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R2-D2
Mensajes: 3.188
Fecha de ingreso: 26 de Diciembre de 2008

10ª edición concurso de relatos. Tema UTOPIA.

20 de Octubre de 2014 a las 7:31

utopíaoutopia.

(Delgr.οὐ, no,y τόπος, lugar: lugar que no existe).

1.f.Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.


Glosa: la utopía es un imaginario colectivo que impulsa una actitud de rechazo o transformadora del mundo real. Es el Reino de Dios en la Tierra, es la independencia de la nación irredenta, es la emancipación social.


Recordatorio de normas: relatos de hasta 1700 palabras, posteados anónimamente en este hilo bajo el nick "concursoderelatosbubok@gmail.com". Si no conoces la contraseña, ponte en contacto con el MdC (R2_D2) para pedirla. Plazo termina el jueves 6 de noviembre a las 23:59:59




concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 1 de Noviembre de 2014 a las 11:27

No me hables de sueños

Atravesé Hortaleza y por la calle de Las infantas giré hacia San Bartolomé, camino de la plaza de Chueca. Estaba preocupado, se me acababa el paro en un par de meses y no había forma de encontrar un trabajo decente. Tantos proyectos, tantos planes que había creado en mi cabeza mientras me preparaba, ahora me parecían una broma siniestra. Y lo peor es que empezaba a compadecerme de mí mismo y eso me parecía peligroso. Entonces le vi, mejor casi me tropecé con él. Tumbado en el suelo, era la sombra del cadáver de un hombre. Me disculpé y seguí mi camino, no le miré, me alejé de allí casi corriendo.

Como digo me alejé de él rápidamente, fue algo instintivo, no lo medité hasta que hube recorrido una distancia. Luego me paré y me pregunté a mí mismo si aquel hombre estaría muerto o se iba a morir allí, como un animal o peor que ellos. También me obligué a no pensar y actuar, en realidad ese era el trabajo para el que me había preparado. En mis documentos dice que me llamo Vicente Becerril y soy psicólogo y sociólogo, debo ayudar a quien lo necesite y desde luego este hombre lo necesitaba sin ninguna duda.

Su pelo, enredado y sucio, debía de servir de morada a un montón de bichos; en sus pies toda la mugre que cupiera en ellos, unas playeras aún más sucias y agujereadas, la ropa teñida de manchas que lo mismo podrían ser de devueltos que de meados y cagados. Miraba sin ver. Estas cosas pasan, pensé, pero suceden porque nadie actúa y cuando lo hacen no lo enfocan bien. Allí estaba una de las ideas que quería poner en marcha, pero necesitaba ayuda, la había solicitado en el departamento correspondiente y aún esperaba la respuesta. Tardaba en llegar y yo estaba al límite, pero aún tenía esperanza. Lo primero era comprobar que no estaba muerto. No lo estaba, solo borracho. Olía espantosamente a alcohol y parecía no haber comido en tiempo. Le ayudé como pude a incorporarse ¿Y ahora que hacía con él? Le propuse llamar a la policía, ellos podrían ayudarle. Se opuso tajantemente, no quería saber nada de policías ni albergues. ¿Qué hago ahora? me dije según íbamos caminando para ver si conseguía que se despejara un poco.

— ¿Dónde vives? —le pregunté— ¿Tienes una casa, o familia, alguien que se pueda ocupar de ti?

No tenía nada de eso, ni tenía dinero, ni quería ir a la comisaría, solo quería quedarse allí tirado en medio de la calle y morirse pronto. Lo llevé hasta un banco y nos sentamos. La verdad, era difícil soportar el hedor que despedía. Se llamaba José Benito, llevaba mucho tiempo solo y en la calle, estaba cansado, en ese momento solo quería un cartón de vino y una dosis y después dormirse en cualquier rincón.

— ¿Cómo has llegado a esto, hombre? —le miré con lástima

— Si te lo digo vas a saber más que yo. No lo recuerdo, hace tanto y fue por algo tan estúpido...

— ¿Te dejó tu mujer, te quedaste sin trabajo? Algo te pasaría y seguro que lo sabes. Si piensas en ello a lo mejor decides que es demasiado lo que estás pagando por aquello.

José dejó de mirarme, por un momento su pensamiento lo alejó de allí, algún recuerdo consiguió que entrecerrara los ojos...

— ¡Yo qué sé! —dijo como hablando para sí mismo— pero fue hace mucho, tendría unos diecisiete años cuando empecé con las drogas. Primero con mucho cuidado y de vez en cuando, después los fines de semana y sin darme cuenta lo hacía a diario y con urgencia. Hice muchas locuras, pedí dinero a mis padres, luego se lo robé, también a mis amigos; cuando empecé a trabajar, adelantos en la oficina. Luego, cuando murió mi padre, a lo mejor por los disgustos que les daba, caí y caí. Estuve dos años en la cárcel porque robé en la oficina el importe de una obra. No fui un preso fácil, tenía que conseguir la droga y pasé por todo. Cuando salí era la sombra de un hombre. Ya había sufrido demasiado, me dije. Aquello tenía que acabar. Así que pedí ayuda.

