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Zarax
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Fecha de ingreso: 14 de Enero de 2009

9ª edición: Tema: Viaje al lejano Oriente. RELATOS

22 de Septiembre de 2014 a las 10:11
"El último Putxi" Venga, que no seas tú.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 6 de Octubre de 2014 a las 21:23

Lamentándolo de corazón, retiro voluntaria y libremente mi relato.

Zarax
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Fecha de ingreso: 14 de Enero de 2009
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  • 8 de Octubre de 2014 a las 20:58

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 8 de Octubre de 2014 a las 21:06

Entonces, ¿retiro mi relato y me lo llevo a algún lugar donde por lo menos se precie mi esfuerzo, aunque el relato no lo valga?

Estamos buenos, amigos. En fin, si esta noche nadie rectifica la situación, daré por cerrada la edición y retiraré mi relato con toda dignidad.
jpiqueras
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Fecha de ingreso: 9 de Julio de 2009
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  • 8 de Octubre de 2014 a las 21:43
Aunque parezca difícil, puede ser que nos haya venido muy mal a todos el participar en esta ocasión. Yo lo he intentado un par de veces, pero ni el tiempo disponible era mucho, ni podía tener la cabeza centrada para la ocasión. Estuve en Madrid en unas jornadas de toxicología, he preparado unas clases para un curso aquí en Barcelona, he tenido que estar dedicado a prestar atención y cuidado a un familiar próximo que se operó el día ocho de octubre, he recibido una serie de consultas sobre casos de intoxicaciones por setas, una de ellas de Sevilla, muy interesante, lo que me ha supuesto intercambios de correos e interconsultas, búsqueda de publicaciones... No he podido. Sinceramente, me ha sido imposible participar. Y lo siento, pues desde que iniciamos esta etapa/taller no había faltado en ninguna ocasión.
Ahora me voy a acostar pues mañana salgo un par de días de viaje.
Zarax
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  • 10 de Octubre de 2014 a las 10:09
Zarax
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Fecha de ingreso: 14 de Enero de 2009
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  • 11 de Octubre de 2014 a las 11:12

Relato fuera de concurso. Lo dejo aquí para empezar. Lo escribí y luego lo publiqué en mi blog. Por eso queda fuera.



El año sabático de Leandro Prat



De la Red



La claridad del sol naciente se extiende por el horizonte y poco a poco, ilumina los campos y las aguas del río que, justo delante de la casa, se remansan formando un pequeño lago donde suelo ir a bañarme. Hoy he madrugado mucho, la noche ha sido larga debido al insomnio y he pensado que tal vez esta sea la última ocasión de ver amanecer en este rincón de China. Voy a irme justo ahora que, por fin, he conseguido permanecer sentado en la postura del loto sin que las piernas se me queden dormidas. Recuerdo los primeros tiempos cuando, al ir a levantarme, me daba cuenta de que iba a caerme pues no las sentía hasta pasados unos minutos. Lo mismo me sucedió con los palillos a la hora de comer. Había hecho prácticas, pero no contaba con la variedad de tamaños y formas de que está compuesta la comida china y de mi torpeza para las cosas delicadas.

Estuve un año trabajando en mi ciudad, en España, hasta que reuní dinero suficiente. Terminé mis estudios de ingeniería e hice lo que siempre había soñado: tomarme un año sabático y viajar. China siempre me había atraído, por eso vine aquí. Pero no deseaba pasearme por Pekin o Shanghái, sino adentrarme por el interior, por aldeas perdidas donde yo intuía que aún perduraba la China de mis lecturas, la que me parecía más auténtica, la que podría ofrecerme algo diferente a las ciudades del mundo, todas semejantes, todas caóticas. Recorrí el país durante dos meses; era tal como lo había soñado, me paraba donde me sentía a gusto y luego de un poco de descanso y aprovisionamiento, seguía mi viaje, hasta que llegué a Zhaoxing. Alguien me había recomendado encarecidamente que fuera a ver aquella pequeña aldea habitada por la minoría dong, que se encuentra en los límites de la provincia de Guizhou, a un paso de la provincia de Guangxi.

El paisaje era de tal belleza que me paré a contemplarlo largamente. Las casas se erigían sobre pilotes de madera y podían ser de una o dos plantas. Sobre ellas sobresalían múltiples torres. Luego supe que cada familia poseía una. El río bajaba pacífico partiendo en dos el poblado y sobre él un hermoso puente de madera que unía ambas orillas de nuevo. Aquellas gentes se dedicaban a la agricultura, fundamentalmente al cultivo del arroz. Luego pude comprobar que cantaban, pintaban con color, hacían poesía y sobre todo, hacía preciosos bordados, trenzaban bambú o mimbre y otras tareas manuales que eran reconocidas por su peculiaridad.

