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lasacra1
lasacra1
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Fecha de ingreso: 24 de Febrero de 2010

6ª EDICIÓN DEL TALLER DE RELATOS BUBOK. Tema DESEO. Sólo relatos

8 de Julio de 2014 a las 17:31

Queda oficialmente abierta la 6ª edición de nuestro incomparable taller de relatos.

Tema: Deseo.

deseo.

(Del lat. desidĭum).

1. m. Movimiento afectivo hacia algo que se apetece.

2. m. Acción y efecto de desear.

3. m. Objeto de deseo.

4. m. Impulso, excitación venérea.

arder en ~s de algo.

1. loc. verb. Anhelarlo con vehemencia.

Plazo para presentar relatos: desde ahora mismo hasta el jueves 24 de julio a las 22,00 h.

Plazo para votar: desde el jueves 24 de julio a las 22,00 h.. hasta el domingo 27 de julio a las 22,00 h.

Si sois nuevos y queréis participar, echadle un ojo a las normas que se encuentran aquí: http://www.bubok.es/foros/tema/10352/NORMAS-PROVISIONALES-PARA-EL-NUEVO-TALLER-DE-RELATOS/#ultimo_mensaje(no funciona lo de insertar enlaces) y luego, para resolver dudas, bien acudís al hilo de los comentarios ome mandáis un privado.

Suerte a todos y... ¡a escribir!

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 11 de Julio de 2014 a las 0:56

El ancla

Salí del coche y la tarde vino a recibirme. Olía a tierra húmeda y a ese renacer que parecen tener todas las cosas después de una tormenta. Las últimas nubes huían hacia las mismas montañas desde las que había llegado yo conduciendo. Fue un trayecto de apenas tres horas en el que viajé varios años atrás, hasta mi infancia, impulsado por un deseo irrefrenable de reconciliarme con mi pasado.

Había permanecido en el coche un buen rato mientras escampaba, decidiendo si entrar o si emprender viaje de regreso, y me había dado tiempo a observar el pequeño jardín del edificio de tres plantas que se erigía ante mí. Seguía sorprendiéndome su paz, la tranquilidad que emanaba de él; fueron muy distintas las sensaciones que tuve después, al adentrarme entre aquellos muros de ladrillo rojo. Uno a uno, los trabajadores del psiquiátrico fueron analizando mi comportamiento con sus miradas. Quizá presintieron en mi cara un nuevo huésped para sus aposentos. Quizá se preguntaran, como yo, qué hacía allí. Encorvé mi figura y recorrí el angosto pasillo que conducía a uno de los pabellones. Los ecos metálicos de las puertas, al cerrarse tras de mí, ralentizaron mi paso y me hicieron presa de la angustia. De aquella neblina de murmuraciones perturbadas que tan pronto me alentaba en mi empeño por descubrir la verdad, mi verdad, como me paralizaba presa del miedo.

-¿Nombre? –preguntó el vigilante sin apenas mirarme.

-Enrique González Castro –respondí con la lección bien aprendida. Él revisó su hoja de visitas hasta que encontró mi nombre en una de sus líneas.

-¿Periodista?

-¿Cómo dice?

-Que si eres periodista. El "aguadillas" no recibe a mucha gente hoy en día, así que tienes que ser periodista... o escritor, tal vez -dijo afilando una sonrisa de satisfacción. Yo asentí dando por buena cualquiera de las dos opciones y firmé el pliego de condiciones que me requirió.

Cruzamos una gran sala de enormes ventanales desde los que se adivinaba el jardín junto al aparcamiento y, poco después, llegamos a las habitaciones.

-Hoy tiene un buen día -dijo el celador antes de abrirme-. La lluvia siempre le pone de buen humor. Vendré en una hora, a no ser que quiera que lo haga antes... -añadió.

Aquello no era una celda. Tampoco la habitación de hospital que pude haber imaginado. Bien podría pasar por un cuarto de estudiantes. Un catre y un pequeño escritorio, regado de libros y cartas, eran los únicos objetos que llamaron mi atención; así como una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, del que él siempre fue muy devoto. El dormitorio era amplio y estaba bien iluminado: no resultaba desagradable, pero yo me sentía incómodo.

-Buenos días –acerté a decir-. Me llamo...

-¿Qué importa quién seas? -me interrumpió-. Importa quién soy yo. Por eso estás aquí -el hombre siguió mirando al infinito a través de la ventana enrejada de la habitación mientras me hablaba.

No quise rebatirle. Me limité a observarle en silencio hasta que él decidió darse la vuelta y, cuando lo hizo, pude comprobar que apenas había cambiado, pero, sin duda, no era el mismo. Su mirada, reflejo de la mía, seguía persiguiendo el infinito cuando me observó. No me reconoció. O si lo hizo disimuló a conciencia. Quizá fueran las drogas las que mecían sus pensamientos en un sueño tenue y sin retorno. Supe que poco o nada podríamos hablar en esa primera visita y resolví acudir la mañana siguiente. Me costó algo de dinero conseguir que estuviera más lúcido en mi siguiente encuentro.

-¿Qué es lo que quieres?

-Estuve ayer aquí...

-Lo sé. Las drogas te adormecen, pero no te hacen olvidar -dijo conteniendo su rabia.

-¿Te acuerdas de mí?

-Enrique González… no sé qué más, ya sé -sin duda el celador había conseguido ingresos de ambas partes.

-En realidad ése no es mi nombre -apenas movió un músculo de su cara-. Soy Quique –añadí-, tu hijo.

-No tengo ningún hijo –contestó mecánicamente.

-Sí. Sí lo tienes. Aunque comprendo que no quieras saber nada de mí.

-No sé quién te habrá engañado, chaval, pero yo no soy tu padre. Te repito que no tengo hijos. Así que ¡lárgate! y deja que me pudra en paz –dijo. Y miró la imagen del Cristo imitando su gesto.

-Soy yo. Cambié de apellidos, ya lo sabes: he visto las cartas que te mandé todos estos años sobre tu mesa -dije señalando el escritorio con un giro de barbilla. Él siguió negándome y me dio la espalda.

Siempre pensé que no las abriría y por eso decidí mandarle postales un tiempo después. Algunas de ellas colgaban adornando las paredes de la habitación.

-Estás perdiendo el tiempo –continuó negando.

-Sólo quiero saber dos cosas. Después me iré, te lo prometo –le dije-. No pretendo que me perdones, pero quiero que entiendas que no podía mantenerme al margen, aunque fuera un niño. No podía seguir protegiéndote y por eso te entregué.

-¡¿Entregarme?! ¿Es eso lo que te dijeron? –el odio aró surcos en su frente y un largo suspiro los hizo desaparecer poco después-. Está bien… –dijo recuperando la mesura de su tono-. Sí. Me entregaste e hiciste bien. Era un monstruo y tú sólo un niño. Disfrutaba quitándoles la vida a esas mujeres –dijo entre lágrimas-. Las drogaba y adormecía hasta sentir apenas un hilo de aire en su respiración y después… las ahogaba. El agua las purifica, ¿no es así?

-¿Por qué lo hiciste, papá? ¿Por qué me hiciste pensar que aquellas mujeres podrían sustituir a mamá?

-Sólo quería rehacer mi vida con ellas. Sólo quería compañía. ¿Lo entiendes, Quique? –dijo dulcificando su rostro; como si estuviera observando al niño que dejó atrás y del que negó su existencia-. No. No lo entiendes. No lo hiciste en su día ni tampoco ahora. Al menos…, pudiste rehacer tu vida.

-Tuve suerte, papa. Mi familia de acogida se hizo cargo de mi tratamiento psicológico. Fueron varios años, pero mereció la pena. Sé que ahora tengo las fuerzas que no tuve en su día para enfrentarme contigo. Para poder preguntarte por qué. Para poder asumir que, tal vez, mamá… fuera la primera.

-¡Largo de aquí, hijo de puta! –gritó enfurecido.

-¿Lo fue? –pregunté ignorando sus insultos.

-Tu madre se suicidó cabrón desagradecido. ¡¿Es que también has podido olvidar eso?! Vete de aquí. ¡Ya! ¡¡Celador!!

Abandoné la habitación de mi pasado con la extraña sensación de haber reabierto heridas que nunca cicatrizarían. Como si las respuestas a mis preguntas hubieran alimentado otras para las que no estaba preparado. Como si aquel impulso irracional que me llevó hasta allí hubiera sido reemplazado por otro aún más absurdo y tenebroso. Por el pasillo que me condujo a la salida regresaron las murmuraciones y esos pensamientos que había conseguido acallar con el tiempo: los recuerdos de mi madre en aquella bañera, sumergida apenas un palmo bajo el agua. Con los ojos enrojecidos por el llanto. Miraba, pero no era a mí. Sonreía, pero sólo para sí. Y entonces llegó mi padre, preguntándome qué hacía allí. Y me hizo a un lado de un empellón y la sacó de la bañera y la tendió envuelta en una toalla sobre la cama de su dormitorio. Y comenzó a besarla y a llorar y a preguntarse por qué. Y siguió besándola y empujando su abdomen hasta que los enfermeros que llegaron poco después les separaron. Yo quedé allí, acurrucado en un rincón observando la escena sin que nadie reparara en mi presencia. Aferrado a aquel bote de somníferos que cayó de la mano de mi madre. Y sentí alegría al cerrar mis ojos y ver los suyos abiertos en mi memoria; aquella sonrisa de paz que emergió bajo el agua. Tan placentera como la de las otras; las novias que tuvo papá tiempo después.

Salí del edificio extenuado. Como si todos los fantasmas de mi pasado me estuvieran robando el aire y corrí hacia el coche para encerrarme en él a modo de protección. Arranqué y comencé a conducir sin rumbo. Callejeé por la ciudad envuelto en una nube de dudas. Tratando de resolver la incógnita que, sin saberlo, me había llevado hasta allí. Y entonces la vi de nuevo frente a mí; conduciendo el coche que me precedía. Sabía que no era a mí a quien miraba. Sabía que aquellos labios no besaban mi reflejo. Sabía que ella no era quien yo deseaba que fuera y aun así la seguí después de que el semáforo se pusiera en verde y ella interrumpiera su maquillaje frente al espejo retrovisor de su coche. Diminuto salvavidas al que me aferré; invisible ancla que me sumergía cada vez más en mi locura.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 11 de Julio de 2014 a las 20:45
Llegamos a amar nuestro deseo más que al objeto de ese deseo (Nietzsche)

Nada más terminar de tomar el café mañanero, Jorge va al baño y después de una buena ducha entra en su habitación, abre el armario, busca entre su ropa y saca pantalón y camisa. Los mira en sus perchas y sonríe. Una vez puestos, se mira al espejo. Se da el visto bueno con la cabeza. Cuando ha terminado de vestirse, se mira de nuevo al espejo.

“No podrá resistirse al verme. Sé que estos tonos y conjunto le van a entusiasmar” y decidido sale hacia el trabajo.

Cuando oye desde lejos el taconeo característico de sus zapatos, deja de mirar a la pantalla del ordenador y se vuelve para verla venir. Adriana, por el pasillo entre las mesas, deja su contoneo al aire de la inspiración de sus compañeros y se deja admirar. Alta, rubia, guapa, corta y estrecha de ropa, sabiéndose cautivadora y deseada. Al pasar junto a Jorge, le mira y sonríe. Es en ese momento cuando Jorge, dándose cuenta de su excitación y sintiéndose dominado por su deseo, nota la presión de su cuerpo en sus pantalones e, inmediatamente, corre la silla hacia la mesa, ocultando su estado a la indiscreta mirada de algún compañero.

