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jpiqueras
Mensajes: 2.808
Fecha de ingreso: 9 de Julio de 2009

13ª Edicion del taller de relatos : LA CUESTA DE ENERO. Aquí los RELATOS.

7 de Enero de 2015 a las 13:41

Acabaron las fiestas. Recogidos los adornos, el árbol y el tradicional pesebre quedan los hogares como revestidos de un leve toque de nostálgica desnudez. Espero que hayáis disfrutado mucho durante estas pasadas semanas. Y deseo que el año 2015 nos traiga mucha salud.


Si os paseáis por las calles del centro, si acudis a una gran superficie comercial, por todas partes veréis que nos tientan con una atractivas rebajas. Pero... el caso es que ya nos hemos gastado muuuucho en estas fiestas. Ahora toca apechugar con la temible CUESTA DE ENERO.

De modo que ya lo sabéis. Historias urbanas o rurales, infantiles o para adultos, dulces o amargas, pero eso sí, breves. Sin pasarse de las 1700 palabras. Y que de algún modo tengan que ver con estos días de rebajas y, sobre todo, con la cuesta de enero.

Como ya dejamos atras la edición número doce, y se supone que no hemos de hacer más comentarios, creo que con lo que resta de semana y las dos siguientes tendremos suficiente margen para esta edición. De modo que desde ahora hasta el jueves 22 de enero a las 22 horas, queda abierto el plazo de participación.

En este hilo, los relatos, por favor. Ya sabéis, de forma anónima. Luego me enviáis un mensaje para que conozca al autor o autora y puede comunicarle una clave.

Edición número 13... ¡No importa!
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 10 de Enero de 2015 a las 19:31

SUBIENDO LA CUESTA

“No sé si he sido demasiado atrevido, pero debo intentarlo, aunque solo sea por mí mismo, por mi autoestima”

“La verdad es que pensándolo bien, programando mi subida con cierto ritmo, pienso que lograré subirla. ¡Bueno, Juanito, déjate de filosofar que a tu edad ya has tenido tiempo! O empiezas, o llamas al 061 y pides ayuda. Al fin y a la postre lo has hecho sabiendo a lo que te exponías. ¡Vamos allá!”

“¡Joder lo que me está costando! Voy a parar un poco en este rellano porque no es que me falte la respiración, es que no soy capaz de meter en los pulmones ni un cm3 de aire. Voy a volverme a ver cuanto he logrado subir en esta primera etapa, vamos, como si estuvieras corriendo la vuelta ciclista, Juanito; es que me suena a cachondeo de mí mismo. Veamos cuanto subí”

“¡La madre que me parió! ¡Pero si no he subido ni la décima parte y me salen los sudores hasta por debajo de las uñas de los pies! No llego a la pensión ni empujándome. ¡Será posible!”

¡Pues yo no ataco la segunda etapa mientras a mis pulmones no les entre algo de aire!”

—Ah, ah, ah. Si es que no entra ni gota. Claro, en estas alturas es que ni hay oxígeno.

“Y yo me pregunto: ¿Por qué habrá construido ese tío la pensión ahí arriba? Ahora entiendo su exigencia a que le paguemos la habitación por adelantado. Seguro que ya se le han muerto más de tres en la cuesta, sin pagarle. Bueno, Juanito, vamos por la segunda. Una… dos… y…”

“¿Será posible que no haya sido capaz de mover ni un pie? Esto no puede ser, Juan; ponte serio, tío, que solo tienes ochenta y tres años. Venga, como los tronos de la Semana Santa. ¡A esta va a ser!”

“Tengo más cojo… que el caballo Espartero. A mí no se me resiste una cuesta ni borracho”

“¡Ufff, como me duelen los gemelos! Claro, con los pies puesto a cuarenta y cinco grados de las piernas, me tienen que doler los gemelos, los trillizos y las uñas de los pies. Yo no he visto una cuesta así en mi vida. Hay que tener mala leche para construir una pen… ¡Por fin, por fin casi llego a otro rellano!”

