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bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008

VII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

27 de Abril de 2009 a las 0:03
Señores y señoras, niños y niñas...
Gracias a todos los que me habéis votado a pesar de que me he pasado las bases del concurso por el forro de los huevos, sin haberlas incumplido.
Y gracias a todos los que habéis votado a Hidalgo y Terror y miedo, por darle emoción a la cosa.
Yo creo que ya es hora de que os quitéis las enaguas, así que vamos a entrar en materia o, como diría Daniel Turambar, AL TURRÓN.
Queda inaugurado el VII CERTAMEN DE RELATOS DE USUARIOS DE BUBOK bajo el tema:
LASCIVIA
(Cómo vais a sufrir algunos, hijos de puta, y cómo vais a disfrutar otros...)
Reithor
Mensajes: 348
Fecha de ingreso: 25 de Abril de 2008
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  • 27 de Abril de 2009 a las 0:12

bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 27 de Abril de 2009 a las 0:15

¿y qué hacemos hasta el dia 1?

¿cómo se ha hecho hasta ahora?

supermarioep
supermarioep
Mensajes: 814
Fecha de ingreso: 13 de Abril de 2009
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  • 27 de Abril de 2009 a las 0:17
El día 1 es festivo,no se trabaja,tiene que ser el 2
Reithor
Mensajes: 348
Fecha de ingreso: 25 de Abril de 2008
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  • 27 de Abril de 2009 a las 0:32

TenienteTulip
TenienteTulip
Mensajes: 850
Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008
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  • 27 de Abril de 2009 a las 0:40

Creo que es menos lioso mantener la tradición: el jueves se cierra la presentación de relatos, el domingo las votaciones y empieza el lunes el plazo para el nuevo certamen hasta el jueves de la semana siguiente. Si empezamos a pararnos en qué día cae, todo va a complicarse.

Es mi (ya) humilde opinión.

 

supermarioep
supermarioep
Mensajes: 814
Fecha de ingreso: 13 de Abril de 2009
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  • 27 de Abril de 2009 a las 0:47
Tienes toda la razón,yo estoy contigo
Reithor
Mensajes: 348
Fecha de ingreso: 25 de Abril de 2008
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  • 27 de Abril de 2009 a las 1:10

shadethehunter
Mensajes: 22
Fecha de ingreso: 15 de Abril de 2009
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  • 27 de Abril de 2009 a las 7:00
Pregunta...

¿Valen relatos eróticos?

Que si eso, tiro de viejos escritos xD

Un saludo!
bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 27 de Abril de 2009 a las 8:10
cita de Reithor Ok, si es tradición, no se hable más. 

Si es posible abrir otro hilo, ya que este ha sido contaminado (inocentemente, sin lascivia alguna) mejor.

Da igual Reithor.

CHICOS Y CHICAS, A CHISMORREAR A OTRO HILO.

QUE LO ABRA R2D2, POR EJEMPLO.

O REITHOR...