Yo iba de paso, quería seguir mi camino hasta recorrer el país de un lado a otro. Y entonces conocí a Jie. Estaba sentada en uno de los bancos que se encontraban bajo el techado de ladrillos rojos que cubría el puente. Nos miramos con curiosidad, ella era menuda, parecía una delicada muñeca de cera y sus ojos negros eran como cristal brillante, llenos de vida. Me senté a su lado. No me sentí extraño y al parecer ella tampoco, era como si ya nos hubiéramos visto en otra vida. Me explico, en un inglés bastante aceptable, que aquellos asientos estaban allí para poder descansar contemplando la belleza del río, las montañas, las plantaciones de arroz y la aldea. Le gustaba disfrutar de todo aquello. Le expliqué que estaba de paso y que buscaba un lugar donde quedarme, quizá un par de noches. Me ofreció su casa. Y así sucedió todo. Me quedé con ella. Durante este tiempo la contemplaba sin cansarme, con la sensación de que debía guardar el recuerdo bien grabado en mi retina. Se me entregó con total sencillez, parecía que había nacido para ser mía y que después desaparecería como la luz transparente de una estrella fugaz.

Ahora ha llegado el momento: tengo que tomar una decisión y apenas puedo pensar en ello porque algo atraviesa mi corazón y lo parte en dos. Jie, como todos los días, se ha ido a la aldea, trabaja como ayudante del alcalde y no vendrá hasta la hora de comer. Yo tengo que irme, mi dinero se está acabando y tengo que pensar lo que voy a hacer con el resto de mi vida. No estoy seguro de querer pasarla en un lugar como este, hermoso y misterioso, pero lejos de todo lo que se mueve por el mundo. El recuerdo de Jie me asalta continuamente: su espalda erguida, el cuello largo y fino, el pelo sujeto en un moño bajo, atado con un lazo de raso de colores alegres. Sus pasitos lentos cuando, en casa, se viste a la antigua, sus piececitos cubiertos por los calcetines blancos. Su cabeza junto a la mía en el colchón sobre el suelo. Y sus piernas rodeando mi espalda, sus suspiros, la dulzura de sus labios con aquel sabor a especias y los ojos abiertos, sorprendidos y extasiados. Dice que me comprende, pero sé que su corazón se romperá en mil pedazos. También el mío.

El sol brilla ya en el cielo, en los campos hay gente con las espaldas inclinadas trabajando en los arrozales. Alguien atraviesa el puente corriendo y sube por la cuesta hacia la casa. Es Jie que esta noche ha dormido en la de su madre que está indispuesta. Cuando me ve de pie ante la puerta aún corre más. Yo le salgo al encuentro y la acojo en mis brazos y la beso y seco con mis labios sus lágrimas. Se agarra a mí como a un salvavidas y sollozando me dice: ¡Pensé que ya te habrías ido!
Vuelvo a abrazarla, la tomo en brazos y entramos en la casa, la llevo al lecho y la voy desnudando despacio, ella se deja hacer mirándome confiada a los ojos. La amo.

concursoderelatos
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  • 13 de Octubre de 2014 a las 18:57

El hombre del tanque

Wang Weilin acudía puntualmente a las manifestaciones y reuniones convocadas. Con la muerte de Hu Yaobang había comprendido que todo estaba corrompido.

¿Orar por un muerto y pedir que su memoria sea respetada representa un atentado contra el estado? ¿Defendernos contra las cargas policiales es llamar a la violencia? Todo tiene que cambiar y ahora es el momento.

Aguantaría junto a sus compañeros todo el tiempo que fuera necesario. Hasta ser recibidos por Li Peng, hasta que las asociaciones estudiantiles fueran independientes, hasta que su país se encaminara hacia la democracia.

El país entero está en pie, no estamos solos en Tiananmeng, nos siguen en Ürümqi, Shanghái y Chongqing. ¿Cuántos seremos ahora aquí? ¿Cincuenta mil, cien mil? Más, seguro. Tenemos la simpatía internacional, la visita de Gorbachov nos ha abierto la ventana al mundo. Es el momento, lo sé.

Llevaba tres semanas sin comer. No importaba. Su hambre haría libre a su país. Las quejas de su estómago vacío hablarían a los que aún no habían comprendido.

La hora decisiva ha llegado. No importa cuánto miedo quieran meter a través de la televisión o de las megafonías, nuestra voz es más fuerte. Si ahora resistimos, habremos vencido.

Los soldados y los tanques avanzaron sin vacilación. Disparos, gritos, sangre, compañeros convertidos en guiñapos pisoteados.

Aguantar. Aguantar como sea. Sólo tenemos que aguantar.

El conductor de un rickshaw corría con un ensangrentado como pasajero. Wang lo detuvo. Le hizo ver que su prisa era inútil; ya estaba muerto.