Estaba seguro de que iba a conseguirlo, todo era cuestión de voluntad y disciplina, yo iba a ser otro hombre desde ese día, me recuperaría, olvidaría todo lo que había pasado, trabajaría como antes y sobre todo compensaría a mi madre de lo que le había hecho llorar. Aunque ya sabía que no sería fácil, estaba lleno de fuerza e ilusión. Me imaginaba a mí mismo en un mundo ideal, con una casa sencilla, una mujer y un hijo. Yo los amaría mucho y ellos también me querrían a mí, iba a ser un hombre honrado, jamás volvería a golpear a nadie para robarle, ni me arrastraría por los barrios bajos dispuesto a todo por una dosis.

— ¿Fumas? —le ofrecí un cigarrillo

— Sí, dame —con la primera calada siguió con su historia— Lo hice, me porté bien durante los meses que estuve en aquella institución. Cuando mi madre volvió a verme lloró mansamente porque por fin me parecía en algo a su hijo perdido. Había ganado peso y podía mantenerme derecho. El sufrimiento había sido grande, muchas veces creí que no podría con aquello, pero, aquel día ver a mi madre tan feliz me compensó de todo.

Llegó la hora de dejar la asociación, salir a vivir fuera y que todo lo demás que me pasara ya dependiera de mí y de nadie más. Si me mantenía firme todo iría bien. Estaba seguro de que mi vida iba a ser muy diferente. Podría regresar al principio y todo funcionaría tal como lo había soñado en aquel tiempo. Pero no encontré trabajo, mejor dicho, lo perdí dos o tres veces al poco de conseguirlo. Me costaba vocalizar bien, olvidaba las cosas más urgentes, me movía inseguro y por ello hacía mi trabajo con dificultad. Nadie quería perder el tiempo, ni el dinero y menos hacer de samaritano.

Entre unas cosas y otras pasaron dos años. Conocí a Carmen: según la vi me enamoré de ella pero no me atreví a proponerle nada serio. Estaba muy inseguro y no quería complicarle la vida a una mujer que me gustaba.

Porque soy una buena persona —me miró al decirlo con ojos tristes, para ver en los míos si le creía.

A pesar de mis fracasos aún seguía soñando. Iba a comprar un piso sencillo y viviríamos en él Carmen y yo con nuestro hijo, porque íbamos a tener uno, seguro. Ganaría suficiente y mi madre envejecería feliz ejerciendo de abuela. No necesitaría ninguna otra cosa. La última vez que no me renovaron el contrato fui al bar y me tomé una cerveza. Una no me haría daño. ¿Qué le iba a decir a mi madre? ¿Cómo iba a comprometerme con Carmen si no era capaz de mantener un trabajo? Luego tomé otra y después otra... No pensaba en el peligro. Una vez perdido el control seguí hasta casi no poder caminar. Aún no puedo borrar de mi memoria la cara de mi madre cuando me vio entrar en casa en esas condiciones. Luego la oí llorar con desconsuelo, a través del tabique de la habitación. Dejé a Carmen plantada, no atendía a sus llamadas y con el tiempo ella se cansó de hacerlas. Supongo que alguien le contaría, algún día, por dónde andaba yo y en qué condiciones.

Se acabaron todos mis sueños, el mundo que me había inventado en mi cabeza se vino abajo a cada nuevo escalón que yo descendía y ya ves a dónde he llegado.

— ¿Has pensado en que te vas a morir si sigues así, tirado en cualquier rincón?

— Cuando puedo pensar, como ahora, sí lo pienso, no hace falta que me lo recuerdes, pero no me importa. Quiero morirme, por eso me voy matando cada día un poco. No creas que es fácil morirse y no tengo el valor suficiente para quitarme de en medio de una vez. Al menos hasta hoy.

— Todavía estás a tiempo, no te des por vencido, tienes que recuperar tus sueños y volver a luchar por ellos, puede que ahora tengas más suerte.

— ¿Me vas a ayudar tú? ¿Te quedarás a mi lado mientras paso el mono y te ocuparás de que siga firme en mi propósito el tiempo suficiente? No puedo hacerlo... no puedo hacerlo solo, lo sé. Y además creo que no quiero ¿Para qué? no hay nada que me retenga, nada que me importe. Mi madre hace seis meses que ha muerto, gracias a Dios. Me sentí liberado de la terrible vergüenza de causarle tanto dolor. ¿Quieres de verdad ayudarme? Yo te digo cómo. Dame dinero, suficiente para comprar una buena dosis, una pura para que no consiga superarla y que acabe conmigo de una vez. Ese es el mejor favor que puedes hacerme.