—Ah, ah, ah. Aire, Dios mío, da… me algo d…e a...ire. ¡Ah, ah, me ah…ogo!

“Juan, haz un esfuerzo, que tienes el siguiente rellano a medio metro”

“Si es que no puedo ni levantar el pie. Maldita sea la edad, la cuesta y la madre del jodio posadero. Me voy a tener que tirar en plancha, con los brazos extendidos para llegar al rellano. ¡Mira, mira como me late el chorra este! Ahora le da por montar a caballo al maldito corazón. A ver si ayudándome de los brazos y apoyando el hombro en la pared logro levantar un pie, luego otro… y… ¡Lo he logrado! ¡He terminado la tercera etapa, aunque haya llegado fuera de hora y, yo creo, que hasta fuera de año; pero no me importa, lo he logrado”

“No, Juanito, no mires para arriba para ver cuanto falta de cuesta, podrías desmoralizarte y si te fallan las piernas ruedas hasta abajo sin etapas ni leches. Eso sí, Juanito, para abajo puedes mirar, así te animas. Me daré la vuelta a ver cuanto…”

“¡Joder! ¡No hay derecho! Me vuelvo; esto no hay quien lo aguante. Llevo casi una hora subiendo la cuesta y resulta que aún me falta más de la mitad. ¡Mierda de vida, de vejez y de…”

“¡Anda, mira, ese no es viejo. A ver… Yo creo que no tiene más de veinte y ocho años. Sí, sí, amigo, empieza fuerte que ya vendrá Perico con la rebaja. Yo no me muevo de aquí hasta que termine de subir; este no sabe donde se ha metido”

“¡Vaya! El tío ha llegado a más de la mitad sin parar, pero… ¡Espera, espera, Juan, que te precipitas! Ja, ja, ja. Ya me decía yo que no aguantaba. Ahora que se ha parado a tomar aire, seguro que mira para abajo y se cabrea con la cuesta y con la pensión de mierda”

“Buenooo, bueno, esto me ha animado. Si un tío de veinte y ocho puede llegar hasta la mitad, casi sin resoplar, por regla de tres… un tío de ochenta y tres debería tardar la tercera par… Joder, algo no me cuadra; ni matemáticas ni leches. ¡Venga Juanito! ¡A por ellaaa…!

“¡La Virgen María!”

—¡Oigaaa!

“Pero cómo te va a oír, Juan de las narices. ¿Por qué no le pediste ayuda cuando pasó por tu lado? Ahora ya, llegando a la pensión, no es que no te oiga, es que ni quiere oírte. Venga, hombre, ánimos, que ya llevamos más de la mitad y todavía estás vivo”

—¡Ah! ¡Uff! ¡San Pe…dro… vend…itooo! Do… s pa…sos más y…

—¡Hombre, don Juan! Ya estaba yo algo preocupado por su tardanza.

—No… me ha…ga hab…lar aho…ra. ¡¡¡Ahhh!!!

—Pero, no estará usted enfermo. ¿Le ayudo?

—No, h…ombre, nooo. No m… ayu…de, que yo m…e sien…to a…quí mism…o.

—No haga usted eso, que la tarde está algo fría. Entre dentro que le voy a preparar un café bien calentito.

—Ya quisiera yo, amigo, pero, permítame que le haga una pregunta.

—Pregunte usted, don Juan, que aquí estoy yo para ayudarle en todo lo que necesite.

—Ya. Supongo que ya se lo habrán preguntado muchas veces, pero, ¿por qué le puso a la joia pensión Pensión Enero?

