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romi
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Copo de nieve - lll

23 de Diciembre de 2015 a las 11:37
Bubok

441- COPO DE NIEVE -Ill  // Feliz Navidad 2015
Relato corto en cinco pequeños capítulos para leer en Navidad
Audio y pdfs en descarga gratis de aquí: http://1drv.ms/1GbvpVl

 

               5- Morir en Granada

               Al medio día, se empezaron a ver las primeras nubes en los cielos de Granada. Solo unas cuantas aisladas, no muy negras, espesas y en forma de grandes montañas o girones deshilachados. Algunas de estas nubes eran blancas y parecían como si brotaran del mismo azul del cielo que le servía de telón de fondo.

 

               A media tarde, ya todo el cielo de Granada, estaba por completo como un mar sin playas y el color de estas nubes, se iba tornando plomizo. En una quietud abrumadora donde ni siquiera un poco de viento se movía. La luz del día comenzó a disminuir y todo parecía como si ya la noche estuviera llegando. Pero, un poco después de media tarde, por el horizonte las nubes se abrieron. Sobre la gran Vega de Granada y más al fondo, el denso mar de nubes grises, se quebraron como en forma de granada ya madura. Y por estas grietas y rotos, asomó el sol. Tímido pero proyectando dorados rayos muy luminosos que parecía querer iluminar rincones muy concretos por el valle del río Darro y colina de la Alhambra.

 

               Por el río Darro, desde Plaza Nueva para arriba, los paisajes se iluminaron con la fuerza de una lumbre viva. Color oro líquido, se vieron los árboles que por este valle crecen y color plata y rosa, se vieron los edificios de la Alhambra y palacios del Generalife. Por la Carrera del Darro, calles estrechas del Albaicín y mirador de San Nicolás, las personas que observaban este espectáculo, comentaban:

- Parece como si el tiempo se preparara para dejarnos esta noche por aquí una buena nevada.

- Sí que parece esto y, además, hasta se siente palpitar en el corazón el deseo de que esta noche nieve mucho.

 

               Era Navidad, veinticuatro de diciembre y por eso, en cuanto la tarde se apagó un poco más, las luces brillaron con todos los colores. Por las pequeñas y estrechas calles del Albaicín, en las recogidas plazuelas, por el centro de Granada, junto a los ríos y muchos más rincones.

 

               El sol se ocultó por entre unas nubes alargadas y los rotos de otras nubes, se cerraron. La tarde se fue tornando más y más pálida, gris y plomiza y al poco, pequeños copos de nieve comenzaron a caer. Sobre las casas del barrio del Albaicín, por entre las torres de la Alhambra y jardines del Generalife, por los bosques de la umbría, en la colina de estos palacios y por toda la ciudad de Granada. Y enseguida las calles se vieron llenas de personas. Subiendo por la Cuesta  de Alhacaba hacia el corazón del Albaicín, por Plaza Larga, por el Mirador de San Nicolás…

 

               Embelesados y con los corazones alegres, todas estas personas hacían fotos, recogían nieve de las mesas en las terrazas de los bares, se tiraban unos a otros pequeños puñados de esta nieve y además de correr, reír y gritar, muchos comentaban:

- Es como si el cielo nos estuviera premiando con esta bonita nevada en esta tan especial noche de Navidad.

- Parece eso porque desde luego que ver la Alhambra y sus torres cubiertas por la nieve que cae, justo al llegar la noche y en un día como el de hoy, es más que emocionante y bello. Ojalá sea muy larga y copiosa la nevada que ahora mismo se duerme sobre esta tan mágica ciudad nuestra.

- Sería algo único si estuviera nevando la noche entera sin parar y que mañana cuando amaneciera, toda Granada apareciera cubierta por un tan espeso manto inmaculado como nunca se haya visto antes por aquí. 

 

               Y nevó sin parar a lo largo de toda la noche. Lentamente, sin chispa de viento y también con poco frío. Como si el cielo, de una manera especial, no quisiera perturbar la paz en los corazones de las personas en esta singular noche de Navidad. Y al amanecer y en cuanto la luz del nuevo día se abrió, se vio la gran nevada. Cubriendo por completo a toda la ciudad, barrio del Albaicín, valles del río Darro, bosques y colina de la Alhambra. 

