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romi
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Bailarina en Plaza Nueva

25 de Enero de 2016 a las 11:53
Bubok

444- BAILARINA EN PLAZA NUEVA

Audio y pdfs en descarga gratis de aquí: http://1drv.ms/1GbvpVl

 

Era dos de enero. Caía a la tarde y el airecillo, por la Carrera del Darro, corría frío. Como amenazando nieve porque el cielo también se veía todo cubierto de nubes densas y negras. Sin embargo, los turistas llenaban este singular paseo junto al río y arriba, en la Torre de la Vela, resonaban los tañidos de la campana. Era dos de enero y por eso hoy, según una antigua tradición aquí en Granada, muchas jóvenes acuden a tirar de la cuerda para hacer sonar la campana de esta torre. Porque, según también la tradición, de este modo encontrarán novio o se casarán en este año.

 

Por entre los turistas que en tromba bajaban desde el Paseo de los Tristes hacia Plaza Nueva, caminaba él. Mudo, solitario como cada tarde, observando a las personas y pendiente de detalles carentes de interés para los turistas entre los que caminaba. Se acercaba a Plaza Nueva y observó por un momento la torre de la iglesia de Santa Ana. Recortada sobre las casas y laderas de la colina donde se sostiene la Alhambra, emergía muda. Elevó su vista por encima de esta torre y se fijó, durante unos segundos, en un punto concreto en el bosque de esta ladera.

 

Le pareció intuir donde exactamente estuvo la cueva del escritor y por donde discurría el caminillo por el cual se alejó el poeta. Sólo él sabía este secreto y de aquí que ello le sirviera para sentirse distinto a los que por la calle se movían justo a su lado. Miró también por un momento las aguas del río y las vio más transparentes que otros días. Se dijo: "¡La de secretos, bellas y tristes historias que por aquí se han dado y ahora son desconocidas para tantos!"

 

Se acercaba a Plaza Nueva y vio la concentración. En la misma puerta del gran edificio de justicia. Muchas personas formaban un amplio corro y al fondo, por delante de la puerta de madera, el joven tocaba su guitarra. Ella, a su lado derecho, cimbreaba su cuerpo, joven y alta, al ritmo de la música. En el pavimento por delante de los dos, descansaba un gran aro blanco. La bailarina parecía tener claro para qué servía este aro y por eso se contorneaba, miraba con interés y esperaba.

 

Por entre la muchedumbre, se acercó él. Con el deseo de ver qué sucedía y también, como si de alguna manera intuyera lo que la joven iba a realizar. En esto sí se igualó a todos los allí concentrados. La joven fue alzando sus brazos al ritmo de la música, semejante a una delicada bailarina y, con amabilidad, pidió a los concentrados que se acercara un poco más. Algunos le obedecieron y, los que más, los niños. La joven de pelo negro recogida en una gran trenza, tez del rostro muy blanca, mostraba una limpia sonrisa no muy auténtica. Notó él, de alguna manera, que ella deseaba  agradar pero no conseguía ocultar el disgusto o dolor que abrigaba en su corazón.

 

Sus largas piernas, recubiertas con medias negras de mallas grandes, se movían con agilidad. Como lo hiciera la bailarina más experta, dando la sensación, en algún momento, de ingravidez. Como si pretendiera fundirse con el aire y volar al modo en que lo hacen las plumas de aves. A cada movimiento de estos, sincronizados perfectamente con el ritmo de la música, los congregados aplaudían algo. Pero todos, igual que él, fijaban una vez y otra sus miradas en el aro de plástico blanco que permanecía como en el centro del escenario. Algo, de alguna forma invisible y un poco misteriosa, parecía transmitir que en este aro se concentraba lo importante. Pasado un buen rato, todos habían intuido que era el preámbulo de la escena central, la ágil bailarina recogió el aro que había sobre el pavimento. Con cierto arte, sin perder el ritmo de la música y alzando una vez y otra sus piernas, comenzó a darle movimiento. Suavemente y en requiebros cortos y elegantes. Y, poco a poco, comenzó a verse lo que ciertamente todos los congregados esperaban. La desconocida y delgadas bailarina, se colocó en el centro del aro y con elegancia, comenzó a realizar volteos en forma de aspa. Giros muy hermosos, en apariencia difíciles y por eso transmitían emoción y belleza.