—¡Ja, ja, ja! Pues, usted mismo, don Juan, por la cuesta. ¿por qué si no? Qué preguntas hace.


concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 14 de Enero de 2015 a las 10:32

Paralelas

Últimamente Magdalena sentía un enorme vacío que no conseguía llenar. Era aún joven, decían los demás que atractiva, tenía el pelo brillante, rubio con doradas mechas y corte a la moda. Los ojos grandes pero cansados y las manos de uñas rojas, perfectas. En ese momento miraba por la ventana y pensaba que hacía un día muy agradable, lucía el sol blanquecino del invierno y fuera debía hacer mucho frío. Pensaba qué podría hacer aquella mañana para entretenerse y no pensar. ¿Y si llamaba a su amiga Elvira? seguro que estaría encantada, darían un paseo y se tomarían un café o un vermut. Y de paso podría enterarse de algunas cosas que se comentaban por el Club. Seguro que ella estaría enterada de lo de los Helguera con pelos y señales, porque Eduardo, su marido, siempre conocía hasta del último detalle de lo que pasaba a todo el mundo, sobre todo si tenía que ver con las finanzas y los negocios. ¡Quién hubiera dicho que Sixto Helguera iba a acabar en la cárcel por estafa y fraude!

A ella, realmente, lo que les sucediera a los Helguera no le importaba demasiado; por muy mal que les fueran los asuntos, nunca les faltaría de nada y ahora se vería si de verdad eran el matrimonio perfecto que aparentaban. Sintió un enorme cansancio, le pasaba a menudo últimamente, se miró al espejo y lo vio reflejado en su rostro, en sus manos también: temblaban. ¿Y por qué no se iba a caminar un rato, sola, tranquila, sin hablar con nadie? Tendría tiempo de pensar, lo hacía poco en aquellos días, porque siempre volvían a su cabeza los viejos demonios. Se vistió con ropa cómoda, recogió su pelo en una coleta baja y se puso una chaqueta que no pesaba y abrigaba mucho. Luego le dijo a María que se encargara ella de preparar la comida.

Aún era temprano, por eso el paseo de la playa estaba casi vacío. Subió la cremallera de su chaquetón hasta las orejas y metió las manos en los bolsillos, si caminaba a buen paso se levantaba una ligera brisilla helada que le dejaba la nariz como un carámbano. ¿Quería pensar? se dijo que no, pero acabó recordando a su hija, que se había ido con aquel hombre que podría ser su padre y que había acabado viviendo sola en Noruega, tan lejos. Pensó luego en Jaime, su marido, que cada día viajaba más y por más días, que le preguntaba, si se quejaba, a ver cómo iba a vivir ella tan cómodamente si él no trabajara tanto. Acabó pensando en su madre que era como el Pepito Grillo y siempre le decía lo que hacía mal, aunque a veces también lo que hacía bien.

Volvió a sentir aquella angustia, se recostó en la barandilla y miró el mar. Estaba calmado, azul grisáceo, como esperando a despertar de un momento a otro. Comenzó a sudar, tenía mucho frío pero sudaba, era el primer aviso de aquel ahogo que la asustaba tanto. No se lo había dicho a nadie, pero cada vez le pasaba más a menudo y empezaba a sentir miedo. Debería volver al médico. Dio la vuelta y regresó hacia la casa despacio. El paseo no le había servido de gran cosa. Seguía triste, cansada y preocupada, con esa sensación de vacío que la desesperaba. ¿Qué había hecho con su vida, quién la necesitaba, alguien se daba cuenta de lo que le estaba sucediendo? En la casa María limpiaba en el salón y las ventanas estaban abiertas, hacía frío también allí, la chica apenas si levantó la cabeza para preguntarle sorprendida ¿Ya ha vuelto usted? y siguió con lo suyo. Se dio una ducha bien caliente y se vistió. Se encontraba mejor, así que decidió que se iba a la calle, no quería pensar más. Estaban en enero y ya habían empezado las rebajas, iría a ver qué podía comprarse, aunque, en realidad, no le hacía falta nada.