Aquella tarde, al salir de la oficina, va a buscarle Carlos, su compañero y buen amigo.

—¿Te animas a tomar unas birras? Es viernes y hay que prepararse para el finde.

—Por supuesto. ¿Quiénes vamos?

—Los de siempre.

—¿No irá…?

—Pero, Jorge, cuando te vas a hacer la idea de que Adriana ya sale en serio con un tío del bufete de la competencia.

—¿Siguen saliendo?

Carlos mueve de un lado a otro la cabeza y mira a su buen amigo con cierta tristeza.

—¿Nunca te vas a dar por vencido?

—Nunca, Charlie; cuando la miro me lo dicen sus ojos.

—¿Sus ojos? ¿Qué te dicen sus ojos? Nos mira a todos; nos provoca a todos. Ella es así, es el objeto del deseo de los hombres que se cruzan con ella.

—Nunca lo entenderás. Su mirada me da ánimos a seguir esperando, me da esperanza y no puedo defraudarla.

—¡Anda, vamos, esperanza! Algún día te darás cuenta de que tu problema está en tu cabeza, no en la mujer que deseas para ti.

—¡Ya, claro! Habló la voz de la experiencia; habló Freud.

Carlos le miró de nuevo sonriendo y con una mirada algo triste.

—No habló Freud, sino Nietzsche ¿Pero no te das cuenta, Jorge, que ya son más de cinco años esperando que ella lo deje todo por ti? Y lo más sorprendente es que de entre nosotros cuatro, los amigos desde el colegio, eres el que más atrae a las chicas y tú, ciego por uno deseo que jamás se cumplirá.

—Te equivocas, Charlie. Se cumplirá y pronto. Pero dejemos este tema y entremos al bar, que tengo sed de tanto hablar.

Después de estar casi toda la noche bebiendo con los amigos, Jorge, ya en casa, necesitaba tener relaciones sexuales, pero ninguna de las chicas con las que aquella noche había estado le llenaba. Por más vueltas que le daba a su cabeza, la imagen de Adriana aparecía continuamente y así se quedó dormido.

El sábado amaneció tarde, casi al medio día y sin tener mucho en la nevera para comer, salió al Hiper, compró algunas cosas y al salir, sus ojos se quedaron como hipnotizados mirando la figura de una chica que con dos grandes bolsas en cada mano esperaba la llegada del autobús.

Jorge no lo dudó un instante y corriendo se acercó a Adriana.

—Hola —ella, el verle, sonrió como bien sabía hacer y le torció la cabeza con coquetería.

—Hola. ¿Vienes de comprar?

—Sí, ya he terminado y vuelvo a casa. ¿Quieres que te lleve?

—¿Lo harías?

Jorge, sin pensarlo, le quitó una de las bolsas de la mano y con una señal de la cabeza le dijo que le siguiera. Poco después y ya sentados, Jorge la miró de nuevo. Al hacerlo vio como ella, con cierto arte, se subió ligeramente la falda, dejando parte de sus muslos a la vista de sus ojos deseosos.

—¿Qué prefieres? ¿Que te lleve a donde vayas o tomar antes juntos una cerveza? Hace calor.

Si en Jorge había un deseo casi enfermizo, en Adriana había una necesidad imperiosa de sacar a los hombres de sus casillas.

—Sorpréndeme.

—Lo haré, y además, gustosamente, pues una oportunidad así nunca se presenta dos veces.

Cuando ya llevaban bastante tiempo en el coche, Adriana, algo sorprendida miró por donde estaban.

—¿A dónde me llevas?

—A un lugar precioso y fresquito; es un bar que hay en los pinares del Pardo. ¿No lo conoces? —Poco después, se salió de la carretera y se adentró en el pinar por un camino de tierra. Al rato, apartándose del camino por el que iba, Jorge paró el coche en una zona muy alejada y solitaria. Sin decir una sola palabra, se volvió hacia Adriana y golpeándola la dejó inconsciente.

Ya oscurecía cuando Adriana recuperó el sentido. Al hacerlo lloraba de indignación y de sorpresa, pero cuando sus ojos bajaron la mirada y se encontró completamente desnuda, fue a gritar, intentando golpear a Jorge. Este le tapó la boca y de nuevo comenzó a besarla por todo el cuerpo y a manosearla. Fue un forcejeo inútil, pues la diferencia de fuerzas era claramente favorable a Jorge, hasta que ella se rindió.

—¿Por qué te resistes si ya has sido mía mientras estabas inconsciente? Ahora solo quiero que me desees como yo te deseo a ti.

—¡Cerdo, impresentable! ¡Te juro que esto te lo haré pagar muy caro!

—¿Por qué, entonces, cada vez que nos cruzamos me provocas? Hace cinco años que lo llevas haciendo y ya no puedo resistirme más. Te he hecho mía y ya lo serás para siempre.

—¡Te voy a denunciar por violación y no volverás a verme nunca más! ¡Me das asco! ¡Eres el último hombre al que me acercaría! ¡Te odio, maldito cabrón!

Jorge, no pudiendo aguantar más, saltó sobre ella y la volvió a violar.

—Y ahora, si quieres denunciarme, abre la puerta del coche y vete a buscar a la policía.

Así lo hizo Adriana, sin pensar que iba completamente desnuda. Salió, cerró la puerta del coche con fuerza y se alejó hacia el camino por donde habían llegado. Al poco oyó como Jorge arrancaba el coche y pocos segundos después, sintió un fuerte golpe, quedando muerta y desnuda entre los pinares.

Al día siguiente, en las noticias salió el accidente en el que un joven llamado Jorge Garcés había muerto al salirse su coche por el puente de la calle Bailén, a la altura de la calle Segovia.

concursoderelatos
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  • 14 de Julio de 2014 a las 20:36

Se ha repetido
concursoderelatos
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  • 14 de Julio de 2014 a las 20:36

Que desespero, amor...

El humo dibuja una espiral en el aire y asciende, atraviesa el círculo de luz y se pierde en la oscuridad. El cigarrillo descansa entre los dedos de uñas brillantes, la mano se mueve lánguida hacia los labios entreabiertos. Es la viva imagen de la pereza, que recorre toda la longitud de sus piernas, que se alargan de manera fantástica. Un enjambre de avispas vuela en mi interior. Soy testigo mudo, aquí y ahora de la aparente inocencia de este instante. Cierro los ojos y dejo que el deseo fluya ¿Qué pensará, me digo, cuando observo sus ojos entrecerrados y dibuja una sonrisa en su boca? Chupa el cigarrillo. Lo humedece con su lengua hasta que poco a poco se consume y yo anhelo ser el humo que penetra entre sus dientes.

Ella es como fuego y todo en mí se asemeja a ceniza. Recuerdo su cintura, su espalda arqueada en ese semicírculo perfecto, que se eleva y se agita, exigente.

Ni siquiera me he dado cuenta de que hay un hombre, en algún reproductor, que canta al amor y a la añoranza, como en el oscuro temblor de un sueño,

... Y yo tan solo y tu tan lejos, que desespero amor, que desespero...

Mi mano desearía tener vida propia, trata de acercarse a ella para tocar su espalda. Mi deseo de recorrer con mis dedos sus hombros y descansar la palma en su nuca y que ella incline la cabeza, para que yo la admire en toda su belleza, es tan fuerte, que apenas puedo contenerme, así que me dejo llevar, me sumerjo en el placer de esta agonía de mis sentidos. Recupero su sabor, su aroma inconfundible, la textura suave de su piel y me pierdo en los rincones secretos y húmedos que conozco tan bien.

Las volutas de humo gris ascienden de nuevo en el aire pesado de la tarde. La estoy mirando hambriento. Ahora ella lo sabe y juega conmigo, cambia de postura y deja expuesta la perfecta redondez de su vientre y su cadera. En realidad yo me apropio de la imagen, porque ella solo se recrea en sí misma, en el placer de su cuerpo desnudo y libre. En su propio deseo. Alarga de nuevo la pierna como si fuera a marcar el paso de una danza antigua y va dibujando el aire rítmicamente, mientras con la otra, forma un ángulo y yo imagino esa puerta abierta, esperando a que alguien se adentre por ella.

No puedo respirar, absorbo una bocanada de aire porque me ahogo, mi corazón se acelera, mi imaginación dibuja imágenes imposibles que colman de anhelo mi vientre. No tengas prisa, me digo, aunque no sé si me lo creo. Puedo esperar, me prometo, sí, puedo esperar si es necesario.

Como si leyera mis pensamientos, el hombre, en el reproductor, vuelve a cantar y dice palabras que parecen hechas para mí, como si penetrara en mi corazón o mis deseos fueran transparentes para él.

...Cuando pienso en tu boca siento en mi boca el dulce sabor. Como si fuera un sueño, se va encendiendo mi corazón...

No puedo dejar de mirarla, es algo enfermizo. Deseo la perfecta redondez de sus nalgas, el temblor de sus senos cuando se vuelve hacia la ventana. ¿Piensa que allí alguien la está mirando? Tal vez por eso pasea las manos por su vientre y por un momento imagino que se deslizan hasta su sexo. Se ríe, no sé muy bien que le hace gracia, sonríe y se pasa la lengua por los labios. Entonces siento una punzada de celos.

El placer va y viene en oleadas, es como volar sobre una colina y regresar, para volver a volar. Seré el artífice, me digo optimista, del último suspiro de sus labios, Mis manos serán como seda sobre su cuerpo y mi boca magia para su sexo.

...Ven que me falta tu calor, que tengo ganas de ti, que me muero sin tu amor...

Mi sangre se agolpa y me consume, necesito gritar y entre mis lamentos digo su nombre. Entre oleada y oleada, de pronto recuerdo. Escucho su voz que me dice que se va y mí desesperada súplica para que se quede. Estoy perdido entre el deseo y la desdicha de saber que la he perdido. Siento de nuevo, la conocida sensación de vacío y frustración, porque todo sigue igual y me siento triste y tengo miedo. Mi solitario placer me desborda, pero no borra el dolor de su ausencia y la locura de soñarla tan vivamente.

concursoderelatos
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  • 15 de Julio de 2014 a las 18:20

Lilith

Eva miraba embobada a su alrededor. Le maravillaba especialmente la luz caliente que bailaba en el hueco que había en una de las paredes.

—Es fuego, un regalo de bienvenida que me hicieron los habitantes de esta zona. No te sientes en el suelo, ponte aquí, estarás más cómoda.

—Parece muy confortable, sí —dijo comprobando con sus manos el suave mullido del asiento que la acogía—. Más que un lecho de hojas.

—Sí —confirmó Lilith sonriendo—. ¿Quieres beber algo?

—¿Tienes agua recogida? Constantemente le digo a Adán que deberíamos procurar alguna forma para tener siempre agua a mano, pero él no quiere, dice que sería ofender a Dios, darle a entender que no confiamos en que Él proveerá.

—El bueno de Adán… —Lilith convirtió su sonrisa en una ligera carajada—. Tengo agua, sí, pero me refería a algo distinto.

—¿Distinto?

—Tengo vino. También tengo cerveza y… da igual. —Lilith salió de la habitación y regresó con una jarra, también traía dos cuencos de madera.

