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romi
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La mujer soberbia

9 de Marzo de 2014 a las 12:58

Bubok

- LA MUJER SOBERBIA

 

               Tenía poder aunque nunca había sido elegida democráticamente por nadie. Porque su poder se cimentaba en las riquezas que poseía, en las mansiones donde vivía y en las personas que a su alrededor le servían y adulaban. Y como usaba este poder no para hacer el bien a las personas y mejorar el mundo donde vivía sino para llevar a cabo cualquier capricho que se le antojara, un día dijo a sus secretarios:

- Ese hombre sabio que predica por el Albaicín y por los lugares de la Alhambra, no lo quiero.

- Eso lo sabemos nosotros, señora sin que usted nos diga pero este hombre es muy querido por muchas personas. Y lo quieren porque es bueno y siempre respeta y trata con la mayor dignidad hasta al más pobre de estos lugares.

- Y porque yo no soy como él ni hago lo que me pide, siempre me está criticando y diciendo a todo el mundo que soy una soberbia y dura de corazón y alma.  

- Pero le advertimos, señora, que de ningún modo deberíamos ir contra él porque muchos se nos echarían encima.

 

               Y la mujer soberbia, soltera, sin hijos, con grandes riquezas y un bonito palacio en la colina de la Alhambra, no presionó más a sus secretarios. Sí en su mente comenzó a maquinar y lo primero que hizo fue mandar a construir una especie de auditorio, grande y lujoso por donde hoy se encuentran las tierras del Generalife. Tardaron algunos meses en levantar esta construcción pero un día de primavera, ya estaba a punto para su inauguración. Dijo a sus secretarios:

- Este recito va a ser usado para cosas culturales y que lo disfruten todas las personas. Quiero amargarle la vida al hombre sabio y bueno que siempre habla mal de mí. Deseo acabar con él haciéndole creer a todos sus amigos que no es la persona buena que ellos piensan.

- Pues lo que usted diga y ordene, señora. Nosotros siempre estaremos de su lado.

 

               Y aquel mismo día ordenó que se invitara a un hombre joven que ella conocía y del que estaba ocultamente enamorado. Ordenó que se celebrara en su palacio una suculenta cena y este joven fuera invitado a la fiesta. Cuando la mujer estuvo al lado del joven, le dijo:

- Necesito a una persona que hable bien y pronuncie brillantes discursos para la inauguración de mi salón cultural.

- Pues nadie hay por estos contornos más culto, sabio y brillante que el hombre que usted sabe.

- Es que de eso se trata: quiero que tú le hables a la gente de una manera hermosa y profunda para que las personas retiren su cariño a ese hombre y empiecen a confiar en mí. Tu oratoria y sabiduría debe convencerles de la manera más auténtica.

- Pero usted sabe, señora que yo no tengo tanta cultura ni soy tan sabio ni mi corazón ama de la misma manera.

- Pues por mí, debes hacer lo que te estoy pidiendo.

 

               No tuvo otra alternativa el joven y al día siguiente, por todo el barrio del Albaicín, por toda la colina de la Alhambra y por toda la ciudad de Granada, se anunció la inauguración del salón cultural. Y en esta propaganda se anunciaba con toda claridad que el hombre culto y sabio que todos conocían, sería el encargado de pronunciar el discurso inaugural. Y se decía también que no había otra persona en el mundo más brillante y más respetado hasta incluso por los más pobre e inválidos. Y al saberse esto, tanto en el barrio del Albaicín como en la Alhambra y en Granada, unos a otros se dijeron:

- Pues tenemos que ir a ver y oír a este amigo nuestro tan bueno y sabio. Sus palabras, además de ser siempre las más bellas, dicen verdades tan grandes, que llenan de ánimo, iluminan mucho y dan valor y futuro a los más pobres y desvalidos. Como este hombre nunca hubo otro por aquí.

- Desde luego que de ningún modo podemos perdernos las brillantes palabras de este gran amigo nuestro.

 

               Pero la mujer soberbia, llevó a su palacio al joven gallardo, le entregó lujosas ropas y le dijo:

- Tienes que ponerte estos pantalones verdes, esta camisa roja, el gorro azul y blanco y este negro cinturón.

- ¿Y esto para qué, señora?

- Porque vas a ser el afortunado de pronunciar el discurso inaugural y por eso debes presentarte ante la gente, vestido con lo más elegante. Para impresionar y que todos acepten que eres mejor que el sabio que tanto admiran.