 

               Un fino y denso manto de niebla, arropaba todos estos lugares. Dando lugar así a un espectáculo nunca antes visto en esta ciudad. Porque la niebla era tan espesa y cubría tanto que hasta parecía emerger de la misma alfombra de nieve que por todas partes se extendía. Por eso la ciudad entera, la colina de la Alhambra y barrio del Albaicín, con los bosques a un lado y otro y todo el gran valle del río Darro y del Genil, parecían como si formaran una amplia sábana blanca que amablemente cubría por todas partes al tiempo que se elevaba hacia el cielo. Como si todo y en todas las direcciones, fuera la misma capa inmaculada que la nevada de la noche había tejido.

 

               Del barrio del Albaicín y del corazón de Granada, muchos niños se fueron juntando por el Paseo de los Tristes. También por la explanada del Rey Chico y el camino que lleva a la Fuente del Avellano. Por todos estos sitios, la nieve era tanta, que animaba a correr por encima de ella. Por eso los niños que por aquí se fueron reuniendo, ilusionados y como si se tratara de un maravilloso juego, corrían alborozados de acá para allá, amontonando en sus manos puñados de nieve con la que hacían bolas y pequeños muñecos. Se tiraban estas bolas entre sí y hasta se animaban lanzando esta nieve a grandes alturas al tiempo que exclamaban:

- Para enterrar un poco más con nieve las altas torres de la Alhambra. Sí, a ver quien lanza bolas de nieve con más fuerza y consigue llegar hasta esas torres.

 

               A media mañana de este blanco y original día de Navidad, las nieblas se alzaron. Se abrieron las nubes en el cielo y los primeros rayos de sol, incidieron  sobre la densa capa de nieve. Dos niños y una niña casi de la misma edad y amigos los tres, desde el Paseo de los Tristes, se fueron por la corta cuesta del Camino del Avellano. Con la intención de pisar y correr por la blanda capa de nieve que por aquí todavía nadie había estropeado. Dijo el mayor de los tres:

- Subamos hasta la misma Fuente del Avellano y descubramos cómo están los paisajes por ahí.

- Sí, vayamos hasta ese lugar desde donde se ve la Abadía del Sacromonte, todo ese barrio de las cuevas y el ancho valle del río Darro hacia Jesús del Monte.

Expresó también muy entusiasmada la niña del grupo.

 

               Corriendo por el espacioso camino que desde el Puente del Aljibillo remonta y avanza hasta la reducida explanada de la famosa fuente, subieron los tres. Con sus manos ya casi entumecidas por el frío de tanta nieve como habían cogido y con los pies también muy helados y lo mismo sus caras y orejas. Pero como la ilusión de recorrer, pisar y explorar el bonito espectáculo que el día les regalaba, era mucha, ni siquiera sentían ellos el frío en ninguna parte de sus cuerpos. Y también, como la mañana se iba alzando y el sol se asomaba por entre las nieblas calentando un poco y cada vez más, se paraban de vez en cuando, se ponían al sol con la intención de calentarse algo y miraban para la Alhambra, toda la umbría del Generalife y este blanco edificio en lo más alto.

 

               El panorama era tan fantástico y nuevo para ellos, que por momentos quedaban más y más asombrados. Comentó otra vez la pequeña:

- Y si cuando lleguemos a la Fuente del Avellano, buscamos las veredillas y remontamos por esta ladera hasta lo más alto ¿os imagináis lo que por ahí podremos encontrar y lo divertido que será vivir esta ventura?

- Pues si encontramos estas veredillas y nos animamos, sí que podríamos hacer lo que estamos comentando.

Confirmó el más pequeño de los tres niños. Y de pronto, el mayor del grupo, preguntó:

- ¿No sentís vosotros lo que yo, calor en las manos?

- Sí que es verdad. De pronto y por momentos cada vez más, estoy sintiendo que el frío que hasta hace un momento tenía en mis manos, desaparece.

Confirmó la pequeña. Y el menor de los tres, también preguntó:

- ¿Por qué será eso?

- No lo sabemos pero a lo mejor es el sol que por momentos, cada vez calienta más.