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 27 de Abril de 2009 a las 11:37
                                     EL PLACER DE TRES  
Una ráfaga de aire que se cuela por la ventana,la luna en el cielo y tres en la mesa.
Cenan despacio,bajo la tenue luz que jorge ha preparado para la ocasión.
Una de esas noches mágicas,una de esas escapadas a Sevilla,y esta vez no ha ido solo,ha llevado a Marta con el y Kayla se lo ha tomado bien,hace tiempo que hablan y ya tenia ganas de conocerla.
La cena termina,apagan las velas,salen del hotel,la ciudad les espera.
Descontrol,desfase,prueban nuevas sustancias,la cabeza se les evade del mundo,salen a lo intemporal,no existe nadie mas que ellos.Risas,confesiones,!!magia!!.
El sol pronto va a saludarlos, pero hoy no quieren ver el amanecer,no lo apreciarían,regresan al hotel,la tarjeta llave cuesta entrar en la cerradura,se ríen,no pueden contener ni la risa ni el escandalo,pero en ese momento no les importa,no piensan en eso.
Marta tropieza con la mesa,se ríe.Los ojos de jorge tropiezan con los de Kayla,se besan,es el primer beso de la noche y ambos lo estaban esperando,fueron abiertas las puertas de la locura,que pugnaba por participar en esa noche.
Al separar sus labios se encontraron con la mirada de Marta,lasciva,insinuante,jorge miro a kayla,mas esta lo aparto y se acerco hacia Marta que se mordía suavemente el labio inferior,Kayla humedeció levemente sus labios con la punta de la lengua que sentía resecos,tenía la boca amarga,pero esas sensaciones sobraban ahora,el amargor se sustituirá en poco tiempo por la dulce caricia de la lujuria.
Él lo observaba todo con gesto de asentimiento,ellas se besan,muerden sus bocas,entrelazan sus labios.El beso termina con la llegada de la música,bauhaus,bailan despacio,sintiendo cada acorde sobre cada movimiento,ebrios y colocados,se abrazan,se unen los tres en el baile que comparten cada vez mas unidos.
Sus manos se posaron en la cintura de Marta mientras sus labios besaban los de Kayla.Las manos de una,enlazaban los hombros de la otra y recorrían la piel con caricias suaves y candentes,quemandose en cada segundo y esperando cada minuto el instante siguiente.
La inhibicion terminó con la caída de la ropa al suelo,tras haber sido despojada con manos hábiles que se mezclaban unas con otras,que buscaban el cobijo que muy pronto les iban a ser dad.Los besos iban dando paso a la pasión,cambiando tu papel en el juego,pasando de protagonista a mero espectador.
Te acercas,te alejas,observas,entras en juego,obvias lo evidente,y la locura sigue a su lado toda la noche.Cuerpos entrelazados y caricias íntimas,miradas cómplices,caricias desde dentro,caricias desde fuera.
Yparan,una de ellas se acerca hasta él con mirada de loba hambrienta se posa sobre él,y mientras lame los jugos de su deseo,el cuerpo de la otra resbala sobre el suyo,recorriendo despacio cada centímetro de su piel hasta llegar a la mayor intimidad,donde posa sus labios y continua la lascivia.
Un castillo de tres que comparten momentos y caricias,tres labios compartidos,tres bocas compartidas,tres pares de piernas entrelazadas,el sudor perla sus cuerpos,las manos resbalas,caen,ceden ante los impulsos,la cama tiembla,la pasión se dispara,la locura disfruta.
Cuando llega el éxtasis los roles se intercambian,cambian su papel,pero las lenguas siguen jugando,caminando sobre el filo de las fantasía,hasta caer rendidos y apretados,acorralados por sus propios cuerpos,pero la locura quiere mas,aun no ha llegado el momento de descansar,el jacuzzi con sus insinuantes burbujas,donde se sumergen los tres sintiendo el agua caliente sobre su piel,el chorro de agua en su interior las hace estremecer mientras vuelven a buscar sus labios.
Juegos solitarios o en compañía,esperando que la senda de su permiso,mientras dos cabalgan una camina sobre si misma,esperando su turno en ese loco juego que no volvería a repetir.
Juego de jugos compartidos,de amor inusual de cuerpos femeninos recorriéndose y de un hombre extasiado que recorría una y otra vez los cuerpos entregados a una dulce danza del deseo.Saboreando el gusto de la intimidad ajena.
Pero los efectos de la locura no son eternos y con el fin llega el cansancio,que los lleva de nuevo a la cama,donde terminan la noche, que es día,donde concluyen su fantasía,antes de que el sueño llegue a sus ojos y cierre sus párpados,antes de que,una vez mas,la carrera termine y el cansancio venza la lujuria,antes de que la extenuación acabe finalmente con la pasión que han compartido durante la madrugada.
El mediodía los despertó desnudos y entrelazados,y con un sonrrisa de dulce travesura en sus rostros.Miradas de complicidad y la certeza de que aquello no volvería a repetirse.
De aquella noche solo quedaron los gemidos,las manos que volaban de un cuerpo a otro, las miradas salvajes que mataban la inocencia,y el recuerdo.
De aquella noche solo quedó el recuerdo.


concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 27 de Abril de 2009 a las 14:52

