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Imágenes del poder en la edad media. Tomo II. Estudios in memoriam del Prof. Dr. Fernando Galván Freile

de Varios autores
  • Autor: Varios autores
  • N° de páginas: 500
  • Tamaño: 240x170
  • Formato: Paperback / softback
  • isbn: 9788497735650
  • Idioma: español
  • visitas: 3
EL REY ALFONSO VI (M. 1109) EN LA OBRA DEL OBISPO PELAYO DE OVIEDO (M. 1153)RAQUEL ALONSO ?LVAREZUNIVERSIDAD DE OVIEDOResumenEl obispo Pelayo de Oviedo (m. 1153) fue uno de los prelados que apoyaron a Alfonso VI (m. 1109) en las reformas realizadas en su reino. En este artículo se estudia la visión que el clérigo ofrece del monarca en sus obras más importantes, el Liber Testamentorum Ecclesiae Ouetensis y el Corpus Pelagianum.Igualmente, se intenta reconstruir el método histórico seguido por el escritor y algunas de las fuentes usadas en sus escritos.Palabras clave: Obispo Pelayo. Alfonso VI. Rey Pelayo. Liber Testamentorum. Corpus pelagianum. Arca Santa. Planto. MiniaturaRésuméLe roi Alfonso VI (m. 1109) poussa quelques importants changements dans son royaume. Pour en reussir, le roi s’appuya sur les plus importants de ses évêques, Pelage d’Oviedo (m. 1153) parmi eux. On étudiera dans cet article l¿image du roi donneé par l¿ évêque dans les plus importantes de ses oeuvres : le Liber Testamentorum Ecclesiae Ouetensis et le Corpus Pelagianum. On essaiera aussi d’expliquer la méthode historique utilisée par Pelage ainsi que de montrer quelques sources usées dans ses chroniques.Mots clés: ?vêque Pelage. Alfonso VI. Roi Pelage. Liber Testamentorum. Corpus pelagianum. Arca Santa. Planctus. Enluminure.Hace algunos años, el profesor Fernando Galván Freile publicaba el único trabajo dedicado hasta la fecha, desde una perspectiva de Historia del Arte, al manuscrito 1513 de la BNE, manifestando así su interés por la fascinante figura del obispo Pelayo de Oviedo. En recuerdo de Fernando, me ocuparé en este artículo de algunos aspectos relativos a la producción literaria del prelado, utilizando para ello, entre otras fuentes, el códice objeto de aquella pionera investigación.I. EL OBISPO PELAYO DE OVIEDO: VIDA Y OBRAEl obispo Pelayo forma parte del grupo de clérigos que desempeñó un destacado papel en la adopción de usos litúrgicos y culturales europeos en el Reino de León. No conocemos la trayectoria anterior a su llegada a Oviedo, si bien probablemente era asturiano o leonés y fue quizá educado en el monasterio de Sahagún o estuvo relacionado al menos con ese establecimiento. Aunque sin pruebas concluyentes, se le ha identificado con un diácono documentado en 1096 en la catedral, estimando por tanto que en ese momento ya se encontraría en Oviedo. Sin que puedan descartarse estas suposiciones, lo cierto es que la primera aparición indiscutible del obispo se halla al principio del Corpus pelagianum, donde se indica la fecha de su consagración como obispo: Pelagius ovetensis ecclesiæ episcopus fuit consecratus sub Era MCXXXVI. IIII. Kalendas Januarii.O sea, el 29 de diciembre de 1098. Puesto que en esos momentos todavía ocupaba la sede de Oviedo Martín, se creyó que Pelayo desempeñaría las funciones de obispo auxiliar. Ya B. F. Reilly llamó la atención sobre lo anómalo de este cargo, inédito en la Edad Media. Recientemente, E, Jérez ha propuesto una solución satisfactoria al problema: la data incluida en el Corpus pelagianum habría sido reproducida por el copista con un pequeño error de puntuación. En realidad, reconstruye E. Jerez, la lectura correcta sería Era MCXXXVIII, I kalendas Januari, 31 de diciembre de 1101, ya desaparecido su predecesor por tanto.En los años siguientes se mantuvo invariablemente próximo a los círculos cortesanos, tanto bajo Alfonso VI, al que estimaba especialmente, según veremos, como en época del reinado de la hija de éste Urraca. Tras la muerte de la reina, en 1126, la estrella