***

Marta guardó la aspiradora. La alfombra del despacho del jefe siempre estaba llena de toda clase de porquerías. Luego vació las papeleras y echando una última ojeada, apagó las luces y cerró la puerta con llave. Corrió por la calle sin darse cuenta del frío que hacía. Tenía que llegar a tiempo a su siguiente trabajo, porque la señora tenía que irse a la oficina y debía quedarse con el niño y luego llevarlo al colegio. Echó cuentas mentalmente, porque hacer el recuento de lo que ganaría aquel día la compensaría del esfuerzo. Con lo del niño y la limpieza, lo del despacho de abogados y lo que conseguía por las tardes cuidando a doña Rita, podía pagar la renta de la casa y alguna cosa más, no mucho, pero por lo menos no andaba ahogada. Estaba contenta, la verdad, marcharse de casa, alejarse de Pedro, había sido lo mejor que había hecho en mucho tiempo. Ya no tenía miedo, se había demostrado a sí misma que podía vivir sola, que era capaz de ganarse la vida. Ahora caminaba erguida y a menudo se sorprendía con una sonrisa en la boca que brotaba al hilo de sus pensamientos. En la casa de acogida le habían ayudado mucho cuando se fue de la suya. Luego le habían enseñado cómo valerse por sí misma. Era muy joven y estaba sola, pero se había empeñado mucho, había apostado fuerte por conseguir salir adelante. Ahora vivía en un estudio en un barrio obrero. En una sola habitación tenía la cama, un sofá, una mesa y una cocinita metida en un armario y también un baño minúsculo. No necesitaba más. Había puesto tanta ilusión en aquel piso que quiso convertirlo en un hogar y lo había conseguido. Ahora era un lugar agradable y cálido.

Cada mañana Marta salía de la casa de su jefa, después de hacer las labores y debía quedarse por la calle esperando a que diera la hora para su siguiente trabajo. Cuando hacía buen tiempo era un placer sentarse en cualquier plaza o paseo y comer el bocadillo que se preparaba en casa. Pero ahora, en pleno invierno, aquello no era posible, por eso solía acercarse a cualquiera de los grandes almacenes de la ciudad y entraba en los servicios. En todos ellos había una zona para cambiar a los niños, alejada lo suficiente de los wáteres. Si no podía ser en otro lugar, se tomaba allí su bocadillo rápidamente. De vez en cuando se daba el gusto de entrar a un café y tomarse uno calentito. Aquella mañana agradeció poder refugiarse en las plantas llenas de gente, de ropa y cualquier otra cosa que uno deseara comprar, en uno de los más grandes de la ciudad. Las escaleras mecánicas subían y bajaban con compradores, unos con bolsas y otros esperando encontrar la ganga del año. Ella no pensaba comprar nada, pero le hizo ilusión pensar que también había ido de rebajas. Dio vueltas por las plantas esperando a que diera la hora para comer su bocadillo e irse a trabajar. ¡Cuántas cosas! Le hubiese venido bien un pijama nuevo, pero costaba cuarenta euros y eso que estaba rebajado. ¡Ni soñar! Volvió de nuevo a la planta baja y se dedicó a mirar bolsos por hacer algo. Vio uno que llamó su atención, era sencillo, de líneas puras con las asas cortas y un color guinda precioso. La piel parecía suave y flexible; se acercó con la intención de tocarlo: Mmm. sí, lo era. Miró la etiqueta del precio ¡trescientos sesenta euros! ¡Qué horror, si ella no ganaba mucho más en todo el mes! Iba a soltarlo como si quemara y justo entonces una mujer se lo quitó de las manos, la miró de arriba abajo y le preguntó si pensaba llevárselo. ¿Ella? ¡Qué risa! ¡Qué más quisiera! Si pudiera gastar ese dinero se compraría el pijama y el resto lo guardaría, por si acaso las cosas se complicaban.

Miró a la mujer, rubia con brillantes mechas doradas en un estupendo corte de pelo a la moda, la observó atentamente porque tenía algo en los ojos de profunda tristeza. Iba vestida muy elegante. Agarró el bolso como el que consigue un trofeo y sin apenas mirarlo, se lo alargó a la dependienta: Me lo quedo, le dijo sin ningún entusiasmo. Ni siquiera le había mirado el precio, pensó Marta. Debía de ser estupendo poder comprar así, sin tener que preocuparse por lo que cuestan las cosas. O a lo mejor no, no parecía que le hubiera hecho mucha ilusión. Miró el reloj y se dio cuenta de que era hora de marcharse. Justo en la puerta las dos mujeres se encontraron de nuevo, Magdalena, con la bolsa en una mano, pasó primero, salió a la calle y desapareció entre la gente. Marta la vio marchar y luego se fue corriendo porque el semáforo se estaba poniendo en verde y no quería perder más tiempo. Entonces se percató de que no había comido su bocadillo.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 15 de Enero de 2015 a las 23:05

Granujas de medio pelo


—Deberíamos decirle a su padre que le hable. No me gustan esos amigos de Omar.