No va a pasar

Se dio la vuelta, me miró, e intentó despistarme entre los repletos estantes. La seguí de cerca para no perder el rastro de su perfume, que se mezclaba con el aroma del papel de los libros de aquella librería de viejo, y porque tenía la fuerte  presunción de que algo iba a ocurrir entre los dos, justo a esa hora absurda.  Se detuvo a leer la contraportada de una novela de Balzac. Alguien intentó pasar por detrás de nosotros en el estrecho pasillo que formaban las estanterías. Me apreté contra ella para dejarle pasar. Al sentir contra mi entrepierna las firmes redondeces femeninas a través de su liviana falda,  emití un respingo involuntario, como cuando uno entra en una piscina la primera vez en un verano que no ha hecho más que comenzar. Fue apenas un roce, pero era la primera vez que nuestros cuerpos entraban en contacto. Debió sentir lo mismo que yo, porque vi erizarse el suave vello de sus hombros. Volvimos a quedarnos solos, pero permanecí en aquella posición, muy pegado a ella, un contacto casi imperceptible, imantado, que no deseaba abandonar nunca. Sabía que ella no protestaría. No era cosa de chiquillos. La idea de que pudiese disfrutar de su primera infidelidad me estimuló aún más. Así que el roce se fue haciendo más intenso mientras continuaba leyendo la contraportada del libro de espaldas a mí, como si no pasase nada. Me embriagué con la miel que emanaba de la parte posterior de su cuello de cisne atacado por mi convulsa respiración. El contacto se hizo más intenso, aún apenas perceptible, y ella volvió su carita hacia mí sin llegar a dar la vuelta enteramente al cuerpo. Sentí un intenso bocado en el hueco del estómago, como cuando se tiene mucha hambre, y tuve que contener el mismo gemido que sentí que ella sí exhalaba con aliento quemado de pasión contra mi boca entreabierta. Me clavó la mirada con sus ojos verde grises. Me temblaron las piernas. Y así estuvimos unos segundos que podían haber sido minutos largos. En silencio. Al borde.

De repente esa mirada suya se llenó de preguntas que no queríamos contestar. Nuestros  labios contactaron un ápice, eléctricos, y nos besamos; un roce apenas de las bocas entreabiertas, de la punta de una lengua contra la otra, mientras continuábamos aumentado la intensidad de los también discretos movimientos de nuestras caderas. Cuando el tono había subido a los límites del placer secreto que obnubila los sentidos, tuve la pírrica sensación de que aquello iba a acabar de un momento a otro.

— No va a pasar —se adelantó ella aún temblando como una hoja de otoño a punto de caer de su peciolo.

— Si tuviera que irme; ¿te acordarías de mí?—dije.

— No va a pasar —repitió.

— No va a pasar —convine yo.

 

Por si a alguien le apetece, se puede leer el relato mientras se oye un par de veces, ESTE TEMITA

 

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 27 de Abril de 2009 a las 18:07

Sólo una vez

Ha sido mucho tiempo de encuentros fingiendo ser fortuitos, muchas veces las que he pasado mi mano rozando tu brazo para sentir el tacto de tu piel con la mía, y de miradas esquivas que aún sin quererlo se encontraban. Y tú lo sabías… Fuiste rápido al cazar mis intenciones. Las pillastes al vuelo. Y por eso me seguiste y entraste en este juego con fuego en el que tú sabías que no que quemarías... Pero yo sí.

Todo había ido muy bien. Toda mi vida he estado vigilante ante mis impulsos más bajos, prohibiendo llegar a ese sitio al que tú me invitabas, dejando que tan sólo la imaginación satisficiese mínimamente mis deseos primarios. Y sin embargo, ahora, aquí te tengo, sonriéndome, guiñándome el ojo y susurrándome al oído - Sólo una vez. Hazlo, sólo una vez. - Ahí llegó mi perdición, cuando la curiosidad se mezcló con la oportunidad. Y aunque te contesté enseñando mi alianza, tú me respondiste que no te importaba las ataduras que se exhibieran desde mi dedo anular, y me volviste a repetir - Una vez. Hazlo, sólo una vez.

¡Al diablo con todo! Tienes razón y no tiene por qué pasar nada. Solo lo haré hoy. Y aquí estoy ahora, en una casa que no conozco, sin importarme ni un ápice lo que me rodea, ni lo que pueda encontrarme. Sólo me importa este momento. Mi momento.