Eva siguió los movimientos de Lilith ensimismada; llevaba el cuerpo cubierto con algo que parecía hecho con una gran tela de araña, más tupido y resistente; eso, fuera lo que fuera, se balanceaba siguiendo el ritmo de Lilith, ciñéndose a su cuerpo unas veces y volando libre otras. Obligaba a quien la mirase a imaginar su desnudez, a apetecerla, a anhelarla. Su larga melena, roja y rizada, bailaba al compás de sus pasos. Sus ojos… eran dos mares al anochecer; sus labios… dos frutas maduras que pedían ser saboreadas con lentitud; su piel… el pétalo de la flor más suave que pudiera imaginar.

—Prueba el vino, éste es dulce, te gustará.

A su lado, Eva se sentía minúscula y, a pesar de ser la única mujer que habitaba en Edén, extremadamente vulgar.

—Bueno… —dijo Lilith mientras servía el vino— ¿y a qué debo tu visita? ¿Saben ellos que estás aquí? ¿Cómo has dado conmigo?

—Cuántas preguntas… —Sonrió tímidamente Eva—. Imagino que Dios sí que sabe que estoy aquí.

—¿Imaginas? —preguntó divertida— ¿Dudas de la infinita sabiduría de Dios? ¡Ja, ja, ja, ja…! Dios, te estás luciendo con el género femenino —dijo mirando al cielo que el techo de aquel recinto no dejaba ver—, una te sale respondona y la otra desconfiada, ¡ja, ja, ja, ja…!

—¡No! No lo dudo —se apresuró a asegurar Eva—. Me refería a que, aunque no se lo he dicho, Él tiene que saberlo, aunque yo sólo puedo imaginarlo... ¡No me líes! A Adán tampoco le he dicho nada.

—Tranquila, te había entendido. No pretendía liarte, sólo me entretenía. Prueba el vino, te gustará. Y dime… ¿qué te trae?

—Adán repite tu nombre en sueños —dijo llevándose el cuenco a los labios—. ¡Mmmm! ¡Qué rico está esto! ¿Cómo has dicho que lo llamas, vino? Nunca había probado nada igual.

—Te enseñaré a hacerlo —respondió Lilith con una amplia sonrisa—. Dios provee, pero el toque humano mejora su provisión —concluyó guiñando un ojo.

—Como te decía, Adán repite tu nombre en sueños. Mi curiosidad, a pesar de que nunca hice preguntas que alguien pudiera escuchar, debía de ser muy evidente, pues una mañana se me acercó una serpiente y me habló de ti.

—¿Qué te contó?

—Que Dios te creó al mismo tiempo que a Adán, usando el mismo polvo de tierra.

—Eso es verdad.

—También me dijo que Adán no conseguía someter tu voluntad a la suya.

—Eso también es verdad —afirmó con una sonrisa nostálgica.

—Y que Adán acudió a Dios para que Él te hiciera entrar en razón.

—Sí. En su razón. Menudo par de cabrones —apurando el vino de su cuenco.

—Me dijo que tú no quisiste escuchar.

—Eso no es verdad. Yo escuché, pero no me convencieron sus gilipolleces.

—¿Gilipolleces? —preguntó Eva, extrañada, antes de servir más vino.

—Mentiras que pretenden pasar por verdades. Sirve las veces que quieras, tengo más.

—Perdón. Es que está tan bueno…

—No te preocupes. Sigue.

—Que entonces te enfadaste y pronunciaste el nombre de Dios, que por ello fuiste expulsada y que desde entonces vives aquí, junto a este mar rojo, fornicando con demonios y penetrando en los sueños de los varones para provocar su deseo y robar su semen.

—¡Qué hijos de puta! ¿Eso dicen?

—Es lo que me dijo la serpiente. En realidad, nadie habla de ti. ¿Puta?

—¿Eh…? Puta es… no importa, olvídate de eso, era un insulto, sin más.

—¿No pronunciaste el nombre de Dios? ¿No fuiste expulsada?

—No exactamente. A Dios le dije “anda y que te den por culo, zullenco de mierda”. Y nadie me expulsó, me fui yo.

—Zullenco no es el nombre de Dios, ¿o lo era antes y se lo cambió después de que tú lo pronunciaras?

—¡Ja, ja, ja, ja, ja…! No es el nombre que Él se puso, pero sí el que mejor le define a juzgar por cómo la caga ¡ja, ja, ja, ja…!

—¡Ja, ja, ja, ja…! —reía también Eva— No sé qué significa zullenco, ¡ja, ja, ja, ja…!

—¡Ja, ja, ja, ja…! Un pedorro que no puede mantener la mierda dentro del culo, ¡ja, ja, ja, ja…!

—¡Ja, ja, ja, ja…! Eso le pasa a Adán algunas veces, ¡ja, ja, ja, ja…! Sobre todo cuando come muchas frutas de ésas… rojas y redonditas.

—¡Cerezas! Es verdad, le gustan con locura.

—Sí. —La risa de Eva quedó congelada—. Tu boca… parece…

—¿Si? —inquirió Lilith asomando la punta de su lengua para recoger una gota de vino que resbalaba por la comisura de sus labios.

—¿Fornicas con demonios? —preguntó Eva azorada.

Lilith endureció el gesto.

—¿Sabías que, cuando me marché, Adán copuló con todas las hembras de animales que habitaban en Edén? Bueno, con las de un tamaño adecuado, claro. Con las moscas y bichos así no creo que lo llegara a intentar, pero las ovejas y las burras tuvieron mucho éxito.

—No puedo creerlo.

—Pues no lo creas —encogiendo los hombros—. Dios me lo contó. Adán estaba encantado, pero había una pega: la descendencia era difícil de conseguir en esas condiciones. Dios vino para pedirme que volviera. Yo me negué y entonces te creó a ti, esta vez usando una costilla de su niño, para asegurarse de que no eras una “creación original” y, por tanto, con un rango inferior al de Adán.

—Estoy algo mareada, pero… me doy cuenta de que estás cambiando de tema. ¿Fornicas con demonios?

—Es el vino. Tiene esa cualidad, marea y agudiza los sentidos al mismo tiempo. Bebe más, todo el que quieras —dijo rellenando los cuencos vacíos—. Adán, cuando me marché, sació sus instintos con las hembras animales. Yo encontré alimento para mis deseos en los demonios que habitan en esta zona. Dios te creó para Adán, a mí no me hizo un sustituto. Él sabrá por qué.

—Quizá porque le llamaste zullenco —respondió Eva intentando reprimir la risa sin conseguirlo.

—Quizás. ¡Ja, ja, ja, ja…! Deberías reír siempre, eres aún más guapa cuando ríes —dijo mirándola fijamente.

—¿Yo? —Eva se sonrojó— No, yo… tú sí que eres hermosa. ¿Por qué cubres tu cuerpo?

—¿No te gusta? Lo hago para despertar la imaginación de los que me miran. ¿Crees que funciona?

—Sí. No. No sé… ¿Entras en los sueños de los varones para robar su semen?

—Eso son gilipolleces, ¿ves? Mentiras que pretenden pasar por verdades. No puedo entrar en los sueños, soy de carne y hueso y, además… ¿para qué coño iba a querer yo el semen de nadie? —Lilith intentó tragar el sorbo de vino que acababa de beber, pero éste salió disparado de su boca al no poder contener una carcajada— ¡Dese luego, para el mío… no! ¡Ja, ja, ja, ja…! Lo de ser madre hace mucho tiempo que dejó de interesarme.

—Pero Adán repite tu nombre en sueños…

—Yo no tengo nada que ver con eso, te lo aseguro. Voy a por más vino.

De nuevo, Eva siguió sus pasos hipnotizada por el movimiento de su cuerpo y el baile de aquello que cubría su desnudez. Era más sugerente cuando se separaba de su piel y dejaba adivinar las curvas que escondía. Y su pelo… el fuego, que tanto la había asombrado a su llegada, era ahora una simple nadería comparado con aquella melena incendiaria.

—¿Te gusta? Fornicar con demonios… ¿te gusta? —preguntó Eva cuando Lilith se acercó para servirle más vino.

—Mucho —más cerca de lo que Eva podía soportar sin ruborizarse—. Mi favorito es Samael, el silencioso y juguetón Samael. Toma, para mí, forma de serpiente con dos cabezas.

Lilith se aproximó aún más: su boca pegada al oído de Eva; su voz, un tenue susurro que penetraba y recorría todo su cuerpo erizando cada vello de su piel; sus manos, cálidas caricias en su espalda que prometían sensaciones aún más intensas si decidían explorar el resto de su cuerpo.

—Se desliza suavemente sobre mí, muy despacio, entre mis piernas, hasta que consigue que las separe, entonces… se acomoda en mi sexo y lo acaricia con su grueso cuerpo… adelante, atrás, adelante… Sus cabezas las posa sobre mis senos… su cuerpo sigue, adelante, atrás… mientras juega con sus lenguas en mis pezones...

—¿Pe… pezones?

—Pezones —repitió Lilith pellizcándole uno con suavidad.

Lilth despertó canturreando y con una sonrisa que se apoderaba de su rostro sin que ella lo hubiera ordenado. Se levantó y cogió su vestido para ponérselo.

—No lo hagas, sabes que no me gusta que cubras tu cuerpo.

—Oh… ¿estás ahí? —dijo con indiferencia mientras se vestía.

—¿Satisfecha?

Liltih esbozó una sonrisa arisca.

—Parece mentira que, siendo Dios, tengas tan pocas luces. ¿De verdad pensabas que podrías mantenerla alejada de desear? Da igual que la hayas hecho con una costilla, no es una oveja, ni una burra; es una mujer, como yo; una persona, como Adán. ¿Por qué te asusta que seamos como él? ¿O es otra cosa lo que temes? —Lilith se acercó a un cesto lleno de fruta—. ¿Una manzana? Me las ha traído Samael.

concursoderelatos
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  • 15 de Julio de 2014 a las 23:55
TARTA DE PIÑONES

Si tuviera que resumir la vida de Leonardo en una sola frase, escogería esta: “sí, tienes razón”.
-Leonardo, deberías acabar el COU y entrar en Derecho. Eso tiene futuro.
-Sí, mamá. Tienes razón.
-Leonardo, tenemos que casarnos e irnos a vivir a la zona del Escorial. Que el aire puro me viene muy bien.
-Sí, cariño. Tienes razón.
-Leonardo, ese plan de pensiones que te has abierto no me gusta demasiado. ¿Por qué no inviertes en Bonos del Estado?
-Sí, Alfonso. Tiene razón.


A Leonardo ni le gustaba la profesión de abogado, ni le gustaba la sierra de Madrid, ni se preocupaba sobre su plan de pensiones. Pero si a él se lo planteaban de una manera clara y directa, la única respuesta posible era: sí, tienes razón.

En realidad, no tenía preferencias por nada. ¿Playa o montaña?, ¿Carne o pescado?, ¿Fútbol o tenis?, ¿La película o la novela? Nada. Absolutamente nada. Lo que le venía dado, bien recibido era y punto.

Su vida se fue entretejiendo gracias a las decisiones que tomaba la gente a su alrededor. Y a él no parecía disgustarle; más bien, al contrario. Se había acostumbrado a la comodidad de no plantearse disyuntivas y paseaba por la vida a la espera de que alguien le dijera lo que debía hacer.
La rutina era la clave de su vida, y que surgiera algún imprevisto era algo que además de causarle ansiedad sólo podía tener una solución: preguntar a la persona de confianza más cercana qué debía hacer.