- Pero si ya le dije que yo nunca en mi vida he pronunciado un discurso. Será un fracaso porque ni tengo cultura ni poseo el don de palabra que sí tiene ese hombre que usted odia tanto.

- Lo harás por mí y recibirás una bonita recompensa a cambio.

 

               Al caer la tarde, las personas fueron llegando al recinto cultural. Todos entusiasmados por la oportunidad que se les había presentado para oír y ver al gran sabio y hombre bueno. Por eso, cinco minutos antes de comenzar el evento, en salón estaba rebosando. Y al llegar el momento, se hizo un gran silencio. Apareció en el escenario el gallardo joven vestido de la forma más estrafalaria y al verlo, un gran murmullo y revuelo se formó entre todos los presentes. Enseguida empezaron a levantarse y antes de que el joven pronunciara las primeras palabras, ya no queda nadie en el gran salón. Se acercó el joven a la mujer soberbia y le preguntó:

- ¿Qué hago yo ahora si todos se han marchado?

- Está claro que tu discurso inaugural ha sido profundo y brillante incluso sin que hayas pronunciado ni una sola palabra. Por eso la que te pregunta soy yo a ti: en vista del éxito de este evento ¿qué hago yo ahora con mi soberbia, con las personas que me odian, con el hombre sabio que tanto me critica y contigo?

 

               Años después, a esta mujer, se le veía pasear por algunos recintos y jardines de la Alhambra. Siempre iba sola, cabizbaja y como abstraída de la realidad que le rodeaba. Los que la conocían comentaban:

- Desde aquel día del discurso inaugural, esta mujer no es la misma. Algo profundo ha debido ocurrir en su corazón y la ha convertido en otra persona.

- Y es una pena porque ella era hermosa y tenía una luz y brillo en sus ojos que deslumbraba. Pero como a nadie cuenta nada, no sabemos qué le pasa.

 

               Llamó ella un día a uno de sus administradores y le dijo:

- Cualquier día de estos me muero y de mi corazón y mente no puedo apartar el pensamiento del hombre sabio y bueno. Por más que lo he intentado, de ningún modo he podido acabar con él. Es como si solo le importara ser honrado y hacer el bien y por eso no teme a nada ni a nadie. Y mucho menos le importa el dinero o la comodidad de suntuosos palacios.

Y al darse cuenta el administrador el gran disgusto y fracaso personal que la mujer alimentaba en su corazón, le preguntó:

- ¿Quiere usted que un día hable con ese hombre y le pida que venga a verle?

- Quiero que hagas eso porque presiento que cualquier día de estos, la muerte me visitará y me iré con la sensación de haber arruinado para siempre mi vida.

 

               Buscó el administrador al hombre sabio y bueno y al día siguiente vino al palacio de la mujer soberbia. La saludó con la mayor cortesía y sin más rodeos, ella le preguntó:

- Cuando dentro de unos días por fin la muerte me lleve ¿qué voy a encontrarme en ese otro mundo que tú dices existe y no se compra con dinero?

- Eso solo Dios lo sabe pero sí tengo claro que quien en esta vida no procede con amor y cariño a los demás, es probable que allí no encuentre un paraíso. No ha hecho méritos en esta tierra para conseguirlo.

- Y todas esas personas que tanto te quieren a ti y siempre a mí me han criticado ¿seguirán siendo mis enemigos después de mi muerte?

- Si usted no hizo nada bueno para consolar sus penas y dolores ni para aliviarlos algo en su miseria en los días de su vida en esta tierra ¿por qué ellos van a recordarla con cariño y para siempre?

- Y en los cuatro días que me queda de vida ¿qué puedo hacer para remediar este tan desgraciado entuerto?

- Algo podría usted hacer pero no es lo mismo proceder con miedo a lo que pueda encontrar después de la muerte que vivir toda la vida en la verdad, amando lo bello y siendo bueno con los demás.

 

               Tres días después de esta conversación, la mujer murió. Solo algunos la lloraron pero no por el amor que le tenían. Sus administradores la enterraron donde ella había construido el gran auditorio, por encina de los palacios de la Alhambra y frente al barrio del albaicín y luego comentaron:

- Nada bueno ni hermoso hizo en este suelo. El poco amor que tenía en su corazón lo gastó en sí misma y en su avaricia por los lujos y el dinero. ¿Cómo es posible que ahora Dios le regale y, para toda la eternidad, un paraíso lleno de luz y paz en algún lugar del Universo?    

 

 

 

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