Negarán todas estas muertes. Las negarán. No permitiré que mis compañeros sean olvidados. No permitiré que aseguren que nunca estuvieron aquí. No lo peritiré.

Consiguió dos bolsas y centró toda su atención en localizar los cuerpos muertos de sus compañeros. Documentos, fotos, medallas… cualquier cosa que sirviera para identificarlos valía. En sus bolsas estaba el testimonio de sus compañeros.

Ha sido una noche muy larga. Estoy cansado. Ellos no. Vuelven con sus tanques. ¿Es que no lo entienden? ¿Es que no entienden nada?

Se adelantó a todos y se plantó frente a uno de los tanques.

Ya basta. Basta.

El tanque intentó sortearle.

No te dejaré avanzar. Tendrás que pasar sobre mí.

El tanque maniobró de nuevo.

No. No lo conseguirás. Voy a hablar contigo y darás media vuelta.

Trepó sobre el tanque.

Da la vuelta, ¿no comprendes que aunque sigáis disparando no conseguirás matarnos?

Varios hombres lo arrastraron entre la multitud. Policías vestidos de civiles. Wang Wellin fue fusilado. Aunque murió, no consiguieron matarlo.

concursoderelatos
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  • 16 de Octubre de 2014 a las 10:45
La mantilla.

Desde que la descubrió en el centro de Manila, todos los domingos Lucio se acercaba a aquella iglesia que regentaban los jesuitas. No se molestó en defenderse de las puyas que le echaban Fructuoso o Javier sobre su súbita piedad dominical. Todavía no hacía un año que los tres habían salido de Navarra, todavía no hacía un año que los tres, por primera vez en sus vidas, habían dejado de cumplir con el precepto dominical. Parecía una eternidad.

La iglesia de los jesuitas en Manila no era más grande que la iglesia de Unzué, pero si más luminosa. Sus paredes estaban pintadas de blanco y los ventanales eran amplios, con marcos de madera. Y hacía calor, mucho calor. Pero Lucio, cuando escuchaba "In nomine Patris et Filii, et Spiritus Sancti. Amen. Introibo ad altare Dei.", se sentía transportado entre los muros de piedra de la iglesia de su pueblo, frescos en verano y heladores en invierno. Y entornaba los ojos para sentir la misma penumbra, como si sus párpados fueran el alabastro que cerraba los ventanucos.

"Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto". Cerraba los ojos y la veía delante de él, a ella, Teresa, levantándose y arrodillándose y alisándose el pliegue de la falda para volver a sentarse. Todos sus gestos eran tan leves como cuando, en primavera y a la vera del río, la había visto recogiendo la pelusa voladora de los chopos en la palma de su mano. Y aún así, en aquella ocasión en la iglesia la mantilla se deslizó de su pelo y voló sobre sus hombros para caer sobre el respaldo del asiento. Hubiera llegado al suelo si Lucio, atento como un enamorado, no la hubiera recibido entre sus dedos con la misma suavidad con la que un instante después rozó el brazo de Teresa. Él le ofreció la mantilla sujetándola por el alfiler, para que ella no se pinchara. Y ella, al recibirla, iluminó su cara de alabastro virginal con la sonrisa pura de los niños.

Fue una coincidencia afortunada que en aquella iglesia de Manila Lucio tropezara con una comunidad variopinta de españoles, italianos, franceses y algún irlandés norteamericano. Entre ellos Lucio encontró los contactos más seguros y fiables para la sociedad comercial de los tres navarros. Triki-traku la llamaron. Los europeos pensaban que aquel nombre era tagalo. Los tagalos no pensaban nada.

Importaban productos de ferretería, herramientas, pequeña maquinaria y armas de fuego, según el sólido criterio de Fructuoso, un hombre que no consideraba su vida completa si no podía llegar a ser labrador o cazador o ganadero, o mejor aún, las tres cosas. Exportaban sedas, de las que Lucio se convirtió en especialista. Los tejedores locales no podían competir en precios y cantidad con la industria europea, la norteamericana y, sobre todo, la japonesa. Pero él no compraba camisas, blusas, ropa interior, negligées, pijamas y cosas así, útiles aunque elegantes. No, Lucio se especializó en las prendas más inútiles, más superfluas: mantones y mantillas. Porque solo aquello que no sirve para nada práctico se realza con los diseños más atrevidos y sutiles. Lucio recorría las islas de aldea en aldea y fichaba para su red de proveedores a los mejores tejedores, que generalmente eran mujeres. Las mujeres vendían mantones y mantillas, los hombres compraban herramientas. Como en todas partes, lo que hacía la mujer se infravaloraba y lo que necesitaba el hombre era más apreciado. En esa diferencia, Triki-traku ganaba con el intercambio.