Sin embargo, en este mar en calma alguien lanzó una piedrita que agitó las aguas… Se puede decir que todo comenzó gracias a -o por culpa de- una novela de Franzen, en la que uno de los personajes parecía padecer anhedonia.

Anhedonia: incapacidad para experimentar placer, la pérdida de interés o satisfacción en casi todas las actividades. Se considera uno de los indicadores más claros de depresión.

Lo que hasta entonces Leonardo había interpretado de sí mismo como una personalidad insulsa, empezó a preocuparle sobremanera. ¿Era él depresivo? Pero si lo era, desde cuándo.
Siempre había aceptado las decisiones de los demás y había participado en las actividades de turno sin ningún interés. Incluso de niño había ido a campamentos, participado en torneos de ajedrez o bailado en fiestas de cumpleaños, simple y llanamente porque era lo que debía hacer.

La ansiedad empezó a hacer mella y decidió tomarse las cosas con calma y analizar su situación de manera racional. Se le ocurrió dibujar una línea de tiempo que representara su vida y comenzó a anotar líneas alternativas sobre lo que él consideró las decisiones que habían marcado su vida.

La hoja de cuartilla enseguida se le quedó pequeña y comenzó a colgar con chinchetas en la pared los esquemas que iba trazando. Del hito “universidad”, salían al menos otras cuatro líneas de “vidas alternativas”, como “ayudante de construcción con el tío Mariano”, “medicina”, “formación profesional: tornero”, “viaje a Londres: estudiar en el extranjero”. Así sus otras posibles vidas se fueron expandiendo por la pared hasta cubrirla por completo.

Cuando consideró su obra acabada se sentó en el suelo y la observó. Nunca había deseado realmente hacer nada de lo que había allí dibujado. En realidad él nunca había sentido deseos o ilusión por hacer nada. ¿Pero por qué? ¿Qué le pasaba? Su nerviosismo comenzó a aumentar de nuevo, cuando dos golpecitos en la puerta de la habitación le hicieron salir de su propio yo.

-Leonardo, ¿qué haces? Que ya están aquí mis hermanos, hombre. ¿Sales y nos comemos la tarta?


Había olvidado por completo que hoy venían sus cuñados a “celebrar” su cincuenta y seis cumpleaños. Se levantó del suelo y salió de la habitación. Sus cuñados ya estaban sentados en el sofá con las bebidas servidas; y en la mesa, aquella tarta… La tarta de nata y piñones que todos los años llevaba su mujer para su cumpleaños.

Leonardo por primera vez la observó con cierto interés y se le comenzó a arrugar la nariz de manera inconsciente. De pronto, dos besos y un abrazo le apartaron de su tarta. Su cuñada le felicitaba y le daba un paquetito envuelto que él abrió de manera automática. Dio las gracias y cogió asiento mientras su mujer colocaba las velas.
Tras el Cumpleaños Feliz de rigor, sirvieron la tarta y Leonardo comenzó a comérsela de una manera especial. Parecía estar paladeando cada milímetro de tarta, notando el crujir de los piñones y analizando la proporción nata-bizcocho-piñones de manera matemática.

-Creo… creo que… no me gusta la tarta.
-¿Y eso? ¿Qué le pasa? Si está riquísima, como todos los años.
-No digo que esté mala. Digo, que creo que no me gusta la tarta de piñones.
-¡Pero si es tu favorita! La encargo todos los años para ti.
-No creo recordar que te dijera nunca que mi tarta favorita es la de piñones. De hecho, creo que… me gusta más esa tarta casera de natillas y galletas que haces para los niños.
-Pero…
-De hecho… ¡me apetece tarta de natillas y galletas!
-Leonardo… no hay tarta de…
-¡Quiero tarta de natillas y galletas! ¡La quiero!
-Leonardo, ¡ ¿se puede saber qué te pasa?!


En ese momento de rabieta infantil que Leonardo estaba representando en directo para sus cuñados, se le llenaron los ojos de lágrimas. Comenzó a sollozar despacio y pronto pasó a llorar abiertamente. El silencio era rotundo en el salón, donde su mujer y sus cuñados le miraban boquiabiertos, tarta en mano.

A él no le importó que le miraran, lo que le importaba era ser consciente de que ni la tarta de piñones le desagradaba, ni le gustaba especialmente la tarta de natillas y galletas. Se había esforzado por saborear la tarta analizando si preferiría esa u otra (¡o ninguna! ¡Quizá unos sándwich hubieran ido mejor!). Pero es que le daba igual. Le daba absolutamente lo mismo. ¡No deseaba nada! ¡No tenía ninguna preferencia! Y no sabía cómo abordar esa situación, no sabía cómo tenía que comenzar a preferir y desear cosas.

Quizá lo que debería hacer era preguntarle a su mujer. Quizá ella pudiera aconsejarle cómo actuar… Sí, tenía razón.
concursoderelatos
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  • 17 de Julio de 2014 a las 8:34


Dobles parejas



Marcos abrió la puerta. No era un mensajero, ni un vendedor, ni la vecina de arriba reclamando una prenda de su tendedero.


- Hola -dijo Ana.


- ¿Qué haces tú aquí?


Ana apretó los labios hasta arrugar las mejillas.


- Solo quería hablar contigo. Si te molesto, me voy.


- No, no. Por Dios, Ana. Es la sorpresa. Me alegra verte. Pasa, pasa -se adelantó y le dio un beso en cada mejilla. Luego ensanchó la puerta y se hizo a un lado.


Ella era rubia. No iba pintada, ni se depilaba las cejas. Llevaba el pelo recogido atrás con dos finas guedejas enmarcando cada lado, junto a dos aros colgantes, y una cadena al cuello, y un par de pulseras, y un reloj Cartier, y otro anillo además del de casada. Él iba en pantalón corto, chanclas y camiseta. Ni afeitado ni sin afeitar: mal afeitado.


- Quizás debí haberte llamado. O un mensaje. Pero temía que te hubieras metido en tu concha de ermitaño a rumiar -ella echó una mirada alrededor, a las cuatro paredes del salón, amueblado de urgencia como piso alquilado para alguien de paso. Un refugio para almas en pena.


- Seguramente acertabas. No estoy para mucho, Ana.


- Quería verte. Y sabía que no me echarías una vez me tuvieras delante.


- Sabes que no -dijo él mirándola fijamente. Ella lo abrazó. Él también cerró sus brazos alrededor de la espalda de ella y respiró su pelo. Olía a agua clara y jabón.


- No tengo café. Desayuno fuera.


- Si desayunas -dudó ella-. Por eso he traído yo.


- Estás en todo.


- Me imaginaba cómo serían tus horas aquí, fuera de tu casa de golpe y porrazo.


- ¿Cómo lo has sabido? -y después de un momento añadió- ¿Y qué sabes, cuánto sabes? ¿Sabes más que yo? Porque yo estoy hecho un lío.


- ¿Dónde tienes la cafetera?


- Creo que por aquí -sacó una de un armario.


- Habrá que limpiarla -la abrió y olió- Huele todavía a café. Toma, ponle agua.


Ella sacó el paquete de café del bolso. Se lo acercó a él, a la nariz.


- Umm, canela.


Ella acabó de abrirlo mientras él le acercaba una cucharilla y la cafetera con el agua medida. Con cuidado, ella puso cuatro cucharadas. Él sacó las tazas y el azúcar del armario. Ella acabó de roscar, él encendió el fuego. Era un sincronismo aprendido durante semanas de vacaciones en apartamentos compartidos. Rara vez se estorbaban, en la cocina o fuera de ella.


La casa se había impregnado de aroma a café con un intenso toque de canela. La cafetera estaba al fuego. Entonces, ella se distanció medio paso y se giró hacia él. Lo pinchó con la mirada.


- ¿Cómo te sientes?


El cuerpo de él se aflojó como una cuerda que se suelta.


- Ya no estoy furioso. O sí. No lo sé. A lo que más vueltas le doy es a saber qué es verdad y qué es mentira entre Luisa y yo. Son recuerdos, vivencias, que no sabes ya qué significan. Sin saber no puedo decidir, si es que puedo, si mi vida va a seguir con ella o sin ella. Y está la niña. Aunque siempre será mejor un padre ausente que dos padres mal avenidos.


-Y otra niña, mi hija. Y yo misma. Y también Angel, aunque ahora lo quisieras matar. Somos seis personas a las que nos afecta todo esto.


Él suspiró.


- Es verdad. Somos una tropa, todo por duplicado, dos hombres, dos mujeres, dos niñas. Se acabó ¿no?


- Me temo que sí.¿Cómo te enteraste?


- Puff, de la peor manera posible. El martes llevé a un cliente al aeropuerto. Podía haberme vuelto a la fábrica y trabajar dos o tres horas más, como siempre he hecho. Pero no lo hice. Me dije ¡fiesta! Y mira. Lo que ocurrió después es eso mismo que se ve en las malas películas. No me creía que me estuviera pasando a mí. Me podía haber creído que Luisa y yo nos distanciáramos, que uno de los dos encontrara a otra persona. Pero no esa escena que me da vergüenza solo de recordarla. No quiero hablar de ella.


- Te fuiste.


- Esa misma tarde. ¿Y tú?


- Yo me enteré el jueves. O sea, dos días después. Habíamos quedado en salir este domingo, ¿te acuerdas? Angel me dijo que te habías ido de casa. No hizo falta más. Tuve un golpe de lucidez. Son veinte años, veinte años compartiéndolo todo, desde que éramos niñas. Qué puede haber ocurrido que Luisa no me llama a mi para contármelo y me entero por Angel. Así que lo adiviné y le dije: o sea, que os estáis acostando y Marcos se ha enterado. Se lo puse fácil. Hubiera sido penoso dejarle que “se explicara”. O divertido, saber qué cuento habían preparado en esos dos días.


- ¿Sospechabas algo?


- No. Pero te soy sincera: tampoco me ha sorprendido.


- ¿Por qué nos ha pasado esto, Ana? ¿Tú lo sabes? ¿Por qué dices que no te ha sorprendido?


La cafetera silbó. Ana levantó la tapa con cuidado. Apagó el fuego y sirvió las dos tazas. Se sentaron.


- Es fácil encontrar las explicaciones después de que hayan ocurrido las cosas. Pero no, no me ha sorprendido. ¿No te hizo Luisa ningún reproche sobre mí, sobre nosotros?


- Luisa está emparanoiada con que tú y yo estamos liados. Hace un rato, cuando apareciste en la puerta, pensé "la jodimos, ya nadie podrá convencerla a Luisa". Por eso te pregunté qué coño hacías aquí. ¿Cómo has dado conmigo?


- Ella misma me dijo dónde estabas.


- No fastidies.


- Como te lo cuento. Yo la había llamado el mismo jueves y no me cogía. Así que fui a... vuestra casa. Cuando le pedí tu dirección, ella se me puso con que no quería creer que yo no la supiera. Al final me la dio. Está hecha un lío. No había previsto que esto podría pasar. Probablemente se ha hecho ilusiones de que yo le arreglaré esto. A ella la desconcertó que yo no le hiciera una escena. Tampoco se la había hecho antes a Angel. ¿Para qué? A Angel le da lo mismo todo.


