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romi
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Cumpleaños

16 de Enero de 2014 a las 12:15

Bubok

CUMPLEAÑOS

                                                                                            Las personas no mueren nunca

                                                                                        si al correr de los años y los siglos

                                                                                               se mantiene viva su memoria.

 

               Toda la casa en si era hermosa y rezumaba esencia a cielo. Es lo que continuamente decían los vecinos y aun parece que por el lugar se palpa esto. Besada por el sol a lo largo de todo el día, en mitad de la ladera del Albaicín, por encima del Puente del Aljibillo, frente a la colina de la Alhambra y mirando al gran valle de la vega. Y aunque la vivienda no era muy grande porque tenía solo dos habitaciones, una sala con chimenea y un patio rectangular lleno de flores, resultaba de lo más confortable y silenciosa.

 

               Y ella, ahora ya con más de ochenta años, se sentía reina, refugiada en esta pequeña vivienda y feliz como pocas personas en el barrio. Porque fue aquí donde se instaló al poco de casarse, aquí tuvo su primer hijo, el segundo y el tercero y aquí, al calor del fuego de la chimenea, pasaba horas por las noches charlando con el marido, cuando volvía de las montañas de cuidar el ganado. Este había sido su trabajo desde pequeño y todo el barrio lo sabía y lo conocía. Con lo poco que le pagaban cuidado el ganado y con las cuatro cosillas que sacaba del huertecillo junto al río, crió a los tres hijos. Pero estos, en cuanto fueron mayores y se les presentó la oportunidad, se marcharon de la casa y del barrio. El varón mayor, se fue al norte de España y el varón pequeño, emigró a una ciudad cerca del mar. Solo la hija mediana se quedó en la casa y fue la encargada de cuidar a los padres según estos envejecían. Hasta que un día, el padre ya se quedó casi sin fuerzas, ciego de los dos ojos y con dolores por todo el cuerpo. Y una noche de invierno, al levantarse de la cama, se cayó al suelo y murió.

 

               Acudieron los dos hermanos al entierro y entonces, entre ellos hablaron y se dijeron:

- Ahora que nuestra madre se ha quedado viuda, podemos ponernos de acuerdo y que viva una temporada en casa de cada uno.

Y la hermana mediana, al oír estas cosas, se entristeció y comentó a los hermanos:

- Ella siempre ha vivido conmigo y hasta que muera, me gustaría que de este modo siguiera.

Y al darse cuenta los hermanos que la hermana medina necesitaba de la presencia de la madre para cuidarla sentirse útil, nada más hablaron de este tema. Volvieron otra vez cada uno a su casa, lejos de Granada y el tiempo pasando. No con mucha frecuencia pero sí de vez en cuando, algunos de los hermanos volvían al barrio para ver a la madre, ya muy anciana pero con el mismo gozo de toda la vida en su corazón y alma.

 

               Hasta que un año, al llegar la primavera, la madre ya casi sin fuerzas, dijo a la hija mediana:

- Para mi cumpleaños en esta ocasión ¿sabes lo que me gustaría?

- No puedo ni imaginarlo. ¿Qué es lo que te gustaría?

- Que nadie me haga ningún regalo ni venga a nuestra casa a verme.

- ¿Y eso?

- Desde que se fue y nos falta tu padre, no tengo ganas para nada en esta vida. Su ausencia lo ha dejado todo sin sentido. ¿Dónde lo tendrá Dios recogido? Con lo bueno que siempre fue conmigo, qué dolor tan grande que ahora para siempre falte de mi vida.

Y la hija dijo:

- Pues tú no te preocupes que la celebración de tu cumpleaños en esta ocasión será como lo deseas y sueñas.

 

               En aquel mismo instante la hija se puso y comenzó a preparar el pequeño recinto del patio de la casa. Plantó macetas con flores muy variadas, las regó y en los arriates, sembró muchos rosales y colgó macetas en las paredes del patio y en las columnas. Florecieron todas estas plantas y justo el día de su cumpleaños, todo el patio estaba decorado con mil colores, cargado de finas esencias y resplandeciente de luces limpias y azules. En el centro del patio, la hija colocó una bonita mesa de madera y un sillón de esparto que el padre había tejido hacía muchos años, sentó a la anciana y le dijo:

- Esto es para celebrar tu cumpleaños del modo que en esta ocasión deseas. Con muchas flores vivas en la que siempre ha sido tu casa y sin más regalos que la visión de la Alhambra allá sobre su colina, el azul del cielo de esta ciudad de Granada y las blancas nieves sobre las cumbres de Sierra Nevada.

En el sillón de esparto se acomodó la anciana mirando por entre la flores que de las macetas colgaba hacia las torres de la Alhambra y exclamando de vez en cuando:

- ¡Qué dolor, hija mía!

 

               Se alzaba el sol ya a medio cielo, derramándose silencioso sobre los palacios y jardines de la Alhambra, cuando la hija volvía de hacer su trabajo en algunas casas del barrio. Y al abrir la puerta y entrar al patio, se quedó sorprendida. Toda la mesa de madera que delante de la anciana había puesto, se encontraba llena de originales y bonitos regalos. Y entre estos regalos, vio algunos dulces y ramos de flores. A los lados, por el suelo y por las paredes, las flores de las macetas y arriates, regalaban vivas pincelas de colores, como alegres mariposas queriendo volar al azul del cielo. La hija se acercó a la anciana que parecía dormir un aplacible sueño en su asiento de esparto y le dijo:

- Despierta que parece que alguien que te quiere mucho, sin que tú y yo lo sepamos, ha venido por aquí a traerte originales regalos.

Pero la anciana ni abrió los ojos ni dijo nada ni despertó. Dulcemente sonreía, mirando por entre las flores hacia la Alhambra y, por el purísimo azul del cielo, parecía irse hacia el paraíso que en su corazón toda su vida había soñado y al encuentro del espeso ausente.    

                

 

 

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