del prelado se eclipsó, iniciándose una época de dificultades con el sucesor Alfonso VII. Pelayo acabó por ser depuesto en el concilio de Carrión (1130), aparentemente a causa de su oposición al matrimonio del monarca con Berenguela, emparentada con el novio en un grado prohibido por la Iglesia. La caída en desgracia de Pelayo no ha dejado de causar extrañeza, y para comprenderla se han buscado diversas explicaciones.En todo caso, Pelayo desocupó en 1130 la cátedra episcopal de Oviedo, si bien recuperó el cargo, brevemente y en circunstancias oscuras, entre los años 1142 y 1143. Murió en 1153.Pelayo de Oviedo es autor de un importante corpus literario en el que destacan una compilación documental, el llamado Liber Testamentorum Ecclesiae Ouetensis, y la serie de composiciones históricas englobadas en el Corpus Pelagianum. La primera obra, conservada en su versión original ricamente iluminada, es el ms 1 del Archivo de la Catedral de Oviedo, un espectacular cartulario ilustrado con inusual profusión. No conocemos la segunda más que a través de la enmarañada serie de copias cuya secuencia ha sido recientemente revisada por E. Jerez. Siendo muy recomendable la lectura de este trabajo para el conocimiento de la obra pelagiana, a nosotros nos bastará en este momento con una breve información. En resumen, y espero no traicionar demasiado las tesis tan pulcramente sostenidas por el autor, en la biblioteca de Oviedo hubo al parecer tres colecciones distintas relacionadas con Pelayo: La primera se conservaba en el llamado Codex uetustissimus ovetensis, desaparecido pero copiado a iniciativa de Ambrosio de Morales en el famoso BNE ms 1346 (fol. 1 v-96). Aquí se recogieron redacciones tradicionales algo retocadas por el obispo. Correspondería a un estadio primitivo del Corpus Pelagianum. La segunda se conoce como Compilación A y ha llegado a la actualidad a través de numerosas copias de las que nos interesan, por sus ilustraciones, las realizadas a fines del siglo XII: el BNE ms 1358 y, especialmente, el bello BNE ms 2805. La tercera, y última, es la Compilación B, compuesta por una combinación de las anteriores. De sus copias, destaca el BNE ms 1513, posiblemente realizado en el siglo XIII y que cuenta con una amplia serie de miniaturas.E. Jerez concluye proponiendo que esta Compilación B representada especialmente por BNE ms 1513 se terminó de reunir y copiar una vez muerto el obispo Pelayo, añadiéndosele además en ese momento los textos preliminares. Debemos entender, en consecuencia, que también las ilustraciones del prototipo serían posteriores a 1153.Disiento de esta estimación. Creo, por el contrario, que indicios iconográficos y compositivos indican que tanto la Compilación A como la B fueron ilustradas en época del polígrafo ovetense, si bien es posible que se realizara algún añadido al núcleo inicial después de la muerte del prelado.Tampoco hay acuerdo sobre la cronología del LT. E. E. Rodríguez Díaz propuso la temprana fecha de 1109 para un primer bloque al que se habrían añadido las donaciones de Urraca y la historia de la fundación de Lucus Asturum después de 1118, si bien las miniaturas podrían ser posteriores a todo este proceso. En general, se considera una obra algo más tardía, realizada ca. 1118-1130. A pesar de los esfuerzos realizados, no se han localizado paralelos convincentes que expliquen y ayuden a datar las miniaturas de este desconcertante manuscrito, si bien algunos detalles sugieren una cronología temprana.Especialmente llamativa es la serie de variadas y extravagantes coronas con que se cubren los reyes del LT. La de Fruela II, por ejemplo, parece una versión simplificada del tocado de la Gallia del grupo de provincias que rinden homenaje al emperador en los Evangelios de Munich de Otón III (Munich. Bayerische Staats Bibliothek, Clm. 4453, fol. 23 v.), de 983-1002. En el mismo séquito, Germania lleva