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romi
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El cortijillo de la fuente

5 de Enero de 2014 a las 10:26

Bubok

EL CORTIJILLO DE LA FUENTE

 

               Los dos trabajaban en la Alhambra. El marido, en cosas de artesanía y la mujer, en los palacios con los reyes. Tenían dos hijos, niña y niño de ocho y diez años y también jugaban ellos, a veces, con los hijos de los reyes y, en otras muchas ocasiones, con los demás niños de la Medina. Por todos eran muy queridos, tanto los padres como los hijos pero un día, a los dos lo despidieron de sus trabajos y a continuación le dijeron al padre:

- Tú, tu mujer y tus hijos, desde este mismo momento, tenéis prohibido no solo vivir en estos palacios de la Alhambra sino también andar por aquí.

Y suplicando el hombre preguntó:

- ¿Pero qué es lo que hemos hecho nosotros para que seamos despedidos y echados de aquí de esta manera?

- Eso no lo sabemos porque cumplimos órdenes. A partir de ahora, tú y tu familia, os las arregláis como podáis.

 

               Aquel mismo día de invierno, ya próximo a la Navidad y con mucha nieve en Sierra Nevada, salieron del recinto amurallado de la Alhambra. Cargados con algunas de los enseres que tenían y, durante varias horas, en silencio caminaron por las veredas que llevaban a las montañas. Dirección al cortijillo de la fuente que no estaba lejos de la Alhambra. Al levante, cerca del río Genil y a los pies de Sierra Nevada, se recogía entre el monte. Justo al lado derecho del arroyo, a la caída del collado y donde en la vaguada, brotaba un manantial. Por eso a la pequeña construcción unos lo llamaban almunia, otro casa con huerto porque rozando sus paredes, existía tierras muy fértiles donde en muchas ocasiones sembraban hortalizas. Otras personas conocían este lugar con el nombre de “el cortijillo de los ciruelos” porque en las fértiles tierras crecían estos árboles. Y muchos, simplemente se referían a él utilizando el nombre de “el cortijillo de la fuente”.

 

               El manantial brotaba por el lado de abajo del collado y antes del cortijillo y el huerto. Por eso y por una rústica acequia, el agua de este venero, se derramaba cómodamente tanto en las tierras fértiles como en la pila de piedra que había en la puerta de la vivienda. Una riqueza muy buena y más porque ni siquiera en los años de menos lluvia, el manantial aminoraba su caudal. Por eso y desde tiempos remotos, los que habían vivido en este cortijillo, en todo momento se habían sentido afortunado por la abundancia de tanta agua pura y fresca.

 

               En este recogido y bello lugar, se instalaron ellos. Labró el padre las tierras del huerto durante un tiempo y los niños le ayudaban. Recogieron algunas cosechas y con esto iban tirando. Pero, pasado un tiempo y comprobando que en nada mejoraban sus vidas, el hombre dijo a la mujer:

- Debemos irnos a otro lugar.

- ¿En qué lugar piensas?

- Ahora mismo no lo sé pero lo sueño y por eso, mañana mismo voy a marcharme de aquí en busca del lugar que te digo. Deseo para ti y nuestros hijos, un futuro más seguro y bello.

- Pues sea lo que Dios quiera y que tengas suerte.

Se marchó el hombre al día siguiente y pasaron los meses y los años y no daba señales de vida ni aparecía por ningún lado.

 

               Por Navidad y aquel año de nieves abundantes en las cumbres de Sierra Nevada, en el cortijillo de paredes blancas y tejas de color barro sucio, solo vivían tres personas. La madre, aun joven pero muy deteriorada por la dura lucha a lo largo de la vida y los dos niños hermanos. Hacía ya mucho tiempo que el padre no estaba. Tanto los niños como la mujer, cada día y en cada momento lo esperaban pero por ningún sitio llegaban noticias de él y de aquí que fueron haciéndose a la idea de haberlo perdido para siempre.

 

               Y aquellos grises días de abundantes nieves, ya en el umbral de la Navidad en el cortijillo hacía más y más frío. La madre había enfarmado, no se sabía de qué y como los dos hermanos aun no eran muy mayores, tiritando de frío, con mucha hambre y asustados por las circunstancias que les envolvían, le preguntaron a la madre:

- ¿Vamos a por leña y con ella, hacemos un gran fuego en la chimenea para que te calientes y recobres fuerzas?

Sabía ella que sus fuerzas no se recuperaban con solo calentarse en la lumbre. Pero como también se daba cuenta que los que se morían de frío y falta de cariño, eran sus dos hijos, les dijo:

- Sí, id a por leña para que el fuego no se nos apague. Cada vez hace más frío y como por la noche la escarcha es tan abundante, ni siquiera cuando sale el sol calienta.

- ¿Y a qué sitio vamos a recoger la leña que necesitamos?

Le preguntó la niña, la menor de los dos hermanos.

- Por el collado de las madroñeras siempre hubo ramas secas de enebro y encinas. Id despacio y tened cuidado que yo os espero mientras tanto, liada en esta vieja manta al calorcito de las ascuas que queda y poco a poco se apagan.