—A mí tampoco. Le llevan por mal camino. Pero mejor sería que le hablases tú, Fátima. Es hijo tuyo.

—Pero vosotras cuatro sois también del harén. Y tú eres la favorita…

—¡Que Allah nos proteja! Mira, ya están aquí.

****************************************

—¿A dónde vas, hijo?

—Lo sabéis perfectamente, padre. Como siempre. Voy a la mezquita con mis amigos.

—Ya… ¿Estudiáis el Al Corán?

—No exactamente. InshAllah, padre.

—InshAllah, hijo.

***************************************

—¡Venga, Omar! Trae esas cosas y sube a la furgoneta. Sólo nos falta recoger a Ahmed y estaremos todos. Vamos a su casa.

***************************************

—Veamos… ¿Los kalashnikovs?

—Aquí están los tres.

—¿Las chilabas y los palestinos?

—Los traigo yo, como quedamos.

—¿Los chalecos antibalas?

—De esos te encargabas tú.

—¡Ah! Es cierto. Aquí los tengo… ¿Y la munición? ¿Los cargadores?

—Aquí están… en esta caja.

—¿Te aseguraste que fuesen del calibre adecuado?

—Eh… este… sí.

—Pues vamos allá. Hay que vengar al profeta. Esos infieles pagarán caros sus insultos.

—¡Se van a enterar esos miserables!

*****************************************

—¡Coño, Ahmed! ¿Te has vuelto loco? ¡Esta munición es de fogueo!

—¡Menudo ridículo!

—¡Y menos mal que a Mustafá se le ocurrió decirles que éramos los de “Cámara indiscreta” y que todo era una broma para la tele!

—¡Pero maldita sea, Ahmed! ¡Has hecho fracasar la misión!¡Los infieles siguen allí y sus insultos no han sido castigados!

—¡Yo no sabía que esa munición no mataba! Compré, es cierto, la más barata que encontré. Pero que caiga ahora mismo fulminado si no es cierto que tenían el mismo aspecto que los otros cartuchos. Y por Allah, que los otros eran carísimos.

—¡Coño, Ahmed, que te di un buen puñado de euros para comprarlos! ¿Qué más te daba a ti si eran más caros?

—Es que… es que me dio pena mi padre y le di casi todo el dinero.

—¿¡Le diste el dinero a tu padre!? Pero Ahmed, ese dinero…

—Hace unos días, desde mi cuarto, escuché sin querer una conversación de mi padre con su banco. Les pedía y les suplicaba que le permitiesen aplazar unos pagos pendientes. Les decía “¿Saben eso que los infieles llaman la “cuesta de enero”? Pues a mí me ha pasado algo parecido con los festejos del Muharraq. Y además tuve que cambiar toda la instalación del Hamman, por culpa de la última helada… sólo un par de meses, por favor… ¿La casa? ¿Tres de mis esposas? ¿Todo eso me embargarán? ¡Ay, pobre de mí, que Allah me proteja! Por piedad, señores…”

—Vaya, pobre hombre… ¿Y qué hiciste?

—Le di casi todo el dinero. Se volvió loco de alegría. Pero claro, con lo que me quedó no podía comprar los cartuchos aquellos tan caros. Así que compre estos otros a precio de saldo en las rebajas. ¡Estaban muy rebajados, Mustafá! ¿Lo comprendes? ¡Eran una promoción especial, una oferta única!

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 22 de Enero de 2015 a las 19:44

Blue Monday”

—Nieva otra vez, mamá —Laurita tiene pegada la nariz al cristal helado—. Jo, hace frío. Pon la calefacción...