Lo pensé un buen rato ¿Qué debía hacer? Era evidente que no quería vivir así ¿Estaba en mi mano conseguir que cambiara su vida si él no lo deseaba? Y ¿quién era yo para obligarle a hacer algo que no quería hacer? No estaba seguro de lo que sería mejor o peor. Así que saqué la cartera del bolsillo y recogí todos los billetes que llevaba en ella.

— ¿Será suficiente?

Contó ansiosamente el dinero, lo hizo por dos veces como si estuviera calculando y afirmó con la cabeza. Lloraba. Se me partió el corazón y quise desaparecer de allí, dejar de verle, olvidarle.

— Gracias, gracias —me dijo alargando la mano mugrienta; estrechó la mía con una fuerza sorprendente, a la vez que me decía No sientas remordimientos, no eres responsable de nada, solo me has dado dinero, lo demás es cosa mía. Gracias una vez más.

Quise creer que tenía razón, mientras le veía alejarse con pasos temblorosos y cuando dio vuelta a la esquina lo perdí de vista.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 3 de Noviembre de 2014 a las 18:25

¿Y fueron felices y comeron…

—Y colorín colorado… este cuento se ha acabado.

—¿Y fueron felices y comieron perdices?

—No, no, no… —negando de forma exagerada con la cabeza—. Y vivieron con ventura… ¡porque comieron mucha verdura!

—Puag… ¡Qué asco!

Ambas rieron.

—Ahora a dormir, ¿eh, cariño? —arropándola con el edredón.

—Hasta mañana, mamá.

—Hasta mañana, mi vida.

Cecilia salió del dormitorio de su hija y se acurrucó en el sofá con el informe entre las manos para leerlo por enésima vez.

Ana Linares, la conocida presentadora y directora del programa infantil de más audiencia. La ídolo de su hija y de la mayoría de los niños menores de ocho años.

Una vecina sintió un fuerte olor a gas. Llamó, golpeando, varias veces a la puerta, el timbre no funcionaba. Después de un rato llamó a emergencias. Los bomberos entraron en el domicilio y se encontraron con el panorama: el marido y la hija, muertos; Ana, a punto de hacerlo. Pensaron en un descuido, un accidente fatal. La investigación de la policía científica y las autopsias habían desmentido la primera impresión; nada allí era accidental.

O Ana Linares le contaba al día siguiente una historia posible, aunque inimaginable para Cecilia en ese momento, o se encontraba ante un caso de asesinato e intento de suicidio.

Afortunadamente, ninguno de los recientes descubrimientos se había filtrado a la prensa. Todos seguían hablando del “lamentable accidente” y deseaban que Ana pudiera abandonar pronto el hospital. El programa había dejado de emitirse y la cadena estaba haciendo todo lo posible (incluida la presión a los profesionales) para mantener la noticia “a salvo”. Con suerte, el día en el que algún periodista independiente “defensor de la verdad” consiguiera hacerse eco de lo sucedido, Ana ya sólo sería un vago recuerdo para todos. También para su pequeña.

Cecilia llamó a la puerta de la habitación y, sin esperar respuesta, la abrió y entró.

—Buenos días. —Ana no reaccionó—. ¿Puedes salir, por favor? —dirigiéndose a la agente que vigilaba—. ¿Cómo te encuentras, Ana?

»Ana, soy la doctora Cecilia López, trabajo para el juzgado de instrucción, soy psiquiatra forense, y… tenemos que hablar. Según parece, lo que ocurrió la otra noche… no fue un accidente.

Ana se encogió aún más dentro de la cama.

—¿Podrías contarme qué pasó?

Ana mantuvo su escondite silencioso bajo la sábana.

—Ana, entiendo que no quieras hablar, pero… es necesario que nos cuentes qué pasó. Es posible que haya una explicación que se nos haya escapado. Tú eres la única que puedes… si lo que te preocupa es la prensa… te aseguro que está controlada, tu cadena…

Ana asomó un poco la cabeza.

—¿Qué están diciendo ahora? —preguntó casi con miedo.

—Piensan que ha sido un accidente.

—Tardarán poco en enterarse de todo. Dios mío… es terrible.

—Podemos dejar que sigan creyéndolo… si tú nos ayudas. Dime qué pasó.

Ana se incorporó.

—Seguro que la policía ya lo sabe todo. A mi marido lo ahogué con el cordón de la cortina, a mi hija con la almohada. Luego abrí todas las llaves del gas para matarme. Esperaba que nos encontrara, el lunes, la mujer que viene a limpiar. Quité la luz para evitar una posible explosión cuando entrara ella y le diera al interruptor. Sabía que descubrirían la verdad, pero estando yo muerta… tal vez todo quedara en informes internos sin que la prensa se hiciera eco. No caí en que el olor saldría a la escalera y me delataría antes de tiempo. Es terrible.

Cecilia sintió algo parecido a un latigazo al escuchar el breve relato de Ana.

—Escucha… —acercando una silla a la cama y tomando asiento en ella—. Podemos silenciarlo, tu cadena está presionando para que desaparezcas de las cabeceras, pronto se olvidarán de ti y no serás noticia cuando empiece el juicio. Pero… no se trata sólo de… Tengo que hacer un informe y una valoración, ¿sabes? Me gustaría hablar contigo, no de… bueno, simplemente charlar, sin más.