No quiero que hables. No me hace falta. Ya no digas nada. Solo quiero aprovechar cada segundo sin que éste pase en balde. Sintiendo tu fuerza oprimiendo mi cuerpo, tus brazos anudándose a los míos, tus labios a menos de un centímetro de mi boca. Es tan excitante que me tengo que repetir - Una vez. Lo haré sólo una vez- Así que, no puedo perder el tiempo y tengo que hacer realidad cada uno de mis sueños, en esta única oportunidad donde me permito descubrir mi auténtica debilidad.

Y me das media vuelta y puedo ver tu pecho entre las aperturas de la camisa. No, no te la quites, deja que la rompa haciendo que salten los botones para así destapar tu torso. Estoy a cien por hora, pero tengo que repetirme una y otra vez que sólo lo haré hoy, pues nunca más volverá a suceder. Tengo que prometérmelo y satisfacer todas mis fantasías, en una sola carta, para no olvidarlas jamás. Ahora te agarro por la espalda. Puedes sentir mi fuerza. Dos iguales viviendo intensamente el momento. Te arrincono contra la pared mientras paso mi lengua lentamente por tu cuello y dejo caer la mano hasta notar lo abultado del pantalón… ¡Anda, vicioso, que sé que te estás dejando!

Te vuelves a girar, me tiras encima de la cama y luego te posas sobre mí mientras me despojas de todas mis prendas. Yo sigo pensando que esto no puede ser real.  ¡Jamás creí que me atrevería hacerlo! Todo el esfuerzo de una vida arrojado a un agujero sin fondo. Entonces me vuelvo a repetir: Una vez, sólo una vez

- No importa. Ya no pienses en eso - me digo de nuevo y vuelvo a centrarme en cada centímetro de tu cuerpo mientras te quito lo último que te queda encima. Tan sólo te queda el reloj, mostrándome el tiempo que me queda para volver a la realidad, o tal vez a mi verdadera fantasía. Y sintiendo tu barba frotándose contra mi piel, te entrego por fin a mi más estricto yo.

Ahora voy a olvidarme de todo, pues aún me quedan dos horas. Y me repito a mí mismo - Sólo una vez. A las ocho debo volver a mi perfecta vida de casado, al lado de mi perfecta mujer.


 

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 27 de Abril de 2009 a las 23:32


COMO EN LOS MUSICALES.


Para la mayoría de la gente, lo suyo podría calificarse de "lascivia". Para ella, tan solo era la consecuencia de una terrible falta de contacto con los demás. Cuando alguien le preguntaba cuál era su fantasía erótica favorita no lo dudaba: poder tocar a cualquier hombre que le gustara en ese mismo instante, sin miedo, sin frenos. Ver a un tipo atractivo y poder acariciarle la nuca tiernamente, y que él lo aceptara. Que el mundo entero lo viera como algo natural. Esa era su idea de utopía humana. Una realidad alternativa en la que el placer sensual fuese aceptado como una norma social y de buenas maneras. Que si una sentía ganas de besar los labios de alguien en el vagón del metro, ese alguien accediera amablemente igual que se da la hora sin pudor a cualquier conciudadano. Que si un chico deseara palparte el culo de buen rollo, una pudiera acceder sin que la llamaran fresca.

  Eso sí, aún siendo una utopía serían necesarios ciertos límites. Nada de cópulas en lugares públicos. Nada de desnudos integrales. La idea central era el toque, el roce, el vis a vis civilizado. Cuántas veces en multitud de ascensores había sentido el impulso de abrazar a un desconocido, palparle el paquete, morderle las orejas y lamerle un pezón. La gente te ayuda si te tropiezas y caes en la acera, ¿no? Y no se cortan a la hora de mirarte de arriba abajo. Pues tocarse debería ser igual, un derecho inalienable dentro de una especie que se considera a sí mismo inteligente.

   Entendía la condena al aislamiento de los cuerpos como signo inequívoco de una patética falta de evolución. Si la gente se tocara libremente habría menos problemas conyugales. Al fin y al cabo, muchos de nosotros buscamos pareja para dar vía libre a nuestras solitarias manos. Por no hablar de la violencia doméstica. ¿Quién querría usar las manos para golpear o forzar si pudiera acariciar con ellas tanto como quisiera? Las caricias, ese bien escaso, se corrompen cuando tienen dueño. ¡Liberemos las caricias y tendremos la paz! Adiós a la violencia callejera, jubilación anticipada para las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Si en los musicales los personajes se ponen a cantar de repente sin más y el público lo acepta, quizá su utopía no era tan descabellada. Palpar es mejor y más gustoso que cantar, y cualquiera puede hacerlo por instinto, sin distinciones.

