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romi
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429- LA MUCHACHA DEL RAMO DE FLORES //Gc

14 de Febrero de 2015 a las 12:24

Bubok

429- LA MUCHACHA DEL RAMO DE FLORES //Gc
San Valentín 2015 http://1drv.ms/1zCCvej

Lo primero que hizo fue buscar un buen mapa de Granada. Donde apareciera y se viera con claridad no solo los barrios, calles y plazas de la ciudad sino también los rincones y lugares que nunca muestran los mapas y las guías. Y cuando tuvo en sus manos este mapa, lo segundo que hizo fue estudiarlo despacio. Para conocer a fondo todo el plano e ir, sobre el papel, anotando al tiempo que investigaba. Y cuando hizo esto, lo tercero que llevó acabo fue señalar sobre el mapa los sitios: Arco Elvira, Cuesta Alhacaba, Plaza Larga, Mirador de San Nicolás, Ermita de San Miguel Alto, ladera de las cuevas con su muralla y las puestas de sol al fondo, Cuesta de Chapiz, río Darro y Paseo de los Tristes, Cuesta del Rey Chico, jardines y murallas, puertas, calles y plazas de la Alhambra y el Pilar de Carlos V y Plaza Nueva.

Y cuando ya tuvo todo esto muy bien señalado sobre el mapa, con muchas anotaciones en los márgenes y en un cuaderno a parte, lo cuarto que hizo fue irse por las calles a buscarla. Como si se tratara de salirle al encuentro después de mucho, mucho tiempo esperándola. Y también como si su corazón se lo estuviera pidiendo con urgencia porque la necesitaba tanto o más que el aire que respiraba. Por eso, desde el primer día que tuvo el mapa en sus manos, cada vez que iba o venía por las calles de Granada, por el barrio del Albaicín y por donde la colina de la Alhambra, miraba y soñaba. Y miraba con gran interés a todas las muchachas que con él se cruzaban y en su corazón se decía: “Ésta es hermosa y parece que la bondad le chorrea por la cara pero la que yo sueño, la que estoy esperando para compartir con ella todo lo que deseo y siento, seguro que es mucho más bella”. Y miraba y miraba y soñaba mientras tomaba fotos, recorría las calles y escribía más y más nombres y cosas sobre el mapa y en su cuaderno.

Y así fue como una clara tarde de primavera, ya casi al final del mes de mayo, una vez más salió de su casa con el mapa y el cuaderno en sus manos. Como hacia su encuentro aunque todavía no tenía claro ni su nombre ni dónde o cómo encontrarla. Pero salió de su casa también con la cámara de fotos preparada y bajó lentamente por la calle. Rozó los jardines del Hospital Real y se acercaba a Plaza Elvira, cuando la vio. Subía en dirección contraria, sola, con una pequeña mochila colgada de su hombro y, en su mano, un ramo también pequeño de flores recién cortadas. La miró despacio y miró el ramo de flores y al cruzarse con ella, quiso pararse para preguntarle y hablarle del sueño que en el corazón llevaba pero no lo hizo. Dejó que se cruzara mientras la miraba fijamente y observaba el ramo de flores. Y descubrió que era hermosa, tal como muchas veces la había soñado y también se dio cuenta de que su pequeño ramo de flores era muy especial.

Lo llevaba muy bien sujeto en su mano y en él se entrelazaban margaritas blancas y amarillas, campanillas también silvestres, rosas y moradas, un par de amapolas, otras flores también amarillas y algunos tallos de hierba fina para decorar y embellecer a su ramo de flores. Y mientras la observaba y miraba su original ramo, se dio cuenta que ella lo portaba no solo con elegancia y mimo sino también con ternura y suavidad. Por eso se dijo: “Parece como si en este momento no hubiera en el universo nada más importante que ella y este pequeño ramo de flores. ¿Dónde lo habrá cogido y por qué lo mima tanto y a dónde lo llevará?” Y mientras esto se preguntaba y la miraba, veía que seguía subiendo por la calle, alejándose de él sin ni siquiera una mirada. Pero él sí la grabó en su corazón y la transformó en su alma. Por eso, mientras seguía bajando con ella en su mente, de vez en cuando, se volvía para atrás y miraba para verla alejarse. Y cada vez que esto hizo para sí exclamaba: “¡Dios mío, qué hermosa y cuanta eternidad lleva en sus manos!”