—¿Charlar? No tengo ganas de charlar. Ya te lo he contado, ¿qué más quieres saber?

—Nada en particular. No sé… háblame de tu marido.

Ana negó con la cabeza.

—Era perfecto. Yo era muy feliz. Siempre fui feliz. —Ana se detuvo, parecía que estabiera haciendo un visionado a cámara rápida de toda su vida. Sonreía.

Cecilia permaneció en silencio. Quería hacerle un montón de preguntas, obtener respuestas rápidas. Su experiencia le había enseñado que había que tener aguante y dejar que el paciente manejara los tiempos para desvelar sus secretos.

—Siempre. Incluso cuando murió mi madre. Yo era muy pequeña, en realidad no la recuerdo, las imágenes que tengo de ella son historias contadas por mi abuela y adornadas por mi imaginación. Cuando murió, mi abuela me contó un cuento maravilloso. Mi madre se había ido al cielo para ayudar a la Virgen a cuidar de los niños que estaban allí; ella era la única que podía hacerlo porque era la mejor madre del mundo. ¿Te das cuenta? La muerte de mi madre fue un motivo de orgullo y alegría. Mi abuela se inventó esa historia para mí.

»Era estupendo, en Navidad venían Papá Noel y los Reyes Magos. Y El ratoncito Pérez, cuando se me caía un diente, me traía una moneda. Y todo era real porque yo creía en ello. Mientras creí, fue verdad. El mundo era perfecto porque yo creía que era perfecto.

Cecilia esperó a que continuara. Temía que no lo hiciera.

—Al crecer descubrí que los Reyes no existen. O que mi madre en realidad era una yonqui que siempre pasó de mí y que murió de sobredosis; no importó, esas realidades ya no perturbaban mi mundo y creé otros escudos para las que sí me afectaban. ¿Que hay hambre, pobreza, enfermedad, dolor o injusticia en el mundo? Es sencillo, me hago socia de Médicos sin Fronteras, de Ayuda en Acción… firmo en todas las recogidas de firmas que abogan por una causa justa, hago campañas publicitarias en favor de Unicef sin cobrar nada… enjuago mi conciencia y ayudo a que los demás también lo hagan. ¡Incluso dirijo y presento un programa infantil! ¡Ayudaba a construir un mundo mejor!

»Corría las cortinas y bajaba las persianas de las ventanas que me mostraban la verdad. Una pequeña utopía a medida, hecha a escala para mí, con un marido perfecto y una bendición en forma de hija. Claro que era feliz. Muy feliz.

La mirada de Ana quedó suspendida en el vacío. Cecilia se dio cuenta de que estaba a punto de perderla.

—Ana, ¿qué cambió? Ana, mírame. ¿Qué cambió?

Ana sonrió como se sonríe a la ingenuidad de los niños.

—Nada. ¿No lo has entendido? Nada cambia, las cosas son como son. Los Reyes nunca existieron, sólo existen en la imaginación de los niños. En su pequeño mundo perfecto.

Silencio. Un largo silencio que Cecilia estaba a punto de romper cuando Ana empezó de nuevo a hablar.

—Hasta que la realidad te abofetea y no hay nada que puedas hacer para cerrar esa ventana.

Ana cerró los ojos.

—Háblame de esa ventana, Ana. ¿Qué había tras ella?

—Llevaba una temporada tontorrona. Lloraba por todo, me decía que quería que fuera yo a buscarla al colegio. La regañé. Le dije que parecía una niña mimada.

—¿Hablas de tu hija?

Ana asintió con la cabeza.

—Había quedado para cenar con mi ayudante y con la encargada de vestuario. Cenamos juntas el último viernes de cada mes. No es sólo trabajo, somos amigas. El restaurante está cerca de la casa de mi ayudante y normalmente me quedo a dormir con ella. Mi marido lo prefería, decía que así se preocupaba menos. La niña se había quedado llorando, no quería que me fuera. La regañé.

Por primera vez Ana mostró sus lágrimas.

—No me entretuve demasiado después de cenar. Sólo una copa. Volví a casa. Quizás seguía llorando y yo quería consolarla. Entré con mucho cuidado, no se escuchaba nada. Me dije que me estaba convirtiendo en una madre histérica y sobreprotectora. Eran más de las dos de la mañana, no quería despertarlos. Aura no estaba en su cama. Había luz en mi dormitorio.

»Hijo de puta…

»Él estaba de espaldas, no vio cómo quité el cordón de la cortina, no tuvo tiempo de reaccionar. Fue fácil. Sólo tuve que apretar con todas mis fuerzas. Con las que tenía y con las se apoderaron de mí. Mi hija lloraba asustada. La abracé. Seguía llorando. Seguía asustada. Estuvimos así mucho rato. Al final se durmió. Pensé, pensé… No había forma de bajar esa persiana. La pequeña utopía hecha a escala ya no era posible. No para mi niña.