   Todo esto y otras cosas se le pasaban a Inés por la cabeza mientras guardaba el equilibrio de pié en el autobús de vuelta a casa. Estaba abstraída contemplando la coronilla rubia y de calva incipiente de un señor muy trajeado que tenía codo con codo. Hizo un esfuerzo supino para volver a “la realidad”, concentrándose de nuevo en su novela. Entonces sintió un escalofrío casi eléctrico en el muslo izquierdo. Era la presión inconfundible de un pene en proceso de erección. Es increíble lo poco que deja a la imaginación la tela de un pantalón de algodón y fibra sintética. El pene arremetió de nuevo contra su muslo con cierta urgencia. A pesar del sofoco, Inés levantó la mirada buscando el origen de aquel envite inesperado. Se encontró con los ojos lúbricos del ejecutivo rubiales. Ahora frotaba el tema de izquierda a derecha, como un lento péndulo de obscenidad. Aunque en sus sueños pudiera haberse sentido halagada por aquel acto solidario de la carne, en la realidad inmediata del autobús lo único que sintió fue asco.

   Tocó la campanilla para bajarse en la siguiente parada. Intentó no volver a mirar al dueño del pene, sin éxito. La cara de cabreo del sujeto ya al otro lado del cristal gritaba en silencio “¡CALIENTAPOLLAS!”. Después de tomarse un vaso de agua en el primer bar que encontró, Inés se recompuso por dentro y volvió a la calle.

   Mientras esperaba que llegara el próximo autobús, vió unos metros más abajo una pequeña algarabía. Eran tres chicos con rastas y pañuelos palestinos. Los tres portaban pancartas que anunciaban “ABRAZOS GRATIS”. Tal y como prometían, los chicos iban abrazando transeúntes a diestro y siniestro. Algunos afectados se reían. Otros se sacudían la chaqueta al terminar.

   Cuando llegaron junto a la parada uno de los chicos, el de las rastas más densas y las zapatillas más gastadas, ofreció a Inés unos brazos abiertos como las puertas de un toril. Ella, algo pálida, solo pudo acertar a contestar:

- Gracias, pero ahora no. Déjame un teléfono y os llamo otro día, ¿vale?.

   El chico lanzó sus brazos a la persona más cercana, sin mostrar ninguna reacción ante la negativa de Inés. Cuando llegó al autobús, se sentó en la última fila y procuró concentrarse en repasar uno a uno los pliegues rectilíneos de su falda.

mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm

                           FIN

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 27 de Abril de 2009 a las 23:45
Alguien puede decir cómo pueden editarse las entradas?? No soy capaz de corregir el texto ni de que salga correctamente justificado...

Aaargh!

Fdo.: autor/a de "COMO EN LOS MUSICALES".
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 28 de Abril de 2009 a las 0:22

[Por favor perdonad que repita el post. Me quedó horroroso, y no se cómo editarlo para borrar lo que quería borrar y dejarlo presentable. Espero que ahora el texto salga bien. ESTA ES LA VERSIÓN VÁLIDA DEL RELATO]


COMO EN LOS MUSICALES


Para la mayoría de la gente, lo suyo podría calificarse de "lascivia". Para ella, tan solo era la consecuencia de una terrible falta de contacto con los demás. Cuando alguien le preguntaba cuál era su fantasía erótica favorita no lo dudaba: poder tocar a cualquier hombre que le gustara en ese mismo instante, sin miedo, sin frenos. Ver a un tipo atractivo y poder acariciarle la nuca tiernamente, y que él lo aceptara. Que el mundo entero lo viera como algo natural. Esa era su idea de utopía humana. Una realidad alternativa en la que el placer sensual fuese aceptado como una norma social y de buenas maneras. Que si una sentía ganas de besar los labios de alguien en el vagón del metro, ese alguien accediera amablemente igual que se da la hora sin pudor a cualquier conciudadano. Que si un chico deseara palparte el culo de buen rollo, una pudiera dejarse sin que la llamaran fresca.

