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Mi novela Sobre la orilla del mar

24 de Agosto de 2014 a las 13:01

Hace ya un largo año, envié a nuestros queridos y admirados críticos literarios DanielHR (Daniel Hernandez) e Idelosan (Iván de los Ángeles Company) una novela que acababa de terminar y pretendía presentar a un concurso literario. Ellos me hicieron sus críticas que, si tenéis interés, podréis leer en los siguientes enlaces:

http://www.bubok.es/externo?next=http://criticaliterarianovel.blogspot.com.es/2012/11/dialogos-con-el-mar-alejandro-lopez.html

http://www.bubok.es/externo?next=http://universodelta.dreamwidth.org/8831.html

La verdad es que creo que fueron demasiado buenos conmigo, sin embargo, después de pensarlo mucho, hice caso a sus comentarios y olvidando el concurso, corregí todo lo que pude de la novela.

Posteriormente me la editó la editorial, p.c., y este que a continuación os pongo es el resultado de portada, contra y primer capítulo de la novela. Si a alguien le interesase seguir leyéndola, colgaría los siguientes capítulos, ya que no la tengo en la web:

Bubok

SOBRE LA ORILLA DEL MAR

CAPITULO I: REENCUENTRO

Ernesto no pudo evitar un suspiro cuando, al bajar del taxi, se aproximó al seto del jardín y contempló el mar. Sonrió. Hasta se le hizo un nudo en la garganta y, sorprendentemente, se dio la vuelta con rapidez, cogió su maleta y, lentamente, se dirigió a la puerta de su apartamento.

Ya hacía casi dos meses que no venía a la playa. Madrid le había entretenido demasiado. Las obras que se estaban haciendo en la comunidad donde tenía su vivienda, le habían obligado, en total contra de su voluntad, a alargar más de lo que le hubiera gustado su estancia en la capital.

Pero ya estaba de nuevo allí. Sí, en uno de los dos únicos lugares del mundo en los que le quedaba un amigo; posiblemente, el único con el que aún podía hablar, ya que Carlos, amigo desde la infancia, yacía en cama como consecuencia de un ictus

que, hacía seis meses, le había dejado casi inmovilizado mental y físicamente; conocidos tenía algunos más, pero de esos con los que, de vez en cuando, juegas unas partidas de dominó, o discutes de futbol y algo de política; aunque de esto último prefería no hablar, siempre se terminaba diciendo cosas de las que luego había que arrepentirse.

Abrió la puerta, dio unos pasos y miró con cariño la estancia. Nunca cerraba las persianas, le gustaba que el sol entrase y rompiese con su luminosidad el silencio que siempre imperaba en su apartamento. Lentamente se acercó a las puertas de vidrio que cerraban el acceso a la magnífica terraza. Las abrió, salió y, tomando una gran bocanada de aire, se acercó a la barandilla. Miró hacia el mar y saludó con su mano derecha. Sonrió.

“Ya he vuelto, ya estoy de nuevo aquí, contigo, buen amigo. Espero que este condenado teléfono móvil, que siempre suena para algo desagradable, quede en silencio una buena temporada. Ahora, perdona, pero debo deshacer la maleta y avisar a Carmen de mi vuelta. Te prometo que nada más terminar bajaré a charlar contigo”

Y se dio la vuelta para entrar en la casa. En la puerta, de nuevo volvió la cabeza.

“No te vayas, que en seguida bajo” Y, definitivamente, entró en casa.

Ernesto estaba bastante ágil, a pesar de sus ochenta y cinco años, y se desenvolvía con la suficiente soltura como para no necesitar la ayuda de otra persona, excepto en los temas de limpieza de la casa y lavado de ropa. Siempre había odiado esos trabajos. Siempre, sí.

Una vez guardada la maleta y puesto en orden todo, llamó a Carmen. Ella era una mujer del pueblo cercano, de unos cincuenta años que, desde que ellos compraron el apartamento de la playa, les ayudaba en las labores de la casa. Ernesto le tenía mucho cariño, sobre todo, después de la muerte de Luisa, hacía ya casi cinco años. La ayudó tanto en su enfermedad, y la acompañó tan cariñosamente en su agonía, que siempre le estaría agradecido.

Finalmente, se cambió de ropa y salió del apartamento. Era gracioso verle salir. Como tenía una memoria bastante deteriorada, para nunca olvidar dentro las llaves de la casa, las llevaba atadas con una fina cadena a su cinturón. Pero esta cadena era bastante larga y casi a diario, al cerrar con llave, esta, se quedaba enganchada en el bombín y, al tirar él, salía y quedaba colgando de su pantalón. Siempre, y llevaba años haciendo lo mismo, siempre, al ocurrir esto, Ernesto intentaba cogerla antes de que cayera al suelo, algo que nunca ocurría porque estaba atada a la cadenita. Pero nunca pudo evitar el movimiento instintivo y, al darse cuenta de su absurda reacción, con su mano izquierda se daba un pescozón en la cabeza, rezongando: “Nunca aprenderás, Nesto, nunca, por muchos años que vivas” Y caminaba hacia el ascensor.