 

               Era así porque, según ya caminaban por el punto donde en este recorrido es camino llano y al frente se ven las laderas del Sacromonte y Abadía, veían la redonda figura del sol asomándose por todo lo alto de la colina del Generalife. Pero aunque las nieblas y nubes se iban yendo y el sol aparecía y se quedaba durante mucho rato por completo reluciente en el cielo, el frío era intenso. Y la nieve que iban pisando, por algunos sitios ya estaba dura. Se había convertido en hielo. Y lo confirmaban claramente los pequeños grupos de carámbanos que por su derecha y por donde la ladera mostraba mucha pendiente, se veían. Colgando algunos de las piedras y otros, de las ramas de cornicabras y retamas.

 

               Al dar una curva con el camino y poco antes del arroyo que cae desde el Cerro del Sol, por las ruinas del palacio Dar al-Arusa, se pararon un momento. Comentó la pequeña:

- Yo, desde hace un rato, estoy oyendo como notas musicales. ¿No las habéis escuchado vosotros?

Y agudizaron sus oídos, dejando incluso de respirar un momento con la intención de oír lo que la pequeña anunciaba. Del arroyo que ya tenían cerca, sí que salía un leve rumor de agua saltando por el cauce. Por eso el niño mayor comentó:

- Puede ser el agua que por aquí corre. El sol comienza a derretir la nieve que hay por toda la ladera y al convertirse en agua, ésta cae por el arroyo que tenemos a nuestra derecha.

- Puede ser eso pero yo oigo otra música.

Siguió comentando la niña.

 

               Al llegar al arroyo, se pararon. Por el lado derecho vieron como una sendilla que conocía el mayor de los tres niños y por eso se pusieron a remontar por la ladera. Aclaró a sus compañeros:

- Conozco yo una pequeña llanura en esta ladera umbría del Generalife, que ahí, un poco más arriba, se abre como balcón hacia todo este valle del río Darro. Subamos a ella y descubramos lo que desde ese punto se ve.

 

               Solo unos metros habían recorrido por esta sendilla cuando, por su izquierda y hacia el cauce del arroyo, vieron unos hilillos de agua. Muy clara que saltaba por la pendiente en busca del arroyo y surgía de entre las raíces de una gran mata de cornicabra que cubría un gran espacio en el terreno. Al ver estos chorrillos tan cristalinos y con bordes de hielo a los lados, la niña comentó:

- Escuchad y veréis como la música que os vengo anunciando, parece proceder de aquí.

Se pararon y miraban para donde estos arroyuelos, cuando de pronto, hasta sus oídos llegó los sonidos de una débil voz que decía:

- ¡Por favor, ayudadme!

Al percibir esta llamada como saliendo de ahí mismo, de muy cerca de unos de los chorrillos de agua, los tres se sorprendieron. Se miraron entre sí y el más pequeño de los niños, preguntó:

- ¿Quién por aquí puede pedir ayuda?

- Soy yo.

Oyeron de nuevo y ahora fue la pequeña la que preguntó:

- ¿Y quién eres tú?

- Un copo de nieve que se encuentra en apuros. Aquí me tenéis en esta ancha hoja de cornicabra. Me está dando el sol y si alguien no me ayuda, dentro de un rato, me convertiré en agua y no quiero.

 

               En una no muy grande hoja de cornicabra, verde aun pero teñida por completo con tonos ocres oro, vieron al copo de nieve que pedía ayuda. Se acercaron y antes de cogerlo, otra vez la pequeña preguntó:

- ¿Y qué es lo que deseas que hagamos nosotros?

- Como estáis viendo, he venido a caer en esta ladera de las montañas de Granada, no lejos de lo que creo es la Alhambra, esas torres que se ven allá en lo alto. El viento de la ventisca, me empujó y por fin pude posarme aquí y no era este el lugar que yo siempre he soñado. Yo y unos amigos míos compañeros de viaje en una gran tormenta que ha llegado a Granada desde un país muy lejano. Ellos también han caído por aquí cerca. En los tallos de una retama, uno y en esas ramas de romero en flor, el otro. Tampoco ninguno de mis amigos quieren morir aquí porque lo que habíamos soñado, no era esto.