Eso sí, aún siendo una utopía serían necesarios ciertos límites. Nada de cópulas en lugares públicos. Nada de desnudos integrales. La idea central era el toque, el roce, el vis a vis civilizado. Cuántas veces en multitud de ascensores había sentido el impulso de abrazar a un desconocido, palparle el paquete, morderle las orejas y lamerle un pezón. La gente te ayuda si te tropiezas y caes en la acera, ¿no? Y no se cortan a la hora de mirarte de arriba abajo si llevas puesto algo ajustado. Pues tocarse debería ser igual, un derecho inalienable dentro de una especie que se considera a sí misma inteligente.

Entendía la condena al aislamiento de los cuerpos como signo inequívoco de una patética falta de evolución. Si la gente se tocara libremente habría menos problemas conyugales. Al fin y al cabo, muchos de nosotros buscamos pareja para dar vía libre a nuestras solitarias manos. Por no hablar de la violencia doméstica. ¿Quién querría usar las manos para golpear o forzar si pudiera acariciar con ellas tanto como quisiera? Las caricias, ese bien escaso, se corrompen cuando tienen dueño. ¡Liberemos las caricias y tendremos la paz! Adiós a la violencia callejera, jubilación anticipada para las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Si en los musicales los personajes se ponen a cantar de repente sin más y el público lo acepta, quizá su utopía no era tan descabellada. Palpar es mejor y más gustoso que cantar, y cualquiera puede hacerlo por instinto, sin distinciones.

Todo esto y otras cosas se le pasaban a Inés por la cabeza mientras guardaba el equilibrio de pié en el autobús de vuelta a casa. Estaba abstraída contemplando la coronilla rubia y de calva incipiente de un señor trajeado que tenía codo con codo. Hizo un esfuerzo supino para volver a "la realidad", concentrándose de nuevo en su novela. Un par de minutos después sintió un escalofrío casi eléctrico en el muslo izquierdo. Era la presión inconfundible de un pene en proceso de erección. Es increíble lo poco que deja a la imaginación la pernera de un pantalón de algodón y fibra sintética. El pene arremetio de nuevo contra su muslo con cierta urgencia. A pesar del sofoco, Inés levantó la mirada buscando el origen de aquel envite inesperado. Se encontró con los ojos revoltosos del ejecutivo rubiales. Ahora frotaba el tema de izquierda a derecha, como un lento péndulo de obscenidad. Aunque en sus sueños pudiera haberse sentido halagada por aquel acto solidario de la carne, en la realidad inmediata del autobús lo único que sintió fue asco.

Tocó la campanilla para bajarse en la siguiente parada. Intentó no volver a mirar al dueño del pene, sin éxito. La cara de cabreo del sujeto ya al otro lado del cristal gritaba en silencio: "¡CALIENTAPOLLAS!". Después de tomarse un vaso de agua en el primer bar que encontró, Inés se recompuso por dentro y volvió a la calle.

Mientras esperaba que llegara el próximo autobús, vió unos metros más abajo una pequeña algarabía. Eran tres chicos con rastas y pañuelos palestinos. Los tres portaban pancartas que anunciaban "ABRAZOS GRATIS". Tal y como prometían, los chicos iban abrazando transeúntes a diestro y siniestro. Algunos afectados se reían. Otros se sacudían la chaqueta al terminar.

Cuando llegaron junto a la parada uno de los chicos, el de las rastas más densas y las zapatillas más gastadas, ofreció a Inés unos brazos abiertos como las puertas de un toril. Ella, algo pálida, sólo pudo acertar a contestar:
- Gracias, pero ahora no. Déjame un teléfono y os llamo otro día, ¿vale?

El chico lanzó sus brazos a la persona más cercana, sin mostrar ninguna reacción ante la negativa de Inés. Cuando llegó el autobús, se sentó en la última fila y procuró concentrarse en repasar uno a uno los pliegues rectilíneos de su falda.


FIN
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 28 de Abril de 2009 a las 17:24

LASCIVIA VERANIEGA  

 

    - Aquí no los compramos, vamos a otro sitio –le advertía Adrián a Paula.

 

    - ¿Por qué? –le preguntaba ella, como haciéndose la valiente ante un instinto que veía totalmente natural.