 

Desde el ángulo en el que estaba colocado el hombre, detrás de bastantes turistas casi todos extranjeros y jóvenes, observaba por completo concentrado en la danza de la joven. Y tan absorto estaba en sus limpias piruetas y movimientos, que de pronto, quedó por completo sorprendido. Vio, como si se tratara de algo mágico o fantasía soñada, como en una de las vueltas que la muchacha dio abierta de piernas y brazos en el centro del aro, comenzó a elevarse por el aire. Suavemente, como si todo su cuerpo y el aro con el que jugaba, se hubieran convertido en la más liviana pluma de gorrión. Y al mismo tiempo que en esta danza se elevaba y flotaba en el aire, muy lentamente si va como hacia la umbría de los bosques de la Alhambra. Como hacia la Torre de la Vela y hacía un punto concreto que por debajo de esta torre, se ocultaba por entre los árboles del bosque.

 

Por aquí se fue como difuminando en el vacío, ahora reverberando cada vez más destellos de colores y reflejos de dorados atardeceres. Siguió el hombre, por momentos más y más asombrado, esta fantasía extraordinariamente hermosa y cargada de misterio y, en un momento dado, restregó sus ojos pensando en que lo que veía no era cierto. Y no lo era según enseguida pudo comprobar. Porque la joven, acompañada del músico, proseguía con su delicada danza en el mismo punto en que lo había comenzado: por delante de la vieja puerta de madera del antiguo edificio de Plaza Nueva.

 

Los presentes aplaudían y la joven parecía no poner fin a estos giros dentro del aro blanco. Pero la música lo anunció y ella, perfectamente sincronizada, detuvo su original danza. Dio un salto, se colocó frente al público, saludó con una elegante reverencia y a continuación aclaró:

- ¡Muchas gracias! Somos artistas callejeros y vivimos de esto. Ahora vamos a pasar un sombrero para que nos dejen la gratificación que deseen o puedan.

El joven de la música, soltó la guitarra, cogió un sombrero color azul y se colocó delante de la batería. Bastantes personas se acercaron y dejaron sus monedas. Otros, simplemente siguieron su paseo Carrera del Darro arriba.

 

Solo cinco minutos después, los dos jóvenes artistas, se quedaron solos  frente a la amplia plaza y a la esbelta Torre de la Vela sobre la colina. Desde cierta distancia, él permanecía observando y vio como la bailarina, ahora ya sin música, sin público y sin danza, se sentó en el umbral de la gran puerta del majestuoso edificio. Con sus manos, recogió su cara y cabeza como intentando abstraerse de todo cuanto a su alrededor existía. Sintió él cierta compasión por la muchacha y deseó acercarse para saludarla y preguntarle algo. No lo hizo.

 

La noche caía, el frío aumentaba, se alejó él de la plaza dejando a la bailarina donde la había encontrado. Y según regresaba a su casa, del cielo comenzó a caer, primero pequeñas gotitas muy fría y luego delicados copos de nieve. Arreció la nevada y sin parar estuvo toda la noche. Ya en su cama, soñó con la joven bailarina la vio en la misma plaza donde horas antes, al caer la tarde, danzada. Y al terminar de trazar piruetas con el gran aro de plástico y después de recibir unas cuantas monedas y aplausos de los turistas, se acurrucó en el umbral de la vieja puerta del viejo edificio en esta plaza. Y aunque el hombre veía esta escena desde la dimensión del sueño, sintió un afecto especial hacia la joven. Se dijo: “Con la gran nevada que esta noche está cayendo, en este umbral acurrucada, esta joven se congelará. Pero ¿por qué, después de realizar tan hermoso baile, ahora se acurruca aquí tan sola y con la tristeza saliendo a chorros por sus ojos y cara?”

 

Y en cuanto al amanecer la luz del nuevo día iluminó a los paisajes, el hombre se acercó a la ventana de su habitación. Absorto comprobó que todo se había cubierto por un amplio y grueso manto de nieve. Pensó en ella y enseguida decidió ir hasta Plaza Nueva para comprobar si estaba allí. Necesitaba saber si aún seguía con vida o la fría nieve de la noche la había congelado para siempre.

 

Desde su ventana, contempló el acebo repleto de semillas rojas y recubierto de nieve. Miró al cielo y en su corazón se dijo: “Ya esta misma mañana, la haya congelado no el frío de la noche, está por completo de muchos olvidada. Y más olvidada va a estar dentro de unos días, meses, años, siglos. Y cuando pase el tiempo y se desmorone el edificio por delante del cual ha danzado y desaparezca la plaza, la ciudad y la Alhambra, de esta bailarina no quedará por aquí ni el más endeble recuerdo. Por todo esto, pienso que en la dimensión de la eternidad, es donde únicamente permanecerán los latidos de su corazón, sus sueños y danza. Lo demás, lo sepultará el tiempo del mismo modo en que ella ha sido olvidada por las cuatro personas que en la tarde le han regalado unos aplausos y cuatro monedas de metal. ¡Pobre, hermosa y muy afortunada bailarina desconocida y en la tarde por Plaza Nueva, a los pies de la Alhambra!”

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