- ¿No estás rabiosa?


- ¿Con Angel? No. Me siento más traicionada por Luisa que por Angel. Aunque me explico su error. No la justifico, pero la entiendo. La conozco un poco. En algún sentido, más que tú.


"¿Te acuerdas de aquel día en Isla Cristina? ¿cuando nos quedamos solos en el apartamento?"


- Pero no pasó nada -Marcos la miró fijamente.


Ana se desató en un torrente de palabras.


- No pasó nada, pero estuvo a punto de pasar. Yo no lo hubiera impedido. Yo lo quería y tú lo sabías y además lo deseabas. En el último momento no pasó nada, pero de hecho pasó. Nada fue igual después. Yo nunca pude ya pensar en otra cosa que no fuera en ti. Sí, así es, aunque no te hayas dado cuenta.


"En este tiempo tú has evitado quedarte a solas conmigo. Alguna vez con pretextos tan mal hilvanados que quedaba en evidencia. Pero tampoco me has rehuido. No te escondías de mí, sino de tu propio deseo. ¿No es verdad?"


- Ana...


- ¿No es verdad? Dime que en todos estos meses no has dejado de desearme en ningún momento.


- Sí, es verdad.


- Y aunque tú lo escondieras, eso se nota, se transpira. Los demás lo huelen, como se huele la canela en el café.


- Es verdad. Aquel día Luisa me preguntó si había pasado algo. Le dije la verdad, que no había pasado, y hasta ahora había pensado que ella me creía. Y si no fue así, si ella no me creyó, ¿por qué nada cambió después, por qué seguimos como siempre, saliendo juntos todas las semanas? ¿Por qué no hizo ella nada para distanciarnos?


- Porque le dieron la vuelta. Porque hablaron entre ellos y encontraron la excusa perfecta para liarse. Angel, ¿sabes?, no es la primera vez. La infidelidad es adictiva. Y Luisa, si su despecho hubiera sido real, no se hubiera ocultado. Te habría dejado señales por todos lados de lo que estaba haciendo. Pero quiso creer lo que convenía a sus deseos. Los infieles existen, son un porcentaje de todos nosotros y de cada uno de nosotros, y les ha tocado mucho, a ella y a Angel.


- Y a nosotros ¿qué nos ha tocado?


Ana no respondió. La pregunta flotó sin respuesta entre los dos. Marcos permaneció en silencio sin recoger su propio guante, mirando a la mesa y a las tazas. Ana empezó a pensar que quizás todo había sido un gran error suyo de cálculo, que quizás no conocía a Marcos tanto como pensaba.


Marcos se levantó y dejó las tazas en la fregadera. Al volver, fue hacia Ana. Ella se levantó. Con la punta de los dedos, él retiró hacia atrás las dos finas guedejas, onduladas como volutas de humo.


- Quiero que pase. Ahora -y sus ojos se miraron en los de ella.


La ropa cayó al suelo como cae la nieve, copo a copo. En la mesilla quedaron las pulseras, la cadena, los pendientes, el reloj, los dos anillos, el de casada también. Y mientras esto ocurría, nunca dejaron de mirarse, asombrados de verse por primera vez cada uno reflejado en el deseo del otro. Se hundió él en ella y ella en él. Y en ese momento hipnótico capaz de convertir los fingimientos en juramentos y las traiciones en lealtades, él la interrogaba, haciéndola mirarse en sus ojos:


- Dime que aquel día en Isla Cristina, no fue casualidad que nos quedáramos solos. Dime que tú lo buscaste.


- Síii.


- Dime que viste venir lo que iba a pasar entre Angel y Luisa y dejaste que ocurriera.

- Síii.


- Dime que preparaste los mimbres para que tu mejor amiga arruinara ella sola su matrimonio.


- Síii. Pero era un matrimonio aburrido, él se merecía algo mejor.


- Y tú.


- Síii.


- Dime un deseo.


- Tú.


- Síii. A pesar de todo, Tú.



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  • 17 de Julio de 2014 a las 23:02

Pablo y Luca

Cansado de pasear por el monte, Pablo se haba sentado a la sombra de un rbol y contemplaba el sendero que recorra la ladera de la montaa, hasta perderse entre los rboles, en la vaguada. Eran las cinco de la tarde de un da de junio y haca calor. “Si me vieran mis amigos deambulando por estos andurriales, diran que estoy chiflado y con razn –murmur-, pero es por ti que estoy aqu, Luca. El da menos pensado, tendr suerte y te ver bajar por el sendero aquel; entonces te alcanzar, caminar a tu lado y te convencer de que mi amor es sincero.”

A Pablo, lo nico que le diferenciaba un poco de otros chicos de su edad era su carcter romntico, tmido e introvertido y su aficin a la poesa. Tena diecisiete aos y crea estar enamorado de Luca, que era un ao ms joven. Todos sabemos que a esa edad, amor y deseo son trminos que se confunden a menudo, pero a Pablo le gustaba todo de ella: su esbelta figura, su rostro ovalado, sus ojos negros como la noche, su luminosa sonrisa... Como siempre que pensaba en ella, el deseo incendi su entrepierna. Se acarici un poco por encima de los bermudas, pero desisti de masturbarse. “Quiz ms tarde,”pens. Sac del bolsillo un bloc de notas y un lpiz y escribi:

“En tu balcn pondr un ramo, de menta y romero

y con el ramo una nota que diga: te quiero.

Cuando levant la vista del papel, divis a un jinete que bajaba por el sendero: una jovencita que montaba una yegua blanca con manchas de chocolate. Pablo reconoci enseguida a Luca.

-Bingo! –grit eufrico.

Guard el papel y el lpiz y se incorpor de un salto. Fue al encuentro de la joven, decidido a esperarla al final de la pendiente, donde el sendero cruza el arroyo y se esconde entre los rboles del bosque. Estaba ya muy cerca cuando sus pasos alertaron a una bandada de perdices, que se alzaron en vuelo rasante y fueron a posarse a unos trescientos metros. Pablo, que segua con la vista el vuelo de las perdices, pis unas piedras sueltas, resbal y se fue de bruces al suelo. Se hizo un rasguo en un brazo y un probable esguince en un pie. Blasfem, se levant, se sacudi el polvo y continu su camino cojeando. Lleg antes que ella al arroyo, se qued detrs de una mata de espinos y la esper sin apartar los ojos del sendero. Luca se hizo esperar un poco. A Pablo, el corazn le martillaba en el pecho con tanta fuerza que no oy los pasos de la yegua al acercarse. La muchacha surgi de entre los arbustos que bordeaban el sendero, abanicndose con su sombrero de paja, mientras su cuerpo segua con un suave vaivn el ritmo que le marcaba el paso cansino de la yegua, a la que no se molestaba en apremiar. Vesta una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos. No usaba montura ni silla, montaba a pelo como una india. El sol haca reverberar las piedras del camino. Pablo sinti envidia de la yegua, que en vez de cincha, lo que rodeaba su “cintura” era la dulce presin de unos muslos, sin duda suaves como la seda.

Al llegar al arroyo la yegua se detuvo a beber. Luca se ape y se quit el pauelo que llevaba al cuello; con ademn rpido y preciso se recogi el pelo en la nuca, utilizando el pauelo para sujetarlo y arrodillndose en la orilla se ech, a puados, agua a la cara, mojndose los brazos, el cuello y la camiseta. Pablo respir hondo, sali, por fin, de detrs del espino y tosi un poco, asustando a Luca que se incorpor de un salto.

-Pablo, que susto me has dado!

-Hola Luca; lo siento, crea que me habas visto.

-Vienes cojeando, qu te ha pasado?

-Resbal y creo que me he torcido el tobillo.

Mientras hablaba, Pablo se esforz por apartar sus ojos del escote de Luca, de sus pechos de adolescente, pequeos y rotundos, que se transparentaban a travs de su camiseta mojada, forzndole a meter una mano en el bolsillo de sus bermudas para disimular de ese modo su abultada ereccin.

-Te duele? –inquiri ella

-Un poco.

-Pues, no te queda nada que caminar! De aqu al pueblo hay tres kilmetros y muchas piedras en el camino.

-Eso, t anmame.

-Podrs montar en la yegua?

-No creo que pueda sostenerme. No s como puedes cabalgar sin montura.

-Yo montar detrs y te sujetar.

-No podrs sujetarme cuesta abajo. Sera ms fcil si montaras delante.

-Est bien, te llevar a la grupa. Sbete a esa piedra y yo acercar la yegua.

As lo hicieron, pero antes de montar, ella le advirti:

-Espero que te portes bien, de lo contrario morders el polvo del camino.

-Qu se supone que puedo hacer?

-Puedes cogerte a mi cintura, pero procura tener las manos quietas.

La yegua emprendi la marcha con su doble carga sin acusar el esfuerzo. Pronto sinti Luca en su espalda el calor que Pablo irradiaba, as como el soplo clido de su aliento en la nuca y la presin de sus manos fuertes en la cintura. Ella fue la primera en romper el silencio, convencida de que lo mejor era conversar para evitar, en la medida de lo posible, pensamientos libidinosos:

-Se puede saber que hacas por aqu arriba?

-Estaba esperndote.

-A m?

-S

Luca se puso un poco colorada, pero la tranquiliz saber que Pablo no poda verle la cara.

-Cuidado con este repecho –le advirti.

A pesar de la advertencia, Pablo resbal y, para evitar caerse de la yegua, se abraz a la muchacha, sintiendo de nuevo como el deseo se alzaba entre los dos, y como un potente imn le empujaba hacia ella. Despus del repecho, el camino mejor, a la vez que se adentraba en las sombras del bosque. Dos hileras de rboles de gran porte le bordeaban formando un frondoso tnel. La excitacin de Pablo persista y el movimiento rtmico de la yegua al caminar, el balanceo al que someta sus cuerpos, no contribua en absoluto a bajar la tensin.

-No creas que a mi me gusta mucho montar a pelo –declar ella-, (Pablo no entendi el sentido de la frase, hasta que Luca aadi): prefiero utilizar la silla como todo el mundo, pero cuando la yegua anda suelta por el monte no va con la silla encima como comprenders.

-S, claro –admiti l, que pareca estar sufriendo alguna especie de encantamiento. Le embriagaba los sentidos el cabello ondulado de la muchacha flotando sobre sus hombros desnudos, su piel morena, tersa e inmaculada, su camiseta mojada pegada al cuerpo, el movimiento sugerente y tentador de sus caderas y la tensin de los msculos de su cintura anticipndose a los movimientos de la yegua. Sucesivas llamaradas de fuego le suban a l por las venas, llevndole al borde mismo del orgasmo. Para complicar un poco ms la situacin, de pronto el camino se puso cuesta abajo, Pablo resbal, se fue encima de Luca. Not como ella retuvo el aliento unos segundos, antes de amonestarle:

-Aprtate un poco, vale?

-Perdona –dijo l, pero treinta segundos despus estaba de nuevo pegado a ella, abrazndola. Luca se puso a dar palmadas en el cuello a la yegua. Pablo le meti a Luca una mano entre las piernas y le acarici el pubis por encima del pantaln corto

-Oye, oye! –protest ella, cogindole la mano, pero sin hacer ni el mnimo intento de impedir la caricia.