 

               Los tres niños se miraban entre sí y no salían de su asombro. Porque nunca ellos habían oído que los copos de nieve hablaran ni tampoco nadie les había comentado nunca que los copos de nieve no quisieran morir una vez ya en el suelo, sobre hierba o matas de retamas. Pero la pequeña, sí cayó en ese momento en la cuenta que los copos de nieve algunas veces pueden hablar. Lo había leído en algunos cuentos y hasta se lo habían dicho en el colegio. Por eso pensó que era algo natural lo que les estaba sucediendo. Creía también que hasta los sueños más extraños, pueden hacerse realidad en algunos momentos. Dijo a sus dos compañeros:

- Lo que este copo de nieve nos está diciendo, ocurre de verdad. Tenemos que ayudarle. Vamos a preguntarle qué es lo que ahora podemos hacer por ellos.

- De acuerdo. Pregúntale tú que parece que ya eres su amiga.

 

               Y sin pensarlo más, la niña se acercó otro poco a la hoja de cornicabra, procurando no tocarla ni rozarla para que el copo de nieve se mantuviera ahí y le preguntó:

- Pues dinos entonces qué es lo que nosotros podemos hacer por ti y por tus compañeros.

Y el copo, muy claramente confesó:

- Mis dos compañeros y yo, lo que más queríamos era venir a Granada para morir aquí pero cerca de la Alhambra y del río que nos han dicho se llama Darro. Todavía somos copos de nieve pero como sabemos que vamos a convertirnos en agua, lo que nos gustaría es deshacernos junto al tronco de algún árbol. A ser posible, grande y bonito, que clave sus raíces cerca de las aguas del río y desde donde se vea claramente la Alhambra y el Generalife. ¿Conocéis vosotros algún sitio y árbol como este que os digo?

 

               Al oír esta pregunta, los tres niños, pensaron un momento mientras entre sí se miraban. Y pasado unos segundos, el más pequeño dijo:

- Yo sí conozco algo de esto que nos preguntas.

- ¿Qué es lo que conoces?

Preguntó la niña.

Y acercándose a la pequeña y al copo de nieve que pedía ayuda, aclaró:

- En el río Darro, ahí por donde el Puente del Aljibillo y antes del Puente de las Chirimías, crecen varios árboles como los que este copo de nieve nos describe.

Y rápido el niño mayor confirmó:

- Es cierto. Yo he visto muchas veces a estos árboles que dices. Junto al mismo Puente del Aljibillo y a un lado y otro del río, crecen tres almeces. Dos en el lado de la plaza del Rey Chico y uno, en el mismo muro del puente.

 

               Justo cuando una pequeña senda que bajada desde la plaza del Rey Chico, llega al río, clava sus raíces un viejo y grueso almez. Y un poco más abajo y donde con el río se funde el arroyuelo que desciende desde la Alhambra por el Barranco del Rey Chico, crece un sauce muy grueso y viejo. Al otro lado de este arroyuelo y casi pegado al muro de las tierras del Carmen de Granadillo, también clava sus raíces otro aun más grueso almez. Luego, y también junto al muro del Carmen del Granadillo, hay dos álamos. Casi compañero del bonito almendro que clava sus raíces al otro lado del río, no lejos del muro del Paseo de los Tristes y cerca ya del Puente de las Chirimías.

 

               Y al oír la palabra “almendro”, el copo de nieve interrumpió el relato del niño y preguntó:

- ¿Y desde donde este almendro vive, según dices cerca de la corriente del río, se ve la Alhambra?

- Claro que sí.

Confirmó enseguida el niño mayor.

- Se ve con toda claridad y, además, muy bonita porque al estar ya en lo más bajo de la colina, al mirar desde aquí, las murallas, las torres y toda la Alhambra en general, se ve como elevándose hacia el cielo, grandiosa y robusta.

- Pues llevadme a ese lugar y dejadme en el mismo tronco del almendro para que muera ahí. Nunca he visto a un almendro en flor pero mis compañeros, que son más viejos que yo, me han dicho que florecen en enero y que las flores de estos árboles, a veces son tan blancas como los copos de nieve.

- Eso sí que es cierto.

Confirmó la niña.

- Ahora mismo nos ponemos y realizamos el deseo que nos pides.

