis para personas en crisis, promover cultura y práctica de promoción de la salud. Y ello como contrapunto a la industria de la enfermedad y la injerencia de la farmacéutica en las facultades de medicina, en las consultas médicas y los hospitales. Mi visión es el fomento de una red solidaria de apoyo que se sustente en la implicación comunitaria para resolver y acompañar situaciones de vulnerabilidad sociosanitaria. Y finalmente, conseguir espacios de sanación y salutogénesis para personas que no necesitan estar encerradas en unidades de salud mental. Somos muchas personas reclamando un cambio de paradigma social y médico, que humanice nuestras instituciones. Por mi parte, aporto el libro y todo mi compromiso en seguir colaborando en esta misión, que es la de todos.

 

Mi agradecimiento a la autora por su humanidad, generosidad y valentía al compartir su experiencia y convertirla en algo tan POSITIVO.

 

Isabel Merino Pella
Asesora Editorial

 

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