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Ernie
Ernie
Mensajes: 1.834
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008

7ª edición del taller de relatos. DESAPARICIONES. Hilo para colgar los relatos

29 de Julio de 2014 a las 6:47
Empezamos la 7ª edición (así, sin vacaciones ni nada).
Tema: Desapariciones.
Plazos: desde ya hasta el jueves, 14 de agosto a las 22:00 horas.
Votaciones: desde el cierre hasta el domingo, 17 de agosto a las 22:00 horas.
Las dudas y las nuevas incorporaciones en el foro de comentarios. Gracias.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 31 de Julio de 2014 a las 20:52
###ATENCIÓN: ESTE RELATO ESTÁ FUERA DE LAS VOTACIONES POR FALTA DE AUTORÍA###
###El MdC de turno###

SIN RASTRO

Después de colgar el teléfono, el Sr. Drough apretó el botón del intercomunicador.
—Betty, dígale al Sr. Favert que venga de inmediato. Gracias.
Poco después llamaban a la puerta del despacho y entraba el Sr. Favert.
—Siéntese, por favor. Acabo de hablar con Li Tsian, de NiPCom. Están muy interesados en comprarnos la patente del i-pod 1236. Quieren fabricarla en Shangai para distribuir a través de Cronwell soft a todo el mundo.
—¿La 1236? Pero, señor Drough, ese modelo ya está superado absolutamente por los 1238 y 1302. Además, en estos momentos están terminando de desarrollar y completar los modelos 1305 y 1401; este último rompe absolutamente con todos los esquemas del sistema actual.
—Vamos a ver, Favert. ¿Cuál fue el último sistema que vendimos a la japonesa Dai Line Asoc.?
—En i-pod, el 1234, hace casi un año.
—Usted entenderá mucho de informática, pero muy poco de productividad y comercialización. ¿De qué le sirve a la empresa las horas invertidas en todos esos modelos, si luego no los pone en el mercado? Nosotros debemos ir por delante del último grito del mercado casi cinco años, pues de no hacerlo, otros lo harán —se levantó de su acolchado sillón y se dirigió a la puerta—. Vayamos a la caja fuerte. Necesito sacar la placa original de ese modelo.
Poco después, y acompañados por un guarda de seguridad, estaban ante la puerta de la caja fuerte donde se guardaban todas las placas bases de los modelos inventados por la empresa. En conjunto pasaron las claves para abrir la puerta y entraron.
La cámara, llena de pequeñas cajas alojadas en las paredes de hormigón, cada una con una clave que solo ellos conocían, y guardadas en una caja fuerte del banco con el que trabajaban, se veían perfectamente en orden. Buscaron el número 1236 y abrieron la caja. Sin poder creer lo que veían, ambos se miraron mutuamente.
—¿Puede usted darme una justificación a esto? —Favert se puso nervioso. Intentó meter la mano dentro de la caja pero, el señor Drough, de un imperioso e improcedente manotazo le paró el movimiento y le miró de una forma muy especial. Luego se volvió al guardia.
—¿Quiere usted mirar dentro y decirnos qué ve?
El hombre se acercó, miró y, moviendo negativamente la cabeza, miró al señor Drough.
—Está vacía, señor.
—Bien, abramos otra de las cajas —así lo hicieron y algunas estaban correctas, pero tres más las encontraron vacías—. Faltan los modelos 1116, 1035, 1302 y la 1236 —de nuevo se dirigió al guarda de seguridad—. ¿Ustedes están controlando los vídeos que se graban permanentemente del acceso y de esta cámara?
—Sí, señor; ese trabajo lo realiza diariamente un compañero. Además, todas las cintas están perfectamente guardadas en otra caja fuerte en nuestras oficinas.
—¡Tráiganme a mi despacho inmediatamente todas esas cintas! ¿Cuándo fue la última vez que hicimos el control de la totalidad de las placas aquí guardadas?
—El mes que viene hará un año, señor Drough —le contestó Favert.
—Bien, vayamos a mi despacho y usted, una vez hayamos salido de la zona de seguridad, tráigame las cintas a mi despacho.
Se hicieron todas las comprobaciones de las cintas pero no solo dio un resultado: Solo ellos dos habían entrado en la cámara últimamente. En la antesala, y en presencia siempre de un guarda de seguridad, sí entraba cada semana el encargado de la limpieza.
Se avisó a la policía que estuvo investigando dentro de la cámara, buscando huellas, indicios de algo que les pudiera dar una pista, pero todo resultó inútil. Se instalaron cámaras de infra rojos para detectar movimientos de personas y, finalmente, se cambiaron las llaves y claves de Drough y Favert.
Las consecuencias primeras fueron que a los chinos rompieron el contrato de compra, por lo que la empresa perdió una altísima cantidad de dinero que, unida a los beneficios perdidos por la no distribución, la suma fue desorbitada.
Al mes exacto, y como una nueva norma, ambos, acompañados siempre por el de seguridad, bajaron a comprobar todas las placas y su sorpresa fue enorme al ver que habían desaparecido dos placas más, aunque en este caso eran anteriores a las que en ese momento inundaban el mercado.
No podían dar crédito a lo que sus ojos veían. Ni infra rojos, ni videocámaras, ni los propios guardas de seguridad les dieron solución a lo que estaba pasando. El señor Drough, ante aquella situación y antes de que el asunto llegase al consejo de administración, volvió a comprobar todas y cada una de las cajas de seguridad. No encontraron que faltasen más que las cinco primeras.
El problema de una altísima gravedad, tanto por las pérdidas económicas como por la pérdida de la seguridad en su cámara acorazada, les obligó a hacer una comprobación en el mercado para saber si alguno de los modelos existentes llevaba incorporada las placas desaparecidas, o una copia de ellas, sin embargo, ninguna de las placas había sido puesta en el mercado mundial, ni tan siquiera copia de las mismas.
—¿Qué sentido puede tener que alguien nos robe las placas si luego no las vende al mercado? —le preguntaban al comisario encargado del caso—, a no ser, señor Comisario que, quien esté robando los originales, lo que pretenda es perjudicar a la empresa por algún motivo que desconocemos.
—Nada les puedo decir. Solo tienen acceso ustedes dos; si uno solo no puede, pues necesita las claves del otro, solo puedo dudar de los dos al mismo tiempo.
—¡Pero cómo va a dudar usted de mí, buen hombre! ¿No he sido yo quien ha dado la voz de alarma, quien les ha llamado? Yo soy el responsable de todo lo que ocurre en esta empresa, por tanto, robarle a la empresa es robarme a mí mismo. ¡Absurdo. Completamente absurdo! —el señor Drough se levantó indignado ante las dudas del Comisario que le miraba con cierta incredulidad en los ojos.
—Tranquilícese. Es cierto que ustedes son los que nos han avisado de los robos, pero eso no es óbice para que nosotros les descartemos como principales sospechosos, por lo que les ruego que mientras no se resuelva el caso, no salgan de la ciudad y, aún menos, del país.
Las investigaciones siguieron y dos meses después nada habían logrado descubrir, pero tampoco habían desaparecido nuevas placas, control al que desde las desapariciones, les acompañaba el comisario en persona.
Aquella mañana, el Comisario apareció en el despacho del señor Drough.
—Tengo entendido, por lo que me han informado los guardas de seguridad, que hoy van a hacer una nueva comprobación del estado de la cámara donde se guardan las placas.
—Efectivamente. ¿Pretende usted acompañarnos de nuevo a comprobar cómo lo hacemos? —se sorprendió el señor Drough ante la continua intromisión del Comisario en el funcionamiento de su empresa.
—Señor Drough, no lo pretendo, lo voy a hacer, a no ser que usted se niegue, ante lo cual no me quedará más remedio que detenerles, a usted y al señor Favert, por obstaculizar la investigación de estos robos.
—¡Bueno, bueno, bueno! ¡Esto es el colmo de la incapacidad de la policía! ¡Como no encuentran al culpable, detienen a los que protegen sus propios intereses, y se quedan tan tranquilos!
—Dejemos las cosas como están, señor Drough y vayamos a realizar esa comprobación. Quiero ver cómo operan.
Drough, junto con Favert, acompañados por el guarda de seguridad y seguidos por el Comisario y dos agentes, bajaron al sótano; el guarda de seguridad les abrió el acceso al pasillo de la cámara y ya, frente a la puerta, primero marcó su clave Favert, luego lo hizo Drough, por supuesto, ocultando a los ojos de los asistentes el teclado y su manipulación. Finalmente y ambos al mismo tiempo, colocaron sus pulgares sobre la pequeña pantalla de la puerta y giraron la palanca, abriéndose el acceso a la cámara. El comisario les miraba muy atentamente. Entraron todos y, una a una, fueron comprobando todas las cajas, hasta que al llegar a la caja donde se había guardado la placa 1401, la más avanzada de todas y de un sistema único en el mundo, comprobaron que estaba vacía.
El grito de incredulidad de Drough resonó en el pequeño recinto de hormigón de la cámara.
—Esto no es posible. Cuatro videocámaras cubriendo todo el acceso, dos células de infra rojos, los guardas de seguridad. ¿Cómo nadie puede acceder a las placas? Y, además, al llegar aquí, ¿cómo abren las puertas y las cajas sin nuestras huellas?
—Cómo lo hacen, aún no lo sé, pero lo que sí sé es que ustedes dos deberán explicar minuto a minuto donde se encontraban durante todo este mes, día y noche, señores —se volvió al guarda de seguridad—. Haga el favor de cerrar todo tal y como estaba. Nosotros vamos arriba y, posteriormente a comisaría donde nos tendrán que dar todos los datos, fotos si las hay de la placa que dicen ha desaparecido esta vez y posteriormente, quedar controlados para que podamos interrogarles sobre su ubicación durante todo este mes. Por favor, señor —dijo dirigiéndose al de seguridad—, cierre la verja de acero reforzado. Ahora, usted agente, compruebe la seguridad del cierre y todos y cada uno de los barrotes que forman la verja; luego suba a informarme —y recorriendo el pasillo de acceso, salieron hasta la puerta exterior. Allí encontraron al de la limpieza que, acompañado por otro guarda de seguridad, esperaba que salieran para proceder a su trabajo de limpiar todo el pasillo de acceso a la cámara.
A la semana siguiente, de nuevo el de la limpieza, acompañado por uno de seguridad, entraba de nuevo en el pasillo para limpiarlo. Hacía su trabajo cuando de pronto se quedó mirando cómo un pequeño ratoncillo salía de la cámara por entre los barrotes, llevando en la boca algo que no supo distinguir, pero que conociendo lo que en la cámara había, no pudo evitar soltar una gran carcajada y, mirando al guarda, siguió con su limpieza, silbando.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 6 de Agosto de 2014 a las 7:44

Yo pisaré las calles nuevamente.


El agua me escupe, me vomita. Mi cuerpo quebrado y descoyuntado se recompone al salir a la superficie. Dejo atrás las salpicaduras, la espuma de mi muerte, y asciendo durante un minuto y diecisiete segundos hasta encontrarme tres mil metros más arriba con el Skyvan, gordo abejorro, polinizador letal, que viene hacia atrás recogiendo trece cuerpos adormilados regurgitados por el mar. En la panza, junto a la cola, se abre la portezuela y entramos de a uno, en suave parábola que nos deja en manos que nos aferran, que nos arrastran lejos del portón, que nos visten con ropas de tela y grilletes. El médico sale de la cabina de vuelo, donde se esconde de su juramento hipocrático, y nos pincha uno por uno. La jeringuilla succiona la última dosis de pentonaval. Nos entra la niebla, la vaga conciencia del ruido, del extravío. Mientras, el avión alcanza la costa y enfila hacia Aeroparque y toca el cemento de la pista y se para.


Dos muletas vivas, samaritanos del infierno, nos sacan del avión por cada hombro y nos llevan arrastrando los pies hasta el camión verde militar. Descorren el toldo de lona y desde arriba cuatro brazos como polipastos animados jalan de nuestros cuerpos mientras desde abajo otros brazos nos alivian del peso.


El camión da marcha atrás en primera, segunda, tercera, cuarta y quinta hasta que reduce y frena por fin en el recinto de la Escuela. Nuevamente polipastos y muletas nos conducen a la sala. El médico nos vuelve a pinchar y nos saca ya del cuerpo la primera dosis de pentotal naval. Estamos en la sala que siempre hemos percibido a través de la capucha, y comprendo las palabras que todavía no se han dicho acerca de que nos van a vacunar para trasladarnos a un campo de rehabilitación, a una granja de trabajo en el sur. No sé si creer a mis deseos de escapar de aquí o a la certeza de que nunca nunca saldremos con vida.


