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romi
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La nieta y el anciano //Reflexión para fin de año 2013

30 de Diciembre de 2013 a las 20:27

Bubok

LA NIETA Y EL ABUELO

Un pequeño relato como reflexión para fin de año 2013

 

 

               El abuelo, ya muy mayor, cansado y con muchos dolores por todo el cuerpo, era poeta. Autodidacta y por eso, todo lo que escribía decía siempre que era “a su manera”. Pero escribía todos los días y desde hacía muchos, muchos años. En la casa, en el baúl grande de madera que él mismo había hecho, guardaba todas sus poesías y una bonita colección de cuentos cortos que nadie conocía pero sí, de vez en cuando, leía a la nieta ya con doce años.

 

               Y aquel día de invierno, el último del año, sentado frente a la chimenea, miraba por la ventana para la Alhambra. Desde la pequeña casa en el Albaicín, en mitad de la ladera no lejos del río Darro. Tenía en sus manos una pequeña cajita de madera de raíz seca de olivo que había tallado él mismo para regalárselo a la nieta en este fin de año viejo. Con su pequeña navaja de acero, daba los últimos retoques cuando a su lado, se sentó la nieta. Sobre su hombre izquierdo, reclinó la cabeza y acercó mucho a la cara del anciano, sus labios y mejillas de seda. También su mata de pelo negro, llenó de esencia y suavidad, las arrugas de la cara y cuello del abuelo.

 

               En silencio permaneció ella así durante un buen rato, sintiendo el calor del cuerpo del anciano mientras parecía soñar, al tiempo que miraba también por la ventana para la Alhambra y esperaba. El corazón del anciano, se llenó en ese momento de amor hacia la nieta y sentía que, a pesar de todo, la vida, las luchas y sufrimientos de cada día, merecía la pena si al final alguien acariciaba como en este momento lo hacía la nieta. Tal como estaca, casi durmiendo sobre el hombro del anciano, la niña le preguntó:

- Abuelo, cuando una persona muere y se marcha para siempre de este mundo ¿quién se lo lleva y por cuánto tiempo?

Sorprendido por la pregunta, el abuelo no dijo nada. Permaneció en silencio mirando por la ventana y meditando la pregunta. La nieta dijo de nuevo:

- Es que abuelo, en estos últimos días del año, ya han muerto cuatro conocidos nuestros. El que todos conocíamos como el filósofo, el hombre bajo y regordete que apenas podía andar, el alto y delgado que le dolía el corazón y el que andaba encorvado. Todos eran tan mayores como tú y por eso temo que un día de estos también te mueras. ¿A dónde van las personas cuando la muerte se los lleva?

 

               Siguió en silencio el anciano, con la cajita de madera en la mano y gozando del calor que le regalaban los labios y mejillas de la nieta. Como durmiendo sobre el hombro del anciano, la niña de nuevo comentó:

- Y tú sabes que muchas personas dicen que nada importantes has hecho a lo largo de tu vida. Solo escribir poemas que muy pocos leen, caminar por estos sitios, mirar despacio a los paisajes y seguir escribiendo poemas. Y ellos creen, los que de ti comentan lo que te he dicho, que no tendrás ningún premio después de esta vida porque ninguna cosa importante has hecho en este suelo. ¿Es cierto eso, abuelo?

Y al oír esta nueva pregunta, el abuelo siguió recogido en su silencio. Refinando la madera de la cajita que preparaba como regalo para la nieta y mirando para la Alhambra. Pasado un buen rato y cuando otra vez la niña le preguntó:

- ¿Es cierto, abuelo que tus poemas no sirven para nada?

El anciano sí habló y dijo:

- En cada poema que a lo largo de mi vida he escrito, he dejado los latidos de mi corazón, los sueños de mi alma, mis creencias y fe en el cielo, mi dolor oculto y mi amor y respeto por las personas y todos los seres vivos y paisajes de este suelo. Y en cada momento, hija mía, en cada momento, he sentido que estaba bendecido por Dios. Por eso no tengo miedo y sí me encuentro muy satisfecho por la gran sinceridad y hermosa realidad que en mis poemas dejo recogido. Una visión del mundo, del Universo, de Dios, de la eternidad y de los seres humanos que poblamos este suelo, única, excelsa y bellísima que difiere mucho de lo que a diario viven las personas.

 

               Guardó silencio la nieta, meditó un momento las palabras del anciano y tal como estaba con su cabeza recostada en el hombro del abuelo, otra vez preguntó:

- ¿Y tú crees, abuelo, que es suficiente para que Dios te premie después de esta vida, con haber escrito tus poemas y haber dejado recogido en ellos todo eso que me has dicho?

Dio el anciano el último retoque a la cajita de madera que tenía entre sus manos, puso dentro de ella un poema que había escrito hacía unos días, cerró el pequeño joyero y se lo dio a la nieta diciendo:

- Es mi regalo para ti de fin de año.

 

               Cogió la nieta la cajita, la sujetó ilusionada en sus manos, la fue abriendo despacio, sacó el papel donde estaba escrito el poema y leyó:

 

                                             Irse de este mundo

                              con el calor de tu beso en mi cara,

                              no es morir, ángel mío,

                              es dormirse en el alba,

                              en el regazo de Dios

                              donde has sido y eres hada

                              y dulce alimento purísimo

                              de mi alma.

 

 Al terminar de leer estos versos, tal como estaba recostada sobre el hombro del anciano, lo miró y vio que en ese mismo momento se iba quedando dulcemente dormido. Mirando para la Alhambra y sintiendo en su cansado corazón, el calor de los labios y mejillas de la nieta.       

 

 

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