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romi
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Las tres Alhambras de Granada

8 de Marzo de 2015 a las 20:46
Bubok

430- LAS TRES ALHAMBRAS DE GRANADA http://1drv.ms/1GbvpVl

Lo vieron muchas veces caminando solo. Por las plazas, rincones y calles de Granada y, más en concreto, por las orillas del río Darro, jardines y entorno de la Alhambra y barrio del Albaicín. Nadie se fijaba en él porque eran muy pocos los que le conocían y, por eso, con nadie se paraba ni charlaba. Solo caminaba, mirando atentamente, a veces, a las personas con las que se cruzaba y, otras veces, a la Alhambra, bosque de la umbría, riveras del río Darro y barrio del Albaicín. Nunca nadie supo quién fue ni qué era lo que buscaba y, menos aun, qué sentimientos o sueños, en su corazón latían.

Y aquella tarde de invierno, ya final de febrero, florecidos los almendros, con mucha nieve sobre las cumbres de Sierra Nevada y sin ninguna nube en el cielo, se le vio por la orilla del río Darro. Solo y caminando lento, como tantas otras veces pero hoy, como si fuera al encuentro de algo muy concreto. Caía el sol y por eso, la Alhambra, una vez más, refulgía como bañada en oro, sombras y misterios. Llegó al final del paseo, torció para su izquierda, subió despacio la cuesta hoy conocida con el nombre de Cuesta del Chapiz y, en cuanto terminó de coronar el cerro, se vino para su izquierda. Por entre unas callejuelas muy estrechas continuó avanzando y, justo cuando el sol se ocultaba, llegó al gran rellano. Al lugar hoy también conocido con el nombre de Mirador de San Nicolás. Todo por aquí estaba solitario, con solo la presencia de un leve vientecillo, los reflejos de la última luz de la tarde y la presencia de algún mirlo.

Sobre la piedra se sentó, mirando de frente a la colina de la Alhambra, sacó de su bolsillo un pequeño mapa, lo desplegó y cogió un lápiz. Era un mapa muy elemental, trazado a lápiz y decorado con algunos dibujos. Como título, en la parte de arriba se podía leer: “Las tres Alhambras de Granada”. A continuación y junto a un bloque de líneas y dibujos, tenía escrito: “1- El alma de la Alhambra”. Un poco más abajo, otro bloque de líneas y como título: “2- El cuerpo de la Alhambra”. Y en la última parte del trozo de papel, se podía leer: “3 - El corazón de la Alhambra”. Observó este mapa durante unos minutos, luego cerró sus ojos y, en su mente, parte de su corazón y alma, lo vio todo claramente.

La Alhambra sobre su colina, color tierra y protegida por las murallas. Sobre las torres y como en el aire y fundiéndose con el cielo, el alma de la Alhambra y en las entrañas de la colina que sostiene a la Alhambra, el corazón de ésta. Como escondido bajo la Alhambra de torres, palacios y murallas de tierra y formando un gran espacio, ancho, largo y muy bello. Un gran paisaje lleno de bosques, agua y lagos y muchas personas por ahí yendo y viniendo. Y vio el camino que, desde las aguas del río Darro, subía como al encuentro de la Alhambra tierra pero no se encontraba con ella. Por el camino, color tierra y bordeado por un arroyuelo de agua muy clara, subían y bajaban ellos. Algunos cargados con haces de leña, con sacos llenos de cosas, con frutos y otros alimentos y muchos más, siguiendo a sus borriquillos. Todos iban y venía al lugar donde manaban las aguas. Y las aguas del claro arroyuelo, brotaban justo de las rocas, de la gran pared que parecía parte de la cordillera de Sierra Nevada pero en las entrañas de la colina de la Alhambra.

Y aquí, sentada al borde del charco más claro, estaba ella. De espaldas, mirando fijamente a las aguas y en silencio. Como si esperara o estuviera meditando. Al verla, su corazón se llenó de vida. Su negro pelo le caía desde los hombros por las espaldas y su hermoso cuerpo, se recortaba en las transparencias de las aguas del charco. Lento se acercó por detrás, la tocó muy despacio y, durante unos segundos, permaneció en su quietud. Sin moverse ni pronunciar palabra pero sí dejando intuir que sabía de su presencia y que le gustaba que se hubiera acercado.

Pero al poco, sin mirar ni pronunciar palabra, dejó su asiento, caminó despacio, siguiendo el camino al borde del arroyuelo y poco a poco se fue aproximando al manantial de las aguas. Se quedó él quieto donde la había encontrado sentada y tampoco dijo nada. Tenía conciencia de que los dos se encontraban en el espacio “Corazón de la Alhambra”, donde nada es materia pero sí existe y contiene todas las historias, personas y recuerdos. Caminó un poco y no tardó en verla de nuevo. Al otro lado ya del manantial de las aguas y dentro de los recintos “Alhambra tierra”. En su torre de reina, también recogida y en silencio asomada a la ventana. Miraba para el gran valle del río Darro y parecía esperar o soñar algún sueño bello. Desde el camino del corazón de la Alhambra, subió él y de nuevo se acercó despacio. Por las espaldas y por eso contemplando su hermosa mata de pelo negro. Sin decir nada fue a tocarla y, antes de que lo hiciera, se levantó. De espaldas caminó por un ancho pasillo en el centro de los palacios de la Alhambra y la vio perderse como hacia el viento.

Quieto se quedó donde ella miraba por la ventana de la torre y observó durante un buen rato. Y vio a muchas personas que, con cámaras de fotos, mochilas, mapas, libros… iban y venían por todos los recintos de la Alhambra. No se extrañó porque también tenía conciencia de que estaba en el centro de la “Alhambra tierra”, lugar donde han ocurrido y ocurren muchos hechos que luego han recogido y almacena la historia. Algunas de estas realidades han quedado plasmadas en libros y, otras, no. Por eso, durante un buen rato, aquí estuvo quieto y mirando y luego desvió sus ojos al gran pasillo por donde se marchaba.

Y ante sí y como sostenido del mismo viento, vio el camino. Todo estaba, a un lado y otro, escoltado por muchos jardines repletos de flores. Y coronando a estos jardines, sobre salían los almendros. Cientos y cientos de almendros todos florecidos. Y como el vientecillo se movía levemente, de las ramas caían montones de pétalos de estas flores. El mismo viento los iba dejando sobre el suelo del camino y, por eso, todo el ancho paseo por donde ella se alejaba, se veía alfombrado con millones de pétalos de flores de almendro. Quiso llamarla pero no lo hizo. Sabía que ahora estaba en la dimensión superior. En el alma de la Alhambra. Y sabía que esta dimensión se encontraba por encima de las torres, palacios y murallas de la “Alhambra tierra”. Por eso también tuvo claro que esta era la dimensión de lo eterno. Donde todo es espíritu, luz y bello y donde el tiempo ya es eternidad.

Ya la noche había avanzado. Sobre el cerro, en lo más alto de lo que hoy es el barrio del Albaicín, él cerró y guardó su mapa. Miró, durante unos minutos más, a la figura de la Alhambra tierra, iluminada por la limpia luz de la luna y para sí susurró:

En el corazón de la Alhambra,

en la Alhambra tierra

y en la dimensión de su alma,

tú eres la esencia.

Nadie entenderá nunca este misterio

pero has sido y serás la magia

que escondida en el viento

palpita eterna en Granada.

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