Calendario 26 / junio / 2017 Cantidad de comentario Sin Comentarios

Cuando quieres añadir diálogos a tu historia, lo más es fácil pensar en cómo la gente habla en el mundo real. Esta es nuestra referencia principal, la primera fuente de inspiración que nos viene a la cabeza. Sin embargo, si te sientas a escuchar las conversaciones a tu alrededor, pronto comprendes que muchas no funcionarían sobre el papel.

De hecho, si eres buen lector, te darás cuenta de que poco tienen en común los diálogos escritos con los que nos rodean cada día… En el post de hoy, vamos a comentar las diferencias entre ambos tipos de diálogos para que puedas enfrentarte a la tarea de escribir con más experiencia.

Diálogos: de la vida real a la escritura

 

Las interrupciones y los cambios de tema

Piensa, por ejemplo, en las interrupciones o dudas que tratamos de reflejar en nuestro diálogos. Algunas interrupciones pueden funcionar bien en papel, pero no en la medida en que lo hacen en la vida real. ¿Imaginas a un hablante literalmente diciendo «Pe-pe-pero… ¿Có-cómo lo sabes?»? Nosotros tampoco. Y sin embargo, esta grafía ayuda a un lector a comprender bien lo que pasa por la mente del personaje.

Un rasgo muy típico de las conversaciones habladas es que tienen tendencia a cambiar de un tema a otro sin demasiada relación. ¿Cómo serían los diálogos de tus personajes si reprodujeran esto mismo? Probablemente resultaría imposible seguir el hilo de la conversación y el lector no tardaría en aburrirse. De la misma manera, una conversación demasiado literal, «de ascensor», puede resultar aburrida, textual y poco trascendente. La clave está en utilizar el diálogo para representar una situación puntual, que avance la narración, en lugar de reproducir una escena paso por paso.

Para saber si vas por buen camino, puedes preguntarte: ¿impulsa este diálogo la historia hacia adelante? Si la respuesta es no, entonces debes armarte con unas buenas tijeras y recortar todo aquello que no lleve a la historia a avanzar. Y si te preguntas por qué tu diálogo no funciona, lo más seguro es que estés utilizándolo a modo de relleno en un momento de poca inspiración.

Conclusión: Dialogamos todo el tiempo en la vida real, pero tus lectores no necesitan ver retratada una conversación minuto a minuto para comprender lo que ocurre en la ficción. Las descripciones y el contexto son igualmente importantes y deberás buscar un buen equilibrio entre lo que les cuentas y lo que tú necesitas imaginar para reproducir una escena. Selecciona aquellos fragmentos del diálogo que realmente impulsan la historia.

Retratando la personalidad en los diálogos 

No olvidemos que uno de los objetivos a la hora de incluir diálogos es mostrar a tus personajes en acción. Son una parte de la narración especialmente útil para conocerlos en profundidad, ver cómo se expresan, cómo se sienten… Y nos permiten revelar estos datos al lector sin tener que recurrir al narrador o a incisos. Se trata, por así decirlo, de una vía de comunicación directa. Para comprender mejor este punto, adaptamos un fragmento de la bitácora Palabras, muros y otras historias, que dice lo siguiente:

Hay un tema a tomar en cuenta, al escribir diálogos, que me parece interesante señalar: En la vida real (suponiendo que existe), dialogamos no sólo con las palabras, sino con gestos y, más importante, entonaciones. Es difícil (y algunas veces imposible) recrear esa riqueza sin explicaciones. Se me ocurre un ejemplo:
—¡Imbécil! —exclamó X, golpeando enfurecido la mesa.
—¡Imbécil! —exclamó Y, riendo a carcajadas con la ocurrencia de Z.
Los personajes usan las exactas mismas palabras, pero no dicen lo mismo (¿o sí?) Eso se entendería fácilmente, sin explicaciones, si viésemos los gestos y escuchásemos el tono (en una peli, por ejemplo), e incluso sólo escuchando el tono (radionovela o similar) Sin embargo, es posible evitar explicaciones o, al menos, reducirlas, dejando en voz de los personajes la responsabilidad de definir el tono. Es decir, el tono, e incluso los gestos, pueden ser adivinados por el lector, debido a un contexto que los propios diálogos ayudan a construir. Supogamos:

—¡Imbécil!
—Me encanta cuando me dices eso. Y tu risa es, sin duda, un festín.

Sabemos que Y exclama “¡Imbécil!” por una ocurrencia anterior de Z. La respuesta de Z ayuda a hacer entender que es una situación distendida. No hace falta describirlo, y queda al lector reconstruir la escena. 

Como ves, esto nos lleva a modificar la literalidad del diálogo, la “frescura” lo que ocurriría en la vida real, e introducir algunos elementos artificiales que aclaren mejor el contexto. Ojo, porque esto no significa que debamos sobrecargar el diálogo de información… Se trata simplemente de buscar el equilibro.

Diálogos: de la vida real a la escritura

 

El extremo más peligroso: lo vulgar

Hay un riesgo enorme al “calcar” el lenguaje oral: reproducir exactamente palabrotas, onomatopeyas, formas de habla, dificultades en la pronunciación… Abusar de estos recursos puede hacer la lectura imposible. Escoge bien los que vayas a utilizar (por ejemblo, muletillas para tus personajes, rasgos concretos del habla en una zona geográfica, jerga) y no abuses de ellos. Dosifícalos y conseguirás que el lector los capte en su justa medida.

Recuerda que el objetivo es que la conversación parezca realista, no forzada.

En definitiva, si bien hay muchas ideas que podemos sacar del habla cotidiana, de la vida real, los diálogos tienen una narrativa propia. Explora los diferentes consejos que te hemos aportado en este artículo y prueba a ponerlos en práctica para mejorar tu escritura.

Si quieres seguir aprendiendo sobre los diálogos, te recomendamos mucho la lectura de este artículo de Literautas en el que te dan varios consejos breves. Además, puede que te interesen nuestro post “5 ideas para escribir buenos diálogos“.

¡Hasta pronto!

 

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