Iban haciendo dinero con la idea de volver, o no volver, o quizás. Los tres eran quintos fugados. Javier no era de Unzué, sino de un pueblo cercano, Echague. Supo que Lucio y Fructuoso se irían por el mundo antes que acabar en Africa llenos de piojos, mal vestidos y mal comidos, matando moros y, lo que es peor, sirviendo a un rey que despreciaban. Sus padres y los padres de sus padres habían luchado por el Rey legítimo y por los fueros. Y los fueros decían que ningún mozo sería obligado a servir con las armas fuera de su Patria. Decidieron irse. Solo cuando ya estaban embarcados y el puerto de Bilbao fuera de la vista, Javier les dijo que había dejado una muerte atrás. Javier no volvería.

Fructuoso quería una casa y una tierra, una hacienda para hacerla prosperar con su esfuerzo. Como él no era el primogénito de casa Goldraz, tanto le daba si la tenía que ganar al otro lado del mar.

Teresa era prima de Fructuoso. Prima pobre, huérfana, acogida en casa Goldraz por caridad. Poco más que una criada, que ni podía pensar en casarse porque cualquier dote que pidieran por ella sería excesiva. Javier, entre mantilla y mantilla, calculaba lo que iba ganando y el tiempo que le faltaba para volver si no rico, sí para comprar una casa y unas robadas de tierra. Las cartas que le llegaban a Fructuoso nunca desmentían que su espera fuera en vano. Nada decían de que Teresa se hubiera casado.

Pero un día, muy cerca ya de que se cumpliera para Lucio el plazo de volver, las noticias fueron otras. España estaba en guerra. Lo que parecía una asonada más como la de Primo de Rivera, se hizo largo, años de guerra. Parecía prudente esperar, y eso hicieron hasta que ya fue demasiado tarde. Los japoneses llegaron a Filipinas y ellos, como todos los occidentales, se hubieran arruinado si Fructuoso no les hubiera convencido antes para comprar a bajo precio la propiedad de un americano que se fue anticipándose a McArthur.

Irónicamente, el campo de concentración en el que los internaron estaba al lado de la hacienda recién adquirida. Desde la alambrada la veían, abandonada y vandalizada. Pero, como decía Fructuoso, la tierra es la tierra, y él se había preocupado de inscribir el título de propiedad para poder reclamarla cuando pasara aquel tifón de muerte y destrucción.

Veinte años después de haber llegado a Filipinas, les tocaba volver a empezar, ahora sin Javier. Javier, arrodillado. Javier, con las manos atadas a la espalda. La cabeza de Javier y un surtidor de sangre por el suelo, tras el golpe de la katana. Aún así, Lucio no odiaba a los japoneses. O no los odiaba menos que a los americanos y a las guerrillas musulmanas y comunistas. Si los que se proclamaban liberadores hacían aquellas cosas con la población civil, ¿qué no harían cuando estuvieran en tierra conquistada? La crueldad de los japoneses tenía, al menos, un toque de dignidad, de autenticidad, cuando eran ellos mismos los que se abismaban al desastre.

En ese instante en tierra de nadie, cuando los japoneses habían abandonado el campo y los nuevos amos no habían llegado todavía, Lucio se aventuró en el barracón de la comandancia buscando algo de comer. Allí, en el suelo, encontró al coronel vestido con el uniforme de gala para su último desfile. Y un reguero de sangre. Su mano empuñaba todavía la daga ritual. Lucio, sin saber si lo hacía por conservar un recuerdo de ese momento o pensando que quizás la necesitaría, le quitó del cinto la pistola de reglamento, una Nambu con cachas de madera. Nunca la llegó a utilizar, salvo para recordar la muerte de Javier y para absolver, en cierto modo, a sus verdugos.

Los primeros años después de la guerra Lucio y Fructuoso se refugiaron en la hacienda para sobrevivir. No había comercio, todo estaba arrasado. Pero al poco los puertos filipinos bulleron de actividad, por y para las tropas americanas en Corea. En poco tiempo reconstruyeron su fortuna. Fue entonces cuando Lucio se dijo: es hora de volver, no quiero morir aquí. Fructuoso no. A su manera, había encontrado una mujer y tenía tres hijas. Había hecho una familia y una hacienda, una casa que ganar todos los días. Fructuoso le compró su parte a un precio generoso. Lucio escribió a su familia para decirles que volvía y embarcó para España sin esperar respuesta.

La llegada de Lucio fue lo que todos esperaban: una renovación del mito del indiano. Lucio traía regalos para todos, y los regalos que no traía los podía comprar. Su familia le había buscado una casa para vivir y una mujer que le hiciera las cosas. Él solo tuvo que deshacer la maleta. Al sacar las cosas, guardó la pistola debajo de la mantilla, para que la criada no la viera y si la veía, no pudiera decir que la había visto. La mantilla era triangular, adecuada para ir a misa, y de la más fina seda. No quiso que fuera negra, pero tampoco tan blanca o llamativa que no pareciera apropiada. Había encontrado una mantilla azul cobalto tejida con una filigrana floral, preciosa.