Torció por la calle Cuesta Alhacaba, subió despacio parándose de vez en cuando para mirar para atrás y observar la tarde al tiempo que la recordaba y, al poco, llegó a Plaza Larga. La imaginó por el lugar con su ramo de flores y su mochila y se imaginó a sí mismo a su lado, con el mapa extendido y explicándole la historia, los lugares y la originalidad del rincón. Luego la siguió imaginando caminando a su lado por el Arco de las Pesas y torciendo por la calle de la izquierda, rumbo al Mirador de San Nicolás. Al típico y tópico lugar del barrio del Albaicín y donde, como todos los días del año, las personas se amontonaban. Vendiendo cosas, algunos, cantando y tocando la guitarra, otros y muchos, haciéndole fotos a la Alhambra, con el fondo de Sierra Nevada.

Pero como la tarde era muy clara y el sol lucía con una luz especial, para él el rincón también se convertía en un cuadro muy bello. Se acercó, sacó su cámara, hizo algunas fotos, miró despacio a un lado y otro y la buscó entre las personas. Sabía que la había visto minutos antes subiendo por la calle con su ramo de flores y la mochila pero ahora soñaba encontrarla entre la muchedumbre concentrada en el mirador. Porque su corazón de este modo se lo decía. Y por eso miró y miró y aquí y allá le parecía verla en ésta y aquella joven que hacía fotos a la Alhambra o simplemente miraba charlando con sus amigas. Y se marchaba, después de un buen rato mirando y esperando, cuando la vio. Pegada a la pared de la iglesia de San Nicolás, acostada a todo lo largo y sobre el fino empedrado granadino y con un libro en la mano. Su cabeza descansaba sobre la mochila y por el suelo se derramaba la hermosa mata de pelo negro. Y junto a su cabeza y pegada a la pequeña botella de agua, se veía el ramo de flores. Fresco y brillante como el que momentos antes le había visto en la mano mientras subía por la calle. Pero ahora, tanto el ramo de flores como su pelo y su cuerpo, parecían mucho más hermosos. Como si de todo su cuerpo manara una luz especial, misteriosa y al mismo tiempo, irreal. Y es que el sol de la tarde se derramaba directamente sobre su rostro y bañaba todo su cuerpo y el ramo de flores junto a la botella de agua.

A cierta distancia, para no distraerla o molestarla, se quedó parado mirándola y pensando. Quiso sacar su cámara de fotos y fotografiarla para llevársela de recuerdo pero no lo hizo. También quiso acercarse y saludarla y preguntarle pero tampoco lo hizo por temor a importunarla. Quiso ponerse a sus espaldas y, a contraluz, situarse cerca de ella observarla desde menos distancia pero tampoco lo hizo por temor a manchar la belleza de su cara y sueño. Por eso, durante un buen rato, estuvo observándola desde la distancia y comprobando como inmóvil, tumbada sobre el empedrado, bañada de sol y con su ramo de flores y libro en la mano, disfrutaba de la tarde y del rincón. También del vientecillo y el azul del cielo y del murmullo que a su alrededor se generaba. Para sí, otra vez se dijo: “Es la que desde hace tanto, estoy soñando porque mis ojos la ven envuelta en la misma belleza que en mi alma la tengo dibujada. Y Dios mío, cuanta belleza y misterio refleja”. Abrió su mapa, lo miró despacio, miró los apuntes que en el margen tenía escritos y deseó compartir con ella tanto el rincón como la Alhambra, las blancas nieves que a lo lejos reflejaba Sierra Nevada y la tarde y el sol. Lo deseó con todas sus fuerzas porque era la que desde hacía muchos, muchos años, estaba esperando.