 

- Porque no; aquí todo el mundo se conoce, a nosotros también, y los de la farmacia seguro que tienen algún contacto con algún familiar nuestro o algo…, aunque no lo sepamos, vete tú a saber.... –  le explicaba él.- Además, en la farmacia ésta siempre hay alguien comprando, ya verás tú como va y coincide con conocidos. No, no, vamos a Villarroca, que allí no nos conoce nadie.

 

 

    Villarroca  es una población distante a unos quince kilómetros del pueblo de Adrián, en donde no tenía -ni tiene aún, que él sepa- ningún familiar ni nadie que pudiera reconocerle en la complicada y pudorosa tarea a aquellas edades –dieciséis años tenían- de conseguir las gomas.

 

 

    Hacia allí se desplazaron una tarde después de comer, a las cuatro. Era costumbre en los chicos del pueblo, fueran o no lugareños, fueran o no veraneantes, en la época estival, quedar generalmente tras la comida del mediodía, incluso siendo más habituales las quedadas transcurridas también las horas de la siesta. Así era esto porque la mañana la dedicaban a dormir hasta bien tarde y a desperezarse porque los días anteriores por las noches acostumbraban a trasnochar hasta altas horas de la madrugada. Aún así, sí se vieron por la mañana Adrián y Paula ese día en que decidieron definitivamente ir esa tarde a Villarroca, porque al estar embobados con sus guapuras respectivas necesitaban contemplárselas continuamente.

 

 

    Un sol de justicia derretía el asfalto junto a la parada de autobús en la carretera, en la calle principal junto a los restaurantes y bares más concurridos, la que atraviesa el poblado de punta a punta y por la que el coche de línea recorre el valle de pueblo en pueblo. Se saludaron como de costumbre con un “¿qué tal?” de sonrisas nerviosas, siendo por aquella ocasión un tanto más intranquilas todavía. Esperaron poco al autobús. Cuando éste llegó Paula le arreglaba a Adrián una pulsera de tela de un rosa muy suave, casi blanco, que le había obsequiado ella misma; se lo enderezaba en la

muñeca para que el nudo quedara en la parte menos visible. Subieron al autocar, indicaron al chófer que querían dos billetes para Villarroca, los pagaron, y cuando se dirigían por el pasillo hacia la parte trasera mientras el conductor iniciaba la marcha con un tirón, observaron a trompicones a gentes del pueblo, que conocían de vista, seguramente se habían montado en la parte alta, en donde hay otra parada. Aquello les trastocó un poco los planes que consistían en que nadie debía verles ir a Villarroca, pensaban cuando se sentaban en los asientos elegidos. Pero como quiera que aquellos eran lugareños a los que tan solo conocían de vista, enseguida se pusieron interesantes, porque estos nativos  desconocían el propósito de su viaje, y de eso se trataba, de llevar a cabo todo el asunto del amor carnal en secreto.

 

 

    Villarroca es un pueblo apenas habitado, ni siquiera en verano registra un gran movimiento. La suerte que tenían Adrián y Paula era que la farmacia del lugar está en una calle contigua a la plaza en donde hace parada el coche de línea. Se quiere señalar con esto que apenas debían andar para acudir a ella, ni siquiera para buscarla. Entraron y allí no había nadie, ningún cliente, tan sólo el farmacéutico. Aún así, con vergüenza pidió Adrián lo que tenía que pedir; pagó y se marcharon.

 

 

    A la salida de la botica se encontraron con que en aquel lugar en donde a nadie conocían nada tenían que hacer más que lo que ya habían hecho, pues el propósito de su corto viaje era, para aquel pueblo, ese y ningún otro. Arena de otro costal era el propósito real de su desplazamiento,  lo que debían realizar ya en el pueblo de veraneo de Adrián y Paula –o en donde se terciase- con lo comprado en la tienda de productos de medicina. Como quiera que el autocar que realiza el viaje de vuelta no pasa por Villarroca hasta las ocho y media de la tarde, decidieron que volver a la sombra de los chopos y robles por los caminos de los campos y montes bajos era una bonita opción.