Todos los sábados por la mañana venía a recogerle un taxi, siempre el mismo. Pasaba el día en Pamplona y luego volvía a casa, parando si acaso en algún pueblo del camino para saludar a algún amigo o a algún pariente que se había establecido allí. De sábado a sábado, paseaba por el campo y esperaba. Le gustaba sentir lo que no sentía en Filipinas: el cierzo frío en la cara o, cuando no había cierzo, el amanecer con el barranco tapado por la niebla y un día luminoso pero fresco por delante. Esperaba las nieves y esperaba, también a Teresa. Teresa no estaba en Unzué. Desde hacía años vivía con un sobrino cura, en un pueblo alejado, como su ama de llaves.

Por fin, una mañana supo que Tomás, el sobrino cura, llegaba de visita a casa de sus padres. Pero Teresa había quedado en el pueblo, en Astrain. Durante unos días, Lucio dudó y pensó que Filipinas estaba mucho más lejos que Astrain, que no podía haber hecho aquel viaje de más de treinta años para que al final treinta o cuarenta kilómetros se interpusieran. Cuando llegó el viernes, Lucio le dijo al taxi que no le llevara a Pamplona, sino a Astrain. Aparcaron en la plaza, junto al frontón y frente a la iglesia. Y no fue difícil encontrar allí mismo la casa parroquial.

Horas después, Lucio regresaba a Unzué. Subió al dormitorio, abrió el cajón y extendió la mantilla sobre la cama. Esperó, recordó, cogió la pistola, apoyó el cañón dentro de la boca y disparó.


concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 16 de Octubre de 2014 a las 17:23

Siguiendo la estrella

Las últimas luces del día entraban por un ventanuco redondo abierto en la pared blanca situada a la derecha de la entrada principal. Desde donde yo me hallaba sentado, tomando mi cena, veía perfectamente el cielo de un hermoso color rojo. Cuando el azul oscuro fue tiñendo el trozo de firmamento que veía desde allí, me llamó la atención una estrella muy brillante que destacaba entre las demás. No solo por la intensidad de su luz sino por aquella cola luminosa que parecía prolongarla. Para las gentes sencillas podía ser augurio de buenos tiempos o tal vez de desgracias. Eso dependía del profeta que les diese su interpretación. En realidad aquella estrella con cola era lo que los sabios griegos, Heráclides, Eratóstenes y Aristarco, llaman un cometa. Pero no dejaba de ser curioso el efecto que venía haciendo entre la gente desde su primera aparición, pocas semanas antes. Algunos dijeron que era el anuncio de la inminente llegada de un ciclo de grandes cosechas. Otros afirmaban que señalaba la llegada de catástrofes y desgracias. Pero el augurio más original fue el de aquellos ancianos que habían pasado por el oasis dos noches atrás. Llegaron formando una caravana a media tarde, con su séquito de criados y con numerosos animales de carga. Ellos iban sobre tres esbeltos dromedarios, y cuando pusieron pie a tierra los dejaron a cargo de los criados y se encaminaron al blanco garito que, en el centro del oasis y a la sombra de un espeso grupo de palmeras acoge a los viajeros y les ofrece la posibilidad de alimentarse y de fumar buena hierba.

Les vi entrar desde aquí mismo, donde, como cada anochecer, ceno frugalmente y luego me fumo un buena pipa. Estaba precisamente encendiendo la cazoleta de mi narguilé, cuando las siluetas de los tres viajeros llenaron el hueco de la puerta.

Entraron muy alegres, hablando animadamente entre ellos, y se sentaron junto a la mesa grande que hay a la derecha del mostrador, tras el cual Omar, el posadero, atiende a los viajeros. Tras ellos entraron tres sirvientes, que les ayudaron a despojarse de sus capas y salieron luego discretamente del local con ellas.

Una vez que estuvieron sentados llamaron educadamente al posadero, sin los gritos ni las blasfemias de las que suelen servirse muchos viajeros, en especial los que vienen de las lejanas tierras del noreste, a los que no sé si por su grosería o por su violencia algunos les conocen como bárbaros.

Cuando la mesa estuvo convenientemente cubierta con fuentes de dulces dátiles y un par de amplias bandejas repletas de un asado excelente, comenzaron su cena, acompañándola de abundante agua y algún trago esporádico a una jarra metálica, en la que habían vertido un fuerte licor que llevaban en un pequeño odre.

