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romi
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443- LA CASITA DEL BOSQUE

2 de Enero de 2016 a las 20:44
Bubok

LA CASITA DEL BOSQUE        

 

Desde el rincón en el seno del viento, suspendido en el vacío entre el cielo y la tierra, vieron la escena. En toda su plenitud, a lo ancho y largo y captando el perfume de los paisajes y la música que regalaban las aguas del río. Una escena rotundamente hermosa, limpia por completo como salida del sueño más dulce y fresca como la más esplendorosa primavera recién brotada y hondamente espiritual. Y dicen que la escena fue así:

 

La primera casa, un blanco cortijo arropado por grandes eucaliptos, álamos, almeces e higueras, se veía clavado en la ladera. Al lado norte de una umbría tupida de jaras, romeros, cornicabras, encinas y robles. Donde por las mañanas, a unas horas de la salida del sol, la luz se ve muy misteriosa y los rayos de este primer el sol, se filtran por entre las ramas de los densos árboles y bosques. También por aquí y a primeras horas de la mañana, se concentran pequeñas montañas de finas nieblas y avecillas: tórtolas, petirrubios, carboneros y collalbas.

 

Justo en este lugar, al lado de arriba del blanco cortijo y donde el bosque de eucaliptos es más espeso, quedaron en encontrarse. Al caer la tarde del día veinticuatro de diciembre. El mayor de los tres, de unos doce años, les había dicho a sus dos amigos, ella y él:

- Dos horas antes de que se ponga el sol, nos vemos en el rincón de los eucaliptos. Tendremos tiempo suficiente para recorrer la senda que os dije, cruzar el río, subir por la cañada y encontrarnos con la casa justo en el momento exacto.

Y los dos amigos, ella de once años y él de diez, solo dijeron:

- En ti siempre hemos confiado porque nunca nos engañaste ni nos enseñaste cosas extrañas. A la hora que dices, estaremos en el rincón y bosque de los eucaliptos.

 

Quedaban todavía dos horas de sol y el primero en llegar, fue el mayor de los tres. En una gran piedra bajo las ramas de los eucaliptos, se sentó a esperar a sus dos amigos. Sólo unos minutos después, por el lado del levante y entre las encinas del bosque, aparecieron los dos más pequeños. Al llegar, ella dijo:

- Se ve todo por aquí tan solitario, delicadamente misterioso, húmedo y silencioso que pareciera como si este lugar no perteneciera a ninguna persona de este suelo.

- Sí que parece eso.

Dijo simplemente el mayor. Preguntó el mediano:

- ¿Sabes tú en qué año y por qué se fueron de este cortijo las últimas personas?

- Exactamente no lo sé pero tengo entendido que sucedió hace mucho, mucho tiempo. Por eso el bosque y toda la vegetación, es tan densa y el silencio tan profundo y misterioso.

Y la pequeña preguntó:

- ¿Y quién es ahora el dueño de este cortijo, cerros, bosques y ríos?

- Por lo que también tengo entendido ningún dueño tienen estos lugares, cosa que me gusta mucho. ¿A que parece que por aquí, nunca más habrá persona alguna ni nadie en ningún momento pisará ni estropear estos paisajes?

- Claro que también pienso eso y de aquí que se vea todo tan especial y delicadamente bello.

 

El mayor anunció:

- Pongámonos en camino. Siguiendo la senda que conozco, saldremos de este monte, bajaremos al río, cruzaremos el cauce por el vado de las adelfas y despacio, subiremos por la cañada de las fuentes. Antes de que la noche se nos eche encima, estaremos frente a la casita del collado de las encinas.

- Como siempre, cuando tú quieras.

Plenamente confiado en su amigo mayor, los tres se pusieron en camino. No siguiendo el ancho carril de tierra que desde el cortijo remontaba a lo más alto del monte. El mayor, se vino un poco para la derecha, Buscó la estrecha senda que se extendía entre los jarales y al poco, ya habían rodeado el cerro por el lado de levante.

 

Según avanzaban, se les fue desdibujando la senda y por eso la pequeña preguntó:

- ¿Nos vamos a perder por estos bosques y barranco?

- De ningún modo.

Y sin más, el mayor, dejó la vereda, caminó monte a través hacia la curva del río seguido de sus dos amigos y, sólo unos minutos después, ya estaban junto a las aguas. El río por aquí, se deslizaba rumoroso por entre las adelfas, fresnos, sauces y algodonosas nubecillas de niebla. Sin temor, el mayor cruzó las aguas, animó y ayudó a sus dos amigos y enseguida comenzaron a subir por la cañada de las fuentes.

 

A un lado y otro, comenzaron a aparecer las encinas cargadas de bellotas y esto hizo que el mediano, preguntara al mayor:

- ¿Por qué cerros dices tú, iba él cuando pequeño cuidando su rebaño de cabras?

- Por el que se alza a nuestra izquierda, al levante según vamos subiendo.

- ¿Y llegó a ser el dueño de todo esto?

Preguntó ella, a lo que el mayor le aclaró:

- Él fue por aquí mucho más que el dueño de todos estos montes, ríos, cielos azules y hondos silencios. Amaba a estos paisajes, el misterio que de ellos mana  y el canto de los pajarillos. Es por eso que por aquí se haya quedado para toda la eternidad.

 

Comenzaba ya la noche a extender su manto oscuro, cuando ellos, siguiendo la sendilla de la cañada, se encontraron con la figura de la pequeña casa al frente. Algo así como un cortijo en miniatura, blanco y con tejas rojas, alzado en lo más elevado del collado y justo donde a su derecha, parecía arropar un denso bosque de encinas. El silencio era total, se oía el canto de un mochuelo y en el firmamento, comenzaron a brillar las estrellas.

 

Junto al manantial de la fuente de la roca, se paró el mayor. Observó despacio durante un rato la imagen de la casa mientras parecía contener el aliento. Por las dos ventanas y por la puerta, surgía el resplandor de la luz que había dentro y a su alrededor, ni siquiera una hoja de encina, movía el viento. Preguntó la pequeña:

- ¿Y por qué cada veinticuatro de diciembre, en Navidad, sucede esto?

- Era su casa y ahí se refugió aquel día veinticuatro de diciembre de hace mucho, mucho tiempo. Desde entonces, cada año al llegar estas fechas ocurre el milagro.

 

Desde el rincón en el seno del viento, suspendido en el vacío entre el cielo y la tierra, vieron la escena. En toda su plenitud, a lo ancho y largo y captando el perfume de los paisajes y la música que regalaban las aguas del río. Una escena rotundamente hermosa, limpia por completo como salida del sueño más dulce. Fresca como la más esplendorosa primavera recién brotada y hondamente espiritual.

 

Granada al fondo, Sierra Nevada al levante y la Alhambra en su colina, eran y son otra realidad no lejos de estos lugares, por completo material y ni por asomo, tan espiritual, hermosamente fina y eterna, como la escena y los paisajes de esta historia.

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