Cecilia sonrió cuando vio aparecer a su hija en la puerta del colegio. La niña corrió hacia su madre. Cecilia la abrazó como si llevara mucho tiempo sin verla.

—Hola, cariño. ¿Cómo está mi chica?

—Hoy me ha puesto la seño una estrella. Mira.

—¡Qué bien! Eso tiene que tener premio. ¿Sabes?, te he comprado unos DVD’s de un programa que echaban antes de que tu nacieras. Es muy divertido, se llama “Los mundos de Yupi”. Te va a encantar.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 5 de Noviembre de 2014 a las 19:19

Todo por un sueño

— ¡Ya va, ya va! Abro enseguida... ¡Hola! ¡Miguel, me alegro de verte!

—Y yo a ti, Felipe. ¡Coño, me tenías preocupado! Pensé que estabas malo o te había dado alguna cosa. ¿Sabes que llevas toda la semana sin pasar por el bar del Manolo a tomar unas cañas y echar la partidita?

—Jo, tío, Miguel. Es que estoy muy ocupado. Esto es algo muy serio, muy grande. No salgo apenas de casa, estoy preparándolo todo.

— ¿Qué quieres decir con eso de todo ?

— Me preparo para el gran día. No tardará en llegar. Esta vez va en serio.

—Oye, ¿y qué es eso?

—¿El qué?

—Esa tela que tienes plegada sobre el respaldo del sillón.

—Es una bandera republicana.

—¿Y todos estos papeles, ahí en la mesa?

—Depende. Esta pila de la derecha, junto al PC, son borradores para mis primeros discursos. Esta otra pila, junto a la impresora, son cartas que enviaré a los principales diarios, ofreciéndoles mis ideas y mis proyectos para el nuevo orden.

—¿Y qué estabas escribiendo ahora?

—Una carta de felicitación. En la que además, me ofrezco para colaborar en lo que haga falta. Con un poco de suerte me veo de ministro de medio ambiente. Ya sabes que yo siempre he sido un poco verde...

—Sí, y bastante izquierdoso.

—Claro, como toca. De verdad, Miguel, creo que el cambio está a punto. Lo que parecía imposible, se hará realidad. Recuerdas aquello de "el pueblo unido, jamás será vencido", "la internacional"...

—Sí, y aquello otro de que ¡llevo la camisa rojaaaa...!

—¡Es sangre de un compañero!

—¡Y habrá un día en que todos, al levantar la vista...!

—¡Veremos una tierra que ponga libertad!

—¿Es que no cambiarás nunca, Felipe? Lo casta de los políticos no tiene remedio. El mundo no tiene remedio. Este planeta es un asco, los boko haram, los yidahistas, los ultraortodoxos judios, el Tea party, la Sociedad General de Autores, los corruptos de toda clase y estilo, ese grupo de millonarios, que ellos solo tienen más que muchos países juntos, la justicia que no se quiere quitar la venda de los ojos...

— ¡Todo eso va a cambiar, Miguel!

— ¿Sí? Ya me dirás como.

—Comenzaremos aquí, en nuestro país. Después nuestro ejemplo se extenderá como las ondas de choque de un terremoto y sacudirá al resto del mundo. Los parias, los pobres, los oprimidos, se unirán a los idealistas, a los librepensadores, a los libertarios, a los hombres sabios, y la justicia destapará sus ojos y llevará a presidio a todos los que han explotado, han robado o se han corrompido. Estamos llamados a ello. Lo dicen las encuestas.

—La única encuesta válida es la del día de las elecciones, Felipe.

—¡Calla, pareces uno de esos politicuchos del PP! Mira, mira esto.

—Dame... es una carta. Para ti. Lleva el membrete de esa cosa nueva... puro populismo.

—Tu le llamarás populismo, pero yo le llamo decir verdades como puños, poner dedos en las llagas, avivar conciencias, despertar a los dormidos, mostrar que hay un camino... y mira, mira quien la firma.

—¡Coñó! ¡Él! No me digas...

—Te digo, Miguel, te digo. Y mira ahora, aquí en la web del partido... ¡Voy a estar en las próximas listas!

—¿Sí? Supongo que de los últimos.

—Pues no, listillo. Voy entre los quince primeros.

—En ese caso te veo de diputado, Felipe. Vaya, tío. Tú, de político. ¡Vivir para ver!

—No nos llames políticos. Somos luchadores, demócratas, partisanos, asamblearios... ¡Estamos llamados a lograr un mundo mejor! ¿Creías que no era posible? Pues ve cambiando de idea. Una sociedad justa, un reparto equitativo de la riqueza, que haya trabajo y vivienda para todos, en definitiva, el triunfo de los derechos humanos, es posible. Y también lo será el castigo para los tiranos, los dictadores, los explotadores, los corruptos, los talibanes, y los fascistas ultraconservadores.

—¡Menudo trabajo tenéis por delante!