una corona escalonada semejante a la de Alfonso II en el LT. La Biblia de Roda (BNF, ms. Lat. 6, fol. 66 r), de la segunda mitad del siglo XI contiene igualmente algún objeto parecido. También presentan notables semejanzas con las coronas del códice ovetense las de los Reyes Magos de la Adoración esculpida en un hueso de ballena, una pieza probablemente hecha en el norte de España que se conserva en el Victoria and Albert Museum de Londres. Desdichadamente, la obra se fecha de manera imprecisa en la primera mitad del siglo XII.II. ALFONSO VI EN LA OBRA DE PELAYO DE OVIEDOLas referencias a Alfonso VI pueden encontrarse en toda la obra del obispo Pelayo, en el LT y en el CP. En esta última composición se trata la figura del monarca en el Liber Chronicorum, tanto en las interpolaciones añadidas por el obispo a la Adefonsi Tertii Chronica como en su propia composición histórica.III. ALFONSO VI EN EL LIBER TESTAMENTORUMLa colección de donaciones que beneficiaron a la Iglesia de Oviedo, copiadas en el LT incluye, claro, las efectuadas por Alfonso VI junto con algún otro privilegio concedido por el monarca. De todo el lote, únicamente se consideran indudablemente auténticos unos pocos documentos. Otros dos son sospechosos por lo menos de manipulación y el resto absolutamente falsos. Auténticos o falsos, se trataba probablemente de reunir un grupo significativo de diplomas relacionados con Alfonso VI que irían encabezados por una miniatura del monarca seguramente a página completa, una composición que se conserva en las donaciones efectuadas por Alfonso II, Ordoño I, Alfonso III, Ordoño II, Fruela II, Bermudo II y Alfonso V. Desdichadamente, las representaciones de Ramiro II, Fernando I y Alfonso VI han desaparecido, aunque al parecer dejando huellas que quizá permitieran su recomposición. Para el caso de Alfonso VI se ha sugerido, partiendo de algunos rastros de oro en el folio enfrentado, una escena desarrollada en la Cámara Santa de la catedral, identificación que parece difícil asegurar sin los correspondientes estudios técnicos, si fuera posible realizarlos. Por el momento, debemos conformarnos con aproximarnos a la imagen del monarca, more pelagiano, a través de otras obras del prelado.IV. ALFONSO VI Y EL ARCA SANTA DE LAS RELIQUIASEl relato de las vicisitudes del Arca Santa es sin duda la pièce de résistence de las composiciones pelagianas. Relatada una vez y otra en su producción literaria, la historia no es nunca exactamente la misma pero el narrador se las arregla para suministrar informaciones complementarias sin incurrir en contradicciones, rasgo indicativo del rigor con que fue planificada la obra. A nosotros nos interesa el recorrido del relicario a partir de su llegada a Asturias.Una de las partes más significativas del CP es el Liber cronicorum ab exordio mundi, pieza histórica compuesta por diversas crónicas anteriores, cuidadosamente interpoladas por el prelado, que concluye con el Chronicon regum legionensium, escrito por él mismo. Del Liber cronicorum forma parte una manipulada Adefonsi tertii crónica en su versión Ad Sebastianum, en la que encontramos esta primera aparición del Arca Santa en tierra asturiana. La llegada se hace coincidir con la elección del príncipe Pelayo como caudillo de los insurrectos, ligándose de esta manera el inicio de la Reconquista a este nuevo palladion que se presentaba como protector de España. El obispo, de un plumazo, eliminaba la larga tradición que hacía al Apóstol Santiago custodio del Reino de Asturias, a la vez que proponía un nuevo centro de peregrinación localizado en su diócesis. Las miniaturas con que se ornamentan los manuscritos, sin representar directamente el Arca Santa, manifiestan sin embargo un interés destacado por el caudillo asturiano. El BNE ms 1513 presenta al príncipe en compañía de Sebastián, obispo al que se atribuía la crónica manipulada por el historiador. Mucho