¡Por fin pisaba la playa de nuevo! Se quitó las sandalias y asentó sus pies descalzos en la fresca y fina arena; despacio, disfrutando del momento; luego, se dirigió hacia la orilla. Antes de llegar, se detuvo. Miró el sol que en esos momentos, casi medio día, lo tenía a su izquierda y quedó en éxtasis, contemplando el paisaje. La playa, longitudinalmente, estaba orientada perfectamente de norte a sur, de tal forma que el sol se ponía al fondo del mar. Hacia el norte, su derecha mirando al mar, era tan extensa que se perdía a la vista y Ernesto jamás logró llegar hasta el final, si lo hubiere. Sin embargo, hacia el sur, tendría una extensión de un kilómetro, terminando en una zona de acantilado y rocas en la arena que, al subir la marea, quedaban casi ocultas por el agua. Esta distancia era la que él recorría

preferentemente, pero solo cuando caminaba por las tardes, evitando que el sol de la mañana le diese de frente. Hoy eligió ir hacia el norte, eso sí, cuando llegase a la arena húmeda, pues su playa, con la marea alta, tendría hasta treinta metros de ancha, llegando a los cincuenta cuando la marea bajaba. Y hacia allí se dirigió.

“¡Hola, viejo amigo! ¿Aun te acuerdas de mí?”

“¡Ah! ¿Sí? No sabes cuánto me alegra oírtelo decir. Allí, en la capital, he pensado tanto en ti que, a veces, tenía que enfadarme conmigo mismo porque me ponía de mal humor. Pero las condenadas obras que me hicieron ir no me han dejado volver pronto. Ya no importa. ¡Alégrate, que he vuelto!”

“¿Sabes? En estos días que la vida me ha obligado a estar en Madrid, decidí ir al médico”

“¡No, no me encontraba mal! Solo fue una visita de reconocimiento. Como el invierno pasado tuve aquel enfriamiento tan fuerte, dije, mejor me hago un chequeo para ver cómo anda esta vieja maquinaria”

“¿Qué si estoy bien? Ja, ja, ja, viejo carcamal. ¿Ya me quieres quitar de en medio? Pues lo siento, pero ha dicho que estoy como una rosa. Vamos, que tienes Nesto para unos cuantos años. ¡Mira! ¡Mira! Si puedo saltar y todo”

“¿Me quieres hacer carantoñas? Está bien, me acercaré algo más para que puedas mojarme los pies. Y, mientras lo haces, te contaré algo de estos meses. Pero deja que empiece a andar que, eso sí, el médico me ha pedido muy seriamente que no deje de caminar una hora al día”

“Ya sé que contigo camino hasta tres horas diarias, pero como el doctor no se lo cree por mas que se lo diga…”

“Ya te he contado que el edificio donde está el piso de Madrid tiene unos cuantos años”

“No. Me refiero al que está en Arturo Soria, mirando hacia la M-30”

“¡No, no! Ese de Velázquez no; ese era de Luisa y, además, fue el que vendimos”

“¡Correcto! Con parte de ese dinero fue con el que compramos este apartamento. Veo que mejoras la memoria. ¿Haces aquellos ejercicios que te recomendé?”

“¡No lo puedo creer, amigo! ¿Para qué me preocupo por ti si luego no haces el menor caso?”

“¿Qué no tienes tiempo? Pues si tú no tienes tiempo, ¿quién lo tiene?”

“¡Oh, nooo. No digas eso! Tienes que hacerte a la idea de que ella nunca bajará a ti. Mírala cuando pasa; piropéala; intenta tocarla, si llegas, claro, pero, aunque te duela, ella seguirá su camino y jamás parará. Aun menos bajará hasta ti. A veces uno se enamora de quien no debe y le ocurre lo que a ti”

“¡Pues claro que me he enamorado! Ya lo sabes, de Luisa. Es cierto que solo me enamoré una vez en la vida pero, ya ves, fue suficiente y, ahora, con la edad que tengo, no quedan fuerzas, ni tengo ganas”

