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romi
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Escena de Navidad

13 de Diciembre de 2014 a las 21:35
Bubok

426- Escena de Navidad

Los días de las vacaciones de Navidad fueron corriendo. Trayendo amaneceres tibios llenos de escarchas, suaves mañanas húmedas, ratos de sol medio apagado y tardes rosadas. En invierno y en Navidad, los atardeceres en Granada, no tienen igual. Son mágicos y eso lo sabe bien la niña del Cortijo de la Viña y también él. “Los atardeceres más bellos del mundo”, dicen que son los de Granada.

Por eso aquella tarde, una tarde cualquiera de estos días de vacaciones de Navidad, dijo ella:
- ¡Ay que ver cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando el Anciano del cortijo del Laurel jugaba y caminaba con nosotros por estos campos. También parece que fue ayer cuando estuvieron por aquí mis tres mejores amigas. Y lo mismo digo de la Princesa, de Bandolero, de Albina, de… ¡Cómo pasa el tiempo!
Y después de estas palabras, casi un suspiro salido de lo más tierno de su alma, guardó silencio. Quiso preguntarle pero no lo hizo. La dejó en su paz, con el cuaderno del Anciano entre sus manos y mirando a través de los cristales de la ventana.

Frente a ellos, el fuego de la lumbre, les da su calor y la madre, la que nunca dice nada pero siempre es la más importante, miraba y también soñaba. Quiso también preguntarle pero tampoco lo hizo. La niña de nuevo comentó:
- Una y otra vez se me viene a la mente lo que en mil ocasiones ya he comentado contigo. El recuerdo del Anciano, su vida, los cuadernos escritos por él y, que al morir, me regaló, aquellos paseos tan bonitos que, por entre estos bosques, nos proporcionó, las castañas asadas en la lumbre a la luz de la luna, los tomates de su huerta, los ratos de contemplación junto a la corriente del arroyo y por donde la cascada del balneario. No sé si tú puedes olvidar esto pero, lo que es yo, no puedo. Un día y otro y una vez y otra vez, lo recuerdo.

Sin saber exactamente lo que le decía, lo miró y dije que sí. Que en el fondo tenía mucha razón en lo que estaba comentando. Y también le dijo que el tiempo, como el agua o como el viento, a todos se nos escapa de las manos. Y lo bueno o lo malo, con esta marcha del tiempo, se desvanece y también todos poco a poco nos vamos. Luego añadió:
- Se van las flores que con la primavera nacen y tanto alegran estos campos nuestros, se van las hojas de las nogueras cuando el otoño llega, se van las nieves que, en invierno blancas arropan las cumbres, se van las golondrinas que en primavera llegan, se van… Fíjate, hasta el borriquillo nuestro, tu caballo Enebro, la más hermosa de las Princesas, nuestra amiga imaginaria allá en aquellas lejanas tierras, Albina, Guela, Lera, Julia…Todo esto y mucho más, el tiempo se lo lleva a lo más hondo del olvido. Muchos de los amigos y amigas que has nombrado, cada día que pasa, nos borran un poco más de sus memorias, de sus corazones, de sus vidas. De la mente, del corazón, del alma de los amigos y conocidos, también siempre nos vamos yendo según pasan las horas, los días, el tiempo. Como el agua clara que desciende por los arroyuelos de las montañas.
Y creyó que, después de estas reflexiones suyas, ella iba a seguir preguntando. Descubrió en su cara que tenía ganas, necesidad de saber la respuesta a estas interrogantes.

Abrió el cuaderno del Anciano que tenía en sus manos y se detuvo en la primera página. Antes de leer le volvió a comentar:
- Fíjate que sencilla y, a la vez, bonita poesía dejó escrita aquí. Escucha despacio que te la leo.
Y prestó atención. Leyó muy dulcemente ella:

“Tú eres de tez blanca,

naciste en el país de los hielos,

transparente es tu alma

y eres amiga de los vientos.

Copo blanco que volabas

en busca de mundos nuevos

y te encontraste con Granada,

y en un abrazo más que tierno

con ella te hiciste savia.

Nieve purísima y azul

que en tierna sonrisa de hada

eternidad te has quedado

en el alma de Granada”.

Al terminar de leer este poema de nuevo guardó silencio. Siguió mirando por la ventana como transportada en un lejano y hermoso sueño. Sabía ella y sabía él que el poema que había leído pertenecía al Anciano. Por eso, al rato, de nuevo comentó:
- Como ya has hecho otras veces quiero que hoy también me leas despacio lo que el Anciano dejó escrito en este cuaderno. Si me lo lees tú creo que me gustará más. Quizá porque así puedo ir soñando todo lo que me vayas leyendo.
Le pidió que le diera el cuaderno que sostenía en sus manos porque ya estaba preparado para empezar a leer. Se dispuso ella a dárselo pero todavía lo retuvo unos minutos más entres sus dedos. Pasó a la siguiente página y en ella, como si pretendiera introducir el relato que contenía el cuaderno, leyó lo siguiente:

“Durante mucho tiempo, a todas horas y cada día la había soñado. En los días de primavera, cuando llegó el verano, en los meses del otoño… Y durante todo este tiempo, cada día había esperado algún correo de ella. Y, de una manera especial, ahora que se acercaba la Navidad, soñaba que le escribiera o que viniera”.

Y ahora sí, cerró el cuaderno y se lo alargó. Le dijo otra vez:
- Empieza a leer cuando quieras que te escucho con todo interés y respeto. Nuestro mejor amigo el Anciano, no se merece otra cosa. Luego, cuando termines este relato y los dos estemos preparados, vamos acoger nuestro borriquillo y, una vez más, volvemos a Granada. Ahora por Navidad, quiero ver y recorrer los lugares que recorrimos junto a ellos. La Alhambra con sus jardines, la Carrera del Darro, las calles y plazas del Albaicín, el centro de la ciudad… Porque pienso que aunque no los tengamos ni hoy ni nunca más, recordarlos en estos días y revivir en nuestros corazones sus sonrisas, es un acto de amor puro y una bellísima manera de tenerlos con nosotros. Empieza a leer lo que hay escrito en el cuaderno que tienes entre las manos. Te atiendo.
Y comenzó a leer despacio.

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