más expresivo es el BNE ms 2805. En este códice, la Adefonsi tertii chronica sólo se copia fragmentariamente a partir de Mauregato y en ella no aparece por tanto el príncipe Pelayo. Su figura se trata, sin embargo, unos folios antes, en la Chronica Albendensia, reproducida en este caso de manera más o menos literal. Al llegar al capítulo correspondiente al Ordo gotorum obetensium regum, la inicial de la primera palabra, primum, adquiere un espléndido desarrollo independiente. El texto describe sumariamente la victoria obtenida por los resistentes asturianos ante los invasores musulmanes, sin referencia alguna a los prodigios que favorecieron el triunfo cristiano. En el scriptorium de Oviedo se compensó la sequedad de la crónica con el poder de la imagen al representar en la “P” inicial al rey Pelayo en la batalla de Covadonga. Que esta representación, la más antigua conservada del caudillo asturiano, haya pasado hasta el momento prácticamente desapercibida se debe a la errónea identificación del personaje con su homónimo, nuestro obispo de Oviedo. El texto, sin embargo, no deja lugar a dudas: Primum in Asturias Pelagius regnauit in Canonicas (…). Por el astil de la “P”, que arranca de un dragón, ascienden los musulmanes intentando alcanzar la parte superior donde la figura del caudillo, en el interior del alvéolo de la letra, emerge tras una estructura arquitectónica, una fortificación quizá. Detrás de él, un montón de piedras recuerda las armas que, según la Adefonsi tertii chronica, se usaron en la lucha. Pelayo va ataviado como rey, con una corona que de nuevo responde a modelos miniados de finales del siglo XI, por ejemplo la que lleva el monarca entronizado en el centro de una de las tablas lunares del ms 17 del St. John’s College, de Oxford (fol. 27 v), de ca. 1080-1100. De las iluminaciones hispánicas inmediatamente posteriores desaparecerán estos repertorios, un tanto fantasiosos. Coronas del tipo descrito no se encuentran ni en el “Tumbo A” de Santiago de Compostela (1129-1134) ni en el “Libro de las Estampas” de la catedral de León (ca. 1200), estudiado por Fernando Galván. El príncipe asturiano sostiene, además, una cruz en la mano izquierda a la que señala con el índice de la derecha, manifestándose de esta manera inequívocamente el protagonismo del objeto. La relación entre la llamada Cruz de la Victoria, donada por Alfonso III a la catedral de Oviedo en 908, y la leyenda que suponía que el alma de madera de la joya había sido enarbolada por Pelayo en la batalla de Covadonga, no aparece en las fuentes literarias, como notaron H. Schlunk y P. Henriet, hasta el siglo XVI. Efectivamente, Ambrosio de Morales recoge la tradición, carente de base documental según se cuida el erudito clérigo de advertir, en su Viage Santo. No creo arriesgado identificar la pieza representada en el BNE ms 2805 con el comentado núcleo lígneo de la Cruz de la Victoria, retrotrayendo por tanto el origen de la leyenda a época de Pelayo de Oviedo. En los dos casos los brazos son desiguales, más largo el vertical, y de remate trilobulado, y el gesto realizado por el caudillo, señalando con el dedo la cruz, indica la relevancia del objeto. En todos los inventarios que detallan el contenido del Arca Santa, también en el recogido en el LT, se incluye un fragmento del lignum crucis, una reliquia que probablemente se encontraba también en el locus practicado en el cruce de brazos de la Cruz de la Victoria como era habitual en este tipo de objetos desde época visigoda. Aventurándonos a errar reconstruyendo las conexiones mentales establecidas por el gran fabricante de mitos patrios que fue Pelayo de Oviedo, creo posible que el prelado haya deseado relacionar la reliquia supuestamente llegada en el Arca Santa a Asturias en el momento de la insurrección cristiana con la bella cruz conservada en el tesoro de San Salvador. La llamada Cruz de