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Imágenes del poder en la edad media. Tomo I. Selección de Estudios del Prof. Dr. Fernando Galván Freile

de Varios autores
  • Autor: Varios autores
  • N° de páginas: 543
  • Tamaño: 240x170
  • Formato: Paperback / softback
  • isbn: 9788497735643
  • Idioma: español
  • visitas: 4
LA CARTA DE ARRAS OTORGADA POR EL CONDE RODRIGO MART?NEZ: UN EJEMPLO TEMPRANO DE ICONOGRAF?A NOBILIARIAEl documento en el que se centra nuestro breve estudio se custodia en el Archivo de la Catedral de Valladolid y es una de las piezas más notables del mismo, tanto por el contenido como por la excepcional ornamentación que presenta.Se trata de una carta de donación o de arras, fechada el 21 de noviembre de 1129, en la que el conde Rodrigo Martínez entrega una serie de heredades a doña Urraca Fernández; ambos contrayentes son miembros de familias muy destacadas de la nobleza peninsular.Por lo que respecta a la tipología documental, las características son similares a las de otras piezas contemporáneas, como puede comprobarse en cartas del mismo Archivo de la Catedral de Valladolid.Sin que restemos interés a los aspectos históricos o diplomáticos, nuestra atención se dirige hacia la poco común ornamentación que presenta el documento y que ha suscitado el interés de los que lo han estudiado6. Sin embargo, no es frecuente que un documento de estas características o similares presente este tipo de decoración. Existen algunos ejemplos muy semejantes en documentos aragoneses, si bien el contenido de los mismos nada tiene que ver con el que estamos analizando. Nos referimos a la Donación del rey Pedro I a la diócesis de Huesca-Jaca, a dos de las copias de las Actas del Concilio de Jaca y a la Donación de Ramiro I y su hijo Sancho a San Pedro de Jaca9.En todos estos casos se trata de miniaturas relativamente simples, realizadas a pluma y con un cromatismo muy limitado. Por el parecido formal con la que es objeto de nuestro estudio, destacaríamos la de la Donación del rey Pedro I, en la cual aparece el soberano entronizado, entregando el documento al obispo; el monarca se sienta sobre un trono alto, mientras que el prelado lo hace sobre una silla curul.Tampoco es habitual la figuración de miembros de la nobleza en las artes plásticas hispanas de los siglos anteriores al gótico, si bien existen notables excepciones, como la presencia de la condesa doña Sancha en el Libro de las Estampas o condes tan significativos como Raimundo o Enrique, ambos de la casa de Borgoña, cuyas efigies aparecen el Tumbo A compostelano.Estamos, por lo tanto, como ya señalábamos líneas arriba, ante una iconografía realmente novedosa y poco común dentro del panorama artístico hispano del siglo XII.Los contrayentes han sido figurados en la parte inferior del documento, en una superficie relativamente amplia, lo que nos indica la importancia que se le concede a la imagen.Ambos personajes aparecen sobre dignos asientos, dirigiendo su mirada el uno hacia el otro, en idéntica actitud: el conde alarga su mano izquierda en la que sostiene la carta de arras, que es recogida por su esposa con la mano diestra. A los dos protagonistas se les concede una trascendencia similar, puesto que han sido representados al mismo tamaño y a idéntica altura, sin que se observe jerarquización alguna.En este sentido resulta remarcable el hecho de ambos porten los mismos atributos, atributos que no son otros que los empleados para las figuraciones de los monarcas, utilizándose una iconografía que, por sus características y simbolismo, parecería exclusiva de los soberanos.El conde Rodrigo aparece portando una serie de objetos y ataviado con unas vestiduras que corresponderían a la dignidad de un rey de la época.El primer elemento destacado es el trono sobre el que se sienta15. Es de sobra conocido que los asientos dignos no son una característica exclusiva de la iconografía regia, sino que con frecuencia se ha utilizado como complemento de las imágenes de la divinidad, santos, evangelistas, obispos, etcétera16. Sobre el asiento se dispone un almohadón cilíndrico, con remates esféricos, ornado con un reticulado17; esta pieza textil es muy común en las representaciones de la época y especialmente en las manifestaciones bizantinas. El escabel también es un símbolo de dignidad, que aísla al personaje que apoya en él sus pies, separándolo del suelo; este valor simbólico se justifica en el caso de efigies de monarcas19, deidades, santos, o altas jerarquías eclesiásticas, sin embargo nos resulta un tanto extraño en el caso que nos ocupa.El manto es una prenda que también se puede considerar como regalia, pues la vestidura que mejor identifica la figura del soberano, al menos durante los siglos de la alto y plenomedievales; así lo pone de relieve