Y una vez desdichas y desoídas las palabras, me pregunto por qué estamos juntos y descapuchados. Nunca ha ocurrido. Nos ponen las caperuzas, desandamos hasta la Capucha y me tumbo en la cucheta a esperar el paso de las semanas, llamando cada poco para hacer mis necesidades, arrastrando los grilletes, comiendo por debajo de la capucha, subiendo y bajando a los interrogatorios con la capucha. Siento mi cuerpo desnudo sobre el catre de hierro. Siento la laucha que deja de garrear y morder en mi vientre y se va. Siento la quemazón esperada, temida, pero imprevista, en qué pecho, en qué parte de la entrepierna, en qué encías, un dolor tan poderoso que afloja y enciende las luces del techo.


Un día me levantan del catre. Me ponen a tirones las bombachas, la tetera, la pollera, el saco, un trapo en la boca. Me arrastran y me chupan al suelo del Ford Falcon. Me pisan cuatro botas. El carro se mueve, no sé por dónde ni adónde. El tiempo pasa, no se acaba nunca, hasta que llegamos a mi calle, a la puerta donde vivo. Me quitan el trapo de la boca, me despachan entre cuatro de un empentón a la calle. Allí está Raúl. Se levita del suelo, su ropa se alisa y cuatro agujeros en su espalda chupan su sangre y se cierran impolutos. Se oyen petardos. Raúl viene corriendo hacia mí, de espaldas, poco antes de que otras manos como garfios coloquen a Raulito en mis brazos y el niño deje de llorar. El Falcon se va marcha atrás chillando los neumáticos, y Raúl y yo, con el niño, desandamos a casa de la abuela como todos los días, por las calles tranquilas de mi barrio.


concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 6 de Agosto de 2014 a las 10:20
Aprovechar la oportunidad

           


            Hacía un calor asfixiante, se escuchaba el chisporroteo del aceite en la sartén y de ella brotaba un humo pegajoso que se adentraba por la chimenea. Apenas entraba luz por la ventana, abierta al verde campo y a una poza llena de agua en la que jugaban dos niños.
           
            Lucía atendía a tres cosas a la vez, era la historia de su vida. Freía patatas, mientras troceaba en porciones un pedazo de carne de cerdo, para untarlas con pimentón. La tercera, menos evidente, sin embargo era la que acaparaba totalmente su atención.
           
            Habían pasado ya dos meses, dos horribles meses en los que no se sabía nada. Las autoridades aseguraban que seguían buscando, pero que ya debería hacerse a la idea de que era muy difícil que apareciera. Sin embargo ella no quería creerlo, tampoco habían encontrado ningún resto que le pudiera confirmar que Néstor se había ahogado aquella mañana aciaga, cuando pescaba en los acantilados. Luego algo le devolvía a la realidad: No volvería, por más que lo deseara, el mar se lo había tragado. Otras veces quería creer que regresaría en cualquier momento, que solo se había ido, pero que pronto estaría de nuevo en casa.
            Los niños entraron en la cocina en tromba, querían comer algo. Partió dos trozos de pan y los remojó en el aceite caliente.
— Soplad antes de meterlo en la boca, que quema —les dijo preocupada
           
            Algo tendría que pasar pronto, porque no resistiría mucho más tiempo en esa tensa espera. Samuel, su jefe, se estaba portando bien, le había prometido conservarle el puesto en el almacén y el señor Nelson le había pagado el sueldo de Néstor durante aquellos meses, pero ya le había avisado que este sería el último. Tenía que volver al trabajo
            Miró de nuevo a los niños que, sin preocupación alguna, jugaban en el patio tirando a la charca los pequeños juguetes de goma para luego entrar a recogerlos.
                                                        ****
            El remolino de agua llevaba a Néstor de un lado a otro. Aún quedaba aire en sus pulmones, pero pronto se acabaría y se iría al fondo. Continuó moviendo los brazos desesperadamente, pero la corriente le empujaba hacía algún lado. Iba a morir, lo sabía, se cumpliría la vieja pesadilla en la que acababa ahogándose en el mar. Golpeó el agua con los talones y ascendió hacia la superficie para volver a quedar atrapado en la corriente fría que lo arrastraba como si fuera un barco de papel. ¿Por qué no estaba en casa con Lucía y los niños. ¡Ah, sí! había salido a pescar. Tras el último esfuerzo, dejó de luchar.
           
            Amortiguado, el sonido acompasado del agua golpeando contra las rocas, penetró en su cabeza. El aroma a salitre y marisco tentó a su nariz. No entendía, después recordó lo sucedido y si realmente podía oler y oír aquello, debía estar vivo. Un acceso de tos hizo que echara fuera toda el agua que había tragado. Luego volvió a desmayarse. No sabía cuánto tiempo habría transcurrido, la ropa mojada se le había pegado al cuerpo, tenía la piel violácea y sobre todo, estaba helado. Sufrió una convulsión. Debía desnudarse si no quería morir de frío. Extendió las prendas sobre las rocas y subió a una plataforma en la que había un hueco lejos del agua. Estaba muy cansado. Acurrucado sobre sí mismo, recordó que había pasado la mañana mirando a Lucía moviéndose por la casa, silenciosa, sin una sonrisa. No parecía la misma de siempre, ahora era una mujer diferente, seca y atareada, siempre cansada. Entonces él había recogido la caña y la cesta y se había ido. Así, sin más palabras. No iba a pescar, huía de casa.
             También él había cambiado mucho. No había querido pensar en ello antes ¿Qué opinaría Lucía? ¿Se sentiría decepcionada?  Nunca habían hablado de esto, a pesar de que ella le había pedido hacerlo. A él no le interesaba, temía que si hablaba, acabaría contándoselo todo, aunque puede que ella ya lo supiera.
            
            El soplo de aire gélido, apenas perceptible, rozó su rostro y le despertó sobresaltado. Observó que estaba totalmente desnudo. ¿Por qué? Tanteó en la semi oscuridad para buscar su ropa. No estaba del todo seca pero se la puso rápidamente y echó una ojeada al lugar. ¡Ah sí! Por poco se ahoga. Aquella cueva no era muy grande, la corriente del mar debía haberle arrastrado allí por alguna entrada bajo el agua. Apenas había luz. Al fondo de un pequeño pasillo de rocas, se veían varios pasadizos y en lo alto una abertura en forma de ojo; de allí provenía la poca claridad que entraba al recinto. Intentó varias veces trepar por la pared, pero resbalaba cada vez que lo hacía y caía rebotando y dando vueltas. Por fin desistió, no fuera a herirse y entonces sí que estaría en un apuro. Luego probó adentrándose por los túneles. De uno en uno los recorrió todos, eran profundos y se iban estrechando, no se veía nada. Hecho esto comprendió que si quería salir, tendría que hacerlo por donde había entrado.
          
             Respiró con fuerza y se lanzó al agua. Tuvo que luchar contra la corriente, pero por fin, al mirar hacia arriba, vio algo de claridad. Taloneó desesperado. ¡Corre, corre! se decía. Entonces la corriente lo atrapó y lo devolvió al lugar de donde venía. Le costó varios intentos convencerse de que no podría salir de allí con vida. Llorando pidió auxilio, gritó tanto que se quedó afónico.  
                                                     ****   
            Cuando ya le pareció suficiente espera, Lucía subió al Ayuntamiento. Pidió hablar con la persona encargada de certificar las defunciones y esperó, pacíficamente, sentada en un banco. Jacinto Peralta apareció por la puerta acristalada, le dio la mano y la invitó a entrar a su despacho. Las investigaciones seguían en marcha, le dijo, pero iba a cerrarse el caso en unos días. Entonces podría certificarse la defunción de Néstor y la declararían viuda. Volvió a casa por la parte de la costa donde su marido había desaparecido. Aún miraba al agua esperando que emergiera de ella. ¡Viuda! No lo podía creer. Ya no podría preguntarle ¿por qué? ¿Había alguna razón o solo había sido un capricho? ¿La quería aún?
           
            Por fin lo declararon muerto, puso en el cementerio una pequeña lápida y un jarro de barro con azaleas. No hubo funeral, ni salmos, solo unas palabras sentidas de verdad, que pronunció Felipe, su mejor amigo. Cuando todos fueron pasando a darle el pésame Lucía contuvo las lágrimas y cuando Elisa se acercó a besarla, apartó la cara y mirándole a los ojos le dijo: Lo sé todo.

                                                    ****
              Si iba a quedarse allí por lo menos intentaría sobrevivir. Seguro que estarían buscándole, acabarían encontrándole y toda aquella pesadilla quedaría olvidada. Inspeccionó los pasillos subterráneos, buscó en uno de ellos el lugar menos húmedo y se hizo una cama con ramas secas que encontró por allí.  Se tumbó y pensó que era la hora de su muerte. Nunca había pensado que algún día moriría y sintió miedo. Qué haría Lucía, que pensaría. ¿Y los niños? Su cuerpo quedaría allí solitario e iría descomponiéndose poco a poco hasta quedar irreconocible. Se hizo preguntas que jamás se había atrevido ni a pensarlas. Estaría Dios mirándole ahora o no existiría y pronto iba a saberlo. Pequeñas piedras, mezcladas con tierra empezaron a caerle encima. Luego fue hierba, húmeda aún. Miró hacía arriba. Colgando de una cuerda, desde el orificio en el techo, un hombrecillo se deslizaba hacía el suelo. Cuando lo tuvo cerca, con aquellos calzones cortos y la camiseta sucia, Néstor se frotó los ojos, incrédulo, luego se arrodilló en el suelo y se puso a llorar.
            
            Mateo era enjuto, tenía las piernas torcidas y aspecto de no haber comido caliente desde el día en que nació. Dijo que vivía solo como un eremita, alejado de todos. De vez en cuando robaba una gallina o un cabrito recién nacido, solo lo hacía para sobrevivir Cuando le andaban buscando se escondía en aquella cueva por unos días, hasta que calculaba que el peligro había pasado. Escondía la cuerda entre las zarzas que ocultaban la entrada. Esta daba a la parte más baja del acantilado. Ese día le andaban buscando porque había robado un conejo en la finca del "Sobrao" y este le había pillado con las manos en la masa.
          
             Miró a Néstor asombrado. No podía ser que él fuera el marido de Lucía, la del Carrejo. Decían que se había ahogado. Le preguntó cómo había llegado allí y cómo había sobrevivido. Cuando Néstor acabó de contarle su aventura, le tocó el turno a él: Por el pueblo decían que Lucía estaba segura de que él iba a volver. También se hablaba de que Elisa, la del Médico, había dejado a su marido, al propalarse el chisme de que Néstor y ella habían sido amantes.
           
            Pasó la noche dándole vueltas en la cabeza a una idea. Podría subir por la cuerda e irse de allí, pero ¿quería volver a su vida de antes? Prefería irse lejos y empezar una vida diferente. Todavía no estaba seguro, pero lo que no deseaba, de ninguna manera, era volver a aquella rutina paralizante y a aquel engaño continuo. Decidió salir de allí y huir lejos. Pensó entonces que, oficialmente, estaba muerto. No tendría documentación, no existiría, con lo que no podría moverse ni empezar de nuevo. Además aquel hombrecillo hablaría. Todo el mundo sabría que no se había ahogado. Le buscarían. Una horrible idea empezó a gestarse en su cabeza. Primero se asustó de ser capaz siquiera de pensar algo así. Luego le dio vueltas y ya no le pareció tan mal. Poco a poco planeó cómo hacerlo y antes de que amaneciera puso su ropa sobre la cabeza del viejo y apretó hasta que vio que no se movía.
            
            Por fin volvió a ver la luz del sol. Caminaba deprisa, mirando a todos lados, como el fugitivo que era. Atravesado en su pecho el zurrón de Mateo se balanceaba suavemente. Dentro, un trozo de queso fuerte, una hogaza, unas monedas y el carnet de identidad de aquel hombre. Tendría que buscar alguien que cambiara la fotografía.   

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 7 de Agosto de 2014 a las 21:54
No voy a postear mi relato mientras Bubok no corrija los problemas con los acentos y otros formatos. Lo siento, porque es un buen relato ;o
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 8 de Agosto de 2014 a las 18:52

Porque no he ganado el Pulitzer


Por fin di con el hombre al que he estado buscando durante tanto tiempo. Mi intuición sobre la naturaleza de las actividades de algunas personas, aparentemente anodinas y entregadas a tareas simples y rutinarias, había resultado cierta. Mi método de trabajo, el centrarme en todo aquel que no pareciese sucumbir al tedio de una vida insulsa, y que además, hiciese en ocasiones extraños desplazamientos, me llevó finalmente a dar con alguien puede proporcionarme el reportaje de mi vida. Ahora le tengo sentado frente a mí, con un vaso de bourbon en una mano y un aromático habano encendido en la otra. Conecto la grabadora y comienzo: "Hábleme de su trabajo para el gobierno, por favor".