 

               Y enseguida los tres, se pusieron a buscar algo grande y frío para poner encima el copo de nieve, para que no se rompiera ni se fundiera mientras lo llevaban al lugar que habían hablado. Encontraron una hoja de higuera muy amarillenta sobre las púas de una aulaga. La cogieron, la observaron un poco y con cuidado y doblando suavemente la hoja de cornicabra donde el copo estaba trabado, lo dejaron caer en la superficie de la ancha hoja de higuera. Decía el copo:

- Tened cuidado para que no se me rompa ningún cristal y colocadme en un lado de esta hoja. En el espacio que queda libre en esta hoja, colocad, separados uno del otro, a mis dos amigos. Ese copo temblón que veis ahí enganchado en el tallo de retama y al que parece dormir sobre las hojas de romero. Quiero que también ellos se vengan conmigo a ese lugar del río que me habéis dicho. Son mis mejores amigos. 

- Eso está hecho ahora mismo.

Volvió a confirmar la pequeña.

 

               En un lado de la amarillenta hoja de higuera, delicadamente también colocaron al copo del tallo de retama y, no lejos de él, pusieron al que dormía en las ramas de romero. El niño mayor dijo:

- Ya los tenemos preparados y ninguno de los tres ha sufrido daño. Bajemos ahora rápidos de esta ladera, con mucho cuidado para que no se nos caigan y rompan y llevémoslos al sitio que hemos acordado.

Dijo el copo de nieve primero:

- A este amigo mío que tengo a mi derecha, quiero que lo dejéis sobre el tronco del almez que hay en el mismo Puente del Aljibillo. Y el amigo que ahora tengo a mi izquierda, por favor colocarlo cerca de las raíces del almez que hay frente al almendro donde yo voy a quedarme. Así los tres nos quedamos cerca el uno del otro para no perder nunca la amistad entre nosotros.

 

               Por la sendilla, a toda prisa, bajaron los tres niños con la bonita hoja de higuera y los tres blancos copos de nieve. Descendieron también rápido por el camino de la Fuente del Avellano, llegaron a la explanada del edificio del Rey Chico, por la senda que desde ahí cae, bajaron al río y buscaron primero el tronco del almez que clava sus raíces a solo unos metros del Puente del Aljibillo. Aquí, ayudados ahora con la hoja seca de este mismo árbol, empujaron un poco y dejaron caer, junto al tronco y cerca de las raíces, al tercer copo. Al ver el buen trabajo y el cariño con que los niños lo trataban, copo de nieve primero dijo:

- Sois los más amables que hay en el mundo. Nunca yo tampoco había imaginado que aquí en Granada, hubiera niños tan dulces como vosotros. Ha sido para mí una gran suerte haberos conocido.

- Pues gracias por ser tan cortés pero para nosotros, esto que hacemos, es un divertido juego. Contaremos luego esta aventura a nuestros amigos y ellos se alegrarán también, seguro.

 

               No hablaron más en ese momento porque el sol que ahora caía como desde las torres de la Alhambra, calentaba un poco más. Taparon ellos con la sombra de sus manos a los dos copos que aun tenían sobre la hoja de higuera y con el mismo cuidado y prisa, cruzaron las aguas del arroyuelo que baja por el Barranco del Rey Chico. Buscaron el tronco del segundo viejo almez y en la tierrecilla que ahí se veía, dejaron caer al segundo copo. Al tocar el suelo este copo helado, rápido se derritió y al verlo el primer copo que todavía descansaba sobre la ancha hoja que los niños portaban, aclaró:

- Esto es lo que también este amigo mío quería. Morir aquí en Granada y quedarse en este lugar para siempre. Las raíces de este árbol, igual que las del almendro donde vais a dejarme a mí, absorberá el agua en la que se ha convertido mi amigo. Y cuando en primavera este almez brote, sus hojas lucirán verdes y lustrosas y ahí estará mi amigo meciéndose al viento, reflejándose en las aguas de este río y con la Alhambra observándolo desde lo alto de la colina. El sitio al que nos habéis traído, es el mejor de todos. Me gusta mucho y por eso os lo agradezco de corazón. Un día y en su momento, tengo que pagároslo.