—¿Crees que no podremos? Pues estás equivocado, porque podemos.

Miguel miro a su amigo. Lo vio como un iluminado, casi como un loco. Y sonrió con tristeza. Era evidente que le habían comido el coco. Pero no iba a ser él, su mejor amigo, quien le desengañase. Después de todo los sueños de Felipe eran hermosos.

Luego volvió a tomar la carta. Allá abajo, al pie de la misma, firmaba el líder de la utopía, Pablo Iglesias.

concursoderelatos
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  • 6 de Noviembre de 2014 a las 9:08
La última exigencia de Walter Husemann, ajustador metalúrgico.

Querido padre mío:

Sé fuerte, yo voy a morir como he vivido: combatiendo en la lucha de clases. Es fácil llamarse comunista mientras no hay que verter la propia sangre. Si se es verdaderamente comunista es la hora de la muerte la que lo prueba. Padre, yo soy un comunista. No sufro, padre mío, debes creerme. No le será dado a nadie verme flaquear. Hay que morir bien: éste es mi deber postrero. Enorgullécete de tu hijo, supera tu dolor: tú tienes todavía una tarea que cumplir. La debes cumplir doblemente, e incluso triplemente, porque tus hijos ya no están contigo. Pobre padre, feliz padre, que ha tenido que sacrificar a su ideal lo que tenía de más querido en el mundo. La guerra no durará siempre y tu hora llegará. Piensa en todos los que han seguido este camino y los que lo seguirán todavía. Y aprende esto de los nazis: cada debilidad se pagará con ríos de sangre. Por eso hay que permanecer duro. No lamento nada de la vida, sino quizás no haber hecho bastante. Pero mi muerte reconciliará a los que no siempre estaban de acuerdo conmigo. Oh padre, querido mío, mi buen padre, si tan sólo supiera que no te desplomarás a cauda de mi muerte... Manténte duro, duro, duro. Es ahora cuando puedes demostrar que has sido en el fondo del corazón, siempre, siempre, un combatiente de la lucha de clases. ¡Ayúdale, Friede, respáldalo, sosténlo! No puede dejarse abatir. Su vida no es suya sino del Partido. Ahora mil veces más que antes. Es ahora cuando debe demostrar que su convicción no está fundada sobre un ideal romántico, sino sobre una necesidad inexorable.

Cuida a Marta, es tu hija. Te ayudará a soportar mi desaparición. Transmítele mis pensamientos a todo el mundo, a todos los amigos, a todos los conocidos cuyos nombres no quiero citar. A cada uno de ellos le doy la mano con un profundo reconocimiento por el amor que me han demostrado.

Moriré fácilmente. Porque sé por qué. Los que van a asesinarme sufrirán pronto una penosa muerte, estoy seguro. Manténte duro, padre, duro. No retrocedas. En cada instante de debilidad recuerda la última exigencia de tu hijo Walter.

concursoderelatos
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  • 6 de Noviembre de 2014 a las 20:10

Proyectos utópicos.


Javier era un niño todavía cuando empezó a sustentar su primer sueño imposible, inspirado en “el coche del indiano”. Era a finales de los cincuenta y acababan de llegar al pueblo, con un mes de intervalo, dos vecinos que venían de “las Américas.” Uno de ellos, el más joven, conducía un inmenso haiga descapotable que no cabía por las estrechas callejuelas, viéndose obligado a dejarlo aparcado a la entrada de la aldea, justo delante de la casa de los padres de Javier. A éste, el fastuoso automóvil le hizo pensar en su hermano, diez años mayor que él, que llevaba dos en Venezuela. “Un día, mi hermano vendrá a buscarme o me mandará el dinero para el viaje –pensó-. Ambos haremos fortuna en aquel país y regresaremos a la aldea con un cochazo como éste cada uno.”

A Javier le gustaban los libros; hubiera sido un buen estudiante, pero sus padres no podían asumir el coste, ni siquiera de lo que entonces se conocía como “bachiller elemental” y que ahora llamamos ESO. Además, tenía que ayudarlos en las labores del campo. En su tiempo libre, Javier leía todo lo que caía en sus manos; daba igual si era la historia de los reyes godos, Don Juan Tenorio o La hermana San Sulpicio. (En aquellos tiempos, Karl Marx no estaba en los escaparates de las librerías) También le gustaba escribir poemas y relatos cortos y creía que si pudiera escapar de la aldea y viajar un poco por el mundo, un día sería capaz de escribir una historia que le haría famoso y rico. Para eso confiaba en que su hermano le ayudaría a dar el salto a América, una tierra donde los sueños se hacían realidad.