Aunque le cueste creerlo, en el departamento de interior existe un grupo especializado en desapariciones. Se mueven en el anonimato, y en general los resultados de sus investigaciones se guardan en archivos de alto secreto y confidencialidad. Yo trabajé en ese grupo. Y aunque me cueste un disgusto y mi vida misma corra peligro, el trato que me han dado al jubilarme, cuando aun estoy en la plenitud de mis facultades, y la miserable pensión que me han ofrecido, me han llevado a aceptar esta entrevista con usted.

No le hablo de desapariciones... digamos normales. No. Los jóvenes que se van de casa un buen día para viajar a Libia o Afganistán, aunque interesan al departamento de interior por otros motivos, no son objeto de estudio por parte del grupo. Sólo los casos con connotaciones paranormales, contrarios a la lógica, caen en su campo de acción. Y en los cuarenta años largos que he trabajado para ellos he resuelto algunos sumamente curiosos.

Debo confesarle que no siempre fue mi destreza la que aportó luz en los casos investigados. Muchos se resolvieron por una circunstancia fortuita. Pero nadie podrá quitarme el mérito en otras ocasiones, en las que la explicación de misteriosas desapariciones fue el fruto de un trabajo metódico de estudio y análisis.


De los primeros, de aquellos que se resolvieron por alguna circunstancia no prevista, podría contarle muchos. Por ejemplo el caso de las desapariciones de Montana River. A lo largo de tres años varias personas desparecieron misteriosamente. Unas mientras iban en bicicleta por un camino rural, otras mientras segaban el campo. Incluso una que iba guiando su rebaño de ovejas. Todo se aclaró en uno de los primeros contactos con extraterrestres que establecimos en la década de los noventa. Por supuesto, oficialmente jamás han existido esos contactos. Imagine mi sorpresa el día que recibí la visita de un agente de la CIA, al que no había visto en la vida. "¿Usted lleva la investigación de los desaparecidos de Montana, verdad?" Le dije que sí y me conminó a seguirle. Subimos en una limusina, en la que me encontré con algunos colegas y con otras personas. Todos teníamos en común el estar investigando casos inexplicables de misteriosas desapariciones.


Le abreviaré la historia. Nos llevaron a un profundo circo montañoso al oeste de las montañas Rocosas, y allí encontramos, al pie de una nave extraterrestre, junto a un embajador de un lejano planeta de Alfa Centauro, a un grupo de personas sonrientes, con un aspecto envidiable, mirando en derredor suyo con satisfacción. Se trataba de personas que en las diversas visitas que los alienígenas nos habían hecho en el pasado, habían sido abducidas por nuestros visitantes, y que ahora eran devueltas de nuevo a nuestro planeta. Y allí estaban "mis" desaparecidos de Montana River, quienes, por cierto, siguen desaparecidos para el resto del mundo, pues desde aquel día viven en una colonia para visitantes extraterrestres situada en las profundidades del desierto de Arizona.


Otro caso que se resolvió por casualidad fue el del mago Esplendini. Quizás oyó usted hablar del asunto, pues en sí mismo no constituye secreto alguno. Incluso creo recordar una breve nota de prensa en la que se mencionaba la paradójica suerte del mago, que un buen día no se presentó en el teatro a la hora habitual y al que no se volvió a ver jamás. La solución de este caso vino durante la investigación policial del caso Lambert. Durante varios años anduve detrás de Mr.Lambert. Estaba seguro que se había desecho de su mujer, pero no hubo forma de dar con el cuerpo del delito. Y pese a mis sospechas, sin ese cuerpo no podía haber detención ni castigo. Recuerdo que logré una orden para registrar su casa y su jardín. Me acompañó amablemente en todo momento. Cuando nos hallábamos en el interior de su pequeño estudio me pareció que su voz delataba cierto nerviosismo. Hice separar de la pared del fondo unos paneles metalizados que algún mal decorador había puesto como revestimiento, pero detrás sólo hallamos un grueso muro de ladrillo.


Pues bien, Mr.Lambert falleció hace un par de años en un accidente. Curiosamente tenía un sobrino lejano que sin esperárselo heredó la casa de su pariente muerto. El joven vino con su esposa, para pasar unas breves vacaciones en Filadelfia y disponer todo para alquilar la casa. Como es habitual en las mujeres, su esposa cambió por completo la decoración, y arrancaron el empapelado, rascaron la pintura y separaron aquellos paneles de la pared del estudio. Y ahí viene la casualidad. El joven era un hábil constructor de muebles y observó en aquellos paneles unas marcas que, pensó, podían tener un sentido. Por medio de las mismas logró montar algo parecido a un gran armario. Consultando algunas fotografías en la hemeroteca de la ciudad comprobé que formaba parte del atrezzo con que trabajaba el desaparecido mago Esplendini. Atrezzo del que nadie se preocupó lo más mínimo tras su desaparición, pero que yo creo que fue retirado discretamente del teatro por Mr.Lambert, en los días posteriores a la desaparición del ilusionista. Lo que voy a contarle ahora no he podido comprobarlo de manera fehaciente, pero estoy seguro de que las cosas ocurrieron del modo siguiente. Mr.Lambert se puso en contacto con el mago, y de algún modo le convenció para que acudiesen al teatro, horas antes de la representación. Tal vez fingió ser un empresario teatral y estuvieron discutiendo los aspectos de un supuesto contrato para actuar en Broadway. Mr. Lambert, que cuando quería podía ser una persona encantadora, logró convencerle para que le mostrase el funcionamiento de aquel artefacto. Conocidas las frases para diluir y reconstruir la materia, el malvado Mr. Lambert, por la fuerza o por engaño, logró que Esplendini se introdujese en el armario... El resto puede suponerlo. Hizo desaparecer al mago. Luego, transcurrido un tiempo prudencial, con el armario en su casa, un día hizo lo mismo con su esposa.


Acostumbramos a pensar que un mago auténtico no usaría las típicas palabras de los cuentos. Pero hemos de recordar que Esplendini actuaba en público, en un teatro. ¿Por qué no iba, pues, a usarlas? De modo que decidimos experimentar con aquel extraño artefacto. Y al tercer intento, tras pronunciar una frase tan teatral como "¡abracadabra!", seguida de un "¡Vuelve!" pronunciado con voz cavernosa, una luz intensa estalló dentro del armario, se abrieron las puertas y allí estaban los dos, Esplendini y la señora Lambert. Por desgracia, ambos regresaron completamente locos. Hoy en día están internados en centro psiquiátrico para pacientes irrecuperables, al este de Filadelfia.

Mi invitado hace una pausa, como si buscase la mejor manera de continuar su sorprendente relato.

La intervención de extraterrestres o los poderes de un mago eran asuntos muy adecuados para nuestras investigaciones. Sin embargo, podría hablarle de muchos casos en los que nada hubo de mágico ni de paranormal, y que tenían en el fondo sencillas explicaciones, en las que en general habían jugado un papel la ambición o las poderosas tramas del poder. De hecho, uno de estos asuntos centró mi última investigación. Me llevó años llegar a asociar las desapariciones con su posible causa. Esporádicas desapariciones aparentemente sin ningún nexo o punto en común. Analicé las coordenadas geográficas, los hábitos alimentarios de las víctimas, incluso los resultados de la liga de base ball y los valores al alza en Wall Street. Cotejé las noticias de las desapariciones con las noticias más relevantes ocurridas en las semanas previas y posteriores. Y por ese camino encontré la primera pista. Un prestigioso presentador de televisión visitó Nueva York, y durante una recepción pública sufrió un desvanecimiento, por lo que fue llevado a un Hospital, en el que permaneció ingresado unos días, para recuperarse de un cuadro de fatiga y estrés, según se dijo. Una joven desapareció en los Hamptons, mientras hacía footing, el día antes de la visita del famoso. Jamás hubiese asociado los hechos de no ser porque, casualmente, logré un informe médico emitido dos años antes en un Hospital de Boston, en el que se afirmaba que el conocido presentador padecía una avanzada enfermedad hepática. Como puede suponer nuestro grupo tiene los medios necesarios para conseguir datos médicos de cualquier persona. Y la joven y el presentador tenían una notable coincidencia de antígenos de histocompatibilidad. Aunque terrible de ser cierto, allí había un indicio. Muy pronto pude ir asociando otras desapariciones. Unas veces se trataba de un senador, otras de un multimillonario dueño de un poderoso holding económico, otras de un alto cargo del ministerio de defensa, otras de un familiar próximo al vicepresidente... Siempre existía la coincidencia temporal, el ingreso para un chequeo o para una recuperación, la opacidad total de lo ocurrido durante el ingreso, y la desaparición en aquellos días de una persona histológicamente compatible con el ingresado.

Había hallado el hilo que me permitiría llegar al ovillo. Pero me retiraron del caso y aceleraron mi jubilación. De modo que me quedé a las puertas de descubrir la verdad, o mejor dicho, de probarla.

Confieso que me sentí decepcionado. ¡Esperar tanto tiempo para eso! Todo cuanto me había contado mi invitado era materia explosiva, sin duda. Pero estaba claro que no habría manera de probar aquellos hechos. Y sin otras pruebas que su palabra mi reportaje adquiría tintes poco agradables. ¿Saben?, llevo dignamente mi carrera de periodista y no quisiera verla empañada perdiendo un juicio por líbelo.

Por eso todavía no he ganado el Pulitzer de periodismo.

concursoderelatos
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  • 8 de Agosto de 2014 a las 21:04
ABRACADABRA

Con tan sólo siete años, Laurent ya iba a la fábrica junto con su padre, su tío y su hermano mayor Arnaud. Caminaban unos 45 minutos desde su barrio hasta las afueras, sorteando las zanjas y grúas que Napoleón III se había empeñado en colocar por todo París. Algunas de las avenidas que iban dando por terminadas hacían parecer a la gente insignificante. ¿Eran calles para seres humanos o para gigantes?

A Laurent, sin embargo, la fábrica no le gustaba. Demasiado ruido y polvo. Él tenía claro lo que iba a ser de mayor: ilusionista.
Su hermana mayor le había leído las noticias sobre el mago Robert-Houdin en los disturbios de Argelia: tan sólo con un truco de magia había conseguido paralizar la revuelta impulsada por los mulá árabes, llegando a aparecer ante la población local casi como un dios capaz de realizar cualquier prodigio.

Le fascinaba la magia y llevaba un tiempo entrenando a escondidas su talento recién descubierto. El nuevo París ofrecía otras oportunidades. La ciencia avanzaba a pasos agigantados y los espectáculos de magia llenaban los teatros de la capital. Definitivamente, lo suyo no era la fábrica, y esa misma noche Robert-Houdin actuaría en el Palais Royal; por supuesto, Laurent tenía claro que pasaría a verlo. Quería aprender las claves del espectáculo.

-Laurent, sabes que no nos dejarán pasar. Somos unos críos ¡y encima pobretones! Pero no ves cómo nos están mirando… No sé para que te he acompañado hasta aquí.

-Cállate… yo sé cómo pasar. Tengo un truco. Ya lo he hecho otras veces en otros sitios. Es muy fácil. Sólo con cerrar los ojos…

-¡Buah! Lo que me faltaba… Anda, vamos para casa. Que tenemos un rato andando y me están sonando ya las tri…

-¡Damas y caballeros! ¡El ilusionista del siglo! ¡El hombre capaz de hacer débil al más fuerte! ¡El hombre capaz de parar las balas! Ante ustedes: ¡el gran Jean Eugène Robert-Houdin!

-¡Laurent!

-Ssssshhh

-¿Pero qué has hecho? ¿Cómo hemos pasado?

-Ya te lo he dicho antes. Es un truco. Yo cierro los ojos y sale sólo.

-¿Cómo que sale sólo?

-¡Mira, mira! Ahí está. Qué traje, ¿eh? Y cómo le aplaude la gente…

-Laurent… ¿haces esto a menudo?

-Pssa… Cuando me aburro cambio cosas de sitio. Aunque últimamente estoy ensayando algo más.

-¿Qué cosas cambias de sitio?