los ?ngeles, donada por Alfonso II a la catedral de Oviedo en 808, vio igualmente nacer su leyenda en el siglo XII. Aunque el relato se desarrolló por primera vez en la Historia Silense, es probable que lo hiciera partiendo de una idea forjada en la oficina pelagiana. En el LT se menciona la Crux ibi monstratur opere angelico fabricata spectabile modo, una milagrosa técnica de nuevo recordada en el manuscrito llamado de Valenciennes, códice en el que ya J. Uría Ríu sospechó una intervención pelagiana, probable a juzgar por este tipo de coincidencias. El prelado prefirió poner en manos del insurgente príncipe el artefacto encargado por Alfonso III al que costeó su admirado Rey Casto quizá porque la Cruz de la Victoria pareció más apropiada para ser usada como enseña bélica a causa de la función procesional de la que careció inicialmente la de los ?ngeles. Sólo la aparición de un inédito pelagiano podría asegurar la hipótesis que aquí se propone. Espero, sin embargo, que las justificaciones expuestas la hagan razonable. Se vislumbra tras esta asombrosa representación del príncipe cristiano, que supera ampliamente el texto que ilustra a la vez que lo glosa, el aliento creativo de nuestro imaginativo prelado. Las miniaturas del BNE ms 2805 se basarían, así pues, en modelos proporcionados por el scriptorium ovetense más de cincuenta años antes.La siguiente estación del periplo asturiano del Arca Santa resulta más conocida gracias a los perspicaces estudios que le dedicara S. Moralejo, el primero en advertir los paralelismos establecidos entre los episodios veterotestamentarios y la historia de la reconquista hispánica en los relatos del obispo Pelayo. Tanto el LT como las interpolaciones a la Adefonsi tertii chronica nos muestran el relicario precariamente instalado en tiendas de campaña, como el Arca de la Alianza antes de la construcción del templo de Jerusalén, hasta que Alfonso II, como un nuevo Salomón, disponga la erección de un edificio para resguardarlo. El Rey Casto aparece en una conocida miniatura del LT arrodillado ante una Maiestas Domini, posible trasunto del Arca Santa ya embellecida con su hermosa cubierta románica de plata.El revestimiento argénteo fue, al parecer, un regalo de Alfonso VI, según indica una colección de testimonios, casi todos más o menos dudosos por otra parte. Descartadas las menciones altomedievales de reliquias en la catedral de Oviedo, todas ellas referidas sin duda a las de consagración de los altares, la primera noticia del conjunto sagrado resulta ser la recogida en la conocida acta de apertura de 1075, un documento que, tanto B. F. Reilly como A. Gambra consideraron, por lo menos, sospechoso, atribuyéndolo el segundo a la oficina pelagiana. Conservado en una copia del siglo XIII, el diploma es realmente extraño, aunque encuentro alguna dificultad para atribuir su creación al obispo. La sencillez del pasaje que relata la llegada a Asturias del relicario, por ejemplo, resulta absolutamente ajena a su tono literario, tan aficionado a los exotismos geográficos. En todo caso, pocos años más tarde sabemos con certeza que la leyenda del Arca Santa de Oviedo era conocida en Europa, según demuestra la epístola dirigida por Osmundo de Astorga a Ida de Boulogne (1082-1096).Disponemos, además, de una excepcional prueba material de la difusión alcanzada a fines del siglo XI por la devoción a las reliquias de Oviedo. Se trata, claro, del espléndido revestimiento regalado a la catedral por Alfonso VI. Aunque la propuesta sea interesante por más de un motivo, no me parece aceptable el retraso cronológico defendido por J. Harris, partidaria de datar las láminas de plata ca.1120, ya muerto por tanto Alfonso VI y producto del encargo de Pelayo de Oviedo. Por razones expuestas en otro lugar, el Arca Santa, regalada por Alfonso VI, estaba con seguridad en la Cámara Santa de Oviedo antes de 1102.V. LA PELAGIANA