Acabada la cena Omar retiró las fuentes y las platas vacías, y trajo una cazoleta metálica soportada por un pequeño trípode, en la que ardían un grupo de ascuas cubiertas por una fina capa de blancas cenizas, y la colocó en el suelo junto a la mesa, al lado del más anciano de los viajeros, un hombre alto, vestido con una holgada túnica. El viajero, de poblada y larga barba blanca, hizo una seña a los criados, que les veían al otro lado del ventanuco, y al momento entraron tres sirvientes llevando cada uno de ellos un narguilé que depositaron sobre la mesa, frente a cada uno de los viajeros, para retirarse de nuevo en silencio.

Sacaron de unas bolsas que llevaban colgando de sus cintos sendos puñados de hierba y cargaron con ella las cazoletas de sus narguilés. Al punto, tomando cada uno una brasa del brasero, encendieron sus artefactos fumadores y al tiempo que daban de cuando en cuando una calada, comenzaron a hablar de su viaje. Por lo visto estaban de regreso hacia sus reinos de origen. El mayor, el de la barba blanca, venía de una tierra donde los hombres se hacen llamar Arios. A su derecha, un hombre corpulento, de viva expresión, ojillos alegres, y risa franca y fácil, que pese a aparentar sus buenos sesenta y tantos años lucía una abundante cabellera de ondulados cabellos castaños, comentó que el viaje al viejo imperio había merecido la pena.

— No lo veo yo así, Gaspar. El anciano patriarca podía haber sabido que el antiguo imperio de Atlantis había desaparecido bajo las aguas y nos hubiésemos ahorrado acudir a una convocatoria sin sentido.

El que así hablaba, un hombrecillo obeso, de piel negra como el ébano, cubierto su cabello con un turbante azul que adornaba, sobre su frente, con una gruesa piedra roja, tomó un pergamino que llevaba enrollado en algún bolsillo o pliegue de su túnica, y lo desplegó sobre la mesa.

— ¿Por qué nos fiamos del Patriarca y de su mapa? Ved, aquí debía estar el Antiguo Imperio. ¿Y qué hallamos en su lugar?

— Un extenso piélago poblado de islas. Lo recordamos bien, Baltasar. Pero es que la última vez en que se convocó a los Sabios Guardianes de la Verdad, allí existía una prospera nación, Atlantis.

Era la segunda vez que mencionaban aquel lugar, así que mi curiosidad pudo más que mi prudencia y desde mi rincón, me atrevía a preguntarles:

­— ¿Hablan ustedes de Atlantis, la ciudad perdida que menciona Platón en uno de sus Diálogos?

— Hablamos del Reino de Atlantis, el hogar de un pueblo próspero y sabio, en el que, según una interpretación de la llegada del astro luminoso, debía tener lugar el quinto cónclave de los Sabios Guardianes de la Verdad, a cuyo gremio pertenecemos los tres. Pero amigo, acérquese, venga, comparta nuestra mesa y fume con nosotros. Y tome un trago de este licor de cerezas fermentado que viene de las lejanas estepas donde crece la tundra que alimenta a los renos.

Tomé mi viejo asiento y me acerqué a la mesa. Me presenté como lo que soy, un viejo cazador retirado, que busca pasar sus últimos años en la tranquilidad del gran oasis. Y ellos a su vez me explicaron que eran miembros de una antiquísima cofradía de Sabios, los Guardianes de la Verdad. Aunque vivían lejos unos de otros, mantenían una buena amistad y solían reunirse y viajar juntos. Como en aquella ocasión. Por lo visto el decano de la orden, a la vista del cometa, había interpretado su aparición como la señal para un nuevo cónclave de la cofradía. Y había, además, sacado un viejo mapa de entre el polvo de una antigua biblioteca, para señalar el lugar donde debían reunirse: en el Viejo Imperio de Atlantis.

— Tome otro trago, amigo. De modo que ha oído usted hablar de la gloriosa Atlantis. — El hombre de larga barba blanca, al que los otros llamaban Melchor, me alcanzó la jarra, al tiempo que me señalaba el viejo mapa de pergamino.

— En realidad yo creía que se trataba de un mito. El mismo Platón dudó de que haya existido nunca ese lugar, que según algunas leyendas se hundió bajo las aguas. De existir, Platón aventuraba que podía haber estado en mares muy lejanos, más allá de las Columnas de Hércules.

— Nada de eso. Como ve usted en este plano que nos entregó el gran patriarca, Atlantis estaba situado aquí, al norte y un poco al oeste del imperio faraónico de Egipto. Lo que no sabíamos cuando emprendimos nuestro viaje es que hubo grandes convulsiones de la tierra y que lo único que queda de Atalantis es un puñado de pequeñas islas en medio de un mar, al que los habitantes de aquellas tierras llaman Egeo.

— ¿Y no podían ustedes celebrar su cónclave en alguna de aquellas islas?

— Nuestro cónclave debe celebrarse siempre en un monte elevado, alejado de la orillas del mar. Por cierto que Gaspar propuso que lo celebrásemos en un formidable monte situado al norte del Egeo, al que llaman Olimpo.