-No sé. El otro día cambié el escritorio de mamá de una habitación a otra. Luego lo puse en su sitio. Para que no me regañara…

-¿Y a ti? ¿Te llevas a sitios?

-¡Mira Arnaud! ¿Estás viendo cómo hace pequeñita esa naranja?

-Sí, sí… pero escúchame… ¿tú te cambias de sitio? ¿te mueves cerrando los ojos?

-A veces… ¡Hala! La ha convertido en polvos… ¿y qué es eso? ¿vino? ¡Uy! Está regando ese naranjo con el licor…

-¡Laurent! ¿Y por qué no nos llevas por las mañanas a la fábrica? Con lo que tenemos que andar…

-No Arnaud. Tengo que entrenar un poco más, no me gusta mucho mover gente.

-¡No, espera! Si es que ya no hace falta que vayamos más a la fábrica, ¡hay que llevarte a los teatros!

-Que no, Arnaud. Todavía no. Tengo que entrenar más. Yo no me muevo demasiado así… Sólo si quiero algo mucho, mucho, mucho… Como ver a Robert-Houdin…

-¿Entrenar? ¿Para qué? Pero si nos has metido dentro del teatro. Y mueves el escritorio de mamá.

-Ya… Pero a veces pierdo cosas.

-¿Cómo que pierdes cosas?

-Sí… por ejemplo, el otro día estaba moviendo a la gata de Madame Pinaud, pero no apareció dónde yo quería.

-¿Y dónde apareció?

-No apareció… ¡Madre mía! ¿Has visto cómo está echando flores el naranjo? ¡Es increíble!

-Tú sí que eres increíble… Perdiste la gata de Madame Pinaud…

-¡Fue sin querer Arnaud! Ya te dije que tengo que entrenar.

-¿Y has perdido muchas más cosas?

-No sé… algunas. Una cuchara de mamá, dos manzanas del puesto de Monsieur Chavanel, la gata… ¡Hala! ¡Está echando naranjas! y… un saco de tornillos de la fábrica, y… a la prima Anne-Marie…

-¡¿La prima Anne-Marie?!

-Qué bonito… ¿Lo estás viendo? Cómo crecen de rápido las naranjas.

-¡Laurent! ¿Dónde está Anne-Marie?

-No lo sé Arnaud. Estará con la gata de Madame Pinaud. Ya aparecerá.


*****************************************************************************
-Kamwimbile, hemos recibido otra ofrenda del cielo…

-¿Qué mensaje nos trae esta vez?

-Parece una mujer… Pero su piel es del color de la luna. Y lleva extrañas ropas sobre ella…



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  • 9 de Agosto de 2014 a las 18:40

Es fácil

Adriana dedicaba toda su boquiabierta atención a la pantalla del televisor. Había torcido el gesto cuando anunciaron la actuación del ilusionista Sorretini; le hubiera gustado más un número de malabaristas, sin embargo, el artista consiguió hacerle olvidar sus anteriores preferencias. Sorretini hacía flotar espadas y convertía un pequeño pañuelo, masticado, en un interminable fular que no dejaba de salir de su boca.

La hermana pequeña de Adriana no paraba de balbucear a su lado. Trepaba por su espalda y se agarraba a sus trenzas para no caer sobre la alfombra.

—¡Carmela! Estate quieta, que me haces daño. ¡Mamá! ¡Carmela me está tirando del pelo y no me deja ver la tele!

Su madre salió de la cocina y separó a la pequeña de Adriana.

—No tires del pelo a la tata, que le haces pupa. Juega aquí, a su lado, y pórtate bien, ¿eh? ¿Quién va a ser una niña buena y no va a tirar del pelo a su hermana?

Carmela agitó sus brazos al tiempo que reía entusiasmada. Inmediatamente cogió unos bloques de madera que había a su lado y se puso a golpear con ellos en el suelo.

Adriana volvió a centrar su atención en el increíble Sorretini. Lo que más le gustó fue el número final: Una chica se subía a una plataforma y se colocaba en el centro de un aro dispuesto en el suelo; con sus manos levantaba el círculo, del que colgaba una tupida tela, y quedaba totalmente oculta en el cilindro; Sorretini movía sus manos y la tela caía dejando ver que la chica ya no estaba allí. Había desaparecido. Entonces, dos niños escogidos de entre el público, dispuestos a ayudar, se subían a la plataforma y volvían a subir, sujetándolo desde fuera, el cilindro mágico; Sorretini movía sus manos de nuevo y, al dejar caer otra vez la tela, la chica reaparecía con un vestido totalmente diferente y una sonrisa deslumbrante.

—Adriana, ya tienes el bocadillo en la mesa —dijo su madre cogiendo en brazos a Carmela—. Dejo a tu hermana en la trona, vigílala mientras preparo su merienda.

Adriana se levantó del suelo y se acomodó en una silla junto a la mesa. Los payasos ya cantaban la canción que servía de despedida. Hoy tocaba “Chinito del alma”, no era su preferida, pero se divertía estirándose los ojos con los dedos y moviendo los pies que colgaban mientras la cantaba. Su hermana se llevaba los índices a los ojos y movía la cabeza. Cuando terminó la cantilena, Adriana cogió el bocadillo para empezar a comer. Apenas le había dado dos mordiscos cuando se le ocurrió una idea: ¿Y si tapaba lo que quedaba del bocadillo con la servilleta y movía las manos como lo había hecho Sorretini? ¿Desaparecería? Sólo había que probar.

Su grito de sorpresa hizo que su madre saliera de la cocina y que su hermana diera un brinco en su trona.

—¿Qué pasa? —preguntó su madre alterada.

—¡El bocadillo!¡No está!

—Me habías asustado, tonta. ¿Ya has terminado?

—¡No! ¡He hecho magia! Mira.

Adriana colocó la servilleta estirada en la mesa y movió las manos tal y como lo había hecho unos instantes antes. Al retirar el trapo, seguía sin haber nada.

—¡Vaya truco! —felicitó, divertida, su madre—. Venga, Carmela, vamos a hacer magia ahora tú y yo. ¿Quién va a hacer desparecer esta papilla de frutas?

Adriana estuvo un rato dándole vueltas a la servilleta. La colocaba sobre la mesa y movía las manos una y otra vez. Nada, el bocadillo se había volatilizado y no había forma de hacer que regresara.

Pidió permiso para retirarse de la mesa y volver al suelo para jugar. Su madre se limitó a asentir con la cabeza sin dejar de mirar el recorrido de la cuchara desde el plato hasta la boca de Carmela, que esperaba abierta para luego, con una sonora pedorreta, elaborar una artística fuente de papilla de fruta.

—No seas cochina, Carmela. Venga, mi niña, come bien.

Adriana, ya en el suelo, cogió uno de los bloques que servían de juguete a su hermana y lo tapó con la servilleta que se había llevado consigo. Se cercioró de que el bloque seguía bajo la tela antes de mover las manos. Volvió a echar un vistazo una vez hecho el movimiento mágico y… ¡sí!, el juguete había desaparecido. Esta vez no gritó, se limitó a mirar a su alrededor para asegurarse de que su madre no se había percatado del fenómeno.

—Venga, Carmelilla, tres cucharaditas más y ya está, ¿vale? Una, dos, cuatro, cinco, seis… ¡y tres! ¡Anda! Si se ha terminado el plato con las tres cucharaditas. ¿Quieres ir a jugar con tu hermana? Primero a cambiar el pañal y a lavar la cara, ¿eh? ¡Vamos allá, grandullona!

En cuanto su madre y su hermana desaparecieron por el pasillo, Adriana colocó con mucho esmero la servilleta, muy bien estirada, en el suelo y volvió a mover las manos. Nada parecía haber cambiado, la servilleta no parecía esconder nada debajo de ella. Aun así, la levantó para hacer una comprobación visual. Nada, el bloque no había reaparecido.

—Dejo a tu hermana aquí contigo, ¿vale? Juega con ella un poquito.

—Pero que no me tire del pelo. Y que no coja mi muñeca.

—Carmela, no se tira del pelo a la tata, ¿eh? Y porque coja tu muñeca —mirando a Adriana— no pasa nada, ¿no juegas tú también con sus juguetes? Venga, portaos bien mientras yo termino de recoger la cocina. Luego vamos al parque un ratito, ¿vale?

Carmela movió todo su cuerpo sentado como si quisiera saltar, luego arrancó a reír mientras juntaba sus manos a modo de aplauso.

—Mira qué contenta se pone. Que sí, mi niña, que luego vamos al parque. Pórtate bien ahora, ¿eh? Y no tires del pelo a tu hermana, que le haces pupa.

Carmela se puso a gatas dispuesta a seguir a su madre. Adriana la agarró de los pies y la detuvo.

—Que no, Carmela. Te tienes que quedar aquí conmigo hasta que mamá termine. Mira lo que sé hacer, verás.

Adriana cogió otro bloque y lo tapó.

—Mira. —Movió las manos ante la atenta mirada de su hermana—. ¡Tachán! —dijo levantando la servilleta—. ¿Has visto? Ya no está.

Carmela se apresuró a coger otro bloque para situarlo frente a Adriana.

—¿Quieres que lo haga otra vez? —Lo cubrió con la servilleta y movió las manos—. ¡Tachán! ¿Quieres hacerlo tú?

Adriana tomó un nuevo bloque y le dio la servilleta a su hermana.

—Tápalo.

Carmela arrojó el trapo sobre el juguete, su hermana terminó de colocarlo bien.

—Y ahora… mueve las manos.

Carmela agitó sus brazos. Adriana levantó la servilleta.

—No te ha salido. Tienes que mover las manos así, mira.

Adriana le hizo una demostración a cámara lenta.

—Venga, yo lo tapo y tú mueves las manos.

Carmela volvió a agitar los brazos de la misma forma que lo había hecho antes. El bloque seguía sin desaparecer.

—No sabes. Es así, mira.

Adriana movió las manos y, esta vez sí, al levantar la tela, el juguete había desparecido. Carmela aplaudió divertida. Luego, apoyándose en su hermana, se puso en pie y se agarró a sus trenzas para tirar con fuerza de ellas.

—¡Ay, Carmela, no! ¡Que me haces daño! ¡Mamá!

—Carmela, deja a tu hermana. Y tú, Adriana, no seas quejica —gritó su madre desde la cocina—. Portaos bien, que ya estoy acabando.

Carmela, agarró la muñeca de su hermana para, entre tirón y tirón de trenzas, golpear la cabeza de Adriana. Ésta, sin dejar de gritar, cogió la servilleta y tapó con ella la cara de su hermana.

—¡Te vas a enterar! —dijo moviendo las manos.

Su madre salió de la cocina y pasó apresurada camino del dormitorio.

—Adriana, cálzate, que me cambio y nos vamos ya. ¿Y tu hermana?

—Se ha ido —mirando la servilleta caída en el suelo.

Cogió la tela y la puso sobre el cochecito en el que se sentaba su hermana cuando salían a pasear. Estuvo un rato mirándolo pensativa.

—¿Ya te has calzado? —preguntó su madre asomando en el salón— ¿Y tu hermana?

—Estaba aquí —señalando la servilleta.

—¡Carmela! —llamaba su madre mientras recorría las demás habitaciones de la casa.

Adriana seguía inmóvil mirando el cochecito. Finalmente, sonrió y movió las manos justo al revés de como lo había hecho todas las veces anteriores.

La servilleta cayó al suelo desde la cabeza de Carmela.

—¡Mamá! Está aquí.

Su madre acudió precipitada al salón.

—¿Dónde estaba?

—No lo sé —encogiéndose de hombros.

—¡Anda! Pero si hasta la has subido al carrito. Espera, que te ato —inclinándose sobre Carmela—. ¿Y esto? ¿Qué hacen aquí estos bloques? ¡Y tu bocadillo! Así habías terminado tú tan rápido de merendar. ¿Te calzas? Anda, vámonos.

—Falta mi muñeca.

—Luego la buscas.

—No. Luego la busca Carmela, que es ella la que la ha perdido.

—Pfff… Vale. Carmela, luego buscas la muñeca de tu hermana, ¿eh?

Carmela agitó los brazos al tiempo que reía a carcajadas.

—¿Cómo te has apañado para subir a tu hermana al carrito?

concursoderelatos
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  • 10 de Agosto de 2014 a las 23:30
Mis vecinos de al lado

A veces es muy difícil no verse involucrado en problemas ajenos, sobre todo alguien que vive, como yo, en un edificio de ocho viviendas, seis perros y nueve gatos, y tiene al lado, en la misma planta, un vecino como el que a mí me tocó en suerte: Martín, un joven de unos treinta y cinco años, borracho, probablemente toxicómano y muy pendenciero. Martín vivía con su madre, usurpándole su pequeña paga de viudedad y una parte de los ingresos extras, que ella conseguía fregando algunas oficinas. No trabajaba, se pasaba el día en los bares y cuando volvía a casa, borracho, le montaba unas broncas terribles.