BIOGRAF?A DE ALFONSO VIYa hace algunos años que B. F. Reilly advirtió la extraordinaria importancia que las informaciones del obispo Pelayo presentaban para el conocimiento del reinado de Alfonso VI. Las páginas dedicadas a este monarca cierran el Chronicon regum legionensium manifestando además el estrecho vínculo que unió a prelado y monarca. En esta ocasión nos detendremos en dos pasajes del texto: el envío de legados a Roma y el elogio y planto funerario por el rey.Pelayo inicia el último capítulo de la crónica presentándonos un rapidísimo triunfo del rey sobre sus hermanos, sin entrar en muchos detalles, claro. Inmediatamente, el monarca se apresura a enviar legados al papa, una actuación destinada a introducir en sus reinos el rito romano. Es muy conocido el papel desempeñado por Alfonso VI en esta profunda transformación y varios autores han llamado también la atención sobre este episodio relatado por el obispo de Oviedo y han discutido su exactitud. Yo deseo destacar, sin embargo, algunos aspectos ajenos al rigor histórico de la información pero útiles para comprender los mecanismos creativos de Pelayo de Oviedo. En primer lugar, es preciso tener en cuenta que, en realidad, las últimas dudas planteadas al rey acerca de la conveniencia de la reforma no se disiparon por iniciativa papal, sino gracias a la gran influencia ejercida sobre el monarca por Hugo de Cluny. No deja de resultar significativo que el obispo no mencione ni una sola vez en toda su obra, si es que no se me ha pasado por alto alguna cita, a la poderosa congregación borgoñona. Algo pudo tener que ver en esta omisión el prolongado enfrentamiento del prelado con la sede toledana, regida por el cluniacense Bernardo de Sédirac a partir de 1085, pero también es posible advertir un interés por las simetrías biográficas de signo más ideológico que político. En efecto, una de las actividades fijas de los gobernantes preferidos por el obispo Pelayo es el envío de embajadas diplomáticas a la corte papal, un viaje seguido generalmente por la celebración de un concilio. Las primeras páginas del LT están ocupadas por una de las más curiosas invenciones pelagianas: la fundación de la ciudad de Lucus Asturum inmediatamente convertida en sede episcopal. El rey vándalo Guntamundo sería el responsable de este establecimiento urbano, en realidad un núcleo de origen romano aun muy insuficientemente conocido. El monarca en cuestión era además, según Pelayo, católico. El punto de partida de esta extravagante novela no es otro que la Historia Wandalorum, de Isidoro de Sevilla. El erudito hispalense contrapuso en esta obra la crueldad de Hunerico, infatigable perseguidor de ortodoxos, a la clemencia de Guntamundo, a quién dedica este breve pasaje: Aera DXIIII Hunerico succedit Guntamundus, regnans annis XII. Qui statim ecclesiae pacem reformans catholicos ab exilio reuocauit.Pelayo no necesitaba más para convertir al arriano vándalo en católico y creador de una ciudad en Asturias, sede episcopal además. Corroborando el primer capítulo del LT, en la Historia Wandalorum del CP se enriquece también la narración isidoriana con esta ficticia fundación. Una vez construida en ella la iglesia de Santa María, Romam legatos suos misit para solicitar al Papa la celebración de un concilio que diera al enclave rango episcopal. Que también Alfonso II, según el LT, estaba en contacto con Roma, se deduce de la respuesta que el Papa envió al monarca a cargo de los presbíteros Severo y Siderio, una epístola, claro, completamente falsa pero que se destaca en el LT mediante una miniatura.No es de extrañar, por tanto, la prisa con que también Alfonso VI deseó comunicar con la sede de Pedro en la crónica de Pelayo. A finales del siglo XI, en Roma se percibían las peculiaridades litúrgicas hispánicas como una desviación de la ortodoxia que debía ser rectificada, de modo que la celeridad regia