— Como dice Melchor, lo propuse pues sabía que reunía las características adecuadas. Una cumbre altísima envuelta en permanentes nubes y situación remota, alejado de pueblos y de mares.

— Pero algunos cofrades prefirieron no hacerlo. Por lo visto habían oído contar cosas sobre aquel monte y unos seres sobrenaturales que lo habitaron en el pasado. De modo que, tras una breve discusión y por votación democrática, decidimos regresar y esperar la llegada de otro cometa que nos vuelva a convocar en el futuro. Y ya miraremos de evitar acudir a un reino sumergido bajo las aguas.

— Hace cinco días que emprendimos el camino de regreso. Y yo decía que ha valido la pena porque los bellos lugares que hemos visto y conocido durante nuestro viaje justificaban el haber dejado nuestros reinos por un tiempo. Además, tuvimos la oportunidad de asistir a una fiesta encantadora, hace sólo un par de días, antes de iniciar la travesía del desierto. Tal vez haya oído hablar de Judea, a orillas del Mar Rojo.

— Estuve allí hace algún tiempo.

— Cerca de una pequeña aldea, llamada Belén, socorrimos a una pareja de peregrinos que viajaban a la capital para censarse. Una mujer muy joven, embarazada y apunto de dar a luz, y su marido, un sencillo artesano. Les sorprendió la noche, pero vieron la luz de nuestro campamento. Les acogimos y les ayudamos a instalarse en un pequeño establo que habíamos preparado. Allí, con la ayuda de los conocimientos de Baltasar en el arte de traer a los niños al mundo, la joven dio felizmente a luz a un pequeñín precioso. Cuando les dejamos, les dimos un tarro de polvo de mirra para el dolor, otro con incienso para que lo quemasen por la noche y algunas monedas de oro por si les tocaba pagar alguna tasa con el censo. Pocos días más tarde, de regreso ya, pasamos por su pueblo. Como agradecimiento por nuestra hospitalidad fuimos sus huéspedes durante una noche, y celebraron una bonita fiesta en nuestro honor.

— Ya es de noche. Nos perdonará, amigo. Vamos a acostarnos fuera, bajo las palmeras, junto a nuestra caravana.

Cuando me desperté al día siguiente, los tres viajeros y su séquito habían dejado ya el oasis.

Zarax
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  • 16 de Octubre de 2014 a las 22:39
Cerrado, esta vez de verdad
concursoderelatos
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  • 16 de Octubre de 2014 a las 22:44

Mi soñado viaje a la india

Quise, como trabajo fin de carrera, ir a la India, para estudiar sobre el terreno algo de la verdadera historia de aquel libro que, cuando cumplí quince años, mi padre me regaló. Desde aquel día hasta que decidí estudiar la carrera que ahora termino, lo he llegado a leer hasta en doce ocasiones. Es cierto que sus versos, sus traducciones, y toda la parafernalia que acompañan a las grandes obras de la literatura universal, me han descompuesto siempre la idea que del original me hice la primera vez que lo leí, pero, con los diez años que le dediqué a su estudio me permitieron, o así lo creí, el lujo de hacer un viaje que nunca olvidaré.

Me estoy refiriendo al Mahabharata, o el mayor poema jamás escrito, que, según todos los entendidos, trata de la historia de la gran batalla que decidió el final de la época védica, aquella esotérica época de la India en la que algún magnífico pero desconocido escritor decidió escribir el gran Rig Veda.

Y volé hacia Nueva Delhi, junto con mi querida amiga Margot. Nuestro destino era el antiguo palacio de Angkor Vat, situado a unos 4,5 kms. al norte de Nueva Delhi, y mi particular objetivo era un bajo relieve de cincuenta metros de largo que se encontraba en dicho palacio y que relataba la guerra fraticida entre primos que, gracias a un desconocido Brahma, Arjuna, terminó. El rey Drupada y, cumpliendo lo prometido, le entregó la mano de su hija, Draupadi.

¿Qué me atrajo tan poderosamente la atención de aquel libro? ¿Sus versos? ¿Su historia? No, en absoluto. Lo que me dejó intrigada desde el primer día fue que, en un país enorme, en el que la tradición era ley inmutable, solo por el hecho de que una madre cometiera el error de decir a su hijo: “Enhorabuena, ahora, comparte con todos tus hermanos el premio obtenido” Solo por el simple hecho de no volverse atrás de sus palabras, aquella loable mujer determinó que en la India, y al máximo nivel, se impusiera la poliandria, o el matrimonio de una mujer con varios hombres.