A sus cincuenta y pocos años, Alicia, la madre de Martín, era todavía una mujer guapa, a pesar del velo de tristeza que empañaba el fulgor de sus ojos verdes. Yo sentía afecto por ella y me indignaba oír los gritos, los portazos, la vajilla que estallaba en añicos contra el suelo y las sillas que se estrellaban contra la delgada pared que me separaba de ellos. Una tarde me crucé con ella en la escalera y no se paró conmigo como otras veces; bajaba los peldaños a trompicones, llevaba la cabeza envuelta en un foulard e intentaba ocultar un feo moratón en uno de sus pómulos. Les interrogó la policía, a ella en el hospital y a él en la comisaría, pero madre e hijo dijeron que había sido un accidente: “se había caído, ella sola, por las escaleras.”
De pronto, un día cesaron los gritos y los golpes y dejé de ver a Alicia, no volví a cruzarme con ella. Tuve miedo de que le hubiera ocurrido algo y llamé a su puerta para preguntar si estaba enferma. Nadie me abrió, a pesar de qué tenían encendida la televisión. Unos días después, vi a Martín llegar y le abordé cuando estaba a punto de entrar en su casa:
—Quisiera hablar con tu madre, si puede atenderme un minuto.
—Mi madre no está.
—¿Ha salido de viaje?
—Supongo.
—¿Supones?
—Escucha, tío, No sé dónde está mi madre ni me importa, ¿vale?
Me cerró la puerta en las narices, pero durante los diez segundos que la tuvo abierta, noté un fuerte olor que me llegaba del interior de su casa, un olor a lejía y a desinfectantes.
Regresé a mi apartamento muy preocupado.
Aquel mismo día hablé con algunos vecinos.
—¿Habéis visto vosotros estos días a Alicia? Le pregunté a Martín y dice que no sabe dónde está.
—Nosotros hace más de una semana que no la vemos; qué raro, ¿no?
—Raro, raro, es lo que vi yo anoche, a las tres de la mañana –dijo uno del tercero-, Martín estuvo llevando cosas a una furgoneta que permanecía aparcada delante del portal; bajó cajas como de zapatos y otras más grandes, vestidos, un abrigo…, pero lo que más me llamó la atención, fue cuando subieron él y el conductor de la furgoneta y bajaron una alfombra de gran tamaño enrollada que, por cierto, debía de pesar bastante, pues la llevaban los dos, con mucho cuidado, uno por cada extremo.
Fui a la policía y conté todo lo que había averiguado, sin olvidar de mencionar el olor a lejía que impregnaba la casa de mi vecina.
Volvieron a interrogar a Martín:
Dijo que su madre le había dado permiso para deshacerse de aquellos vestidos que ella ya no ponía, incluido el abrigo.
—¿Dónde está ella? –preguntó el comisario.
—No lo sé, hace unos días salió a hacer unas compras y no regresó.
—¿Por qué sacó de casa sus vestidos y la alfombra a las tres de la mañana? ¿No quería que le vieran los vecinos?
—Oh, no, no fue por eso. Fue el gitano, que me dijo que la furgoneta no era suya y solo estaba disponible a esa hora.
—¿Su madre le dio permiso también para deshacerse de la alfombra?
—No, lo de la alfombra fue culpa de los gatos y la costumbre que tiene mi madre de echarles de comer. Estos días yo estuve de viaje y dejé una ventana abierta y esos bichos asquerosos entraron, se revolcaron e hicieron sus necesidades en la alfombra. No se imagina usted, señor comisario, lo mal que olía. Con dolor de mi corazón, porque la alfombra era buena, tuve que pagarle al gitano para que la llevara a donde tiene la chatarra y la quemara y luego tuve que fregar el salón con lejía.
—Señor Martín, ¿está seguro de que su madre le dijo que iba a hacer unas compras? Será mejor para todos que deje de contarnos mentiras.
—Le juro, señor comisario, que me dijo que iba a la charcutería. Salió y no volví a verla.
—¿En que quedamos, le dijo que iba a la charcutería, o le dijo que iba de compras?
—Creo que dijo que iba a la charcutería y luego al supermercado.
—¿Quiere usted denunciar su desaparición?
—No. Mi madre es una persona adulta, que sabe lo que hace; puede ir adónde quiera. Yo no soy nadie para controlarla.
—¿No le parece ilógico que no le avisara de que se iba por unos días?
—Quizá no piensa tardar mucho en regresar; no hace tanto que se fue y como le he dicho, mi madre no tiene que darme explicaciones.
—¿No le extraña que se haya ido sin equipaje?
—A lo mejor quería comprarse vestidos nuevos.
La policía inspeccionó el piso y también el lugar donde el gitano quemó la alfombra. No hallaron indicios de que se hubiera cometido un crimen, ni se hubiera quemado ningún cadáver. Yo seguía convencido de que en el interior de la maldita alfombra llevaban a Alicia, pero la policía exigía pruebas, no intuiciones. Para ellos, no había nada que investigar y a Martín le dejaron en libertad, sin cargos.

Ha pasado un año desde la desaparición de mi vecina. Durante este tiempo he pensado mucho en ella y he soñado con ella; en mis sueños la veía con el rostro magullado, o envuelta en la alfombra, su cuerpo crepitando entre las llamas que el gitano avivaba, rociándola con gasolina.

Pero ayer por la tarde mis pesadillas, de pronto, dejaron de tener sentido: Estaba quedándome dormido en el sofá, frente a la tele, cuando sonó el teléfono y del otro lado de la línea me llegó la voz inconfundible de Alicia. No caí de espaldas porque estaba sentado, pero me quedé atónito.
—Hola, ¿Estás ahí? –preguntó ella al ver que no le contestaba.
—Hola. ¿Eres…?
—Soy Alicia.

Era ella, no me cupo la menor duda.
Me dijo que no sabía nada del revuelo que había armado con su fuga. Me confesó que había escapado porque su vida al lado de Martín era un infierno. No obstante, era su hijo y había pensado que yo podría darle noticias de él.

concursoderelatos
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  • 11 de Agosto de 2014 a las 14:03
Excéntricas criaturas

"¿Dónde cojones estarán las putas botas?", se preguntó mientras abrazaba un amasijo formado por la colcha, las sábanas y la ropa desparramada por el suelo a los pies de la cama. Se incorporó y observó los restos con una contorsión de cuello y cabeza para descubrir que allí abajo solo quedaban un tanga y tres calcetines. Bufó. Lanzó el proyectil multicolor sobre el desnudo colchón y avanzó por la desastrosa habitación hasta sentarse en una pila de ropa sin doblar que ocultaba un pequeño puf frente al tocador. El enorme espejo dejaba claro que no estaría lista para la hora en que tenían previsto pasar a recogerla. Rebuscó hasta encontrar el móvil y envió un wassap a su jefe para que el coche patrulla fuese directo al lugar de los hechos; ella lo haría en cuanto estuviese lista. “Normal que estés agotada, me pasa mucho (carita sonriente)”, contestó él. “(Caca con ojos)”, respondió ella.
-¡Mamaaá! -gritó mientras rescataba del desorden el cepillo y comenzaba a desenredarse el pelo con rápidos tirones-. ¡Joder que no llego...!¡Mamá!
-Hay que ver qué boquita tienes, hija -Matilde se apareció junto a la puerta.
Marisa comenzó a maquillarse a toda velocidad mientras fulminaba con la mirada el reflejo de su madre en el espejo. La anciana mujer apresaba contra su pecho a un gordísimo gato de color naranja cuyo lomo recorrían oscuras franjas que le hacían parecer un tigre en miniatura.
-¿Cuántas veces te habré dicho que no cojas al gato? Un día se te caerá y se romperá una pata. ¿Y mis botas negras?
-Las he recogido en el armario -contestó parodiando el tono enfurruñado de su hija con la voz-. En el cajón de los zapatos, ¿verdad, Paquita...? ¡Verdad! -confesó escondiendo la boca detrás del cuerpo del sumiso felino para después hundirle la nariz en la cabeza y llenarlo de sonoros besos.
-Mama, tienes que dejar de cambiarme las cosas de sitio, así me es imposible encontrar nada. Coño -se recogió el pelo en una coleta.
-Si fueses más ordenada no tendrías que andar siempre a matacaballo. Ahora que, ¿si quieres que te recoja la habitación y ponga un par de lavadoras...?
-Nonono, ni se te ocurra. Todavía estoy pagando mensualidades de la última que jodiste, no te acerques a mi cocina. Y que ni se te pase por la cabeza la posibilidad de manipular cualquier aparato eléctrico de la casa -amenazó clavando el índice en el espejo mientras escarbaba con la otra mano en busca del pintalabios.
-Hija mía, así no tendrías que ir tan desastrosa. Sabes que llevas un tetero negro con unas bragas blancas, ¿no? -y remató la pregunta taladrándole la espalda desde la distancia con su dedo y meneándolo arriba y abajo, arriba y abajo...
-¡...Qué más te dará! ¿No se suponía que el negro y el blanco van con todo...? Y deja ya de hacer eso.
-¿Dejar de hacer qué? ¿Cuidar de ti?
-Controlarme. Tengo treinta y seis putos años, mamá. Ya te dije que podrías estar aquí mientras viviese el gato, pero que tendrías que respetar mis normas. No podía dejarte con papá porque entre sus excursiones y las partidas de cartas, habría matado a Paquita de hambre. Y mucho menos con tu hija Mónica que, además de pasar de todo y de todos, tiene a esos dos salvajes a los que llamáis niños, los cuales, te recuerdo, tienen once años y no son capaces ni de limpiarse el culo solos, ¿tú crees que están capacitados para cuidar del gato...? ¡Gato, mamá! ¡Es un gato macho! -miró hacia atrás furiosa, pero enseguida se volvió hacia el tocador- ¿Sigo sin entender cómo coño se te ocurrió llamarlo Paquita? -se apretó las sienes con los dedos mientras lanzaba la pregunta.
-Sabes que Paquita y yo éramos almas gemelas, inseparables como dos hermanas siamesas. Uña y carne como las Grecas...
-Como Epi y Blas no te jode -masculló Marisa para sí misma.
-...La echo tanto de menos -dramatizó de más la anciana con el tono de voz y una teatral postura.
-No te hagas líos mamá. Tu amiga Paquita murió y eso no podemos cambiarlo. No esperes que el gato comente contigo el Sálvame mientras te ayuda a hilvanar colchas de retales -razonó al atacar con rímel el otro ojo-. Ni que entone contigo desde el balcón de enfrente el “Te estoy amando locamente” mientras tendéis fajas color carne -sentenció finalmente.
Marisa se levantó y se alejó del espejo para verse de cuerpo entero a la vez que se enfundaba un ajustado vestido de color blanco. Al momento se dio cuenta de que se le transparentaba el sujetador. Metió ambas manos por el escote, lo desabrochó, y tiró de él por una axila para sacárselo. Lo dobló por la mitad y lo lanzó a la cama.
-¿Has hablado con tu hermana últimamente? -cambió de tercio Matilde.
La repentina sonrisa con que acompañó la pregunta le pareció a Marisa tan falsa como la piel de las botas que finalmente no se pondría en favor de unas cómodas sandalias.
-Define últimamente, ¿tres meses es últimamente?
-La he llamado...
-¡¿Que has hecho qué?! -ahora sí que estaba furiosa.
-Pero tranquila, no lo cogió nadie. Solo les dejé un mensaje en el contestador.
-¡Estás loca! ¡¿Te das cuenta del lío en el que me vas a meter?! Tú lo que quieres amargarme la existencia -la madre aguantaba la risa mientras negaba con la cabeza-. Y vaya que sí lo estás consiguiendo.
-Fue sin pensar, el teléfono se marcó solo.
-Vete a la mierda, mamá. Me voy antes de que me de por tirar al gato por la ventana -y dio la espalda al tocador, dando por finalizada la conversación.
Marisa encontró su bolso debajo de la cama. Comprobó que estuviera su placa, el tabaco y el mechero. Lo terminó de rellenar con el móvil, el pintalabios y un pequeño espejo en forma de concha. Lo cerró. Lo abrió. Rescató de su interior las llaves de la moto. Lo volvió a cerrar. Al salir de la habitación y enfilar el pasillo, ya solo quedaba un Paquita adormecido y desparramado todo lo ancho que era en el punto exacto donde Matilde lo había estado sobando un minuto antes.
Llegó más tarde de lo esperado y tuvo que aparcar a toda prisa su Vespino color verde flúor entre dos coches patrulla. Frente a la entrada del chalet adosado, pudo ver cómo una funcionaria del departamento forense cerraba las puertas traseras del furgón y pedía a unos agentes que la siguieran hasta el depósito. Marisa los esquivó y subió rápidamente los cuatro escalones que la separaban del interior de la vivienda. En el zaguán tropezó con un corrillo de policías uniformados, uno clavó descaradamente su mirada en el escote de la recién llegada.
-Está usted especialmente guapa en el día de hoy, agente Suárez -comentó con sorna a la vez que balanceaba la cabeza siguiendo el vaivén de sus pechos.
-Que le den por culo, agente Pocapolla -respondió ella a la que pasaba a su lado.
Él enmudeció. Fue solo una noche, pero sabía perfectamente de lo que ella hablaba.
Después de asomarse al salón, Marisa consiguió localizar al inspector jefe en la cocina.
-¿Qué tenemos...? Siento llegar tarde -se disculpó.
Su capitán le lanzó un guiño cómplice y la agarró del brazo para guiarla escaleras arriba.
-María, nueve años. Llevaba dos en coma tras sufrir un accidente. Necesito verificar la declaración de una madre en estado de shock y descubrir el paradero del padre.
-Ok, jefe -y le pilló totalmente desprevenido al agarrarlo de una cacha del culo y estirarse para plantarle un beso entre la barbilla y la nuez antes de entrar y encerrarse en la habitación.
Él se quedó pasmado frente a la puerta. “Cabrona”, fue lo único que consiguió articular.
Era una habitación espaciosa. Junto a la ventana, una cama articulada permanecía vacía, pero rodeada de los aparatos necesarios para mantener en funcionamiento un organismo que no es capaz de hacerlo por sí mismo. En el centro, una peana con una larga barra, terminada en un amplio arco del que colgaba una pequeña jaula. En su interior, un animado pajarito saltaba incansable de un palo a otro.
Marisa se dirigió a una esquina y se situó de cara a la pared. Sacó de su bolso el espejo. Lo abrió y lo utilizó a modo de retrovisor para observar por encima del hombro la silenciosa habitación que quedaba a su espalda.
-¿María...? ¿María? -recorrió con el espejo la estancia buscando ángulos en los que el pájaro no escapase del reflejo-. María, ¿...sigues aquí?
Junto a la jaula se materializó el enjuto cuerpo de una niña con el pelo enredado. Vestía un camisón azul que le llegaba por las rodillas. Silbaba mientras deslizaba uno de sus dedos por los barrotes de la minúscula prisión. La niña giró la cabeza hasta que sus miradas se encontraron en el reflejo del espejo.
-Puedo andar -informó señalándose los pies-, ¿ya estoy muerta del todo?
-Sí, cariño. ¿Como te sientes?
-Bien. Estaba tan aburrida ahí tumbada.
-¿Quieres contarme que ha pasado? -la niña asintió.
-Ayer oí a mamá y papá discutir. Papá se fue con la otra. Mamá estuvo un rato llorando ahí sentada -señaló un butacón que había junto a la cama-, decía que no iba a poder ella sola con todo. Me dio un beso aquí -explicó señalándose la frente- y después me tapó la cara con aquél osito -la dirección del dedo cambió para acusar a un peluche que permanecía tirado cerca de Marisa.
-Lo siento mucho, María.
-No importa, supongo que mamá pensó que era lo mejor para todos -pegó la cara a la jaula del pájaro-. ¿Qué va a pasar con Panchito?
-De momento, Panchito y tú, os vais a venir conmigo.
-¿Cuanto tiempo voy a estar aquí?
-No sé... ¿cuantos años vive un periquito de ésos? -Marisa señaló la pajarera con la barbilla.
-Una vez leí que podían vivir entre quince y veinte años -respondió encantada de poder hacer uso de su memoria.
-Coño. ¿Tanto?
-¿Cuándo podré tocar a Panchito?
-Mamá te enseñará. Y le vendrá bien algo de compañía. Ahora te veo en casa -y cerró de golpe la tapa del espejo.
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  • 13 de Agosto de 2014 a las 17:07
Tres días y tres noches