Los años fueron pasando y Javier nunca pudo cruzar el charco, simplemente porque su hermano tardó seis años en enviar su primera y única carta, una postal por Navidad que, donde debería figurar la dirección del remitente, habían escrito: Sin domicilio fijo. Los periódicos hablaban de disturbios en aquel país, incluso de guerrillas urbanas, y Javier no entendía que en un país que se suponía tan rico anduvieran a tiros; porque estaba claro que tenía que ser un país muy rico, de otro modo no se entendía que aquellos vecinos suyos, medio analfabetos, que llegaron allá con lo puesto diez o doce años atrás, regresaran ahora, uno, presumiendo de millonario y el otro paseando a las prostitutas de la ciudad en su haiga.

En cuanto cumplió los dieciocho, viendo frustrado el sueño americano, Javier empezó a recorrer el norte de España y algún pueblo de Francia cercano a la frontera, ejerciendo de peón de la construcción, de camarero, de pinche de cocina, de obrero en una fábrica… Aficionado al dibujo, en sus ratos de ocio se entretenía dibujando la casa de sus sueños, una especie de maravilloso palacete que retocaba o modificaba cada vez que se le ocurría una idea nueva. Un día que le vio dibujando, un compañero de trabajo, le pidió que se la enseñara:

-Es muy bonita –le dijo-, pero como no te toque el gordo de la lotería…

-No pienso ser un puto peón toda mi vida –dijo Javier.

-¿Ah no? Pues, ¿qué piensas hacer?

-Dedicarme a los negocios.

En realidad, Javier no pensaba en negocios sino en historias inventadas. Por las noches escribía cuentos a escondidas en una libreta y alimentaba la esperanza de que, algún día, aquel manuscrito se convirtiera en un best seller. Sin embargo no se le escapaba que, para escribir cosas realmente interesantes, era imprescindible viajar, conocer mundo y codearse con gente culta. París sería su objetivo inmediato; consideraba que de nada valía lo que había viajado si no llegaba a París. Pero antes tendría que dedicar unos meses a trabajar duro y ahorrar lo más posible. Llegar a la capital de Francia con algo de dinero en el bolsillo era condición indispensable.

Así se fue retrasando el viaje:

Mientras intentaba ahorrar, se enamoró de Luisa, una jovencita que, poco a poco y con dulzura, le convenció de que sus relatos en realidad no eran tan geniales y su proyecto de plantarse en París, sin dinero suficiente ni contrato de trabajo era una locura.

Se casaron, tuvieron tres hijos, Javier plantó árboles en una finca de sus suegros y escribió un libro de relatos y poemas que sólo leyeron sus parientes y amigos.

Muchos años después conectó en Internet con un grupo de escritores que competían en un concurso de relatos cortos que ellos mismos habían creado. Eran treinta, más o menos, y casi todos escribían muy bien. Sus trabajos se podían leer gratis en la Red. Javier empezó a participar asiduamente en este concurso, a la vez que iniciaba el borrador de su primera novela, con la esperanza de que algún editor que anduviera buscando nuevos valores se interesara por su obra. Pero, un día en un centro comercial, se quedó absorto ante la enorme montaña de libros que se apilaban en estanterías y expositores en el pasillo central, a la vez que se asombraba del escaso interés que mostraba la gente que pasaba junto a ellos sin dirigirles ni una mirada. Se paró a leer los títulos y los nombres de los autores: Mezclados con escritores de prestigio internacional, que exhibían volúmenes de mil páginas, asomaban tímidamente algunos, por lo general más flacos, cada uno con la foto de un personaje conocido de las tertulias de la tele, impresa en la portada.

Dos mujeres pasaron al lado de Javier y una exclamó:

-¡Ay, mira!, el libro de Belén Esteban.

La otra miró los libros de soslayo si detenerse y ella se apresuró a seguirla casi corriendo, como si se avergonzara de haber mostrado interés por un libro. Pero aquella exclamación quedó flotando en el aire y de la cabeza de Javier una bandada de pájaros huyó volando.

-Eh aquí la enorme diferencia –murmuró abatido-: a mí nadie me conoce; sólo tengo un puñado de lectores en Internet y son de los que andan a la caza de todo lo que sea gratuito, lectores que no pagan, la mayoría, ni un euro por un libro, por muy genial que éste sea. En cambio estos personajes, que entran cada día en todos los hogares por la ventana de la tele, como si fueran amigos nuestros, nos inoculan la necesidad de comprar sus obras porque, aunque ya conocemos casi todas sus intimidades, afirman que entre sus páginas hay muchas e insospechadas revelaciones. Así que pagamos generosamente sus libros y regalamos los nuestros. Y eso no es rentable; si no te llamas Ken Follet, y tampoco has pisado un plató en tu vida, pretender hacerte un hueco en la literatura es pura utopía.

Después de esta honda reflexión, Javier le dio la espalda a los libros y se alejó dos pasos. Desde allí contempló la montaña de papel y concluyó:

-A pesar de todo seguiré escribiendo.

concursoderelatos
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  • 6 de Noviembre de 2014 a las 20:54
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concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 6 de Noviembre de 2014 a las 20:59

Utopía de Ser o no Ser

Por mucho tiempo pensé que mis sueños, solo eran utopías. Desvaríos de mi imaginación.

