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La dictadura de Primo de Rivera en Almería (1923-1930)

de Pedro Martínez Gómez
  • Autor: Pedro Martínez Gómez
  • N° de páginas: 667
  • Tamaño: 140x120
  • Formato: CD ROM
  • isbn: 9788482407906
  • Idioma: español
  • visitas: 0
En septiembre de 1923 el general Primo de Rivera encabeza un golpe militar que da paso a una Dictadura que se prolonga hasta enero de 1930. Si la sociedad espa±ola en su conjunto aprob³ la soluci³n militar ante el descr©dito de la pol­tica, la sociedad almeriense vio como en los primeros meses, el Directorio daba respuesta a las demandas econ³micas con la creaci³n de la C¡mara Oficial Uvera y la instalaci³n de la Reserva Estrat©gica para el Ej©rcito de frica.Con la suspensi³n de las Cortes, el r©gimen inicia una fase destructiva de la “vieja pol­tica” con el intento de desmantelar el caciquismo rural al que considera el “mal de Espa±a”. Con la aprobaci³n del R.D. de 30 de septiembre de 1923 la Junta de vocales asociados sustituye a los concejales electos. De inmediato, losgobernadores civiles-militares inician la depuraci³n de alcaldes, concejales y secretarios municipales. En el caso de Almer­a, las depuraciones son m¡s estrictas de lo apuntado hasta el momento; si bien, siguen un modelo perfectamente definido por el que se aleja del poder municipal a quienes hab­an sustentado a los pol­ticos cuneros, favoreciendo de este modo, a quienes durante a±os hab­an quedado marginados de la pol­tica provincial.Desde los primeros meses de 1924, el r©gimen entra en una fase constructiva encaminada a modernizar y mejorar el pa­s, a la vez que dotarlo de unos elementos ideol³gicos propios. Con la aprobaci³n del Estatuto municipal en 1924 y el Estatuto provincial en 1925, se ponen las bases de una modernizaci³n de la administraci³n local y provincial. Partiendo de un nuevo concepto m¡s amplio de municipio y definiendo un modelo territorial propio en el que se rechaza la v­aregionalista, los estatutos plantean una mayor autonom­a pol­tica, administrativa y econ³mica respecto a la legislaci³n municipal y provincial vigente hasta ese momento. Suspendida la novedosa e innovadora reforma electoral, las designaciones de concejales y diputados queda en manos de los todopoderosos Gobiernos civiles que como en el caso de Almer­a, en su mayor­a est¡n ocupados por militares y funcionarios. A diferencia de otras provincias, en Almer­a los sectores cat³licos no acaparan el poder provincial hasta mediados de 1926 que quedan marginados inicialmente ante el prestigio econ³mico y social del importante propietario, banquero y comerciante Antonio Gonz¡lez Egea. A la vez que las reformas de la hacienda municipal previstas en el Estatuto municipal permiten un aumento presupuestario en los presupuestos municipales, elincremento en los impuestos que recae sobre los ciudadanos provoca un malestar continuo que condiciona toda una inestabilidad pol­tica con la sucesi³n de tres alcaldes en la capital en apenas seis a±os. En la Diputaci³n, mientras el r©gimen se vanagloriaba de favorecer un aumento en los ingresos y una reducci³n en las aportaciones municipales, lo cierto es que las cantidades ingresadas por losayuntamientos a la Diputaci³n no descienden por la obligaci³n de tener que hacer frente a las deudas pendientes entre 1917 y 1924. El aumento presupuestario posibilitado a trav©s de presupuestos extraordinarios, permite un aumento en la inversi³n provincial que se centra en la conservaci³n y construcci³n de caminos vecinales.Con la Dictadura surge una nueva forma de caciquismo vinculada a un clientelismo de Estado y de partido ºnico que prosigue durante el franquismo. Desde el Gobierno Civil se favorece a determinadas redes clientelares, que a pesar del nuevo Reglamento de Secretarios municipales y las reformas en la justicia municipal, siguen contando con estos importantes elementos de la estructura de poder local, gracias a la irregularidades favorecidas desde el Gobierno Civil. A cambio, estos poderes locales consiguen niveles elevados deafiliaci³n a Uni³n Patri³tica y el Somat©n. La ºnica obligaci³n a la que tienen que hacer frente es la de mantener una desahogada situaci³n presupuestaria en sus respectivos municipios, ya que de los contrario caen en R©gimen de Tutela Econ³mica.Con la Organizaci³n Corporativa Nacional puesta en marcha en 1926, el r©gimen da una respuesta propia a la lucha de clases. Se trata de un modelo corporativo propio resultado del tradicionalismo espa±ol, el catolicismo social y el krausismo en un contexto de Estado autoritario. El nºmero de Comit©s paritarios constituidos en Almer­a y la labor desarrollada es similar a la de provincias como Guipºzcoa oVizcaya, donde las distintas fuentes se±alan que mejor debi³ funcionar la Organizaci³n Corporativa. El dominio de la UGT en los Comit©s permite a la organizaci³n socialista una implantaci³n tanto en la capital como en el valle del Andarax, zona pr³xima a Garrucha y la cuenca minera de Ser³n.Para conseguir un apoyo popular la Dictadura organiz³ el partido gubernamental Uni³n Patri³tica y extendi³ el Somat©n al conjunto del pa­s. Organizaciones que alcanzan en Almer­a datos de afiliaci³n superiores respecto al resto del pa­s gracias a la labor de los caciques locales. El control sobre la opini³n pºblica se hace a trav©s de la censura de prensa, las “noticias de recomendable inserci³n” enla prensa local y la puesta en marcha de una prensa propia tanto a nivel nacional como provincial.El sustento que los sectores cat³licos aportan a la Dictadura permite la adopci³n del nacional-catolicismo como ideolog­a del r©gimen. La asignatura de Religi³n en el sistema educativo, la Consagraci³n de la Ciudad de Almer­a al Sagrado Coraz³n de Jesºs o la declaraci³n del D­a de la Reconquista como festividad local,evidencian la extensi³n de la nueva ideolog­a en la provincia.A medida que el r©gimen se extend­a m¡s all¡ de la letra a noventa d­as surge una oposici³n. Con la creaci³n de la Alianza Republicana, tanto masones como republicanos almerienses salen de su hibernaci³n, uniendo sus fuerzas para mantener vivo el ideal republicano y crear una opini³n pºblica favorable a su ideolog­a.
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