manifestaría un especial celo religioso. Pero, además, tal diligencia no podía ser más conveniente para los intereses del prelado. Si el obispado de Lucus Asturum, más tarde trasladado a Oviedo, había sido fundado por un monarca católico, la diócesis quedaba exenta del dominio arriano, una lacra que, a pesar de toda su antigüedad y prestigio, no dejó de macular a la sede toledana.Alfonso VI no hacía otra cosa que recuperar en su reino la pureza de la fe que en Asturias nunca se había perdido, una idea presente en toda la obra pelagiana al presentar a Asturias como bastión protector del cristianismo, las reliquias y la monarquía Por eso no resulta sorprendente que, como ya advirtiera B. Sánchez Alonso, la escena elegida para ilustrar el reinado de Alfonso VI en BNE ms 1513 sea precisamente la que representa al monarca enviando a sus representantes a la curia romana. F. Galván supuso que esta imagen, al igual que las restantes del códice, reinterpretaría con alguna variación estilística la existente en un manuscrito original iluminado en época de Pelayo.Tanto la intencionalidad ideológica de la miniatura como su adaptación al discurso general pelagiano dan la razón al tan prematuramente desaparecido medievalista.Algún otro rasgo indica también esta inspiración en un perdido prototipo. Hace unas páginas se comentaba la frecuencia con que un monarca aparece en compañía de un obispo en BNE ms 1513. Estos emparejamientos se encuentran también en el LT, en cuyas miniaturas prelado y gobernante comparten en ocasiones asiento. El acto de la donación piadosa explica estas agrupaciones. En el CP, los compañeros lo son por razones históricas: el personaje y su cronista, un pretexto que indica un interés especial por destacar la importancia de estos obispos historiadores, pluriempleo compartido por todos ellos con Pelayo. Otros detalles compositivos apuntan en esa misma dirección.Volvamos a la escena en que Alfonso VI envía sus representantes a Roma. Diríase un trasunto, pasado por un filtro estilístico nuevo, de la página del LT en que Urbano II entrega a dos clérigos un documento destinado al obispado de Oviedo.El final del Chronicon regum legionensium servirá también para clausurar estas páginas: la última y más extensa parte de la biografía de Alfonso VI se dedica casi íntegramente al elogio del rey y al planto causado por su defunción. El lamento por la muerte del monarca es un género absolutamente desconocido en los reinos occidentales hispánicos antes del siglo XII excepto en el caso del que Eugenio de Toledo dedicara a Chindasvinto, insultante composición en la que las lágrimas se vertían no por el sentimiento provocado por la pérdida del rey sino a causa de sus iniquidades, un tipo de manipulación literaria inversora del significado de determinadas ceremonias o comportamientos muy frecuente, como pusiera de manifiesto P. Buc, en un buen número de cronistas de la Alta Edad Mediad europea.Probablemente a causa del gran prestigio de estos intelectuales españoles, y en contraste con el creciente éxito del género en el resto de Europa, el planto por el rey se encuentra igualmente ausente de la literatura occidental hispánica en los siguientes siglos. Cuando por fin se introduzca en ella, los autores deberán recurrir a materiales de procedencia diversa para confeccionar este tipo de composición, inédito en nuestro territorio.Uno de los más antiguos redactores de plantos reales, quizá el primero, fue Pelayo de Oviedo. El lamento se dedicó, claro, a Alfonso VI. Su análisis propiciará una aproximación a la cultura del prelado permitiéndonos a la vez vislumbrar algunos materiales coleccionados en la iglesia del Salvador.La pieza, realizada a base de elementos extraordinariamente heterogéneos como se verá, está compuesta por dos secciones. La primera se dedica al elogio del monarca, estando la segunda, profundamente innovadora como se ha