Era divertido levantarme cada mañana y recordarlos en el desayuno con lujos de detalles, coloridos algunos; simpáticos otros y más atrevidos con el paso del tiempo.

Buscaba siempre en mi mente alguna relación subconsciente con una situación vivida las horas anteriores. ¿Cómo si tuvieran un significado?

Recuerdo que de niño me despertaba y muchas veces cerraba mis ojos para volver a dormirme y continuar soñando, como por ejemplo aquel en donde me seguía un duendecillo de gran gorro verde con pluma roja, mientras sostenía en su mano derecha el puñal que usaba en su carnicería y yo corría a refugiarme en la iglesia. Tarde tres noches en terminarlo, no podía dejarlo sin un final.

Lo peor de todo, a esa edad, siete años, no tenía ningún referente de imagen de capilla, nunca había estado en una. La conocí unos días después al morir mi abuelo de un tumor que habían tratado de extirpar sin éxito.

Eso sí, siempre era quien perseguía a los bandidos, manejaba los mejores autos, viajaba a lugares remotos, me encontraba en medio de guerras o situaciones peligrosas, saliendo airoso.

Al pasar los años, mis sueños fueron cambiando, mi ánimo se sosegó. ¡Era un adulto con responsabilidades! Deje de lado el sueño de ser escritor, para dedicarme a los números, algo tan exacto como frio.

Día a Día caía cansado a la cama, y al despertar ¡Ya, no recordaba nada! Esos sueños que muchas veces creía que eran premonitorios y de gran fantasía habían desaparecido.

Hasta aquella mañana… que me desperté confundido, solo atine a tomar un lápiz y papel y escribí un nombre y apellido para no olvidarlos. Para mí no tenían sentido, por eso te narraré lo sucedido.

Era la madrugada del 24 de Septiembre de 2014, encontrándome plácidamente dormido se proyectan en mi mente las siguientes imágenes en tono de grises.

Un gran camión atravesado en una estación de servicio, exactamente muy mal estacionado por cierto, vi como detrás de un gran ventanal un hombre bajo, con varios kilos de más, de cabello corto, ondulado, oscuro, mantenía una discusión con una joven delgada, de pelo largo, lacio y un poco más petiza que él, En un momento lo veo sujetándola del cuello por detrás amenazándola con un arma blanca.

Era como estar desde otra habitación oscura mirando lo que sucedía y recuerdo preguntar.

_¿Quién es?

_Carlos Ordoñez.

Me respondió una voz grave, impactante, con mucha certeza. Me desperté con la sensación de haberlo presenciado, con la impotencia de no saber qué hacer, y con el miedo de olvidarlo todo como me solía suceder.

Ese sueño lo recordé varios días sin poder hallar una explicación. Pensé si sería algo que sucedería, o hubiera sucedido o solo mi imaginación. Me preguntaba una y otra vez y ahora que sigue.

Al cabo de unos días ciento en la televisión que estaban buscando a una joven desaparecida.

Esa misma noche volví a soñar, esta vez, que una joven era perseguida por unos hombres armados a través de un bosque no muy espeso, pero destruido, era un día muy caluroso. Ella se esconde detrás de una gran piedra redonda, se la veía sedienta, cansada y atada de pies y manos.

Yo salía corriendo a su encuentro desde la vereda del frente, en donde pude observar un gran portón blanco lleno de banderines blancos con cruces de varios colores

Estoy desconcertado ¿no sé qué significan? ¿Si tienen relación entre sí? ¿A quién preguntar? Dirán que estoy loco.

Los medios de comunicación siguen informando que todavía no aparece la joven desaparecida, pero hay un testigo que vio que arrojaron desde un vehículo un cuerpo en un arroyo de la reserva a las afuera de la ciudad.

Me recosté unos minutos cerré mis ojos tratando de descansar. Me quede completamente dormido. El sonido de unos murmullos me trajeron imágenes, de un sitio muy blanco, y esas voces de hombres parecían por su vocabulario doctores, escuche que decían:

- está muerta, ¿ya saben qué hacer?

De pronto una compuerta se abre y la joven cae al agua transparente. La veo sumergirse y en ese último instante abre sus ojos y su mirada que grabada en mi mente. Por eso estimado Jorge como amigo y además por ser el mejor detective he decidido que eres el único que puedes comprenderme. Por tanto tiempo anhele recuperar ese don perdido. De cierta forma pensé que era algo inofensivo, era como un juego donde solo me involucraba con mi futuro, pero esta vez podría haber evitado una muerte, si hubiera tenido las agallas de decirlo antes, sin el temor a que se rieran o me prejuzgaran de loco ¡tendría que haberlo adivinado¡ Es irónico querer un don profético y no saber ni poder usarlo, da miedo. No me juzgues pero no podría soportar algo así otra vez. Como entenderás esta es mi despedida.

Gracias amigo y compañero.

Jack Holmes.

R2-D2
Mensajes: 3.188
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  • 6 de Noviembre de 2014 a las 22:59
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