 

               Escuchaban los niños emocionados las gratas palabras de copo de nieve primero y como tenían prisa, no comentaron nada. Después de soltar junto al almez a copo de nieve segundo, enseguida se dispusieron para cruzar al otro lado de la corriente, que era donde crecía el almendro. Clavado en la reducida franja de tierra que por ahí hay, entre el muro del Paseo de los Tristes y las aguas del río. Y aquí mismo, como perfectamente colocadas, encontraron una hilera de piedras que iban de un lado a otro de las aguas. Sabían ellos que eran obra ésta de los jóvenes que por estos lugares se juntan en verano para jugar y refrescarse, mientras pasan el rato.

- Con cuidado para no caer a la corriente y que tampoco se nos caiga nuestro amigo el copo, por aquí pasamos.

Comentó el niño mayor.

 

                  Con todo cuidado pasó primero él, le dio la mano a la pequeña y, el menor de los tres, la seguía también sujetándola porque era ella la que, en sus heladas manos, portaba la hoja con el copo amigo. Llevándolo con todo mimo como si se tratara del más débil de los humanos. Los tres atravesaron las aguas del río y al pisar el tapizado césped de hierba que en este lado crecía, la niña comentó:

- Ya estás por completo a salvo. Y aquí mismo, lo puedes ver, el almendro que te hemos dicho, parece estar como esperando.

- ¡Gracias, amigos buenos, otra vez por lo que hacéis por mí! Y tened en cuenta lo que ahora mismo os digo: estáis haciendo real mi más íntimo y bonito sueño y esto es algo, no solo maravilloso sino muy grande. Ayudar a que los más débiles realicen sus sueños, creo yo que es algo fantástico y muy bello.

Comentaba emocionado el débil copo blanco.

 

               Al oír estas palabras, la niña aproximó la hoja que portaba, a la parte baja del tronco del almendro, al tiempo que decía:

- Pues tú ahora, pequeño y blanco copo amigo nuestro, ya te encuentras donde querías. Éste es el árbol que te hemos dicho. Dentro de un momento, vamos a dejarte junto al tronco de este almendro, muy cerca de sus raíces pero antes de ponerte aquí y que te conviertas en gota de agua, observa el bonito panorama que desde este lugar se ve. Allá en todo lo alto, asoma por la colina, gran parte de la Alhambra: la Torre del Homenaje, la de las Gallinas, parte de los palacios y la hermosa Torre de Comares. También se ve un buen trozo de la muralla y el bosque que cubre la umbría que cae para el río.

 

               Por allí tienes el Tajo de San Pedro, la iglesia con este nombre y su torre con campanas. Un poco más acá y casi aquí mismo puedes ver el Puente de las Chirimías, el viejo Hotel Reuma, con sus jardines rotos y aquí mismo, casi rozando las raíces del almendro que sueñas, puedes ver el muro del Paseo de los Tristes. Las aguas del río, ya ves que pasan casi rozando las ramas de este pequeño árbol y a tu izquierda según miras para la Alhambra, tienes el Puente del Aljibillo donde en el almez, ya vive uno de tus compañeros. Tu otro amigo, desde su árbol particular, te mira desde ahí enfrente. Así de este modo, los tres estáis juntos, recogidos en este rincón del río de la Alhambra, lugar que muchos dicen es el más bello de Granada y también del mundo. Un privilegio para los tres y, en especial, para ti que vas a formar parte, desde ahora y puede que para mucho tiempo, de este bonito almendro.

 

               Muy emocionado y por completo inmóvil sobre la hoja de higuera, copo blanco escuchaba el discurso que la niña le regalaba. Observa, a su manera y del modo en que puede hacerlo un copo de nieve, la original realidad que la pequeña le describía. Y ahora vio como ésta y sus dos amigos, se acercaban más al tronco del almendro, aproximando también la hoja donde descansaba el copo y con su dedo pequeño, empujó al frágil cuerpo blando. Resbaló éste desde la superficie de la hoja y, muy suavemente parecía acariciar al tronco del árbol ya por donde algunas raíces se hundían en el suelo.

- ¡Adiós, pequeño amigo blanco!

Comentó de pronto el niño más pequeño. Y el mayor añadió:

- A partir de ahora ya pasas a ser savia de este almendro, que es lo que tanto has soñado.