Ocurri que el sendero, en cuesta abajo, no era el lugar ideal para hacer equilibrios encima del lomo de una yegua. Luca fue la primera que se fue al suelo, aunque su proverbial agilidad le permiti caer de pie. Pablo aguant tres segundos ms, pero su aterrizaje amenazaba ser ms peligroso. Luca intent sostenerle entre sus brazos para evitar que cayera de cabeza. El peso del muchacho la venci y los dos quedaron tendidos a los pies de Condesa, estrechamente abrazados. Nada de lo que ocurri a partir de ese momento fue premeditado: un rubor intenso ti las mejillas de la muchacha, sus labios entreabiertos por la sorpresa y el susto, quedaron peligrosamente cerca de los de Pablo, el beso fue inevitable, ardiente, lujurioso… Un beso que activ el anhelo repentino de fundirse cada uno en el otro, que liber al potro desbocado que Pablo llevaba dentro y que Luca cabalg, como buena amazona que era, hasta que rindi su bravura.

concursoderelatos
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  • 19 de Julio de 2014 a las 0:06

Dafne y Apolo

Aunque nosotros somos superiores a los hombres en muchas cosas, las pasiones, como las conocemos en los seres humanos, pueden también nacer con la fuerza de un fuego devorador entre los dioses. Y ambos, el joven dios Apolo y la bella ninfa Dafne, poseían tal grado de belleza que no era extraño que desatasen auténticos ciclones pasionales entre los humanos y entre las divinidades. Incluso la calculadora diosa de la inteligencia, Atenea, o la fría diosa cazadora, Artemisa, le habían deseado en algún momento. ¿Y cuantos corazones no se habían roto tan sólo al vislumbrar entre el follaje a la bella Dafne retozando en las tranquilas aguas de su padre el río? ¿Cuántos, dioses y hombres, no habían sucumbido a su hermosura, la habían deseado por encima de cualquier otra cosa, y vagaban como almas perdidas del averno al haber sido rechazados por ella?

Y si esto es así, ¿por qué nos ha llegado la leyenda centrada sobre todo en el deseo de él? ¿No pudo ser mayor el deseo de ella? ¿O no se desearon mutuamente? Fuera como fuese, los poetas que narraron en los viejos tiempos los hechos, ya fuesen ciegos, como Homero o dotados de una aguda visión, como Antímaco, centraron la historia en el apasionado deseo de Apolo. Pero yo, que les conocí a ambos, no acabo de creerme la historia, y menos que Dafne se metamorfosease en árbol y renunciase al placer de su unión con el hermoso Apolo.

Aunque dudo que sea cierta en todos sus detalles, pues ese dios revoltoso y juguetón es propenso a la exageración, os voy a contar la historia tal y como me la contó a mí Cupido, estando juntos reposando al pie de las frondas aromáticas de unos bellos laureles. Estas fueron sus palabras.

¡Cómo engañaron a todos la bella Dafne y el hermoso Apolo! Sabes, amigo mío, no hay apenas ni una cuarta parte de verdad en todo lo que se cuenta de ellos. Es cierto que Apolo la sorprendió un día mientras ellas se acicalaba en un rincón del río, en una hermosa ensenada rodeada de frondosos árboles que, al tamizar a luz del sol daban al lugar una atmósfera especial, que predisponía al deseo y al amor. Sí, Apolo perseguía un cervatillo y de súbito, al apartar unas frondas se detuvo admirado. A pocos metros estaba Dafne. Mientras que el agua del riachuelo que corría limpia y cristalina, refrescaba su piel y le producía una sensación de placer y bienestar, ella cantaba una dulce canción. Un par de pequeños faunos la peinaban con peines de nácar, al tiempo que otro de aquellos seres pequeños y juguetones tocaba dulcemente una flauta revoloteando a su alrededor. Aquella idílica escena encendió el deseo en Apolo. Un deseo al principio sosegado y dulce, pero que al ver que la ninfa, supuestamente sorprendida en su intimidad, pretendía huir y alejarse, no tardó en tornarse impetuoso.

Y digo que supuestamente porque Dafne conocía al dedillo las andanzas de Apolo y sabía muy bien por donde iba a cazar aquella mañana. Porque la ninfa había preparado cuidadosamente, con la ayuda de sus amigos los faunos, aquella bucólica escena, aquel cuadro de seductores claroscuros. Y porque, como ella esperaba, el bueno de Apolo había caído rendido por su encanto sólo verla.

Pero, me dirás, amigo Hermes, ¿por qué huyó Dafne? ¡Pues porque Dafne sabía que aquel primer deseo podía debilitarse si no encontraba una resistencia! No se valora tanto lo que se consigue fácilmente como aquello que exige de nosotros un esfuerzo. La ninfa, inteligente y bien conocedora de las debilidades de los hombres y los dioses, comenzó una calculada huida. Y como ella esperaba, Apolo, mientras corría y volaba por los cielos en su persecución, sentía como un irrefrenable torrente de lujuria le aceleraba el pulso.

Dafne llevó a Apolo a donde quiso y como quiso. Voló sobre valles, sobre llanuras y sobre tierras vírgenes, y tras ella lo hizo Apolo, llamándola, prometiéndole un placer infinito. Y cuando se hallaban sobre un espeso bosque, en una lejana región prácticamente virgen, fingió estar cansada y tomó tierra. Y tras ella lo hizo Apolo. Y allí, ocultos de la vista de todos, incluso del padre Zeus, vivieron unos días de amor intenso, al cabo de los cuales, de común acuerdo, decidieron que no podían seguir ocultos por más tiempo y que tenían que regresar a sus respectivos hogares, ella a las tierras regadas por su padre, y él al Olimpo. Pero Dafne tenía otros planes. Por una parte, no estaba segura de que a su padre, el río divino, le agradase saber de sus amoríos con el dios Apolo. Pero sobre todo, le dijo a su amante, estaba harta de las ninfas del bosque y de las ninfas del río, de los faunos, de los bobadas de Dionisio cuando aparecía por allí a pretenderla, de la torpeza de Hefestos, que también de vez en cuando surgía de sus fraguas para hacerle la corte. En una palabra, ¡Dafne quería huir a un lugar muy lejano y no regresar jamás!

Apolo la comprendió y la apoyó. Pero él no quería dejar de vivir en aquellas tierras, donde templos y oráculos daban fe de un extendido culto a su persona. Y como tendría que dar alguna explicación por su ausencia, y como que alguna explicación habría que dar a los padres de ella, Peneo el río y Creúsa, la ninfa de las aguas, Dafne y Apolo urdieron un sencillo pero bello mito. Y me hicieron su cómplice pues yo debía formar parte de su historia. Ya sabes, aquello de las flechas. Que si una de oro para él y una de hierro para ella... ¡Pamplinas! No tuvieron nada que ver mis flechas en aquel asunto. Y lo del árbol, eso sí fue genial. Fue idea de ella, por supuesto. Luego vino lo de la tristeza del hermoso Apolo abrazado a un laurel, como estos cuya sombra nos bendice ahora mismo, mi buen Hermes. Sabes que te digo, yo creo que llevó demasiado lejos la comedia. Aquello de bendecir el árbol y preparar coronas con sus hojas... Vaya, un poco demasiado teatral sí resulta.

En fin, amigo mío. Ya ves. Aquellos cuentos del triunfo de la virtud sobre la lujuria, del sacrificio de la joven ninfa aceptando su metamorfosis, del dolor de Apolo y su remordimiento por haber llevado en su acoso a la joven a tomar tal determinación... todo ello no es más que un mito. Hermoso, es cierto. Pero no por ello menos mito. Apolo y Dafne han vuelto a verse de vez en cuando. Esos viajes que hace Apolo cada cien o doscientos años, con la excusa de aprender cosas nuevas sobre la caza, le llevan en realidad a un lejano lugar. Nadie sabe a donde va, pero yo sé, por lo menos, la razón porque los hace.

Eso es lo que Cupido me contó. Y sí, sé que acostumbra a adornar en exceso sus relatos, pero en el fondo, estoy convencido que, fuera de detalles y adornos, lo que me contó debe ser la pura verdad.

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  • 22 de Julio de 2014 a las 18:44

RETALES...

En la lápida apenas se lee el nombre tapado por las yerbas. Sí las fechas: “1953 - 1991”. No hay flores en la pequeña parcela solitaria del cementerio estatal. Katy va dejando atrás el lugar con andar decidido, mientras su vista sobrevuela el skyline de Manhattan. Hubiera preferido llorar pero ya no sabe. Olvidó como hacerlo hace mucho tiempo, aunque no por quién. Niega con la cabeza intentando evitar que se agolpen en su frente detalles insignificantes de su vida juntos. Pero no es posible. Le arden las entrañas como hace una eternidad. Preferiría ser ella la que estuviera bajo la tierra helada, sabe que se lo merece más...

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-Este es John Dudek, doctor. Nos lo envían del Hospital Metropolitano. No lo volverán a admitir.

-¿Y qué pretenden esos cabrones que hagamos aquí por él?

-Pues dejarle morir, doctor, como a todos los demás. Sé que usted es joven y no lleva mucho tiempo con nosotros, pero no me irá a decir ahora que no sabe para qué sirve un hospicio público, ¿verdad?

-Era una pregunta retórica..., me cabrea toda esta mierda... ¿Historial?

-¿Historial? Ya ira comprobando cómo son los del Metropolitano. Nos lo han enviado con una nota de diez palabras: “VIH. Terminal. Agotado seguro médico. Esperanza de vida: un mes.” Aunque por su aspecto yo diría que no le quedan ni dos semanas... Apenas mantiene la consciencia y en su estado, así es mejor.

-¿Y nada más?

-¿Qué esperaba? Siempre es igual. Según me contó el conductor de la ambulancia, debe ser un héroe de Vietnam “arrepentido”. Volvió algo tocado, o tal vez lo estuviera de antes, y se unió a no sé qué grupo radical. Hasta llegó a salir en televisión. Parece que se ha pasado media vida entrando y saliendo de hospitales psiquiátricos, sin dejar nunca sus adicciones ni su vida marginal. ¿Le suena a usted el caso?

-Me suena a lo de siempre, a que a nadie le importa un carajo lo que a toda esta gente le pueda pasar. ¿Trae pautada medicación? De todas formas, háganle analítica completa y

-¿Cree que merece la pena, doctor?

-¿Usted también? A veces no puedo evitar sentir envidia de su frialdad, enfermera Parson.

-Le aseguro, doctor, que sólo pretendo lo mejor para él, para todos. Pero conoce nuestras carencias de personal, de recursos. Hacemos lo que podemos hasta la extenuación. Ojalá John no estuviera en esta situación. Ojalá su vida hubiera sido más plena, más..., pero quién soy yo para juzgar... Sinceramente, lo único que puedo desearle es que la muerte se lo lleve cuanto antes y mientras tanto, sedación.

- - - - - - - - - - -

Johnny arrastra la espalda por la pared húmeda del último muro hasta quedar en cuclillas apoyándose en el fusil. Por su rostro avejentado resbala la lluvia que gotea del casco, llevándose el sudor frío que emana de su piel reseca y cuarteada. El repiqueteo del aguacero en las hojas de palma retumba dolorosamente en su cerebro. Hace un barrido del entorno con mirada febril hasta que cierra sus ojos grises un momento. No quiere volver a verlos. Ensangrentados. Desmembrados tras la explosión. Sólo él queda con vida.