comentado, dedicada al relato de la enfermedad, muerte y funerales del rey. Un prodigio anunció la defunción de Alfonso VI: en la iglesia de San Isidoro de León, unos días antes de que se produjera el suceso, delante del altar del titular, plorauerunt lapides et manauerunt aquam, una de las más evocadoras imágenes literarias creadas por el obispo Pelayo. Los sucesos extraordinarios anticipadores de la muerte de los gobernantes forman parte del repertorio literario de la Antigüedad clásica. Son frecuentes, por ejemplo, en Suetonio, siendo heredados por los escritores de la Edad Media. En la tradición hispánica, sin embargo, éstos se asocian a desastres o acontecimientos extraordinarios, no relacionándose con la muerte de los reyes hasta la Chronica gothorum pseudo-isidoriana, obra del siglo XII en realidad. Estos proféticos prodigios son en general de una variedad limitada: fenómenos naturales sorprendentes, monstruosos o producidos fuera de época, el nacimiento de un animal deforme o una granizada tardía, por ejemplo, o bien apariciones fantasmagóricas más o menos aterradoras. Las piedras llorosas no figuran habitualmente en el catálogo y pueden considerarse, en buena medida, una creación pelagiana basada en su variada erudición clerical.En último término, la imagen de una estatua inanimada, de mármol o bronce, que vierte lágrimas como muestra de extraordinario desconsuelo aparece en la literatura clásica asociada al tristísimo final de Níobe, pasando en Dion Casio a preludiar la muerte de Escipión. El tema pudo resultar conocido para los autores medievales a través de algún escritor tardío como Iulius Obsequens. En todo caso, por lo menos desde el siglo VIII circulaba por Europa, apareciendo en un texto que probablemente sirvió de modelo directo a Pelayo. En el Liber diurnus romanorum pontificum, un formulario producido en la corte de Roma, etiam lapides ipsi, fl evimus exitum, cuando se producía la defunción de un papa. Aunque oficialmente derogado en el siglo XI, algunos canonistas continuaron utilizándolo hasta el siglo XII, y no resultaría sorprendente que la biblioteca de Oviedo, en una España crecientemente dominada por los usos romanos, dispusiera de un ejemplar.La muerte del rey profetizada por el prodigio da lugar al desesperado llanto del pueblo. Desaparecido el protector, los súbditos se desesperan: gritan, se rasgan las vestiduras, se rapan los cabelles, se autolesionan. A diferencia del callado llanto característico de las fuentes anteriores, los acompañantes del cortejo fúnebre de Alfonso VI dabant uoces usque ad celos. A esta innovación puede suponérsele un origen textual francés, pues aparece, ya en el siglo VII, en la Vita de Santa Radegonda de Poitiers obra de Baudonivia y vuelve a encontrarse en la Vita Roberti regis. Este último texto, compuesto ca. 1040, nos interesa especialmente pues, como advirtiera C. Carozzi, se inspira en la biografía de saint Géraud, de Odón de Cluny. Quizá alguno de estos libros se encontrara también en la cada vez más sorprendente y nutrida biblioteca de Oviedo. Para terminar, sabemos, con absoluta seguridad esta vez, que el obispo Pelayo conocía también la cronística franca. En BNE ms 1513, está copiado el Prologus velorigo gentium francorum, un capítulo de la Continuatio que se adjudica, a falta de una atribución más precisa, al llamado Pseudo-fredegario.Formularios romanos, crónicas y hagiografías francesas, textos cluniacenses quizá, comparten los híbridos anaqueles mentales de Pelayo con Isidoro de Sevilla, Julián de Toledo y los cronistas de Alfonso III. Es muy probable que ese mismo bilingüismo favoreciera la estrecha relación sostenida por el prelado con Alfonso VI. El monarca, que fue el más habilidoso de los hijos del navarro Fernando, lo era también de la leonesa Sancha, la nobillissima puella de la Historia Silense.
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