—Ya está puesta.

—Pues hace frío. Ponla más fuerte.

—No. La voy a apagar que tú tienes que ir al cole y yo a trabajar. Anda —Magda agarra a su hija del brazo con suavidad—, ve a desayunar.

La niña se baja de la banqueta dejando un cerco de vaho donde su aliento había llegado al cristal. Con cara de disgusto se acerca a la mesa y comienza a revolver en el tazón con la cuchara, sin ninguna intención de llevársela a la boca.

—No me gustan estos cereales. Se quedan muy blandos. ¿Por qué no traes de los de antes?

—Porque son muy caros y tampoco te los terminabas nunca. Venga, toma un par de cucharadas más.

—¡Que no, que no y que no!

—Que paciencia hay que tener... Ponte las botas de agua, mientras voy a coger la mochila. Luego busca en el armario el impermeable y la bufanda.

—Y las manoplas…

—Y las manoplas. No te duermas, que al final perderemos el autobús.

Al salir del portal notan en la cara los cientos de pinchazos del aire gélido que envuelve diminutas chispitas de nieve. Laurita, encantada, camina a saltitos sobre la fina capa blanca y resbaladiza que cubre la acera. Su madre acaba agarrándola de la mano enfundada en la manopla roja, para evitar que tanto entusiasmo la lleven al suelo. El trayecto de apenas dos manzanas parece eterno y llegan a la parada del autobús en el último momento.

De camino a la estación de metro, Magda hace una parada en el cajero automático, sólo para comprobar lo que ya sospechaba: su saldo no ha subido de los ciento treinta euros. Y ya es diecinueve de enero. Como cada mes, Juan no ha hecho el ingreso de la pensión de manutención a tiempo. Sabe que, como siempre, él jugará a tirar de la cuerda y aflojará cuando esté a punto de romperse. Así se divierte. Se sorprende de sentirse tranquila e incluso aliviada. Al fin y al cabo esto le da la razón. Juan es un cabrón e hizo bien en divorciarse, a pesar de lo que decía su madre. Sin embargo la razón no va a dar de comer a su hija, ni a pagar la luz, el gas...

Sin casi saber como, Magda llega a la oficina y enciende la luz. Es la primera, siempre es la primera. Los demás llegan cuando les sale y no pasa nada, pero si se le ocurriera hacerlo a ella... Desde luego ha nacido para “pringada”. Después del fin de semana, la temperatura apenas difiere de la de la calle. Seguro que el incompetente del jefe, en su campaña anti-crisis, ha cambiado el temporizador del termostato. Mientras hurga en la caja del programador de la calefacción, le viene a la cabeza que dentro de la campaña de marras, el muy sinvergüenza, también aplazó “sine die” el cobro de la última paga extra. Él, claro que sí, estrenó su nuevo Q7 yendo a esquiar Suiza en Navidad.

—¡Qué hijo de puta! —No puede evitar casi gritarlo.

Se se sienta, derrotada, sin quitarse el abrigo y busca en un cajón del escritorio el paquete de “Lucky” de emergencia. Año y medio sin fumar, pero es que es eso o reventarse la cabeza contra la pared. Con un cigarrillo en la boca, revuelve en el mismo cajón y encuentra el mechero. Aunque no debiera hacerlo dentro, enciende el pitillo, pensando en lo que haría si tuviera un lanzallamas. Y sonríe, triste, pero sonríe, mientras se pierde en las volutas de humo que tiznan de gris sus pensamientos. Este va a ser un duro día, un duro mes, un duro año...

jpiqueras
Mensajes: 2.808
Fecha de ingreso: 9 de Julio de 2009
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  • 22 de Enero de 2015 a las 22:36
Cuatro relatos. Es lo que hay.
Muchísimas gracias a sus autoras o autores.
Queda cerrado el plazo de participación. Pasamos a las votaciones. Y luego, la semana próxima, a los comentarios.
Nos vemos en el hilo de comentarios.

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