El temblor de sus manos empieza a subir por los brazos y pronto acabará por transmitirse a todo el cuerpo. Se imagina buscando en el bolsillo de la guerrera, sacando una papelina envuelta en aluminio, calentando con el mechero el polvillo marrón hasta disolverlo en unas cuantas gotas de limón, llenando la jeringuilla a través del filtro de un Winston...

La primera convulsión le arranca de la ensoñación con las garras afiladas de una fiera hambrienta. Se deja caer de medio lado sin soltar el fusil y su cuerpo incontrolado toma la iniciativa con movimientos inhumanos. Apenas si los siente. Apenas si siente nada que no tenga que ver con su recuerdo. Nada que no tenga que ver con el veneno de su piel, de su imagen aniñada, de su olor, de sus jadeos. Es ella quién le mata, cruel y lentamente. Fuera de ella, no hay nada.

- - - - - - - - - - -

-¡Katy, Katy, cariño! ¡Dime que no es cierto! ¡Que Johnny no se ha alistado!

-¿Pero qué dices, mamá? ¿Te has vuelto loca?

-Ay, no sé... Me lo han dicho, tu tía y tu primo, que se va a ir con él.

-Pero no puede ser, ¿no ves que no puede ser? Es imposible que le hayan admitido... ¡Qué imbécil! Habrá falsificado tu autorización. No, no, no, él no...

-¿No te ha dicho nada?

-No...

-¿No tienes idea de por qué lo ha podido hacer?

-¡¡No!!

-No llores, mi niña.

-¡No lloro! ¡Maldito gilipollas! ¿Por qué voy a llorar? ¡Si quiere que le metan un tiro, a mí qué más me da! ¡Subnormal!

-No digas eso, hija, no lo digas más. Voy a ver si puedo dar con él. Voy a ver...

- - - - - - - - - - -

Cumplen dieciséis y se pelean por lo de siempre, tonterías: que si tu regalo es mejor que el mío, que claro, todo para la niñita buena, la pelota... Y como Katy no tiene ganas de aguantar chorradas le da un tortazo delante de todos. Johnny no se lo devuelve pero a cambio, le clava sus ojos claros con un destello desquiciado que asusta, se da la vuelta y sale del salón dando un portazo. Esta vez Katy no corre detrás de él, como acostumbra y Johnny no vuelve. La fiesta termina y sólo queda el olor a ozono de la tormenta que se aproxima.

Por la noche Katy no puede dormir y se acerca a la habitación de Johnny. Está tumbado sobre la cama con la luz encendida. La mira a los ojos, sin ira, con el mismo brillo extraño de hace un rato. Ella se tumba a su lado sin decir nada y así permanecen, callados, apenas rozándose los brazos. De repente, él se incorpora a medias y aparta toscamente el pelo de su cara de niñita buena. El corazón de Katy se acelera y el presentimiento de algo terrible la paraliza. Entonces él agarra sus muñecas, sujetándolas por encima de la cabeza mientras la besa. Ella intenta resistirse sólo un segundo y enseguida se deja hacer. La lengua tibia de Johnny invade su boca y encuentra su lengua propia como atraída por un imán. A Katy le gusta y no quiere que pare. Tampoco Johnny quiere parar.

- - - - - - - - - - -

Hey! Y de nuevo desde la RKMO de Pensacola, damos la bienvenida a nuestros nuevos vecinos, los primeros gemelos que vienen al mundo este tórrido verano, en nuestra pequeña pero, gran, gran, comunidad. ¡John y Katherin Dudek! Con nuestros mejores deseos para ellos y para todos nuestros radioescuchas, aquí os dejamos con el nuevo sencillo del genial Bill Haley y sus fulgurantes Cometas: ¡Live it up!

concursoderelatos
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  • 24 de Julio de 2014 a las 7:40
Que no salga

El parque está lleno de niños.
El sol se ha escondido ya entre los edificios y una suave brisa invita a abandonar los recalentados pisos. Los cuerpos menudos, tostados por el sol de mediados de julio, brincan y corretean entre risas y chillidos. Pantalones cortos, vestidos de tirantes, camisetas minúsculas, chancletas y sandalias... También hay adultos, casi todas mujeres, reunidos en grupos, sentados o de pie, o encorvados mientras sostienen a los pequeños que se tambalean con sus primeros tumbos.
Eduardo está en un banco alejado de todos. Lleva gafas de sol y sostiene un libro sobre el regazo del que va pasando páginas de manera automática, sin leer ni una palabra, mientras sus ojos no pierden detalle del bullicio. Un revuelo de falda, un tirante que se descuelga, una camiseta que se levanta mostrando un ombligo... Sabe que no puede estar mucho rato fingiendo que lee, pronto alguien echará cuentas, emparejará adultos y niños y comprobará que a él no le corresponde ninguno. Entonces empezarán las miradas y los cuchicheos. A veces, alguno llega a saltar la valla multicolor para pedirle explicaciones. Siempre hay de esos.
Al cabo de un rato, finge contestar una llamada del móvil y se marcha con él pegado a la oreja.
Son las ocho y media, aún faltan un par de horas antes de irse a trabajar. Turno de noche. Siempre trabaja de noche, es más tranquilo, apenas un par de compañeros a los que casi ni ve.
Entra en casa, cierra la puerta con llave, dos vueltas, y la deja puesta en la cerradura. Rescata de la nevera las sobras del mediodía y las deja sobre la encimera. Enciende el ordenador, saca un disco duro externo del fondo de un cajón y lo conecta. Tras unos segundos, entra en el directorio principal. Hay docenas de subcarpetas, algunas con nombres y apellidos. Busca sin titubeos una nombrada como "Sandra Martín Luna".
Eduardo la abre, dentro hay varias subcarpetas con nombres de fechas y lugares: "vacaciones Ibiza", "cumple Marcos", "carnaval 2012"... Accede a una de ellas y abre uno de los archivos que contiene. La cara de una niña ocupa toda la pantalla: es morena, de pelo rizado y ojos negros, sostiene un helado y su sonrisa está enmarcada en vainilla y chocolate. Tras un clic, la pantalla la muestra jugando en la playa con un cubo y una pala. Sólo lleva la parte inferior de un bikini lila y blanco y un pañuelo sujetando su espesa cabellera. En aquellas vacaciones, hace dos años, Sandra Martín Luna tenía siete pero Eduardo no la descubrió hasta hace apenas ocho meses. Le parece increíble lo que la gente cuelga en las redes sociales: fotografías, vídeos, dónde nació, dónde vive, cuando está de vacaciones, quienes son sus hijos, donde estudian... Una mina si no quieres que la IP de tu ordenador quede vinculada a ciertas webs y foros. La pantalla muestra a Sandra totalmente empapada, con un cubo haciendo las veces de sombrero mientras ríe a carcajadas. A Eduardo le encanta esa foto, debe haberla visto mil veces, conoce cada curva del menudo cuerpo, cada sombra proyectada por el sol, cada gota de agua resbalando por la piel. Su mano se mueve casi sin que él se dé cuenta, buscando, apretando con ansia; la respiración se le acelera convirtiéndose en un jadeo que gana urgencia hasta acabar en un estallido. Se queda unos segundos mirando el monitor, sin apenas parpadear mientras la niña, congelada y ajena, disfruta de su baño improvisado.
Apaga el ordenador, guarda el disco duro en el fondo del cajón y se da una buena ducha, frotando todo el cuerpo con insistencia, casi con saña.
Se viste, tira las sobras del mediodía a la basura y deja el plato en el fregadero. Da dos vueltas a la llave, abre la puerta y la cierra tras de sí con dos vueltas más.


Septiembre se muere.
Hace casi un mes que Eduardo volvió a su rutina protectora. Nunca sabe qué hacer en vacaciones. Antes conseguía reducirlas con horas extras pero la crisis ha llegado a todas partes.
El curso escolar ha empezado y los parques están prácticamente desiertos aunque ahora tiene mucho trabajo clasificando fotografías de vacaciones ajenas. Este año, Sandra Martín Luna ha ido a Grecia.
Es casi la una del mediodía y Eduardo arrastra su cuerpo dentro del ascensor. La jornada se le ha alargado más de la cuenta. Ocurre a menudo aunque a él no le importa: agradece esos momentos en que su cabeza sólo puede pensar en la cama. Como un autómata, pulsa el botón del piso doce y cierra los ojos, apoyando la espalda en el espejo. Con un golpe, la puerta vuelve a abrirse y un cuerpo menudo se cuela dentro de la cabina. Eduardo tarda un segundo en reconocer a Nerea, la niña del décimo. Lleva el pelo recogido con una cola de caballo y uniforme escolar. Entra con la cabeza gacha y la vista pegada a una pantalla sobre la que vuelan los pulgares. Eduardo se tensa, la nuez sube y baja con fuerza.
Sin poder evitarlo, sus ojos recorren la curva de su nuca, donde unos cabellos se han escapado de la goma que aprisiona al resto, hasta el inicio de la espalda que se pierda bajo el cuello de la camisa blanca. Las mejillas todavía conservan la curvatura de la niñez y las manos se ven suaves y lisas.
El ascensor se sacude. Es viejo y a veces se detiene a descansar unos segundos. Eduardo reza para que encuentre fuerzas y sube de un tirón los diez pisos.
Una nueva sacudida, ruido de engranajes. La cabina se para entre el sexto y el séptimo. Eduardo vuelve a tragar saliva. La niña apenas levanta la cara para mirar el cristal de la puerta antes de bajarla de nuevo. Se coloca un mechón huidizo detrás de la oreja, adornada con un sencillo pendiente de aro plateado. Eduardo se pierde en el agujero del lóbulo, pequeño, redondo y perfecto. Su garganta se encoge. Su mano se pregunta cómo sería acariciar esa oreja, juguetear con el aro, seguir la curva de la mejilla con las yemas, apenas rozándola.
Cierra los párpados con fuerza pero estos vuelven a abrirse ávidos. El aire se vuelve turbulento alrededor de la niña, como si millones de partículas furiosas se estuviesen masacrando a su alrededor y Eduardo pudiera ver todas y cada una de ellas y, a la vez, sólo ver a Nerea.
Los dedos le hormiguean, los oídos le zumban, el pecho le va a estallar, siente una presión entre las piernas que amenaza con ocupar el reducido espacio. Con horror, nota como su brazo cobra vida y lucha por alzarse, dirigir su mano hacia el pelo sedoso y liso. Su fragancia le llega como una bofetada: huele a caramelo y goma de borrar. No hay nada malo en acariciar a un niño, ¿no? Todo el mundo lo hace, aunque no los conozca. Parece como si sus cuerpos fueran patrimonio de cualquiera que quisiese revolverles el pelo o pellizcarles las mejillas. ¿Quién no ha pedido alguna vez un beso a un niño? ¿Por qué él va a ser diferente? En realidad, nadie adora a los niños tanto como él, nadie merece abrazarlos, besarlos, acariciarlos tanto como él. ¿Qué hay de malo en amar?
Los músculos siguen buscando argumentos, la sangre fluye hacia el mismo punto como una marea imparable. Su mano parece revolverse, intentando separarse del cuerpo que le grita que vaya, que avance, que explore. Un martillo golpea sus sienes con insistencia, machacando los últimos reductos de una conciencia que chilla desesperada.
Una nueva sacudida devuelve el movimiento a la cabina que ha decidido seguir su viaje. Eduardo parpadea. El ascensor se detiene en el diez y Nerea desaparece tan rápido que ni siquiera tiene tiempo de preguntarse si alguna vez ha estado ahí.
Irrumpe en su piso, empuja la puerta que se cierra con estrépito y mete la cabeza en el váter, vomitando con violencia.
Cuando acaba, tira de la cadena y casi le parece escuchar un rugido frustrado que se pierde por el desagüe, chirriando las uñas contra las paredes del tubo. La piel le arde, el pecho se sacude y expulsa jadeos entrecortados. Se derrumba en el suelo. Todo el cuerpo empieza a convulsionar y el llanto se le desborda por las entrañas.
Con un fogonazo, una idea ilumina su mente. Rebusca en el armario y saca un bote pequeño. Observa la etiqueta a través de las lágrimas. Las compró en internet hace años, siguiendo los consejos de un foro que no le costó mucho encontrar. Quita la tapa. Sabe que hay más de veinte pastillas y sabe que son suficientes. Temblando, antes de que el miedo gane al horror, se mete la mitad en la boca y empieza a masticar. Bebe directamente del grifo del lavamanos. Con un golpe de nuez, traga notando un regusto amargo que deja restos a medida que baja. Solloza y vacía el contenido del frasco, obligándolo a entrar con más agua.
Ya está hecho. Después de tanto tiempo, está hecho.
Su cabeza empieza a despertar y pregunta, tímida, si sentirá dolor. Un vacío se apodera de sus entrañas.
Observa su rostro demacrado en el espejo y se pregunta cuánto tardará en caer al suelo.
Algo arde en el fondo de su mente.
Se precipita sobre el váter mientras hunde los dedos en la boca. Tras una arcada, una ola amarga cae con estrépito sobre la loza blanca. Escupe y se estremece. Vuelve a meterse los dedos. Una vez y otra, hasta que no queda nada.
Entonces, se derrumba sollozando y se queda hecho un ovillo.