Pero dobló el mapa, guardó su cámara de fotos, caminó despacio hacia la plaza por donde el aljibe, tomó por la estrecha callejuela que discurre pegado y por entre los restos de la vieja muralla Zirí y bajó las escaleras hacia el corazón del barrio. Sin dejar de pensar en ella y sin dejar de mirar a todas las que, en dirección contraria, se cruzaban. Miraba como buscando lo que tanto y tanto, a lo largo de su vida ha necesitado. La misteriosa y a la vez hermosísima hada de sus sueños y que, en muchas ocasiones, le había parecido ver por las calles de Granada. Y esto, no solo esta tarde sino la anterior y la de dos meses más atrás y la de un año y otro año.

Recorrió las tortuosas y estrechas callejuelas por detrás de la iglesia del Salvador, la principal iglesia del barrio del Albaicín y se encajó en la Plaza Aliatar. La que, hasta con los ojos cerrados conocía de tantas y tantas veces como por aquí había pasado. Por eso no se paró mucho. Siguió caminando, cruzó por delante de la iglesia del Salvador y poco a poco, fue tomando la calle que lleva a la Cuesta de Chapiz. Por aquí continuó bajando, con la cámara en la mano, mirando a todos los que se le cruzaba y observando la vista de la Alhambra sobre su colina, al fondo. Varias veces se paró para mirar más despacio tanto los rincones de las calles como los balcones llenos de macetas con flores y también el aljibe de la derecha, el camino del Sacromonte y el Carmen de la Victoria. Y cada vez que se iba encontrando con estos sitios o se paraba para observar, se decía: “¡Que dicha no sería para mí ir por aquí con ella explicándole todo esto! En el mapa que llevo conmigo lo tengo bien anotado y en mi corazón, en forma de sueño, lo tengo todo repleto de emoción”.

Al final de la Cuesta de Chapiz, dejó a su izquierda el bello palacio de los Cordova y al poco, se dispuso para cruzar el puente del Aljibillo. El último puente que el río Darro tiene por aquí, al lado de arriba del Paseo de los Tristes y que da paso al camino que lleva a la Fuente del Avellano y a la famosa Cuesta del Rey Chico. Por eso, mientras se iba aproximando al puente para cruzarlo con la intención de continuar por la Cuesta del Rey Chico, a su mente y en forma de vivencias, acudieron las mil veces y tardes que a lo largo de los meses y años, había pasado por aquí. Siempre buscándola, siempre con la ilusión soñándola, haciendo algunas fotos de ves en cuando con la esperanza de compartirlas con ella algún día y en algún momento pero comprobando una y otra vez, que ni se presentaba ni llegaba en momento. Por eso, al terminar de cruzar el pequeño pasillo empedrado del puente, como distraído, miró para su derecha. Por el lado en que las claras aguas del río Darro se alejaban hacia el centro de Granada y también hacia los últimos rayos del sol de la tarde. Al fondo descubrió el amplio espacio del Paseo de los Tristes, la figura de la iglesia de San Pedro y, más al fondo y en lo alto, la robusta figura de la Alhambra. Y al ver la imagen, una vez más sintió dolor, algo de nostalgia y cierta desazón. A su mente acudieron todas las tardes y mañanas que por este rincón había vivido y los recuerdos que en todos esos momentos por aquí había ido dejando. Por eso, aunque una vez más se le presentaba hermosa y robusta la figura de la Alhambra, ni le parecía hermosa ni interesante ni misteriosa aunque lo fuera. Se dijo: “Es el típico tópico de todos los que observamos la Alhambra desde este rincón. Pero yo la tengo ya tan manida, fotografiada y observada que más que sentir placer me entrega amargor”. Terminó de cruzar el puente y, tal como iba mirando para el lado en que se alejaban las aguas del río, de pronto se quedó quieto y fijo en un punto. Sobre la pared de este lado del río y explanada del Rey Chico, la vio sentada. Con su mata de pelo negro tapándole parte de la cara y cayéndole sobre los hombros y espaldas. Con un libro abierto en sus manos y, a la vez que leía en este libro, miraba para el comienzo de la Cuesta del Rey Chico. Sobre el muro mismo, a su derecha, se veía su mochila y a su lado, el pequeño ramo de flores silvestres. Las sombras de los árboles que crecen ahí mismo, la arropaban y el vientecillo que subía desde el río y del lado de la Plaza del Paseo de los Tristes, lo acariciaba. Y frente a ella, en la pequeña explanada que sirve de pórtico al edificio del Rey Chico, dos o tres niños jugando.