- Marco, eres imbécil, naciste imbécil y si Dios no pone remedio, te ahogarás en tu propia estupidez.
Mi madre lo tenía clarísimo.
Supongo que por eso no paraba de repetírmelo. Desde que tengo uso de razón no creo haber escuchado ninguna otra frase tantas veces. El día que desaparecí debió pensar que, por aquellas cosas inevitables del destino, finalmente, se había cumplido. Quizás por eso, en los tres días que dicen que estuve... donde sea que estuve, no se molestó en denunciarlo. De hecho, la bronca que podría esperar a mis trece años se quedó en un parco "estás castigado" durante la cena. No se molestó en explicarme en qué consistía el castigo ni cuánto tiempo se suponía que iba a durar. Yo tampoco quise indagar más.
Supongo que su vida no había sido fácil: tenía un trabajo de mierda en un pueblo de mierda que no paraba de recordarle cada día que había parido a un hijo sin padre que, además, era idiota. Y su madre no ayudaba demasiado. Pero no hablemos de la abuela, daría para una enciclopedia entera con un montón de notas a pie de página.
¿Y qué pasaba conmigo? Nadie se molestó nunca en preguntármelo, estaban demasiado ocupados culpándome de la desgracia de mi progenitora, como si yo fuese el causante de su embarazo y no el resultado, como si yo la hubiese encadenado de por vida a la fabricucha que nos malpagaba la existencia. "No te quejes, cariño, nunca hubieses llegado a top-model con esas caderas": mi abuela, un día que mi madre osó gruñir algo sobre cambios de turno. ¿Entiendes por qué prefería el silencio?
El caso es que estuve tres días fuera. Tres días y tres noches. No me echaron en falta en el colegio ni me echaron en falta en casa, podría no haber vuelto nunca y no hubiese pasado nada. ¿Sabes que la gente a veces fantasea con quién iría a su funeral? Yo lo tenía clarísimo: nadie; ni el cura, vamos.
¿Y dónde había estado? Es una gran pregunta: no tengo ni idea. De hecho, esos tres días no existieron en mi calendario, pasé del lunes al viernes sin paradas intermedias: ¡expreso directo! Aún hoy solo tengo fogonazos, imágenes que aparecen cuando estoy entre el sueño y la vigilia, pero son tan disparatadas que no se las he explicado nunca a nadie. Bueno, menos a Alberto.
Alberto era mi amigo. Supongo que éramos amigos porque éramos dos bichos raros, aunque eso no sería justo: me caía muy bien y, aunque no podría asegurarlo tratándose de él, creo que yo también. Además, teníamos muchas cosas en común: yo sólo tenía cuatro dedos en la mano derecha y él, tres ojos. Vale, es broma, él no tenía tres ojos aunque estoy totalmente convencido de que le hubiese encantado. Es el tipo de cosas por las que hubiese dado todo lo que tenía, que, a decir verdad, era más bien poco.
Lo de mi mano derecha sí que es verdad. Nací con cuatro dedos en ella. No es que me falte uno de ellos, es más bien que el proyecto inicial de mi esqueleto no contemplaba la existencia de un quinto dedo: ni falanges, ni espacio en la palma de la mano, nada. Y lo curioso es que no sabría decir cuál de ellos es: el índice, el medio, el anular o el meñique. Si descontamos el pulgar, los tres restantes se reparten las características, morfología y función de los otros cuatro de manera que es imposible saber a cual sustituyen. Lo que para un especialista en anatomía hubiese supuesto un gran hallazgo, para mí era una cruz y un calvario. Todos hemos sido niño y hemos ido al colegio, sabes de lo que hablo.
- Va, tío, en serio, ¿dónde estuviste? -solía preguntarme, de vez en cuando, Alberto.
- Tío, ya te lo he dicho, no me acuerdo -solía defenderme yo.
- Ya, ya, no te acuerdas. Sólo tienes flashes, ¿no?
- Sí.
- Tipos bajitos, grises, cabezones y con los ojos muy grandes.
- Sí.
- Y luces brillantes enfocándote desde arriba y tú tumbado sin poder moverte.
- Sí.
- Oye, se me acaba de ocurrir. ¡igual estuviste en el dentista!
- Vete a la mierda.
- ¡Claro, piénsalo! ¡Tiene sentido! Igual te han puesto un súper empaste o algo así.
- ¡Alberto, a la mierda!
- ¡A lo mejor ahora tienes el súper poder de masticar cualquier cosa: acero, hormigón...! ¡Incluso el potaje que hace tu madre!
- ¡Alberto, que te vayas a tomar por culo!
Pero lo cierto es que si había alguien capaz de hacerme reír en cualquier situación, era él. Supongo que era su manera de evadirse de su familia, de su padre, sobre todo de su padre. No, su vida tampoco era precisamente fácil.
Aunque en algo sí tenía razón: todo este asunto era una auténtica locura. Yo mismo, a medida que pasaba el tiempo, lo veía todo cada vez más lejano y más imposible. ¿Hombrecillos grises con aparatos de observación? ¿Abducciones? Se parecían a aquellas revistas amarillentas y baratas que tanto le gustaban a mi madre, con aquellos titulares estridentes: "¡Encuentran el cadáver de un alienígena en una playa de Gandía!". "¡Una mujer de setenta y tres años da a luz una niña con tres cabezas! ¿Milagro o brujería?"
Por supuesto, no intenté contárselo a mi madre. A decir verdad, tampoco me hubiera escuchado así que para qué perder el tiempo.
Pero mi abuela no iba a dejar pasar la oportunidad de meter baza. Como siempre.
- ¿Sabes, cariño? -me dijo un día-. Tu madre también desapareció una vez. -Por supuesto, la aludida estaba delante mientras lo explicaba-. Tres días y tres noches enteras. Claro que yo sí lo denuncié y eso que era algo mayor que tú. Nos tuvo con el alma en vilo. ¡Nunca he sufrido tanto! En cambio, ella debió pasárselo la mar de bien porque a los nueve meses naciste tú.
¿Mi madre pasándoselo bien? ¿Durante tres días seguidos? Creo que si juntamos todos los momentos en que la he visto divertirse a lo largo de mi existencia no suman ni la mitad de ese tiempo. Para mí, era evidente que quedaba descartado el factor juerga así que, ¿dónde demonios se había metido? ¿Y si...?
- Madre. -No le gustaba que la llamara "mamá".
Ella gruñó. Estaba fregando los platos.
- Aquella vez que la abuela dice que... bueno, que... estuviste, ya sabes,... fuera.
Volvió a gruñir. Cogió una sartén y la frotó con insistencia y lentitud.
- Que... desapareciste. Durante tres días y... tres noches. Como yo.
Esta vez no gruñó.
- ¿Dónde...? Bueno, ¿dónde...? Ya sabes.
Giró la cabeza para mirarme con aquella máscara de piedra que nunca conseguía descifrar.
Agaché la cabeza como si buscase el secreto en la punta de mis zapatillas y me rasqué la nuca. Siempre me rascaba la nuca cuando no sabía qué hacer con mi presencia.
- Vale... es igual -balbuceé.- Yo...
Me di la vuelta, turbado como siempre que trataba de conversar con ella más allá de un "buenos días" o "me voy a dar una vuelta". Ni siquiera tenía claro por qué había abierto la bocaza. ¿Es que no había aprendido nada en todos estos años?
- No recuerdo mucho. -La voz resonó en la cocina como una montaña que se parte, como una voz oxidada por falta de uso.- Sólo... luces sobre mi cabeza y sombras... muchas sombras a mi alrededor. Moviéndose. -Ni siquiera me volví, por si se percataba de que todavía estaba allí y se callaba de nuevo. Suspiró.- Pero hay algo que recuerdo muy bien. Aquellos... lo que fueran... tenían todos cuatro dedos en cada mano. No es como si... les faltase uno. Era más bien que, bueno, parecía que nunca los habían tenido.
Algo se encendió en mi interior, algo ardiente y frío a la vez.
- Cuatro... -me atreví a girarme. Tragué saliva. Lo recuerdo porque en ese momento me pareció de vital importancia.- Y... a los nueve meses...
Ella asintió, mirándome a los ojos por primera vez desde... quien sabe cuándo.
- Naciste tú -concluyó.
Miré mi mano, la miré a ella.
Torció los labios en un gesto que bien podría haber sido una sonrisa o una mueca de disgusto.
- Al final va a resultar que no eres tan tonto -murmuró.
Y siguió frotando la sartén como si nunca hubiese hecho otra cosa en su vida.
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  • 13 de Agosto de 2014 a las 18:48

Sólo cobras y otros especímenes sin cerebro.