¿Cómo era posible aquello, cuando en parte del mismo libro, en el Ramayana, versos de maravillosa composición describían la monogamia como el estado perfecto del hombre, hasta tal extremo que, otro joven, Rama, fue capaz de jugarse la vida y todo su imperio por defender a su esposa de Ravana, rey de los demonios y enamorado de ella, cuando la raptó? No me cuadraban estas dos curiosas decisiones de hombres que dominaban y regían los destinos de aquellos imperios. Estaba segura que en la decisión de Kunti, la madre de Arjuna, había algo de misteriosa decisión, pues aún yendo en contra de toda la tradición y siendo Draupadi princesa, jugaba demasiado riesgo, y decidí investigarlo “in situ”.

Ya en Angkor Vat, mientras mi querida amiga dormirtaba en los jardines del hotel donde nos hospedábamos, estudié muy a fondo aquel enorme bajorelieve; fueron tres días de intenso trabajo, bajo la tenue e insuficiente luz de linternas y lámparas que debía apagar cada vez que alguien se acercaba al estar prohibidas.

Me encontraba estudiando la zona de la gran batalla, escena en la que aparece Bali, el rey mono amigo de Rama, muerto en brazos de su pareja. Toqué con mis dedos los bajorelieves y al hacerlo sobre el carcaj de las flechas de Bali, el suelo se hundió bajo mis pies.

En la caída hacia no sé donde, mi cabeza debió golpear contra algo duro y perdí conocimiento y memoria, pues lo único que recuerdo es que desperté tumbada en la cama de mi habitación.

Me levanté horrorizada y miré hacia la cama de Margot que se encontraba profundamente dormida sobre su cama; como siempre, absolutamente desnuda y sin la almohada bajo su cabeza. Sin pensar en nada, me acerqué al baño y metí la cabeza bajo el chorro de agua fría. No sentía dolor alguno, pero estaba absolutamente convencida de que había caído por aquel negro agujero que se abrió bajo mis pies y que en algún momento de la caída perdí todo conocimiento de lo que estaba pasando.

Al volver a la habitación, miré mis ropas perfectamente dobladas en una silla y, junto a ellas, mi linterna. Miré de nuevo a Margot. Fui a despertarla pero de nuevo me senté en la cama pensando.

“Palpé con suavidad la rugosidad de la piedra esculpida; la flecha clavada en el pecho de Bali; su corona y la cara algo desmoronada de su pareja. Luego bajé mis dedos hasta tocar la mano protectora de ella, imaginando su suavidad, su demostración de amor, hasta que mis dedos se deslizaron sobre el carcaj de Bali y…”

“Sí”, exclamé absolutamente segura de que aquel fue el movimiento que provocó mi caída, pero mi grito despertó a la pobre Margot que, de golpe, se levantó, sentándose sobre la cama y sus preciosos pechos apuntando desvergonzadamente hacia la puerta de entrada. Me miró sorprendida.

—¿Otra vez soñando?

—Perdona, perdona, querida. Estaba intentando recordar qué me pasó en Angkor Vat. No logro recordar cómo he llegado a la cama…

—Pues como todos los días, tarde y haciendo demasiado ruido.

—No, Maggi, no. Ayer me ocurrió algo extraño. Me hundí en el suelo y perdí la noción de las cosas. Ahora me despierto en el hotel y no recuerdo ni cómo salí del palacio, ni cómo llegué aquí.

—¿Me estás queriendo decir que esta noche ha sido diferente? Ese bajorelieve te está volviendo loca. Has vuelto muy tarde, como todos los días que llevamos en esta extraña ciudad. Hiciste mucho ruido, hasta que me desperté y te pregunté si ibas a seguir haciéndolo para irme al bar y tomarme una o dos copas. Me contestaste que te perdonara, pero que estabas muy nerviosa porque habías descubierto algo asombroso y tan extraordinario que podría ser el gran secreto de toda la historia de la India. Te respondí que mañana me lo cuentas, pues seguro que mañana seguirá siendo la misma llegada del hombre a Marte que esta noche y me volví a dormir, hasta ahora, claro —y sin dar opción a réplica alguna, se tumbó de nuevo, vuelta hacia la ventana y dándome su preciosa espalda y perfectos glúteos. Me quedé admirando su figura y, sin pensar lo que hacía, me levanté, me acerqué a su cama y sentándome, comencé a acariciar su fina y delicada piel.

Poco tiempo después, estábamos disfrutando de nuestro amor en un lejano hotel de la India, país de misterios y milenios de extrañas experiencias, mientras que el mayor descubrimiento jamás extraído de la esotérica y extraña historia de uno de los países más hermosos del mundo, dormiría en la memoria de una mujer que nunca logró saber qué había descubierto.

En uno de los bajorelieves de Angkor Vat puede leerse, pero solo aquellos que dominen el sánscrito: “El amor entre los humanos es el único lazo con Vishnú”

Zarax
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  • 16 de Octubre de 2014 a las 22:48
Ajustadito al tiempo, pero se admite.

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