Desde el mismo puente y parado frente a ella, aunque a cierta distancia, la observó despacio. Intentando comprender por qué de nuevo se la encontraba en este sitio y con su mismo ramo de flores. Pero enseguida se ocupó en lo que representaba su bella imagen allí sentada, leyendo un libro, sola, como de espaldas al mundo, a la sombra del verde árbol, no lejos de la Alhambra y como en su regazo. La imagen era muy hermosa y estaba llena de misterio y justo en el momento en que su corazón más lo necesitaba. Una vez más pensó hacerle una foto, quiso acercarse, saludarla y preguntarle. Para, de alguna manera, sentir la dicha de tenerla cerca y compartir con ella algo de su mundo interno. ¡Tanto y tanto tiempo buscándola cada tarde y día por las calles de Granada! ¡Tanta soledad y melancolía inundando siempre su interior!

Pero no. Agachó su cabeza, continuó caminando, comenzó a subir por la Cuesta del Rey Chico intentando llevársela solo en la mente. Se dijo: “Como si hubiera sido un sueño. Toda hermosa, llena de luz y belleza, repleta de gozo espiritual y casi perfecta. Tan perfecta que solo existe en la dimensión de lo intangible. Pero aun así, Dios mío qué bello”. En la sombra de los álamos que hay al comienzo de la Cuesta del Rey Chico, comenzó a cantar un mirlo. Por el vientecillo de la empedrada calle en este primer tramo de la cuesta, se percibían aromas de celindas y rosas mientras las sombras de los árboles se derramaban sobre el empedrado de este primer trozo de calle. Miró despacio a un lado y otro de la cuesta, siguió subiendo y al poco se encajó en la primera curva del camino. Durante unos minutos aquí estuvo parado, observando la imagen de la Alhambra que, sobre la colina, al frente y por el lado de la tarde, se alzaba. Siguió luego y poco a poco fue contando cada paso en las escaleras empedradas de la empinada cuesta. Por la derecha le iba escoltando la recia muralla que en estos tiempos todavía protege a las tierras del bosque de la Alhambra en la umbría norte. Pensó en ella varias veces y cuando por fin terminó de remontar el último tramo de la cuesta, se encontró en el pequeño rellano de los olivos. Justo por donde corre el agua de la Acequia Real, al lado mismo del camino y por el exterior de la muralla de la Alhambra. Le saludó la primera torre de este rellano, conocido precisamente con el nombre de El Paseo de las Torres. Y la primera de todas estas torres, subiendo por la Cuesta del Rey Chico, es la Torre de los Picos. Donde justo se abre una puerta conocida como La Puerta del Arrabal y que en otros tiempos comunicaba los recintos de la Alhambra con los del Generalife.

Saludó con entusiasmo este bonito recorrido de los olivos y siguió subiendo. Dejó atrás la segunda torre conocida con el nombre de Torre de Cadí y al aproximarse a la tercera torre, la conocida como Torre de las Cautivas, de nuevo la vio. Sentada en el suelo, con sus espaldas apoyadas en uno de los grandes bloques de piedra que por aquí sirven de bancos y con sus pies extendidos hacia las aguas del riachuelo. Tenía su mochila puesta sobre la gruesa piedra y en ella descansaba su cabeza. Por eso su negro pelo quedaba esturreado, parte sobre toda la mochila y parte sobre la piedra, colgando algunos mechones por los lados. En sus manos sujetaba un libro y, mientras recibía de lleno el sol de la clara tarde, leía. Por eso la imagen, frente a las recias murallas de la Alhambra, junto a las aguas del riachuelo, entre las torres más emblemáticas y bajo las ramas de los olivos, era bella. Romántica, muy poética y misteriosa. Desprendía mucha paz e invitaba al corazón a soñarla única.