Desperté sobresaltado con una punzada de dolor en medio de la frente. Venciendo la resistencia de cada uno de mis músculos anquilosados, me incorporé a medias. Necesitaba urgentemente localizar el origen del ruido rítmico y poderoso que torturaba mi cerebro. Conseguí levantarme apoyando una mano en algo viscoso y mantenerme en pie a pesar de la marejada que se adueñaba de mi cabeza y de mi estómago. Con pasos inseguros y oscilantes llegué a las mesas de control y desconecte los altavoces y los proyectores de luz láser. La inmensa nave quedó en silencio y en la oscuridad empezó a abrirse paso una penumbra suave, alimentada desde los sucios tragaluces repartidos por la cubierta. Cuando mis ojos se acomodaron, pude distinguir un bulto amorfo del que se desgajaban tres zombis que parecían cobrar vida alcanzados por la inesperada calma.

Esa misma calma propició que mis neuronas por fin se conectaran, escapando una vez más de ese agujero negro que pretendía aniquilarme. A pesar de ello, no era capaz de comprender cómo había llegado a esa situación, que desde hacía ya tiempo había dejado de ser cotidiana. No recordaba haberme metido nada. ¿Con la morena de las tetas grandes?, tal vez, ¿un poco de cristal?, podría ser… No, por mucho que lo intentara, no era capaz de recordarlo, en realidad. Y al final, con quién o qué, no tenía la menor importancia.

—¡¡Hace falta ser idiota!! —grité dolido y odiándome como antaño— ¡Idiota! ¡Gilipollas! ¡Idiota!

Tras un par de años limpio, llegué a convencerme de haber dejado atrás a mandy y los combinados explosivos con keta o con cualquier matarratas mezclado con tiza que me vendieran como algo bueno. Había conseguido recuperar una parte de mí, retomar la carrera a pesar de la edad y ganarme bien la vida organizando eventos varios y algunas raves en las que otros pringaos se fueran suicidando poco a poco macerados en meta, como solía hacerlo yo. Para no volver a caer resultaba un trabajo demasiado arriesgado, al fin y al cabo…

—Eh pavo, tú eres el Maki, ¿verdá? —la voz atenuada, como envuelta por una burbuja, era de uno de los zombis, que se me habían acercado sigilosamente—, el que ha montado todo esto. ¡Menudo fiestón guapo!

Les miré de refilón, sin fijarme demasiado y con un cierto temor a verme reflejado en ellos. El tipo que había hablado, alto y desgarbado, se agitaba con una risa que sonaba tan tenue y lejana como su voz. El otro era más bien bajo y más consistente y la tercera, una chica anodina de pelo pajizo y enmarañado que no parecía llegar a los veinte años. Me di la vuelta con intención de salir disparado, pero mis reflejos no daban para mucho y el chaparro me cogió del brazo.

—Oye tío —me dijo muy despacio, esforzándose por no tambalearse demasiado—, llévanos al centro, que no sé dónde están las llaves de mi buga

Me zafé de él sin mucho esfuerzo aunque resistí la tentación de largarme corriendo. Con un gesto de la cabeza les indiqué que me siguieran, sospechando que me arrepentiría de ello. Encontré mis propias llaves revolviendo entre los trastos de una de las mesas y eché un último vistazo al pabellón destartalado. Resultaba extraño. No quedaban camareros ni gogós, pero todo estaba sin recoger. Había ropa y objetos de todo tipo tirados por cualquier lado, como si la fiesta no hubiera terminado. Pero allí sólo estábamos nosotros cuatro. Ni rastro de mi socio, ni de los seguratas, ni de nadie de la organización. Tan sólo yo. Una idea, no tan descabellada como deseaba, irrumpió en mi cabeza.

—¡Joder, joder, joder! —me rechinaban los dientes mientras me dirigía a una de las barras marcado de cerca por el trío guiñapo— ¡Ese cabrón me la ha jugado!

Pareció hacerse la luz entre mis pensamientos y comencé a comprender el porqué de todo lo que no recordaba. Sin embargo al abrir la caja llena de pasta me dio un vuelco al corazón y un sudor frío empezó a recorrerme la espalda. Cogí el dinero y repetí la operación en las otras dos barras. La revelación de mi error debiera haberme alegrado pero un presagio oscuro y denso se acurrucó dentro de mí junto a la náusea.

—¿Has visto cuanta panoja, Charly? —preguntó el alto con aire de inocencia— ¡Quién la pillara!

—Ya te digo —respondió Charly, el bajo, con el misma emoción que si rezara obligado un avemaría—. Oye Cobra, ¿y si nos dedicamos a esto de las “fiestas de rabas”?, ja, ja... Ja, ja, ja.

Les entró la risa floja, incluso a la chica sin nombre, que por lo demás seguía sin abrir la boca.

—¡Vámonos! —les corté sin concesiones— ¡Ya!

Me siguieron los tres sin dejar de reír, mientras Charly y el Cobra me hacían burla igual que los graciosillos de la clase cuando el maestro se da la vuelta. Salimos de la nave y atravesamos el improvisado aparcamiento que continuaba lleno de vehículos, pero sin nadie dentro. Ya en mi coche y con el motor arrancado, la chica se sentó delante y ellos dos detrás. Seguían intentando imitar un tono militar en sus chanzas absurdas que tanto les divertían. De no haber tenido que luchar contra una creciente necesidad de vomitar, seguramente me hubiera echado a reír yo también.

Sería mediodía porque el sol estaba alto, aunque ni idea de qué día. No hacía calor, pero tampoco frío. En realidad, dudo que en aquel momento fuera capaz de sentir calor o frío, o nada que no naciera de mi estómago, cuyos espasmos crecientes me oprimían aislándome del mundo exterior. Dejamos atrás el polígono industrial abandonado, pero no me deshice de esa sensación de que todo estaba mal, que me erizaba los pelos de la nuca. Intentando ser prudente, conduje sin prisa y prestando la máxima atención de la que era capaz, hasta que tomé el acceso a la autovía, dónde aceleré ante la posibilidad de llegar en diez minutos a la ciudad. Cuando ya se veían las torres y alguna grúa de un barrio periférico a medio terminar, un amasijo de hierros envuelto en humo se materializó ante mis ojos atónitos. Hice chirriar los frenos al pisar a fondo el pedal. El coche paró sólo a metro y medio del montón de chatarra calcinada.

—¡¿Pero qué mierda es ésta?! —exclamé al borde del colapso.

—¡Qué haces pavo! —la voz del Cobra no se alteró mucho con el susto— Eh, casi me empotras… ¿Qué es eso de ahí? ¡Vaya marrón! Me voy a comer otra pirula rosa. ¿Queréis una?

Me bajé del coche despacio sin hacerle caso y caminé hacia el accidente con aprensión, esperando encontrar sangre y restos de cuerpos chamuscados, pero no encontré a nadie. ¡Nadie! Ni muerto, ni vivo, ni rastro de haberlo habido. Monté de nuevo y me di la vuelta buscando una entrada libre hacia el centro.

—Vamos en dirección prohibida —observó Charly—. Y nooo haaay naaadie, ja, ja. En el mundo entero no hay nadie más que nosotros, ja, ja… Ja, ja, ja.

El Cobra añadió algo más iniciándose así otra conversación sin mucho sentido sobre la ausencia de seres vivos. Aunque eso no era cierto, como dijo el otro, porque sí había árboles, lo que no había era pájaros, ni moscas, ¿ni gallinas? y en conclusión, lo que no había era seres vivos con cerebro y ahí estuve de acuerdo… Siguieron y siguieron mientras continuaba conduciendo, desconectado como la chica, centrándome en intentar llegar cuanto antes a mi cama con la esperanza vana de que al despertar todo hubiera sido nada más que un mal viaje.

A pesar de la apariencia de calma y el día luminoso que simulaba normalidad, la ciudad presentaba un aspecto siniestro. Me recordaba a esa escena de la Gran Vía en la película de Amenábar. Sólo que nosotros encontrábamos todo tipo de obstáculos a nuestro paso, aunque no se veía ni un alma, o en boca de mis compañeros, no se veía ni un cerebro, ni siquiera de gallina... Había infinidad de calles cortadas, con motos tiradas y vehículos vacíos parados en los semáforos, alguno aún con el motor en marcha. Ámbar, rojo, verde, pero ninguno se movía. Había cochecitos de niño abandonados en alguna acera y bicicletas en medio de la calzada. Supermercados, bares y comercios permanecían abiertos, esperando quizá, la afluencia de clientes fantasma. El tranvía empotrado contra el escaparate de la tienda de chuches de mi calle, me produjo una especial congoja que a punto estuvo de hacerme saltar las lágrimas.

Pasé del ascensor y subí de dos en dos las escaleras hasta la tercera planta. Abrí la puerta y fui directamente hasta la sala. En el terrario no estaba el lagarto y tampoco la iguana enana. Tras una mirada triste a la pecera vacía, comprobé que había luz. Encendí el ordenador, la televisión y puse a cargar el i-phone. Los últimos post en Facebook, en Instagram, o en cualquier otra red a la que tuve acceso, eran de varias horas atrás. Algunos canales emitían series o películas y otros sólo ruido de lluvia herciana. Llamé a toda la agenda del móvil, envíe varios mensajes de grupo. Nada. Nadie. Nada... Nadie… Me dejé caer en el sofá y cerré los ojos. Quise llorar, gritar, dormir, tal vez morir…

Desperté sobresaltado con una punzada de dolor en medio de la frente. La sonrisa que mis labios esbozaban se borró al instante cuando noté seis pupilas dilatadas clavando en mis ojos sus interrogantes.

—Eh pavo, Maki —el Cobra susurraba mientras tiraba suavemente de mi manga—, qué hacemos ahora que ya no hay nadie en el mundo entero. Dónde está el váter, que voy a echar un meo...

concursoderelatos
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  • 14 de Agosto de 2014 a las 5:29

Náufragos en el Tiempo

Sofía Ortiz, periodista y fotógrafa, reconocida por sus excelentes trabajos de investigación en el Vanguardia.com.

Se encuentra preparando su equipaje para sus merecidas vacaciones, esta vez serán las playas de Bilbao, previa travesía por el Golfo de Vizcaya.

Ya embarcada se encuentra en su camarote, y sin poder conciliar el sueño decide ir a cubierta a sacar unas muy buenas fotografías de la luna y las estrellas con su magnífica Nikon, cuando ve un movimiento extraño en el agua, aumenta el Zoom y capta la presencia de una persona ahogándose. Desesperada grita ¡hombre al agua! corre hacia la baranda para arrojarse.

Minutos más tardes son rescatados por los marineros. Al lado suyo se encuentra acostado un joven, quien estira su brazo hacia ella y le da un objeto mientras está siendo atendido por el medico de abordo y es transportado a la enfermería.

Sofía ya en su habitación, y bajo la ducha caliente recuerda lo sucedido una y otra vez. No deja de ver, esa mirada verde mar del náufrago, que parecía querer hablarle y sonreírle al mismo tiempo debajo del agua.

Cierra el grifo, seca fuertemente su cuerpo esbelto y pálido, se coloca la bata, una toalla alrededor de su cabellera morena, toma el objeto y se dirige a la enfermería.

Después de recorrer descalza el pasillo, sin saber qué hacía así, entra, ve la camilla vacía las sabanas tienen todavía manchas de agua y lodo pero él ya no está. Pregunta al doctor su paradero, quien no sabe que responder.

De regreso a su cuarto lava enérgicamente el objeto sacándole todo el barro y las algas, dejándose ver una bellísima llave de orocon incrustaciones de esmeralda. Toma una de sus pulseras, la inserta como un dije más y se la coloca en su tobillo.

Al día siguiente mientras sacaba fotos desde la cubierta, a las aves, siente que alguien se acerca por detrás, gira y lo ve ahí parado alto, delgado, rubio, con esos hermosos ojos verdes, vestía pantalón y camisa blancos. Le sonríe. Ella baja su mirada, su sombrero se le escapa y cae al agua, cuando se vuelve a mirarlo, él ya no estaba más.

Desorientada entra al desayunador, lo busca con su mirada, solo encuentra marineros riendo y charlando, que ni se dan cuenta que ella está ahí.