Abre los ojos.
La luz mortecina del atardecer arranca reflejos tenues sobre los azulejos del baño.
Comprueba sin alegría que sigue vivo.
Tarda unos minutos en incorporarse.
La cabeza le va estallar. Nota el estómago como un puño cerrado.
No sabe qué hora es pero intuye que pronto tendrá que irse a trabajar. No recuerda un día en el que haya llegado tarde en los últimos quince años.
Con un suspiro, se levanta.
concursoderelatos
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  • 24 de Julio de 2014 a las 21:35

                                                                    El Encuentro

Era una cálida tarde de otoño, cuando la joven princesa Pía decide encaminarse hacia el bosque en compañía de su corcel como lo hacía cada vez que necesitaba escaparse, según ella para acomodar sus ideas, solamente era uno de esos días donde extrañaba más, ese día en especial sentía mucha nostalgia y estaba ansiosa por llevar a la orilla del lago y sentarse a contemplar esa hermosa naturaleza, de aguas cristalinas, flores perfumadas, y trinos.

Estaba ya sentada sobre su roca preferida, recordando anécdotas de sus amigos en el pasado ,cuando un sonido extraño llamo su atención ,se levantó sigilosamente ,sin hacer ruido y fue acercándose a ese murmullo, que le sonaba tan familiar a su corazón, Al acercarse pudo ver a la orilla de la cascada una figura varonil, que sujetaba las rienda de su caballo , a la vez que lo acariciaba , no podía ver su rostro pues la capucha de su capa se lo cubría, pero volvió a escuchar su voz que decía:

-No quiero llegar amigo, no la quiero ver, no la quiero lastimar, no sé si va a comprender. ¿Qué hago amigo mío de tantas batallas compartidas? Tampoco me quiero volver a ir, ella es la dueña de mi corazón. ¿Qué hago amigo?

 

Las hojas de los árboles se movían lentamente, como cómplices de aquella escena. La joven sintió como su corazón se aceleraba, sus ojos se nublaron, pero con paso firme. Llegó hasta él, hasta esa voz profunda que tanto tiempo había escuchado emergiendo desde las sombras del castillo. Con mano segura bajó de un tirón la capucha del abrigo y unos ojos negros como la noche se clavaron llenos de tristeza en sus ojos colmados de preguntas.

 

Ella solo pudo dejar escapar dos palabras de su boca, era todo lo que su corazón le permitía murmurar, mientras su blanca mano se estiró para tocar la mejilla de la voz sin rostro.

- ¿Eres tú?

 

La mano de él sujeto la de ella en el aire, con firmeza, antes que rozara su piel y con una leve sonrisa asintió y mientras la sujetaba, inclino su rostro y sus labios se posaron en la boca fresca y tentadora de la  no tan joven mujer, uniéndose en un beso suave, pero apasionado, aquel que tantas veces habían soñado, y postergado. Ya no eran adolescentes, los años habían dejado sus huellas, pero sus corazones aun temblaban de emoción con una sola mirada, se tomaron de las manos y caminaron como dos enamorados hacia el interior del castillo, sabían que tal vez, después de ese otoño  no volverían a verse más...

 

Entonces por qué dilatar una ruptura que tarde o temprano llegaría, sería mejor cortar por lo sano, guardar en su mente y en su corazón la tibieza de ese primer beso y nada más. Deteniendo la marcha la valiente joven lo mira a los ojos y dice:

 

 ­-debo contarle algo mi Señor -la joven abre la puerta de su alcoba, y ya en su interior continua.

 -Fueron varios años de ausencias, sin recibir noticias tuyas, pensando que tal vez, sin vida estarías. He luchado con todas mis fuerzas para poder olvidarte. Salía a las batallas a dar mi vida y lo mejor de mí, para que te sintieras orgulloso -Pía, tomo aliento y prosigue.

 -Fue en una de esas emboscadas, donde en una fuerte lucha, mi espada al chocar contra la armadura de mi adversario, se rompe y caigo de mi caballo, mi casco se desprende,  dejando  mi rostro al descubierto ante la mirada atónita de mi oponente, ¡que no esperaba encontrar una mujer! nos miramos a los ojos, no sé cuánto, tal vez segundos que parecieron años, el extiende su mano y me ayuda a levantarme. Así fue como nos conocimos y en los posteriores encuentros ya no pudimos enfrentarnos más, él me miraba, sonreía, y se iba. Hasta que hace unos meses llega a mí un emisario de él, proponiéndome la paz y pidiendo mi mano en matrimonio.

 

Un silencio angustiante invade el lugar, ella entonces subiendo un poco la voz dice.

 

  -¿Te callas? ¿No me preguntaras nada?....

 

Karl atina a sentarse en el borde del lecho, pensando, (tengo miedo de preguntar, tengo miedo de saber la respuesta, tengo miedo de haberla perdido sin haberla tenido. Prefiero irme con la suavidad de sus labios entibiando mis pensamientos, a llevar conmigo la certeza de que la dejaré en otros brazos, que será otro el que la escuche suspirar en su oído, otro el que sea dueño de sus caricias. Perdón dulce princesa de mis sueños, necesito que mi silencio me proteja, porque siento que mi corazón se va a destruir cuando escuche tú respuesta) enmudecido por el dolor.

 

Pía se arrodilló junto a su cuerpo, se acercó lentamente a su rostro, él clavó en sus ojos, su negra mirada como queriendo escrutar sus más hondos secretos, como queriendo descubrir en sus pupilas las respuestas a todas sus preguntas, como si el manto obscuro de las pestañas de su amada, fuese el telón que al cerrarse, se llevara consigo una última esperanza y su regreso tan tardío, fuese el castigo de su silencio de antaño.

 

             -¿No me vas a preguntar?  -Volvió a repetir ella ya sobre su boca.

 

En ese momento una fuerte ráfaga de viento entra por el ventanal, haciendo que el suave pelo de la joven roce el rostro de él, como una delicada caricia perfumada de rosas, su cuerpo se estremece por la proximidad de ella, la que muy pronto ruborizada por la situación se incorpora de prisa, y girando queda de espaldas a él, tal vez deseando que la abrazara muy fuertemente. Todo su ser latía precipitadamente, deseando (que si pasaba, el tiempo se detuviera).

En su mente sus pensamientos se agolpaban, no sabía que decir, ni a quien obedecer ¿al corazón o a la razón?

El corazón que estaba embriagado por esa presencia que la turbaba pero que a su vez era ya un extraño, pero que la atraía y por otro lado la razón que le advertía que el partiría cuando sus obligaciones lo llamaran. Dejándola sola otra vez, en cambio su pretendiente dejaría todo por amor a ella podrían formar una familia y con el tiempo crecería el amor y su pueblo sería más feliz.

 

El abrazo que esperaba no llegaba, dio unos pasos y giro su cuerpo poniéndose enfrente de él, cruzó los brazos tratando de sujetarlos en un abrazo, como para darse más fuerza, no quería llorar, nadie la había visto hacerlo y él tampoco lo haría, abrió la boca tomo aire y le dice:

 

             -pues ya que no preguntas nada, te lo diré yo.

 

En ese momento entra corriendo uno de sus súbditos, gritando.

 

            -Señor, Señor carta de su Alteza, su señora esposa...

 

El tomo el sobre y muy presuroso sube los escalones hacia su alcoba a leer la misiva.

 

Era media noche, ya todo el reino estaba entregados a los brazos de Morfeo, cuando se oyeron unos pasos en el corredor que comunicaba a la alcoba de la  princesa Pía.

Un golpeteo a la puerta, hizo que se levantara a abrirla, al hacerlo ve parado ahí a Karl, (a su señor que tembloroso y sollozando) en ropas de cama con un candelabro en la mano.

             -Es urgente, necesito que me escuches por favor  -él le dice.

 

Ella estaba parada junto a él tenía su pelo negro suelto sobre sus hombros y un camisón blanco largo hasta los pies que al trasluz dejaba mostrar las formas de su cuerpo, parecía un ángel, la luz de la luna iluminaba el ambiente, tornando el lugar más acogedor, entre sombras y luces.

            -Pasa por favor  -le dice susurrando.

 

Karl entra rápidamente y tomándole las manos le dice:

 

-te amo, me aleje de ti, para no hacerte sufrir, pues no era un hombre libre.

-Había venido a verte por última vez, como lo he venido haciendo todos los años para tu cumpleaños, trayéndote las rosas rojas, que tu preferías y me hospedaba en la casa de al lado, en los aposentos que usaba el Duque cuando venía de visitas. Te veía a la noche, asomada a tu ventana, tan radiante y sonreías al ver la luz encendida, ahora puedo decirte que soy libre, me ha llegado una carta del palacio notificando que mi esposa ha fallecido, después de una larga enfermedad. Me ha dejado esta carta donde me pide que te busque y que sea feliz, dime algo por favor.

La toma de los brazos suavemente, ella empieza a sollozar levanta su mirada lo mira a los ojos, se pone en punta de pie, cierra sus ojos y lo besa...

 

...Él la rodea con sus brazos fuertes, y dulcemente la abraza y se entrega a ese beso apasionado, siente por primera vez la seguridad de que será suya para siempre y ella por primera vez deja que surja ese amor oculto, por primera vez se siente protegida, amada y deseada...

concursoderelatos
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  • 24 de Julio de 2014 a las 21:35

lasacra1
lasacra1
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  • 24 de Julio de 2014 a las 23:47
Apartir de ahora, aquí sólo se entra a leer. Para seguir la evolución de la edición, pásense por el hilo de los comentarios. Gracias a todos.

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