 

               Y según los tres niños veían como el copo de nieve se iba durmiendo, a sus oídos llega el sonido de una música muy dulce y una débil voz que dice: “Morir en Granada, a los pies de la Alhambra y junto a este río de aguas limpias, sí que era mi sueño y vosotros me habéis ayudado a ello. Gracias de corazón y un abrazo sincero”.

La gota de agua, pura y transparente en que poco a poco se fue convirtiendo el copo, resbaló por la superficie del tronco del árbol. Vieron los niños como se ocultaba en la tierra y muy pegado a la raíz y entonces la niña comentó:

- Ahora siento pena que haya muerto.

 

               El sol brillaba en estos momentos situado en todo lo alto de la Alhambra. Oyeron los niños que por el Paseo de los Tristes, los padres los llamaban. Desde el río subieron ellos a toda prisa y en la misma plaza, se encontraron con sus padres a los que enseguida contaron la aventura que acababan de vivir. La madre de la niña comentó:

- Pues seguro que estáis tan helados como toda la nieve que habéis pisado.

Pero al tocar sus manos, los padres de los niños, notaron que no las tenían frías. Tampoco tenían frías ni sus caras ni cuerpos. Nada comentaron los padres pero sí se encontraban extrañados.

 

               Y la niña, cuando ya caminaba junto a su madre por el Paseo de los Tristes hacia la Carrera del Darro, le preguntó a ésta:

- ¿Tú crees, mamá, que ayudar a un copo de nieve a que realice su sueño, sirve para algo?

Y la madre, muy segura de sí, dijo a su niña:

- Si tres niños como vosotros ayudan a tres copos de nieve a que sus sueños se hagan realidad, sirve para que los corazones de las personas y en un día como el de hoy, haya un poco más de gozo revestido de ilusión azul. Y también sirve para que el sol brille cada día un poco más puro, que la Alhambra sea algo más que esas torres que vemos allá arriba y para que las aguas de este río Darro no pierdan nunca su color añil diamante. El mundo es cada día un poco mejor y más bello si tres niños como vosotros, ayudan a tres copos de nieve a realizar su sueño.

 

               Y al insistir la niña sobre las cosas que había hablado con el copo de nieve, la madre ahora comentó:

- Aunque tengo que decirte que yo nunca oí que un copo de nieve hable con las personas.

- Pues mamá, lo que te estoy contando es cierto. Ese copo de nieve no solo ha hablado con nosotros sino que hasta nos ha agradecido que lo hayamos hecho amigo de nuestro. Es un copo de nieve especial.

Y la madre ya no hizo más comentarios sobre el tema. 

 

               La gran nevada que al amanecer del día veinticinco de diciembre, cubría todo este rincón de Granada, poco a poco desaparecía. Las nubes se habían levantado, el sol seguía calentando y las temperaturas ahora eran más altas. La niña comentó con sus dos amigos y con sus padres:

- Cuando la primavera llegue, un día tenemos que volver por aquí a comprobar si este almendro florece.

 

               Volvieron por el lugar en los primeros días del mes de febrero y, tanto ellos como otras muchas personas, vieron entusiasmados las bonitas y abundantes flores en las ramas del almendro. Todas blancas como la nieve, meciéndose al viento y como queriendo escaparse hacia las torres de la Alhambra. Se alegró de este espectáculo la niña y de nuevo comentó con los amigos:

- Se ha realizado el milagro. Su sueño lo ha convertido en flores de almendro, blancas y tiernas como era él cuando nos lo encontramos en forma de copo de nieve. Ojalá que aquí permanezca muchos años y que las ramas de este árbol, una vez y otra, se cubran con cientos de florecillas como las que estamos viendo.

 

               Y este deseo de la niña y copo de nieve, se cumple cada año. Antes de la primavera y cuando ya el invierno va un poco avanzado, el pequeño almendro del río Darro y a los pies de la Alhambra, florece vigoroso cada año. Con tantas flores y todas tan blancas y finas, que muchas personas, se asoman al muro del río para verlo. Y algunos comentan:

- Es emocionante y romántico ver este pequeño árbol tan cargado de flores blancas                                en un lugar tan singular como este.   

 

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