Se sienta en una mesa pide café y dos tostadas con mermelada, desayuna despacio como si estuviera esperando a alguien, percibe en la atmosfera algo extraño, solo bebe el café. El camarero le avisa que pronto desembarcaran, se levanta camina unos pasos, gira su cabeza lentamente hacia atrás, ve el plato vació, sonríe y sigue su andar.

Al llegar al camarote encuentra en su cama una hermosa flor de un intenso color rosado, una orquídea mariposa llamada científicamente Phalaenopsis, la envuelve con cuidado guardándola en una caja de zapatos dentro de la valija.

Suena el celular, es su jefe Antonio Suarez, actual presidente de la Vanguardia, designándole una nueva misión.

Deberá ir a Irlanda para cubrir la nota sobre el hallazgo de una parte del tesoro de los Tuatha Dé Danann que se exhibirán en el Museo Nacional de Dublín lugar donde están recogidos los restos arqueológicos de la Edad de Bronce y la Edad de Hierro, como los tesoros y secretos de los orígenes de su civilización.

Sofía debía obedecer por dos motivos, uno por que quería un acenso y otro por que ese tema le apasionaba.

En Dublín, hospedada en el mejor hotel, con los viáticos a cargo de la editorial. Bajo a la tienda a buscar su mejor atuendo para la fiesta de gala que se realizaba esa noche, en el Museo.

Al volver a su habitación encontró en su cama otra Plalaenopsis purpura del mismo color que su vestido, con una tarjetita firmada por Amergin Mac y la leyenda que decía en un inglés cerrado “Pronto un secreto se revelará. Si llegáramos a amarnos, sufrirás. Porque juntos nunca podremos estar y solo la llave nos amparará”.

Llego a la fiesta media hora antes para poder sacar unas buenas imágenes de la colección, estaba radiante, llevaba en su pelo la orquídea, y en su tobillo su amuleto, pronto empezaron a llegar los invitados, entre ellos el señor Amergin Mac como dueño de la legendaria colección. El saludo oficial no tarda en realizarse, al estrechar su mano Sofía tiembla emocionada, Amergin le sonríe. Bailaron y permanecieron juntos toda la noche, se reían, estaban felices y enamorados.

A media noche Amergin le entrega una sortija que contiene en su centro una cerradura que solo podrá abrirla la llave que Sofía lleva en su tobillera. Sofía toma el anillo y se lo coloca a él. Se besan y desaparecen, solo quedan sus ropas esparcidas en el suelo.

Cuentan algunos conocidos que desde aquel día la pareja de amantes viajan en el tiempo, pasando algunos periodos en la época de Amergin donde él era el rey de los Milesianos, quienes llegaron a Irlanda desde Galicia para vengarse de los Tuatha Dé Danann, ganando la batalla y mandando a los perdedores a retirarse a otro mundo. Otros momentos en la actualidad en una villa cercana a Glendalough.

concursoderelatos
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  • 14 de Agosto de 2014 a las 16:28
El vuelo del fénix

Jenny ocupa mis pensamientos. La Jenny de Forrest Gump. Aquella que bailaba, drogada hasta las trancas, como un "pajaro libre" sobre el alfeizar de una terraza. Yo también habito el vértigo, pero, a diferencia de ella, sé que no voy a saltar. No aún. Me sujeto apoyando las manos en el techo y miro hacia abajo. Los Skynyrd tocan sólo en mi cerebro y ejecuto el Cristo del Corcovado. El ensayo general termina cuando suena el timbre del domicilio y acudo con prisa para evitar que la inesperada visita me arruine los planes.
-¿Puedo pasar? –dice abalanzándose hacia la puerta. Es una albóndiga embutida en un traje dos tallas más pequeño de lo que debiera.
-No. No puede. No es buen momento: estoy desayunando –cierro un poco, dejando sólo el espacio necesario que me permita presenciar su previsible enfado.
-Mira, hijo, no te lo estaba preguntando. Quiero pasar. Es mi casa y voy a pasar –dice. E introduce su inexistente cuello entre los hombros preparando la embestida. Abro la puerta finalmente, pero le cierro el paso con mi cuerpo. Él se seca el sudor con la manga de la chaqueta sin pensar y la mira arrepentido después.
-Es su casa, pero aquí vivo yo y no tengo tiempo para visitas –le digo sin alzar la voz. Mientras, él otea el interior de la vivienda por encima de mi hombro.
-Por poco tiempo, chaval. Por poco tiempo... Me debes cuatro meses de alquiler. Venía para ver si podíamos solucionarlo de alguna forma… amistosa, pero creo que no será posible, ¿no es así?
-Le pagaré. Ya sabe que algunas veces me retraso, pero al final siempre pago. Estoy terminando unos encargos... y se venderán bien –subo las cejas estirando el rostro y ejecuto un Calimero digno de telenovela. Mi tiempo de actor ya pasó. También el de pintor en horas bajas. Él gira la cabeza de izquierda a derecha mientras hablo y sólo interrumpe el contoneo para contestarme.
-¿Quieres que te dé un consejo, "artista"? -dice con retintín-. Deja de soñar. Busca un trabajo de verdad y ¡págame!
-Le pagaré. La próxima semana. De verdad. Y también los atrasos – esta vez miento con más garbo. Hasta yo casi me lo creo.
-La próxima vez no seré yo quien venga a visitarte –dice interponiendo el índice de su diestra entre nuestros ojos. Buenos días.
Cierro la puerta y aguardo. Oigo el chirriar del ascensor, después silencio.
Voy hacia el estudio. Levanto el pincel mientras observo el enorme lienzo que preside mi estudio como si de un extraño se tratara. Como si reconociera su cara, entre mil en mi memoria, pero no alcanzara a recordar su nombre. Después bajo la mirada y mi mano desciende hacia los infiernos. Sobre el suelo se acumulan manchas de todos los colores imaginables. En cualquiera de las baldosas se concentra mucho más talento del que nunca tendré. «Al menos lo intenté…», me digo, «…pero esta no es la vida que quiero vivir. Me equivoqué. Una vez más». Me desplomo sobre el sofá y dormito. Con los ojos sosteniendo el peso del hastío a duras penas. Entreabiertos. Como la puerta del dormitorio por la que intuyo un cuerpo desnudo que se revuelve holgazán sobre las sábanas. Los párpados pesan más que mi conciencia y los cierro. De un portazo dejo atrás mi presente y duermo.
Hay un cielo azul frente a mí. Despliego las alas y me elevo tan alto que casi puedo alcanzar el sol. Un sol que me quema, pero que no evito. Voy a su encuentro. Me convierto en una bola de fuego que emborrona el cielo. Una estela gris difuminada por el movimiento nervioso, y sin patrón definido, en el que se ha convertido mi vuelo. Desaparezco.
Despierto angustiado, como si me faltara el aire. A salvo de mis pesadillas, pero preso de mis sueños. La cafetera silba en la cocina y corro. Me había olvidado por completo de ella. Sirvo dos tazas; una con más "esmero". Después regreso al estudio. Doy un sorbo profundo dejando correr el aire entre mis labios y saboreo el líquido negruzco que amarga como la rutina que me enjaula. Lo paladeo. Miro el techo desconchado y las vigas de madera que anuncian ruina. O quizá un accidente. Miro seguidamente a ambos lados: al bosque de lienzos inacabados que puebla el estudio. Ahora regreso a la habitación. Un brazo explora el espacio que hace unas horas ocupara yo. Se mueve inquieto un par de segundos y hago un intento de ir en su busca, pero desisto en el último instante cuando se relaja. Duerme. Me tumbo a su lado y duermo yo con él: un cielo azul y yo alzándome en un vuelo pausado, eterno, hacia un horizonte infinito...
Abro los ojos y miro mi reloj. Me levanto, con prisa y me acerco hasta la cocina para recoger la segunda taza de café y compruebo que aún está caliente. Entro en el dormitorio. Sigue durmiendo; respiro aliviado. Me acerco a él y lo acaricio. Dejo la taza sobre la mesilla de noche y cojo un bloc. Mi mano vuela libre ajena a mí. Rasgos duros, quijada prominente, hombros y torso fuerte y peludo. Sin tatuajes, no como los otros. Tendré que pasar por el láser, me digo. Me sigue asombrando el parecido, igual que cuando le vi por primera vez hace unas semanas. Me da por pensar que es el primer autorretrato que no dibujo frente a un espejo. Sonrío, pero sólo un poco. Le acaricio de nuevo. Se despierta y ahora sonríe él. Le acerco la taza a los labios antes de preguntarle, sólo por preguntar.
-¿Cómo te llamas?
-Carlos. ¿Y tú? –su voz suena engolada, como la de un nocturno locutor de radio. Anoche no me fijé.
-Descansa, Carlos –me vuelve a sonreír y cierra los ojos.
-Tengo sueño… -murmura- mucho sueño –completa un bostezo.
-Lo siento –le digo sin poder mirarle directamente-. Tal vez en otro momento… en otro lugar… En otra vida… -me quito las cadenas de mi cuello y lo encarcelo. Se ven más bonitas en el suyo. Enciendo un cigarro. Doy un par de caladas. Tan intensas que casi lo consumo. Después coloco el pitillo entre sus dedos y manejo su brazo acercándolo a sus labios. Me río de mi macabra broma y recupero el pito para dar una última calada y lo abandono sobre el bosquejo encima de la mesita de noche. Con mucho cuidado.
Regreso al estudio y avanzo por él. Algunos cuadros y esculturas obstaculizan mi deambular y los derribo. Me giro hacia la habitación. El brazo sobre las sábanas no demuestra movimiento. No se recoge sobre la cabeza de su dueño. No se gira. No se protege con la almohada. Después continúo con mi elaborado caos. Caen lienzos. Se derrumban sueños. Ajenos y propios. Los botes de pintura se desploman alrededor mío con estruendo y admiro la singular macedonia de colores como quien contempla fuegos artificiales al anochecer. Como el niño que fui una vez y que aún habita en mi interior. Que despierta cíclicamente, como ahora. Y sueño de nuevo, pero esta vez con el alba en los ojos. Sueño con la mirada recogida en los recuerdos. Con la misma concentración con la que contemplaba las funciones del circo en el que me enrolé cuando me escapé de casa. Cuando acabó todo. Cuando empezó todo.
Regreso a la terraza y me enfundo el chándal y las zapatillas que me han aguardado todo este tiempo desde que desperté. Giro la cabeza hacia la puerta e inhalo el somnífero perfume, mezcla de alcoholes, éteres y barnices, que me recibía cada vez que entraba en casa de Antoine, y al que pronto me acostumbré. Me subo al alféizar de la terraza. Lynyrd Skynyrd tocan de nuevo mientras me sujeto apoyando ambas manos sobre el techo. Equilibro mi peso sobre la baranda y aún me da tiempo a echar la vista atrás. El humo comienza a salir de la habitación. Miro al frente. Me yergo y cierro los ojos. Mi brazos ejecutan el Cristo del Corcovado y sé que no hay vuelta atrás. Hay un cielo azul frente a mí. Despliego las alas y me elevo tan alto que casi puedo alcanzar el sol. Un sol que me quema, pero que no evito. Voy a su encuentro. Abro los ojos justo a tiempo y extiendo los brazos hacia adelante durante mi vuelo. El cielo dejó de ser azul y, frente a mí, una pared de ladrillos atraviesa el paisaje a velocidad de vértigo. Sigo cayendo y encojo mi cuerpo para desplegarlo poco después como tantas veces hiciera, al rebotar contra la red, en mis tiempos de acróbata. El impacto es brutal sobre el toldo del apartamento del segundo piso del edificio de enfrente, pero resisto el golpe y la lona mi peso. Se desgarra y caigo sobre el suelo de la terraza. Desde allí aguardo varios minutos y, después de reponerme, me deslizo por la tubería hasta el callejón. Alzo la vista hacia la que fue mi casa. El humo es tan negro como mi alma. Ya no se escuchan los vertiginosos fraseos de guitarra que me acompañaron durante la caída, sino las inconfundibles sirenas de los bomberos. Podría aguardarles para contemplar el espectáculo, pero tengo prisa. Mi vuelo sale en un par de horas. Saco una cartera de uno de los bolsillos de mi chándal y lo reviso justo antes comenzar mi peculiar rutina.
-Me llamo Carlos –me digo a mí mismo. Mi voz suena engolada, como la de un nocturno locutor de radio.
Ernie
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  • 15 de Agosto de 2014 a las 10:02
Esto es todo lo que hay. Muchas gracias a todos por participar. Tenemos ONCE RELATOS.
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