No detuvo sus pasos pero sí, en cuanto la vio, el espíritu se le llenó de gozo y algo de tristeza y otra vez quiso sacar la cámara y hacerle una foto. Pero de nuevo tuvo miedo. Sin embargo, para sí se dijo: “¿Cómo es posible que me la encuentre en tantos lugares, siempre leyendo, solitaria, en silencio y con su ramo de flores?” Quería encontrar una respuesta a la pregunta mientras pasaba justo por detrás de ella sin molestarla. Y fue en este momento cuando descubrió el pequeño ramo de flores silvestres. Lo había soltado en el suelo, muy cerca de ella, a su derecha y junto a su botella de agua. La corriente del arroyuelo salpicaba en pequeñas gotitas y por eso las flores se veían muy frescas. Pasó de largo, miro un momento las ramas y sombras de los árboles, olivos, almeces, avellanos… y al poco cruzó por debajo de la Acequia Real. Rozó la Torre del Agua, bajó por la acera que, desde la parada del autobús lleva a la Torre de las Cabezas y desde aquí a la Alhambra y siguió bajando. Al poco rozó el Pilar de Carlos V, lavó sus manos en las aguas, hizo algunas fotos y comenzó a bajar por la calle Cuesta Empedrada. La cuesta que desciende desde el Pilar Carlos V hasta la Puerta de las Granadas, entrada principal a los bosques de la Alhambra.

Y bajaba metido en sí, distraído en las sombras y luces de la tarde por este bellísimo rincón, cuando al llegar a la estatua de Washington Irving, la vio de nuevo. Ahora acostada a todo lo largo del banco que hay al lado de arriba de la estatua. Por eso casi se confundía con la forma del banco aunque alzaba sus manos sosteniendo un libro y sobre el pecho, descansaba el pequeño ramo de flores. Y en esta ocasión la miró como de reojo pensando que no lo vería y cuando ya estuvo unos metros por debajo del banco y de la estatua, sí le hizo una foto. Desde bastante lejos y por eso ni se veía su cara ni la mochila ni el ramo de flores. Pero se sintió satisfecho y continuó bajando. Solo unos metros más adelante, cruzó el arco de la Puerta de las Granadas y cinco minutos después se encajaba en el rellano de Plaza Nueva. Torció para la izquierda, tomó el comienzo de la Carrera del Darro y caminó hacia el Paseo de los Tristes. Cabizbajo y sin dejar de mirar a todas las muchachas que con él se cruzaban. Con el deseo de encontrarla de frente y cerca para colmar la necesidad de su corazón.

Y caía el sol porque la tarde estaba llegando a su final, cuando alcanzó la altura de los restos arqueológicos conocidos con el nombre del Puente de los Tableros y aquí se paró. Se acercó al muro que, por la derecha, encaja al río y miró a la corriente. Sin otra intención que llenar el tiempo en observar las aguas y las plantas. Y miraba, como abstraído por completo de todo lo que le rodeaba, cuando se dio cuenta que la luz de sol llenaba de un color muy especial toda la gran ladera y bosque que desde el río sube hacia la Alhambra. Y la volvió a ver. Pero ahora no sentada ni acostada leyendo y disfrutando de los rayos del sol sino como alejándose desde el río, bosque arriba, en forma de luz doraba y verde y agua clara. Restregó sus ojos y quiso llamarla pero no lo hizo. Tampoco sacó la cámara. Simplemente se quedó tal como estaba, observando la tarde irse e intentando comprender lo que antes sus ojos tenía. Se sintió solo, quiso llamarla, quiso irse con la luz de la tarde y abrazarla para siempre allá donde su corazón la soñaba. Pero lo único que hizo fue escribir, en una de las hojas de su cuaderno, estos versos:

Cuando los días se lleven
las tardes cálidas,
las horas de melancolía,
y las blancas
mañanas de primavera
de mi alma,
cuando las horas arruguen
la belleza de tu cara
y el tiempo te oculte en silencio
allá en el alba,
cuando la noche te borre
entre las sábanas
de los recuerdos sin nombre
y en las playas
del infinito apagado,

aun quedará en el aire,
en la sombra de las plazas
y por las calles
de esta ciudad encantada,
tu aroma en forma de sueño
y flores blancas.

Porque fuiste aquella tarde
la fantasía soñada
de un corazón enamorado
que buscaba
tu presencia por los rincones
de Granada.

http://1drv.ms/1zCCvej

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Autor: aitorzarate

   

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