 

               Con una cuerda de esparto en la mano, envueltos en viejos abrigos y también con una pequeña cesta de mimbre, salieron de la casa, por donde las tierrecillas del huerto y siguieron la sencilla que subía hacia el collado. Recogidos en sí los dos y abrigados lo que podían para que el frío no se los comiera. Por la ladera, se veían salpicadas las madroñeras y de sus ramas, colgaban madroños rojos, redondos y sanos. Era por la mañana, ya casi medio día y por eso el sol, aunque no calentaba mucho sí lucía muy hermoso. Por entre el bosque se oía los graznidos de algunos mirlos y las escandaleras de los arrendajos. Dijo el hermano a la pequeña:

- Aunque hoy el frío es muy intenso y por las noches las heladas visten de blanco todos estos lugares, puede que por este bosque todavía haya algunas setas. ¿Quieres que busquemos a ver si tenemos suerte y encontramos?

- Nos vendrían bien para asarlas luego en las brasas y comer calentito aunque solo sea un bocado de setas silvestres.

 

               Y según iban por la senda remontando hacia el collado, se apartaron un poco para la derecha. Cogieron algunos madroños de las matas más viejas y también echaron a la cesta de mimbre algunos puñados de bellotas recogidas en las encinas que iban encontrando. Rebuscaron por entre las hojarascas las últimas castañas que aun por estos lugares quedaban y luego siguieron buscando con la ilusión de hallar algunas setas. Decía la pequeña al hermano:

- Las setas de este bosque es lo que más le gusta a nuestra madre. Si las encontramos y las asamos en la lumbre, quizá le sirva para recuperar fuerzas. Ojalá encontremos unas pocas.

 

               Cerca de unas rocas y donde unos majuelos formaban como un pequeño bosquecillo, muy recogido y algo soleado, encontraron un pequeño rodal de níscalos. Quizá los últimos de la temporada pero que un estaban tiernos y muy sanos. Con cuidado, cortaron estas setas y las pusieron en la cesta, entre las castañas, madroños y bellotas y siguieron caminando. Volcaron un poco para la umbría de la derecha y en cuanto encontraron ramas secas de enebro, sabinas y madroñeras, hicieron un haz no muy grande. Cargó con él el hermano mayor y la pequeña se encargó de la cesta con los frutos que habían recogido y mientras regresaban hacia el cortijillo, al pasar cerca del manantial, ella dijo al hermano:

- Y si por aquí también encontráramos algunas fresas silvestres para nuestra madre, también sería estupendo.

Se pararon un momento a descansar, beber un trago de agua del manantial y a buscar fresas silvestres. No encontraron ninguna porque los fríos del invierno habían quemado por completo, no solo los pequeños frutos sino también las matas.

 

               Siguieron bajando en busca del pequeño cortijillo y ya con el sol bastante colgado en el lado de la tarde, llegaron a la vivienda. Abrieron la puerta y lo primero que vieron fu a la madre liada en la manta vieja. Con la cara muy demacrada e intentando calentarse con las últimas brasas de la mortecina lumbre. En la estancia y no lejos de la chimenea, soltó el hermano el pequeño haz de leña al tiempo que le decían a la madre:

- Ya verás como ahora mismo avivamos esta lumbre y tú y toda esta estancia se calienta.

Y al acercarse la niña, también dijo a la madre:

- Y del bosque, además de leña para la lumbre, también traemos comida para ti.

 

               A su derecha y carca de la mujer muerta de frío y sin fuerzas, puso la pequeña la cesta con los frutos que habían recogido por el bosque. Al poco, la lumbre resucitó y las llamas iluminaron y caldearon toda la estancia. En las brasas, asaron las bellotas, castañas y setas y cuando ya estuvieron a punto y mientras se las comían, la pequeña preguntó a la madre:

- ¿Por qué estamos tan solos en este mundo y ni siquiera tenemos mucho para cenar en una noche como ésta?

La madre abrazó al hijo por su lado derecho y a la niña por su lado izquierdo y les dijo:

- No estamos tan solos, hijos míos. Ahora mismo nos tenemos los unos a los otros, de alguna manera y sin que lo veamos, nos abraza el cielo y esta lumbre y estas castañas, nos calienta y alimentas.

 

               Sobre el bosquecillo de la vaguada y del collado, la noche se cerró. En el cielo se acumularon las nubes negras y espesas y a lo lejos, comenzaron a brillar las luces de en las torres de la Alhambra y sobre la ciudad de la Alhambra y barrio del Albaicín. El silencio se espesó y la nieve comenzó a caer. El frío aumentó y junto al fuego, los tres acurrucados, la niña de nuevo preguntó a la madre:

- Y nuestro padre ¿Dónde estará ahora y por qué no vuelve? ¿Es que ya se ha olvidado de nosotros y no nos quiere?

Y en ese justo momento, fuera se oyó con una ráfaga de viento. Por las rendijas de la pequeña ventana en la estancia del cortijillo, penetraron unos copos de nieve y al apagarse el ruido del viento, se oyeron pasos aproximándose a la vivienda.

 

 

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