 

 

    Anduvieron un buen espacio de tiempo por la seca tierra del camino, cuando arrastrando las zapatillas deportivas y las piedrecillas con ellas, levantando polvo, pararon a descansar al pie de unos robles alejados unos metros de la senda. Bebieron agua de un botellín de plástico adquirido en la plaza de Villarroca antes de retornar. Al ingerir el líquido y transparente elemento los dos del mismo recipiente -primero ella y luego él- sintieron que sus babas se entremezclaban, y necesitaron morrearse con intensidad; tanta que allí mismo sus instintos más carnales se despertaron de nuevo,

como había sucedido tantas veces antes, pero esta vez ya provistos de gomas, por lo que se escondieron detrás de la escoba blanca, no florecida. Allí, entre esos arbustos, consumaron el acto.

 

 

    Arribaron tarde a las inmediaciones del  pueblo, cuando el astro rey se escondía tras la montaña, como huyendo del viento fresco propio de las cumbres aunque del estío se trate, dejando un cuadro naranja en el cielo, ayudando las nubes finas a tal belleza. Los pequeños alados descansaban, inflados, sobre los hilos de la corriente y del teléfono, que discurren paralelos por la cuesta por la que Adrián y Paula ascendían en estas circunstancias medioambientales. Desde la loma divisaron el pueblo allí abajo: reposaba tranquilo con sus tejados la mayoría rojizos. Descendieron por la pendiente, rápido, hambrientos, a llenar sus estómagos.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 28 de Abril de 2009 a las 19:23
¿Quieres un caramelo?

Nada más pisar el vestíbulo supe que ella estaba en casa. Su chaquetita verde, colgada en el perchero, así lo atestiguaba. También supuse que había llegado antes de que empezara a lloviznar, pues el paragüero estaba vacío. Ser consciente de que ella volvía a estar en casa encendió mi ansia.

Cada vez que me la encontraba sucedía lo mismo. Su mirada ingenua, su cuerpo frágil, su sonrisa cándida, sus respuestas inocentes y el absoluto desparpajo con el que trataba todo cuanto estaba a su alrededor despertaba mi deseo, el deseo más intenso que jamás he conocido. Era como una fina muñeca de porcelana, pura y limpia, y precisamente por esto tenía que ser mía, precisamente por eso quería poseerla.

Antes de subir al piso de arriba esperé un poco, apacigüé mis impulsos, y, una vez más calmado, me dirigí al salón. Al entrar me saludó con su alegría característica, se acercó a mí y extendió su mano. Yo sonreí, puse las manos en mis bolsillos, saqué un caramelo  y se lo le dí. Ésta era la costumbre, nuestra costumbre. Luego se volvió y se fue, retomó sus asuntos. Yo me aposenté en el sofá y encendí la televisión, pero seguí contemplándola por el rabillo del ojo. Fuera, la llovizna se había convertido en una intensa tormenta de primavera.

El cielo había ennegrecido, los rayos y truenos se sucedían, y el agua, poco a poco, fue anegando calles, plazas y jardines. Mientras el agua repicaba con fuerza contra los cristales de la ventana, sonó el teléfono, al tercer tono mi mujer respondió. Al cabo de tres minutos cruzó la puerta del salón, se acercó y me dijo:

-Los padres de María no pueden venir a recogerla y me han pedido si podría acercarla a su casa. Ahora ando algo atareada con la cena, ¿te importa acompañarla?

Yo asentí sin pensarlo, mi corazón empezó a latir con más intensidad, me levanté, cogí mi abrigo, las llaves, y, con toda la dulzura de la que fui capaz, llamé a la pequeña María.

-Es hora de volver a casa, que mañana tienes que levantarte temprano para ir al colegio, ¿verdad?

Ella asintió con una sonrisa, tan dulce como irresistible, recogió sus cosas, se despidió de Carla, mi hija, y se reunió conmigo en la puerta. Ni un sólo lamento, ni una sola queja... es una niña tan dócil.

De eso hace ya veinte minutos. Ahora me encuentro junto a ella, solos, yo, ella y mi deseo; dentro de un coche con el motor encendido y las luces apagadas, perdido en la oscuridad, en medio de la tormenta. Ella me mira con ojos confusos, yo le sonrío y, como tantas otras veces, vuelvo a preguntarle:

-¿Quieres un caramelo?
juanmglianes
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  • 28 de Abril de 2009 a las 23:54


juanmglianes
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Zarax
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