Isidoro de Sevilla cuando, en su Historia de los Godos, señala, refiriéndose a Leovigildo: “Fue el primero que hizo aumentar el erario y el fisco, y también fue el primero que se presentó a los suyos en solio, cubierto de vestidura real; pues antes de él, hábito y asiento eran comunes para el pueblo y para los reyes”. En una línea similar se expresan las Partidas de Alfonso X: “Vestiduras fazen mucho , (...). E los sabios antiguos establecieron, que los Reyes vestiesen paños de seda, con oro e con piedras preciosas, porque los omes los puedan conoscer luego que los viesen a menos de preguntar por ellos”21. Es un modelo de manto muy amplio, ricamente ornado y anudado sobre el hombro derecho, siguiendo una tipología característica del románico.Sobre su cabeza ciñe una especie de corona esférica, que bien podría tratarse de un tocado; no nos parece, en absoluto, lógico pensar que un conde lleve una corona, atributo regio por excelencia23. Sin embargo, la extraordinaria similitud que guarda con los modelos representados en otras miniaturas, no nos queda duda de que el objeto figurado es, en efecto, una corona; nos referimos a las que portan algunos de los soberanos del manuscrito 1513 de la Biblioteca Nacional de Madrid.Por último, en su mano derecha sostiene un elemento fitomórfico que guarda una estrecha similitud con un cetro, atributo del poder real que con frecuencia presenta un remate vegetal25; ocasionalmente las formas son muy fantásticas.En el caso de doña Urraca los elementos figurados son prácticamente los mismos, falta la corona, que se sustituye por una toca. El trono ha variado en cuanto la forma, pues se emplea una silla con remates inferiores en forma de garras de felino y los superiores que terminan en cabezas también zoomórficas. El asiento se cubre con un faldistorio, dotando así al mueble de una mayor dignidad y suntuosidad.Finalmente, restaría hacer una referencia a la cartela que sostienen en sus manos el conde Rodrigo y su esposa; se trata de una especie de filacteria en la que se puede leer CARTAM ROBORAT COMES; nos encontramos, pues, ante una figuración del propio documento en el que se inserta la miniatura, de manera que en ésta se representa de una manera figurativa el acto documental28, mediante la entrega, por parte del conde, de la carta a su esposa. En este sentido también observamos similitudes con algunas iconografías protagonizadas por los soberanos, como son las presentes en los tumbos, en las cuales los monarcas son figurados portando en sus manos una cartela o filacteria alusiva a las donaciones recogidas en el cartulario.Nos encontramos, por lo tanto, ante un intento de emulación de fórmulas icónicas propias de la monarquía, tanto por los modelos precedentes y contemporáneos, como por el simbolismo intrínseco a los diferentes regalia. De esta manera se dota de una mayor solemnidad al documento, a la vez que se ratifica el carácter validativo de la imagen.Pero la imagen autentifica el documento en función de la lectura que se puede hacer de la misma, no por el hecho de que los personajes representados guarden parecido físico con los protagonistas reales del acto documental; no nos encontramos ante retratos, en el sentido fisiognómico o naturalista con que normalmente utilizamos ese término, sino ante arquetipos.Restaría, finalmente, plantear un interrogante para, el que por el momento, no podemos ofrecer solución: se da la circunstancia de que un gran número de los documentos alto y plenomedievales que presentan miniaturas de los personajes que protagonizan los actos recogidos en los mismos, son copias posteriores32, rehechas o, en ocasiones, falsificadas, de manera que la imagen actúa como refuerzo de la “debilitada” conexión entre autor-otorgante y texto. No tenemos datos que nos indiquen que nos encontramos ante otro documento que no sea el original34; no obstante, pensamos que si la miniatura se realizó en la fecha consignada en el pergamino -1129-, se trataría de una obra de calidad, poco frecuente en las primeras décadas del XII, ya que se trata de una iluminación muy simple, pero muy correcta en cuanto al dibujo, comparable a obras tan notables como podría ser el Libro de los Testamentos ovetense.Dejando sin clarificación este planteamiento, podemos concluir señalando la originalidad de la representación de unos miembros de la nobleza, para lo cual se ha optado por una iconografía plenamente consolidada, como es la regia, y que servía para la doble función de ilustrar el acto documental como para dar mayor solemnidad al mismo.Fernando Galván Freile, “La carta de Arras otorgada por el Conde Rodrigo Martínez:un ejemplo temprano de iconografía nobiliaria”, en La nobleza peninsular en la Edad Media, León, 1999, pp. 541-547
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