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romi
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El taller de los libros antiguos

21 de Agosto de 2015 a las 13:30

437- EL TALLER DE LOS LIBROS ANTIGUOS            

  Su taller era muy antiguo y estaba enclavado en el Albaicín, cerca del río Darro y frente a la Alhambra. Una sola estancia tenía en forma rectangular, no muy ancha y con una gran mesa de madera en el centro. Era aquí donde él ponía los libros antiguos que le daban para que los encuadernara o restaurara. No muchos libros porque en aquellos tiempos, pocas personas los poseían pero como su taller estaba no lejos de la zona donde se alzaban grandes casas de personas con dinero y hasta pequeños palacios, las familias y dueños de estas viviendas, sí poseían pequeñas bibliotecas. Era esto como un signo especial de cultura y estatus social.  

  Por eso, algunas de estas familias, encargaban al dueño del taller la restauración de sus viejos libros de historia, literatura, manuales o libros de viajes. El hombre, padre de una sola niña de diez años y esposo de una gran mujer, hermosa, honesta y muy trabajadora, se prestaba con amor a estos trabajos. Pero como nunca ganaba los suficiente restaurando libros viejos, también él en su taller, modelaba pequeñas obras de madera de raíces de olivo. Una madera muy noble y con dibujos muy bellos que a él le servía para dar forma a verdaderas obras de arte que luego vendía a las familias nobles de las casas señoriales y a las personas del Albaicín.

  A su taller, trajo él un día un hombre mayor para que le ayudara. Le dijo:

- Te pagaré bien si cumples con el trabajo y haces las cosas como es debido.

El hombre, de muy poca cultura, con escasa inteligencia, modales toscos y palabras, a veces agrias y mal sonantes, enseguida le cogió manía a la pequeña. Especialmente cuando ésta, siguiendo los consejos del padre, se esforzaba en que todo el taller estuviera ordenado y limpio. Le decía al hombre mayor:

- Es bueno que trabajes mucho y que muestres gran empeño en lo que mi padre te encarga pero también es bueno que hagas las cosas como él te dice, que no le contestes y que seas limpio y ordenado.

Y el hombre agrio, con miradas desencajadas y en actitud de prepotencia, decía a la pequeña:

- Tú me dejas en paz que yo sé muy bien lo que tengo que hacer.

- Pero el dueño de este taller es mi padre y a él le gusta el orden y la limpieza.

- Y como yo soy más inteligente que tu padre y que tú, hago las cosas a mi manera y así quedan. Y tú, una mequetrefe, no tienes por qué decirme a mí lo que debo o no hacer y de qué manera debiera comportarme.

  A lo largo del día, muchos ratos dedicaba la pequeña a ordenar y limpiar el taller de su padre. Y como éste, cada vez más descubría que la niña mostraba mucho interés por la artesanía, con frecuencia le enseñaba algo en la restauración de los libros y en la madera que tallaba. Y le decía:

- Ya sabes que lo mejor en un taller como el nuestro, es tenerlo todo ordenado y limpio. Así, cuando los clientes nos visiten, se llevarán una muy buena imagen de nosotros.

Y ella le comentaba, cuando el hombre agrio no estaba presente:

- Pero padre, este hombre, aunque hace mucho trabajo, no es cuidadoso ni educado con nosotros ni tampoco le gusta el orden ni la limpieza.

- Ya me he dado cuenta de eso, hija mía.

- ¿Y no puedes hacer nada para corregirlo?

- Si lo trato yo a él como él se comporta con nosotros, me rebajo a su nivel y eso tampoco es bueno.

Y la chiquilla, no acababa de comprender lo que el padre le decía pero a su corta edad, su padre era el modelo.

   Un día de otoño, el dueño de este taller, salió de Granada a un viaje largo. Le dijo a la hija:

- Tú no discutas con el que trabaja en el taller pero procura que todo se mantenga ordenado y limpio. Te dejo este encargo y me voy tranquilo porque confío en ti.

Y la pequeña, aquel mismo día y al siguiente, se dedicó a limpiar el taller a fondo y a ordenar todos los libros que había en cima de la mesa. Y como el hombre agrio no respetaba nada de lo que la niña hacía, volvía a coger los libros y los colocaba donde le parecía. Y muy enfadado le decía a la pequeña:

- Que ya te he dicho mil veces que sé muy bien lo que tengo que hacer.

Algo disgustada, sentía ganas de enfrentarse a este hombre y decirle también una vez más que hacía las cosas tal como su padre le había pedido. Pero se aguantaba para no discutir con él y por no oír su voz desagradable y sus palabras crudas y mal sonantes.

  Por eso, al segundo día de la ausencia del padre, se le ocurrió una idea. Se fue a la noguera del jardín en la puerta de su casa y en las ramas bajas, tronco y cruces de las ramas, comenzó a colocar los libros que ya estaban restaurados. Con mucho cuidado para que no se cayeran. Al ver esto, el hombre agrio le decía:

- Desde luego, vaya cabecita la tuya con el teatro que te has inventado.

- Pues al menos aquí mando yo y hago y ordeno las cosas como a mí me gustan y como quiere mi padre.

  Cuando el padre volvió, al tercer día, lo primero que vio fue la vieja noguera y todos los libros muy bien colocados, tanto en el tronco como en las ramas. Se quedó mirando, miró luego a la niña que en ese momento estaba allí a su lado esperando la aprobación del padre y al poco, se dirigió a ella y le dijo:

- Ni en sueño hubiera yo imaginado que a ti se te ocurriera esto.

- ¿Te gusta?

- No solo me gusta sino que estoy admirado. De esta manera compruebo que tienes tus ideas propias y quieres hacer las cosas bien y con inteligencia. Porque es verdad que no solo se trata de trabajar y hacer las cosas bien como el hombre que aquí tenemos con nosotros sino que hay que ser críticos y abiertos a lo nuevo y al futuro. Me gusta que seas así, hija mía y me alegro que hayas descubierto la tacañería del alma del que trabaja con nosotros.

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