Calendario 29 / abril / 2020 Cantidad de comentario Sin Comentarios

Nando baja cada tarde a dar un par de vueltas a la manzana de la mano de Sara, su mamá. Necesita los brazos de la calle para acunar su angustia cuando los de su madre no pueden. Sus estereotipias se intensifican, los gritos comienzan a ser más fuertes y seguidos, y de ahí a autolesionarse quedan cinco minutos. Tiene veinte años y autismo severo.

—¡Cabrones, a casa!

—¡Mírales qué pachorra!

―No se les cae la cae la cara de vergüenza…

Esto es lovestido de aceite que tienen que sufrir a cada paseo; los alaridos de unos cuantos justicieros de pacotilla que durante el confinamiento, en vez de aprovechar para leer un poquito más, ordenar su casa o darse un tripazo contra la nevera (me trae sin cuidado) ,se dejan llevar por una especie de enajenación estúpida (y esperemos transitoria) que les hace creerse con el derecho a insultar a cualquier persona que pasa por la calle, sin plantearse siquiera quién es y qué hace ahí. En este caso una persona con discapacidad, pero también la enfermera que va al hospital, el conductor de autobús que en breve empieza su turno, el empleado del súper que ha acabado el suyo y llega agotado a casa…

Sara mete la llave en la cerradura con los ojos empañados de derrota, una más. Debería estar acostumbrada a los sinsabores de la sociedad hacia la discapacidad, pero ¿cómo se acostumbra alguien a que humillen a su hijo? Nando pareció leerle el pensamiento y le regaló una sonrisa. Las vende caras, y a su madre la supo a vida.

A las ocho en punto los dos salieron a aplaudir al balcón. Era el momento del día que Nando más disfrutaba, como si en cada aplauso viajara la esperanza, como si de cada palmada saliera una chistera con una sorpresa para el mundo…

Su vecina de al lado, vio a Sara más triste de lo normal. Sabía la penitencia que pasaba cada tarde.

―No te preocupes, bonita. Han dicho en la tele que, si lleváis un pañuelo azul, la gente os reconocerá y se acabarán los insultos.

Sara le respondió con una sonrisa agradecida por ese trocito de aliento, pero no sabe qué es peor; si salir a la calle sin ninguna identificación para que les insulten o si tener que «uniformarse» para que no lo hagan.

Al día siguiente llamaron al timbre. Cuando Sara abrió, solo había una caja de cartón a su nombre. La abrió y dentro descansaban dos pañuelos azules y un misterioso dibujo de lo que parecía ser un vestido hecho con aceite, y una nota:

El vestido de aceite es para que te lo pongas antes de salir de casa y cada palabra infame se resbale en él, y los pañuelos azules son sólo escudos para que no molesten los moscones. Si hay que uniformarse, pues nos uniformamos todos

Cuando Nando salió aquella tarde de la mano de su mamá, vivió su momento preferido del día. Pero esta vez sólo para él. Todos los vecinos, menos los «juececillos» que estarían lamiéndose las heridas enfurruñados, salieron a los balcones, pañuelo azul al cuello, a regalarles el aplauso, la chistera de sorpresas…

Sheila Pérez
Autora del libro solidario Almas Discapaciamadas
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