“No sabría explicarte. Es un sentimiento muy curioso porque, a medida que pasan los años junto al ser amado, ese sentimiento va cambiando. Comienza como una explosión de felicidad. ¡Sí, como encontrar de pronto algo que has estado buscando toda la vida! Y ella… Ya sabemos que todos tenemos virtudes y defectos; unos son más guapos, otros más inteligentes, otros más alegres… ¡Bueno, para qué te voy a definir todas las virtudes y defectos de los hombres! Ya nos conoces. Pero cuando encuentras por primera vez al ser amado, solo ves virtudes. Ves belleza donde hay vulgaridad. Ves pasión donde solo hay curiosidad. Ves felicidad donde solo hay optimismo. El amor es así, magnifica todo lo bueno y oculta todo lo malo”

“¡Ahora te lo cuento, no seas impaciente, hombre! Te explicaba lo que los humanos vemos en el ser amado cuando lo miramos las primeras veces. ¿Sentir? Sientes paz. Todo es optimismo y felicidad. Sientes como tu pecho se llena de “algo” indescriptible que te hace sentir perfecto, completo. Es como si hubieras nacido para estar enamorado. ¡Ah! ¿Y los sueños? Si es que desde el mismo momento en que te enamoras, sueñas”

“¡Hombre! No me interrumpas cuando estaba inspirado explicándote que es amar. Ahora te cuento sobre los sueños, pero déjame terminar la explicación. Sueñas despierto, siempre al lado de la persona amada; viviendo experiencias que te harían reír. Sueñas felicidad, como si en el mundo no existiese la tristeza. Te quedas ciego ante todo lo que no sea tu ser amado y ese amor te convierte en egoísta, pero también en esplendido; en galante, pero también en celoso; en posesivo, pero también en fiel… No puedo seguir, se me nubla la vista pensando en Luisa”

Ernesto siguió su caminar y dejó la mente en blanco, no quería que los recuerdos de Luisa le entristecieran.

“¿Que qué es un sueño? ¡Déjame acabar, amigo, que aún hay más! Todo lo anterior son las sensaciones y sentimientos cuando uno se enamora. Si llegas a tener la suerte de casarte, o convivir, según vuestros intereses, con esa persona, los sentimientos van cambiando. La pasión de los primeros años se va convirtiendo en cariño. No es que ya no desees a tu pareja, es que aparece otro tipo de amor y, además, yo creo que este es más perfecto que el primero. Sí, notas una sensación de complemento junto a esa persona. Vas dándote cuenta de la mutua necesidad del uno en el otro y así va cambiando todo hasta que de pronto, un día cualquiera y sin justificación lógica, aquella pasión ha desaparecido”

“¿Dejar de desearla? ¡No, no es exactamente eso! Es que aparecen otras necesidades que cambian las prioridades; aparte, es lógico que con la edad, la fuerza sexual vaya decayendo. Ahí precisamente, en muchos matrimonios, surgen ciertas desavenencias, porque siendo la mujer y el hombre seres vivos de la misma especie, por motivos que nunca he llegado a comprender, la mujer pierde el interés sexual muchísimo antes que el hombre y claro, cuando quieres… en fin, tú ya sabes, resulta que ella no está por la labor y él busca el desahogo fuera del matrimonio”

“No, siento defraudarte, pero jamás fui infiel a Luisa”

“Tampoco. No es que estuviese ciegamente enamorado de ella, lo que pasó fue que mis necesidades sexuales nunca fueron demasiado exigentes y, cuando llegaron los tiempos de abstención, no tuve problema alguno”

“Pero, como te iba contando, a medida que vas envejeciendo junto al ser amado, aparecen los achaques, las incapacidades y te das cuenta de que ahora, lo que el ser amado necesita es ayuda, comprensión, cariño, compañía y, al dárselos, notas nuevas sensaciones de bienestar, de satisfacción, de sentirte necesario y útil. Esto último sigue siendo amor”

“Lo sé, pero pensé que te lo había explicado bien. La diferencia entre enamorarte y sentir amor está en que enamorarse es desear para uno mismo a la persona que se ama; amar es desear darte a otra persona sin recibir nada a cambio, solo por la propia satisfacción. ¿Ahora está más claro?”

“¿Los sueños? Veo que eres persistente, aunque debería habérmelo supuesto, viendo tus continuos intentos de invadir toda la tierra con tus aguas. Te explicaré. Soñar es creer que se vive una experiencia que solo existe en tu imaginación. ¿Tú,

en tu necesidad de tocar la Luna, nunca has soñado tenerla entre tus olas, mecerla, acariciarla, humedecerla con tus besos?”

“¿Sí? ¿De verdad que lo has pensado alguna vez? ¡Fantástico, amigo, fantástico! Eso quiere decir que puedes soñar, como yo. ¿Ves? Poco a poco nos vamos entendiendo. Bien, como ya sabes qué es soñar, te diré que no solo se sueña despierto, también la mente nos hace, a veces, jugarretas y soñamos dormidos. La gran virtud del sueño mientras duermes, que no tiene el sueño despierto, es que es mucho más creíble, más real, porque como tienes casi anulados todos los sentidos, todo es posible y eso te hace vivir experiencias tan extraordinarias que nunca olvidas”

“Hoy voy a dar la vuelta ya, que como es el primer día que camino por la arena se me resienten los gemelos. No te preocupes, deja que poco a poco coja la forma. ¡Fíjate! No habré caminado ni medio kilómetro. Claro, con esta edad, si dejas de hacer algo durante un tiempo, luego se paga bien caro”

“¿Eh? No, bañarme no”

“¡Ya sé que me reconforta mucho! Y la sensación de ingravidez que se siente flotando en tu seno mejora mis músculos pero, amigo, aún estamos en Abril y la temperatura de tus aguas es demasiado fría para mi cuerpo. En Octubre me puse la antigripal, pero ya debe estar terminando sus efectos y no quisiera enfermar. Eso sí, cuando entre Mayo, te prometo que me dejaré mecer en tus olas; ¡Ah! pero solo los días que la atracción por tu amada no te ponga nervioso y levantes olas, que me has hecho tragar tus aguas demasiadas veces”

“¿Las obras de Madrid? No, no es que tenga problemas en mi piso, es que con la nueva Reglamentación del Gobierno, los edificios con más de treinta años, creo, deben recibir el visto bueno de una inspección de algún arquitecto. El nuestro, como tiene fachada de ladrillo y algunos estaban en mal estado, hubo que repasar todas las fachadas”

“Sí, se hace por el exterior, pero, aprovechando, han querido cambiar las bajantes y este trabajo había que hacerlo por las viviendas. Y, a ti, ¿por qué te interesa lo de las obras?”

“¡Ah! ¿Te da por observar lo que el hombre hace en las costas? Qué curioso, nunca hubiese pensado que esa actividad te llamase la atención”

“¿Todo lo que el hombre hace? ¿Y qué es lo que menos te gusta de nosotros?”

“¿Los barcos que sueltan ese líquido negro que todo lo ensucia? ¿Los petroleros? Pues no lo entiendo porque al final, toda esa porquería nos la reviertes a las costas y tú te quedas tan limpio como estabas”

“Ya lo sé que es nuestra y que somos los responsables de su vertido, pero entenderás que no lo hacemos intencionadamente. Son accidentes y, tú, con lo vasto que eres, podrías bajar al fondo toda esa porquería y no ensuciarnos las costas. Pero no me enfadaré contigo por eso; aprecio tu amistad en mucho más”

“¡Vaya, me va a costar llegar al apartamento! Y ya el hambre aprieta el estómago. Por cierto, ¿Sabes que he comprado en Madrid?”

“No. ¿Yo para qué quiero un coche si no me dejan conducir? Es algo más moderno, más de actualidad, aunque no sé si sabré manejarlo”

“Je, je. ¿Quieres que te lo diga? Un ordenador portátil. ¡Para que veas lo moderno que es tu amigo!”

“¡Ja, ja, ja! ¿Que para qué sirve? Pues te lo explicaré. Es una máquina como las de escribir, pero que hace muchas más cosas y, lo más importante es, por eso me lo he comprado, que te conectas al mundo entero sin moverte de casa”

“¡No, hombre, no! No es para viajar, aunque según me cuentan, puedes ver casi todo el mundo desde el aire. Debe haber aviones sacando fotos todos los días. Lo que no entiendo es cómo ese trabajo les puede ser rentable, porque si quiero ver esas fotos no tengo que pagar nada. Y las puedo ver tantas veces como quiera”

“Sí, es cierto, pero yo no lo he comprado para ver las fotos de otros lugares, sino porque el director del banco me ha dicho que puedo hacer desde casa todo lo que hasta ahora tenía que hacer yendo al banco y, eso, buen amigo, me interesa mucho”

“No lo sé. En principio ni lo he desembalado. Veremos cuando me ponga a ello los problemas que voy a tener. Pero ya te iré contando, pues me temo que eso va a ir para muy largo. Y, ahora, perdona, buen amigo, pero ya he llegado, gracias a tu conversación; voy para casa a descansar y a comer. Hoy le he pedido a Carmen que me hiciese ella la comida. Espero que haya acertado con mis gustos. Si me encuentro descansado, esta tarde, volveré a dar un paseo; si no, mañana nos veremos”

Levantó la mano en un gesto de despedida, cruzó lentamente el ancho de la playa y subió a su apartamento. Ya la señora Carmen se había ido, pero sobre la mesa preparada encontró la comida. Se duchó para refrescarse, comió y descansó ese día.

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